LA PESQUISA
¿Qué cuánto tiempo llevo aquí? Saque usted la cuenta. El día que entré se inauguraron las Olimpiadas y me acuerdo muy bién porque quién me iba a decir a mi de la aglomeración. Para llegar tuve que esperar tres camiones y me tiré más de media hora de retraso. Eso sí, primera y única vez en tantos años. Sí, siempre como portero, ya ve que con el problema de mi cadera pues en qué otra cosa. No, el más antiguo no. Si el que me contrató fue don Jorgito que en aquel entonces era el superintendente de la compañía. Sólo él, tan buena persona, me pudo emplear, a mi edad y con mi defecto, fíjese, luego que me corrieron por chocar un carro de la camionera y sin pagarme la rehabilitación. Sí, yo los conozco perfectamente a todos, como no, hasta por los motes. Luego de tanto tiempo de verlos entrar y salir un día sí y el otro también y cada que se presenta la oportunidad les presta uno un servicio, que un recado, que un encargo, en fin. ¿El Director? Uy, ese pobre muchachito, le voy a decir que esta mal hablar así, yo nunca he renegado de mis patrones y eso que he tenido cada fiera, pero de donde vino éste. Era todo antojos y aquí su buen para atendérselos. Y cuidadito me fuera a retrasar tantito cuando me hablaba o para venirle a jalar la puerta cuando llegaba, porque créame que se me quedaba mirando con cara de bisté. Incapaz que él fuera a empujar esta mustia puertecita. Podía yo estar trayendo sus paquetes o regresando de comprarle sus cigarros o el periódico o lo que se le hubiera ocurrido ese día, pero él se esperaba a que yo viniera arrastrando mi pierna baldada, para darle paso al Emperador. No, como iba a creer que me alegre lo que le pasó, pero Dios sabe porque manda las cosas. Uno no puede tenerle estima a una gente que pasa diario junto a usted y no es capaz de darle los buenos días o las buenas tardes porque el caballero rara vez llegaba antes del mediodía. Qué diferencia con don Jorgito. El que también es jefe, cuándo va a dejar de llegar sonriente y saludando a todo mundo, siempre tempranito, el primero. Bueno, casi siempre, hoy no, porque algo debió pasarle y se presentó hasta después de las diez. Sí, claro, mucho después de lo del Director. Yo creo que a ese lo mataron unos muchachitos que entraron muy sospechosos, como ocultándose. Se veían como disfrazados, con tremendos bigotes y sombreros que les cubrían el rostro y cuando salieron ya mero me tumban de lo apurados que iban. No, nunca se habían parado antes por aquí y me va que eran fuereños, por el tipo, pero ellos fueron señor, segurito que esos fueron los que mataron al Director.
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No joven, yo no soy la secretaria del Director. Jacqueline, para variar, se tomó la semanita porque dizque tiene un resfriado terrible, que no le extrañe a usted que se esté curando en la playa. Claro, como su jefe le tiene todas las consideraciones porque ella es muy servicial, se puede imaginar. Hasta he llegado a pensar que a propósito le dan permisos cada jueves y domingo, así viene su tonta y le arregla el archivo, pone al día la correspondencia, prepara las actas retrasadas, en fin, le sacó el puesto, porque ella, entre que llega, se pone su cremita en las manos, se pinta las uñas, espera que se le sequen, baja a desayunar, se dedica a chismorrear con cualquiera que se acerque, leé sus revistitas y luego entra a "acuerdo", resulta que siempre está ocupadísima para hace su trabajo, la pobrecita, y, como dice el alcahuete de su jefe, por eso se enferma tanto y vive estresada. Ay sí, como decía el difunto, que Dios me perdone era un alcahuete. Sí joven, yo sí trabajo de planta, soy la secretaria de don Jorgito desde hace diecinueve años y afortunadamente no he tenido otro jefe que él, más que ocasionalmente como ahora que estoy supliendo en la Dirección. A mí me llaman porque, modestia aparte, conozco la oficina de arriba a abajo. Yo he ido ascendiendo junto con mi jefecito, que ha llegado hasta donde está a base de esfuerzo, no porque le hayan regalado nada como a otros. Es de plano el que más y mejor trabaja aquí, figúrese todo lo que yo he aprendido con él. Desde a hacer el café con su punto de canela, que no lo hay más rico y si no vea como viene todos a robar, hasta a inventariar un archivo muerto, revisar y dictaminar contratos...¿Qué? ¿Celosa yo? ¿De Jacqueline? ¿Qué le pasa? Ni aunque me suplicaran dejaba yo a don Jorgito. Ya sé que así como a mi jefe nunca le van a dar la Dirección y antes lo van a jubilar como parece, porque no hay justicia en este mundo, a una tampoco la toman en cuenta por sus méritos sino por lo que ya usted se imagina, pero yo muy a gusto con mi jefe, sí señor, él es todo corazón ¿No fue él, sin tener por qué, quien me facilitó de su bolsa lo de la operación de mi mamacita, cuando el Director no me quiso autorizar, no digamos su atención médica, siquiera el préstamo para que no perdiera la vista mi madre? Disculpe usted que me ponga sentimental, pero es que todavía me puede aquello. Por eso ni voy a decirle que me pese lo que le pasó a ese fulano. No, la verdad que no me di cuenta de nada. Sí, ya había llegado a trabajar, pero la verdad es que en ese preciso momento, como le diré, pues, no estaba en mi escritorio. Había ido, ya sabe usted, al tocador, y no me fijé quién entró al privado. Sí, ya habían llegado todos, bueno, casi todos, porque don Jorgito, cosa rara, llegó hasta muy al rato. Quién sabe quién mató al Director.
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Pues sí, mi comandante, yo soy el del aseo aquí ¿A esa hora? Normalmente ya terminé de hacer la limpieza general y estoy pendiente de lo que se ofrezca. Casi siempre al que se le ofrecía era al Directorcito; que si bajara a lavarle el coche, que fuera a ponerle gasolina, revisarle las llantas, el aceite y el agua, un día sí y otro también; los martes y los viernes ir a su casa a hacerle el arreglo a su tamaña casota que parece que adrede la ensuciaran para que yo tenga tanto trabajo. ¿Gratificación especial? Ni lo sueñe. Según, yo para eso estoy. En cambio don Jorgito, déjeme le cuento, a su casa voy los sábados y aunque vive sólo con sus dos jovencitos, desde hace dos años que enviudó, uno llega y todo está tan limpio como lo dejé antes de irme, si ya le he dicho que le estoy robando lo que me paga, pero además me da mi comida y hasta para llevar. Sí verdad, perdóneme, me distraje, usted me preguntó dónde estaba yo a esa hora. Pues ahí, en la oficina del Director, mejor dicho, en la parte de atrás, donde están los archivos. Resulta que hoy salió con el bendito de que su mozo nuevo no sabe asear zapatos y ahí me tiene con el encarguito de la zapatería de toda la sagrada familia. No es que no me guste mi trabajo, lo que pasa es que luego ni un gracias, ni una palmadita, cuantimenos una compensación. Ah sí, le decía que en eso andaba cuando oí el disparo. La verdad es que tardé un poco en salir porque me dió miedo que fuera un asalto y me tocara una bala perdida. Habrán pasado unos diez minutos en que si salía o no salía. Hasta que me armé de valor y me aventé para fuera. Entonces lo vi, como ustedes lo encontraron después, tirado sobre su escritorio y más que frío. Claro que ya no había nadie más en el privado, pues ni que fuera tan quedado el que lo hizo. ¿Imaginarme? Pues me puedo imaginar, vera usted, de alguna de las tantas movidas del licenciado, que ese sí que la gozaba. Todo el tiempo estaba yéndole a comprar chocolatitos de esos caros, con su rellenito de alcohol, o tarjetas de esas que ya sabe, te quiero mucho, te extraño tanto, nadie como tú, ya le tenía medido el gusto. Claro, como era joven, cargadazo y de no malos bigotes, pues no le faltaban. Y eso que la mujer es agraciada y, si me permite la intimidad, no se nota bien atendida. Cuando voy a su casa, si no está con otras viejas estiradas en el cotorreo o con el teléfono pegado a la oreja, se sienta frente a una taza de café que nunca se toma y queda en trance, hasta que algo se le ocurre y le pega un grito a alguno de los criados o a mí, que ya sirvo para lo mismo. Pero se le nota lo insatisfecha, lo despechada. Sí señor, o fue ella o fueron las otras. A mí nadie me quita de la cabeza que una de sus damas se lo echó.
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Le voy a suplicar que esto sea breve y que vea usted que no se me vaya a estar molestando para ratificar cosas o dar firmas ni para ningún tipo de diligencias engorrosas de esas en las que ustedes son especialistas. Ya le habrán informado quién soy y no quiero perjudicar a nadie. Yo no me di cuenta de nada ni tengo la menor idea de quien haya asesinado a ese muchacho. Sí, cuando dicen que pasó todo, estaba haciendo antesala afuera de su oficina, pero ni oí el disparo ni me fijé si alguien salió después. Debo haberme quedado dormido o me distraje o qué sé yo, pero no puedo referirle que pasó adentro. Bueno, sé que hubo un disparo porque lo estaban comentando, creo que la secretaria o el de la limpieza ¿Ya habló con ellos? Le pueden decir mucho más que yo. Las personas de mi edad ya no le damos mucha importancia a las cosas que pasan a nuestro alrededor, usted se hace cargo, más allá de nuestras narices. Yo ya estoy jubilado y sólo me gusta salir de vez en cuando a ver como andan mis acciones en esta compañía porque, francamente, vengo a echarme una platicada con un buen amigo, ese gran caballero que es don Jorge. Buen hombre, noble como pocos, don Jorge. El alma de este negocio. Aquí entre nosotros no crea que estoy tan viejo para no entender que mi época de financiero ya es cuestión de historia; ya a nadie le interesan mis anticuadas concepciones y esos jovencitos que están apenas abordando sus naves, reniegan de nuestros consejos, según ellos anacrónicos y en desuso. Puede ser, pero uno todavía está vivo, cuando menos lo suficentemente vivo como para que no lo estén enterrando. Ese es uno de los méritos de Jorge, sabe que todos tienen algo que enseñarnos y por eso ha aprendido tanto y era el indiscutible aquí, hasta ahora, claro, porque ya ve lo que le estaban haciendo. De eso vine precisamente a hablar con el muchachito al que mataron. De ninguna manera iba a permitir que me cambiaran al ejecutivo para que me pusiera a alguno de esos compañeritos suyos que está acomodando desde que lo pusieron al frente por puras influencias, si a mi no me van a venir a contar como se maneja el pandero. Pero no señor, si no soy el único, me consta, eh, no soy el único que se queja de la nueva administración. Pero a mí me dejan a Jorge para atender mis acciones o de plano me retiro, faltaba más.
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Todo está claro como el agua, mi comandante. El culpable está clavadísimo. Es ese señor al que todos le dicen don Jorge. Tiene treinta años trabajando aquí, según me informaron en el departamento de recursos humanos, donde también me dijeron que desde hace varias administraciones era el consejero principal de la Dirección y parecía que cuando se jubiló el Director anterior a él lo iban a situar en el puesto, pero siempre impusieron al hoy difunto que era el hijo de uno de los principales accionistas de la empresa y que apenas estaba regresando de terminar sus estudios en el extranjero. Averigué que, desde que entró a la compañía, el muertito empezó a hacerle la vida imposible a todos los antiguos, pero especialmente a don Jorge, quesque por la envidia de que todos los clientes, los accionistas, los ejecutivos y hasta el más humilde empleado respetaban al otro y le reconocían más que a él que era el mero mero. Así que a don Jorge le recortaron su cartera, le cambiaron el vehículo por uno de los descontinuados, lo refundieron en una oficina que ya estaba cerrada y es prácticamente inhabitable y, para acabar, lo obligaron a checar tarjeta, como si fuera tropa. Por supuesto, el hombre no aguantó más y pidió su jubilación, que le aceptaron de inmediato. Esta iba a ser su última semana y, cosa extraña, para despedirlo el Director le organizó una reunión. Resulta que sólo invitaron a los nuevos gallones que entraron con el fallecido y durante la pachanga uno de ellos le puso algo en la copa a don Jorge que lo hizo perderse. Ya que estuvo sin sentido, la fiesta se convirtió en un relajo. Vistieron de mujer al pobre viejo y le pintarrajearon la cara, lo iban ultrajando haciendo burla y media mientras lo fotografiaban en poses vergonzosas. Finalmente lo dejaron en la puerta de su casa, medio desnudo, vomitado, apestoso a alcohol y semi inconsciente. El que me contó esto fue precisamente uno de los que lo llevaron a la casa, junto con el mismísimo Director, y me dijo que se quedaron a esperar, desde lejos, para ver que abrieran la puerta, y cuando se asomó uno de los hijos que estaba con una muchacha, se morían de risa viendo la desesperación de los jóvenes. Ya se puede imaginar, ese señor tan digno y tan decente como todos dicen que es, el bochorno que debió pasar. Fui a su casa y me entrevisté con uno de los hijos, le pregunté sobre lo que le acabo de contar y se me soltó a llorar, tamaño muchacho. Se ve que les dolió mucho, pero naturalmente no me quiso platicar nada al respecto. Con el único que me falta hablar es precisamente con don Jorge. Se la ha pasado todo el día en su oficina, sin salir ni recibir a nadie. Yo creo que el asunto está resuelto. Si usted lo declara no creo que le vaya a negar. Enseguidita le suelta la sopa. ¿Quiere que le acompañe comandante?
¿Qué cuánto tiempo llevo aquí? Saque usted la cuenta. El día que entré se inauguraron las Olimpiadas y me acuerdo muy bién porque quién me iba a decir a mi de la aglomeración. Para llegar tuve que esperar tres camiones y me tiré más de media hora de retraso. Eso sí, primera y única vez en tantos años. Sí, siempre como portero, ya ve que con el problema de mi cadera pues en qué otra cosa. No, el más antiguo no. Si el que me contrató fue don Jorgito que en aquel entonces era el superintendente de la compañía. Sólo él, tan buena persona, me pudo emplear, a mi edad y con mi defecto, fíjese, luego que me corrieron por chocar un carro de la camionera y sin pagarme la rehabilitación. Sí, yo los conozco perfectamente a todos, como no, hasta por los motes. Luego de tanto tiempo de verlos entrar y salir un día sí y el otro también y cada que se presenta la oportunidad les presta uno un servicio, que un recado, que un encargo, en fin. ¿El Director? Uy, ese pobre muchachito, le voy a decir que esta mal hablar así, yo nunca he renegado de mis patrones y eso que he tenido cada fiera, pero de donde vino éste. Era todo antojos y aquí su buen para atendérselos. Y cuidadito me fuera a retrasar tantito cuando me hablaba o para venirle a jalar la puerta cuando llegaba, porque créame que se me quedaba mirando con cara de bisté. Incapaz que él fuera a empujar esta mustia puertecita. Podía yo estar trayendo sus paquetes o regresando de comprarle sus cigarros o el periódico o lo que se le hubiera ocurrido ese día, pero él se esperaba a que yo viniera arrastrando mi pierna baldada, para darle paso al Emperador. No, como iba a creer que me alegre lo que le pasó, pero Dios sabe porque manda las cosas. Uno no puede tenerle estima a una gente que pasa diario junto a usted y no es capaz de darle los buenos días o las buenas tardes porque el caballero rara vez llegaba antes del mediodía. Qué diferencia con don Jorgito. El que también es jefe, cuándo va a dejar de llegar sonriente y saludando a todo mundo, siempre tempranito, el primero. Bueno, casi siempre, hoy no, porque algo debió pasarle y se presentó hasta después de las diez. Sí, claro, mucho después de lo del Director. Yo creo que a ese lo mataron unos muchachitos que entraron muy sospechosos, como ocultándose. Se veían como disfrazados, con tremendos bigotes y sombreros que les cubrían el rostro y cuando salieron ya mero me tumban de lo apurados que iban. No, nunca se habían parado antes por aquí y me va que eran fuereños, por el tipo, pero ellos fueron señor, segurito que esos fueron los que mataron al Director.
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No joven, yo no soy la secretaria del Director. Jacqueline, para variar, se tomó la semanita porque dizque tiene un resfriado terrible, que no le extrañe a usted que se esté curando en la playa. Claro, como su jefe le tiene todas las consideraciones porque ella es muy servicial, se puede imaginar. Hasta he llegado a pensar que a propósito le dan permisos cada jueves y domingo, así viene su tonta y le arregla el archivo, pone al día la correspondencia, prepara las actas retrasadas, en fin, le sacó el puesto, porque ella, entre que llega, se pone su cremita en las manos, se pinta las uñas, espera que se le sequen, baja a desayunar, se dedica a chismorrear con cualquiera que se acerque, leé sus revistitas y luego entra a "acuerdo", resulta que siempre está ocupadísima para hace su trabajo, la pobrecita, y, como dice el alcahuete de su jefe, por eso se enferma tanto y vive estresada. Ay sí, como decía el difunto, que Dios me perdone era un alcahuete. Sí joven, yo sí trabajo de planta, soy la secretaria de don Jorgito desde hace diecinueve años y afortunadamente no he tenido otro jefe que él, más que ocasionalmente como ahora que estoy supliendo en la Dirección. A mí me llaman porque, modestia aparte, conozco la oficina de arriba a abajo. Yo he ido ascendiendo junto con mi jefecito, que ha llegado hasta donde está a base de esfuerzo, no porque le hayan regalado nada como a otros. Es de plano el que más y mejor trabaja aquí, figúrese todo lo que yo he aprendido con él. Desde a hacer el café con su punto de canela, que no lo hay más rico y si no vea como viene todos a robar, hasta a inventariar un archivo muerto, revisar y dictaminar contratos...¿Qué? ¿Celosa yo? ¿De Jacqueline? ¿Qué le pasa? Ni aunque me suplicaran dejaba yo a don Jorgito. Ya sé que así como a mi jefe nunca le van a dar la Dirección y antes lo van a jubilar como parece, porque no hay justicia en este mundo, a una tampoco la toman en cuenta por sus méritos sino por lo que ya usted se imagina, pero yo muy a gusto con mi jefe, sí señor, él es todo corazón ¿No fue él, sin tener por qué, quien me facilitó de su bolsa lo de la operación de mi mamacita, cuando el Director no me quiso autorizar, no digamos su atención médica, siquiera el préstamo para que no perdiera la vista mi madre? Disculpe usted que me ponga sentimental, pero es que todavía me puede aquello. Por eso ni voy a decirle que me pese lo que le pasó a ese fulano. No, la verdad que no me di cuenta de nada. Sí, ya había llegado a trabajar, pero la verdad es que en ese preciso momento, como le diré, pues, no estaba en mi escritorio. Había ido, ya sabe usted, al tocador, y no me fijé quién entró al privado. Sí, ya habían llegado todos, bueno, casi todos, porque don Jorgito, cosa rara, llegó hasta muy al rato. Quién sabe quién mató al Director.
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Pues sí, mi comandante, yo soy el del aseo aquí ¿A esa hora? Normalmente ya terminé de hacer la limpieza general y estoy pendiente de lo que se ofrezca. Casi siempre al que se le ofrecía era al Directorcito; que si bajara a lavarle el coche, que fuera a ponerle gasolina, revisarle las llantas, el aceite y el agua, un día sí y otro también; los martes y los viernes ir a su casa a hacerle el arreglo a su tamaña casota que parece que adrede la ensuciaran para que yo tenga tanto trabajo. ¿Gratificación especial? Ni lo sueñe. Según, yo para eso estoy. En cambio don Jorgito, déjeme le cuento, a su casa voy los sábados y aunque vive sólo con sus dos jovencitos, desde hace dos años que enviudó, uno llega y todo está tan limpio como lo dejé antes de irme, si ya le he dicho que le estoy robando lo que me paga, pero además me da mi comida y hasta para llevar. Sí verdad, perdóneme, me distraje, usted me preguntó dónde estaba yo a esa hora. Pues ahí, en la oficina del Director, mejor dicho, en la parte de atrás, donde están los archivos. Resulta que hoy salió con el bendito de que su mozo nuevo no sabe asear zapatos y ahí me tiene con el encarguito de la zapatería de toda la sagrada familia. No es que no me guste mi trabajo, lo que pasa es que luego ni un gracias, ni una palmadita, cuantimenos una compensación. Ah sí, le decía que en eso andaba cuando oí el disparo. La verdad es que tardé un poco en salir porque me dió miedo que fuera un asalto y me tocara una bala perdida. Habrán pasado unos diez minutos en que si salía o no salía. Hasta que me armé de valor y me aventé para fuera. Entonces lo vi, como ustedes lo encontraron después, tirado sobre su escritorio y más que frío. Claro que ya no había nadie más en el privado, pues ni que fuera tan quedado el que lo hizo. ¿Imaginarme? Pues me puedo imaginar, vera usted, de alguna de las tantas movidas del licenciado, que ese sí que la gozaba. Todo el tiempo estaba yéndole a comprar chocolatitos de esos caros, con su rellenito de alcohol, o tarjetas de esas que ya sabe, te quiero mucho, te extraño tanto, nadie como tú, ya le tenía medido el gusto. Claro, como era joven, cargadazo y de no malos bigotes, pues no le faltaban. Y eso que la mujer es agraciada y, si me permite la intimidad, no se nota bien atendida. Cuando voy a su casa, si no está con otras viejas estiradas en el cotorreo o con el teléfono pegado a la oreja, se sienta frente a una taza de café que nunca se toma y queda en trance, hasta que algo se le ocurre y le pega un grito a alguno de los criados o a mí, que ya sirvo para lo mismo. Pero se le nota lo insatisfecha, lo despechada. Sí señor, o fue ella o fueron las otras. A mí nadie me quita de la cabeza que una de sus damas se lo echó.
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Le voy a suplicar que esto sea breve y que vea usted que no se me vaya a estar molestando para ratificar cosas o dar firmas ni para ningún tipo de diligencias engorrosas de esas en las que ustedes son especialistas. Ya le habrán informado quién soy y no quiero perjudicar a nadie. Yo no me di cuenta de nada ni tengo la menor idea de quien haya asesinado a ese muchacho. Sí, cuando dicen que pasó todo, estaba haciendo antesala afuera de su oficina, pero ni oí el disparo ni me fijé si alguien salió después. Debo haberme quedado dormido o me distraje o qué sé yo, pero no puedo referirle que pasó adentro. Bueno, sé que hubo un disparo porque lo estaban comentando, creo que la secretaria o el de la limpieza ¿Ya habló con ellos? Le pueden decir mucho más que yo. Las personas de mi edad ya no le damos mucha importancia a las cosas que pasan a nuestro alrededor, usted se hace cargo, más allá de nuestras narices. Yo ya estoy jubilado y sólo me gusta salir de vez en cuando a ver como andan mis acciones en esta compañía porque, francamente, vengo a echarme una platicada con un buen amigo, ese gran caballero que es don Jorge. Buen hombre, noble como pocos, don Jorge. El alma de este negocio. Aquí entre nosotros no crea que estoy tan viejo para no entender que mi época de financiero ya es cuestión de historia; ya a nadie le interesan mis anticuadas concepciones y esos jovencitos que están apenas abordando sus naves, reniegan de nuestros consejos, según ellos anacrónicos y en desuso. Puede ser, pero uno todavía está vivo, cuando menos lo suficentemente vivo como para que no lo estén enterrando. Ese es uno de los méritos de Jorge, sabe que todos tienen algo que enseñarnos y por eso ha aprendido tanto y era el indiscutible aquí, hasta ahora, claro, porque ya ve lo que le estaban haciendo. De eso vine precisamente a hablar con el muchachito al que mataron. De ninguna manera iba a permitir que me cambiaran al ejecutivo para que me pusiera a alguno de esos compañeritos suyos que está acomodando desde que lo pusieron al frente por puras influencias, si a mi no me van a venir a contar como se maneja el pandero. Pero no señor, si no soy el único, me consta, eh, no soy el único que se queja de la nueva administración. Pero a mí me dejan a Jorge para atender mis acciones o de plano me retiro, faltaba más.
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Todo está claro como el agua, mi comandante. El culpable está clavadísimo. Es ese señor al que todos le dicen don Jorge. Tiene treinta años trabajando aquí, según me informaron en el departamento de recursos humanos, donde también me dijeron que desde hace varias administraciones era el consejero principal de la Dirección y parecía que cuando se jubiló el Director anterior a él lo iban a situar en el puesto, pero siempre impusieron al hoy difunto que era el hijo de uno de los principales accionistas de la empresa y que apenas estaba regresando de terminar sus estudios en el extranjero. Averigué que, desde que entró a la compañía, el muertito empezó a hacerle la vida imposible a todos los antiguos, pero especialmente a don Jorge, quesque por la envidia de que todos los clientes, los accionistas, los ejecutivos y hasta el más humilde empleado respetaban al otro y le reconocían más que a él que era el mero mero. Así que a don Jorge le recortaron su cartera, le cambiaron el vehículo por uno de los descontinuados, lo refundieron en una oficina que ya estaba cerrada y es prácticamente inhabitable y, para acabar, lo obligaron a checar tarjeta, como si fuera tropa. Por supuesto, el hombre no aguantó más y pidió su jubilación, que le aceptaron de inmediato. Esta iba a ser su última semana y, cosa extraña, para despedirlo el Director le organizó una reunión. Resulta que sólo invitaron a los nuevos gallones que entraron con el fallecido y durante la pachanga uno de ellos le puso algo en la copa a don Jorge que lo hizo perderse. Ya que estuvo sin sentido, la fiesta se convirtió en un relajo. Vistieron de mujer al pobre viejo y le pintarrajearon la cara, lo iban ultrajando haciendo burla y media mientras lo fotografiaban en poses vergonzosas. Finalmente lo dejaron en la puerta de su casa, medio desnudo, vomitado, apestoso a alcohol y semi inconsciente. El que me contó esto fue precisamente uno de los que lo llevaron a la casa, junto con el mismísimo Director, y me dijo que se quedaron a esperar, desde lejos, para ver que abrieran la puerta, y cuando se asomó uno de los hijos que estaba con una muchacha, se morían de risa viendo la desesperación de los jóvenes. Ya se puede imaginar, ese señor tan digno y tan decente como todos dicen que es, el bochorno que debió pasar. Fui a su casa y me entrevisté con uno de los hijos, le pregunté sobre lo que le acabo de contar y se me soltó a llorar, tamaño muchacho. Se ve que les dolió mucho, pero naturalmente no me quiso platicar nada al respecto. Con el único que me falta hablar es precisamente con don Jorge. Se la ha pasado todo el día en su oficina, sin salir ni recibir a nadie. Yo creo que el asunto está resuelto. Si usted lo declara no creo que le vaya a negar. Enseguidita le suelta la sopa. ¿Quiere que le acompañe comandante?
Buen trabajo compañero. Le felicito por su labor, pero tengo que prevenirle que no sea tan fantasioso ni tome decisiones tan a la ligera, máxime tratándose de asuntos tan delicados como son siempre los homicidios. No se puede lanzar una acusación tan grave sin analizar a profundidad todos los elementos de la investigación. En primer lugar, cuando menos tres de los testigos afirman que a la hora del crimen su sospechoso no se encontraba en el edificio. Por otro lado, el portero recuerda haber visto a tres sujetos de mala catadura que se introdujeron de manera subrepticia hasta el área de oficinas para salir posteriormente del mismo modo. Además, uno de los empleados reveló que el occiso llevaba una vida desordenada y tenía una gran afición por damas de reputación dudosa. No hace falta mucha imaginación para deducir que es muy posible que alguna mujer despechada o quizás un marido vengativo hayan contratado gente profesional para ultimar al victimado. Esta es mi hipótesis y sobre ella realizaremos la investigación, dejando de lado esa temeraria idea de usted, basada en un hecho sobre cual me parece, sinceramente, que dramatiza. Sí le voy a pedir que vaya a platicar con don Jorge que seguramente está -y es más que lógico- consternado por un acontecimiento tan terrible como el sucedido por la mañana. Hágame el favor de tranquilizarlo, indicándole el rumbo que daremos a la pesquisa y, de camino, devuélvale este sombrero, con su nombre en el forro, que seguramente dejó olvidado en días pasados en la oficina del Director.
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