martes, 8 de julio de 2008

JUAN RULFO, UN ESPIRITU DE LA NOCHE


“Por lo sombrío que soy, creo que nací a la medianoche”, aventuraba Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, nacido el 16 de mayo de 1917 en Apulco, poblado del Distrito de Sayula, en el sur de Jalisco. Descendiente de un aventurero caribe que luchó contra los franceses y, según él mismo, de algún delincuente, porque el apellido Vizcaíno no existe en España y los que venían de Vizcaya ocultaban su origen por bandidos, Rulfo tuvo en Sayula “donde la lluvia es una proeza”, apenas su lugar de origen. Sus recuerdos de infancia se remontaban a un pueblo llamado San Gabriel, de los más importantes en el Jalisco sureño de aquella época, junto con Zapotlán, por donde pasaba el camino real de Colima. Hoy San Gabriel lo ha perdido todo, hasta el nombre, se llama Venustiano Carranza y bien pudiera llamarse Comala.
De familia numerosa por el lado de las mujeres, los hombres nunca encontraban la paz, todos morían temprano, asesinados por la espalda, como su padre, muerto mientras huía sabe Dios de qué o de quién, como su tío y otros y otros, “al abuelo lo colgaron de los dedos gordos y los perdió, todos morían temprano”. Dos años después de la muerte del padre moriría su madre y el escritor, hasta los diez, iba a vivir con su abuela, en cuya casa el cura de San Gabriel dejó su biblioteca a guardar, por los avatares de la guerra cristera; Rulfo diría más tarde que leyó todos los libros del sacerdote.
De la casa de la abuela pasó a un orfanato en Guadalajara, donde estaría hasta los catorce años. A los dieciséis, casi al entrar a la Universidad de Guadalajara, estalló una huelga estudiantil, por lo que tuvo que partir hacia la ciudad de México a continuar sus estudios. Dado que su abuelo había sido abogado “alguno tenía que usar la biblioteca”, trató de entrar a la Facultad de Derecho, pero no pudo aprobar el examen de ingreso. Así pues, empezó a trabajar como agente migratorio en la Secretaría de Gobernación, primero en la capital y luego en Tampico y el resto del país hasta que regresó a Guadalajara. Su primer texto, según Luis Leal, fue el cuento “La vida no es muy seria en sus cosas” que se publicó en la revista América, a pedido de Efrén Hernández, en 1942. En 1945, dice Emmanuel Carballo, ingresa a las letras mexicanas con el pasaporte de los cuentos que publica en la revista Pan de la capital tapatía. La revista era dirigida por Juan José Arreola, Antonio Alatorre y a la postre el mismo Rulfo; los cuentos “Nos han dado la tierra” y “Macario”, corregidos, formarían parte de “El llano en llamas”.
Dentro de los pocos testimonios de esa época, el de Efrén Hernández, nos habla del “rigor, la rigurosísima y tremenda aspiración, el ansia de superación artística de este escritor nato.”
En 1945 entra al departamento de publicidad de la Goodrich-Euzkadi, donde laboraría por diez años. En 1952 el Centro Mexicano de Escritores le otorga una beca y en 1953 recibe la beca de la Fundación Rockefeller y publica “El llano en llamas”. Dos años después aparece “Pedro Páramo” su segunda y última obra formal. Para escribirla, el propio Rulfo reveló la clave, la vuelta a San Miguel treinta años después. De aquel pueblo de siete u ocho mil habitantes y más de ciento cincuenta casas inmensas, no quedaba más que las paredes y las puertas con candado, La gente se había ido, pero a alguien se le ocurrió sembrar de causarinas las calles. Y en una noche, frente al viento de la sierra madre, oyó a las causarinas mugir, aullar. y el viento, y comprendió la soledad de Comala. Comala, lugar sobre las brasas.
La obra de Rulfo dividiría a la crítica en México. Quienes lo elogiaron, hablaron de un parteaguas en la literatura nacional. Sus detractores, al frente de los cuales Carballo ubica a Fernando Benitez “el jefe indiscutido e indiscutible de la mafia”, se revelan en el siguiente comentario aparecido en 1960: “Una de las mayores responsabilidades que se deben cargar a la Fundación Rockefeller, por su Centro Mexicano de Escritores, es la de haber sido la cuna en donde se ha incubado el más grande fraude nacional con el infundio del “talento” de Juan Rulfo”.
Treinta años después, en la celebración correspondiente al aniversario de Pedro Páramo, Rulfo, generalmente introvertido e inmune a la tremenda popularidad que le rodeaba, hizo un inusual comentario: “ No tengo nada que reprochar a mis críticos, era difícil aceptar una novela que se presentaba, como apariencia realista, como la de la historia de un cacique y en verdad es el relato de un pueblo...Cuando escribía en mi departamento de Nazas 84, en un edificio donde habitaba también el pintor Pedro Coronel y la poetisa Eunice Odio, no me imaginaba que treinta años después el producto de mis observaciones sería leído incluso en turco, en griego, en chino y en ucraniano”
Prácticamente con Pedro Páramo concluyó la actividad literaria de Rulfo. En los sesenta se anunció la aparición de otra novela “La cordillera” de la que se publicaron fragmentos, pero que nunca vería la luz. “El gallo de oro y otros textos de cine” aparecido en 1980 compendia su obra para el séptimo arte y en el mismo año aparece Inframundo: el México de Juan Rulfo que reúne la creación fotográfica y material sobre el escritor. Tengo que citar, por lo curioso de la coincidencia, el postulado de Julio Cortázar, aparecido en 1962, sobre la identidad entre la novela, el cuento, el cine y la fotografía. Dice el autor de Rayuela: “La novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía...una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, el tiempo del cuento y su espacio tienen que estar como condensados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa apertura”.
Después de la muerte de Rulfo, en 1986, su viuda publicó sus cuadernos de apuntes, de emotivo valor sentimental por revelar un poco del espíritu de un hombre que tanto lo mantuvo a distancia.
La calidad de Rulfo quedó ya fuera de cualquier discusión. Su obra se tradujo hasta al Esperanto. Críticos de todos los continentes la han analizado, con las más variadas interpretaciones. Le fueron otorgados todos los honores y premios, salvo el Nobel que con éstas y otras muy marcadas excepciones, como las del propio Cortázar y de Borges, ha perdido reputación.
Admirador confeso de su tocaya Sor Juana, otra “rama de Vizcaya”, a quien por estos rumbos homenajeábamos en años pasados, como ella, Rulfo abandonó las letras y luego el mundo muy temprano y en medio de misterios. Carballo dice que así se comportan los clásicos.

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