martes, 8 de julio de 2008

YO TAMBIEN HABLO DE LA ROSA

YO TAMBIEN HABLO DE LA ROSA


Sigilosamente, como era tu costumbre, José Antonio se introdujo en mi acto permanente de vivir, perpetrando en mi desdicha el horrible crimen del amor.

He aquí la relación cronológica.

Margarita, -de las buenas- y concha tardía, era a mis veinticinco virginales años la flor de la Flor de San Tirso, expendio de barrio donde se surtían los ultramarinos más finos y los mejores vinos, como decía don Salustino el catalán -su dueño-, que era de un ripio espantoso.

El changarro contaba, además del mostrador clásico -donde era fama que se encontraba desde un pañal hasta un sudario-, con un apartado en que se congregaba el pensamiento activo de San Tirso; a saber, viejos jubilados y/u ociosos, estudiantes que no estudiaban, abogados (sobre todo) y otros profesionistas que antes y después de ir a las muchas oficinas que circundaban el céntrico y populoso barrio, rodeaban las mesas del humo de olorosos cigarrillos que en espirales se elevaban y disolvían en los ruidosos ventiladores eléctricos de la Flor, suavizando sus acentos con las grecas, pastelillos y demás de la generosa fuente de sodas que era mi feudo particular en el negocio.

Los empleados de don Salustino eran, para el despacho de granos y géneros, en la sección de abarrotes, sus dos hijos, ambos idénticos en lo altos, gordos y peludos a su progenitor, pero enteramente distintos a éste en su carácter, porque mientras el chaval y el chavalín - a estas alturas debo confesar que si alguna vez lo supe, ahora no puedo recordar el nombre de los mocetones- eran retraídos y como melancólicos, su señor padre era la verborrea hecha catalán, prodigalidad plena de escatológicas chanzas y amigo de hacer amigos hasta con los monumentos de la ciudad. Yo, como he dicho, atendía la barra y los pedidos del café‚ y la panadería y ahí mismo habían dos meseros que servían a los parroquianos. En medio de las dos secciones, don Salus, bajo un impresionante título de CAJA llevaba control escrupuloso de toda venta realizada en el antepasado más directo de que tengo memoria de los modernísimos Supers de hoy.

Uno de los meseros, René, era un chavo tan guapo como joto y con un corazón de oro, que era frecuentemente traspasado -su corazón- y saqueado -el oro de René-, por sus constantes (más bien múltiples e inconstantes) amores siempre imposibles, ya que, según se quejaba cuando me hacía confidente de sus penas, su problema era que le gustaban los hombres muy hombres.

Fue precisamente por René que conocí¡ a José Antonio o Tony, como todo el mundo te decía.




II

La Flor de San Tirso confundía sus olores de pan bueno y chocolate hirviente con los del barrio matutino que se impregnaba de los cantos de los p pájaros que poblaban en plena explosión demográfica los tupidos laureles de inmemorial presencia de su hermosa plazoleta, al cabo de la cual se ubicaba el negocio de don Salus.

la hora de apertura era entre las cinco y las cinco y media y, religiosamente, porque eran acompañados de las primeras campanadas de la vetusta iglesia santirsiana, sus fieles parroquianos -los de la Flor, no de la iglesia- se hacían presentes en el café, mientras las amas de casa, en la tienda, bordaban los más enrevesados chismes tempraneros y adquirían las galletas, el pan, la leche, los huevos, las frutas y, en fin, los ingredientes de los primeros alimentos de la familia.

Pero, a las primeras horas, la Flor era también el refugio final o de despedida de trasnochados y parranderos del rumbo. Entre ellos, una mañana, apareció Tony en mi vida y, con la fuerza de lo inevitable, tomaste de sorpresas mis rincones de recuerdos, las rutinas y los sueños, mis agravios, mis poemas, mis calores y mi mundo.

Ese día llegué tarde. Era lunes y yo hasta la fecha sostengo que es un día que debe desaparecer del calendario. No acababa de entrar al café, cuando René me urgió:

-Apúrale Maga, no se vayan a ir esos dos cuerísimos.

Porque mientras yo no llegara y abriera la cuenta de diario, no se daba servicio y aunque ya habían tres o cuatro mesas ocupadas, la que tenia en pendiente a mi amigo era la dos, donde estabas con otro muchacho.

-¨Quiénes‚ son? ¿Los conoces? -respondí preguntándole a René porque desde que te ví coloreaste mis sentidos con el azul de tu mirada que despertó mis acaracoladas sensaciones.

-El huerito es el hijo del químico de enfrente y el grandote es un amigo suyo con el que estuvo estudiando todas las noches en el laboratorio. Ya estuve platicándoles y son rebuenísima onda. Hasta me dijeron que si puedo llevarles refrescos y tortas al mediodía, porque están acuartelados preparando su examen de grado.

Mientras mi dicharachero cuate me atiborraba con sus conocimientos, noté que Tony -"el grandote de los ojos claros se llama Tony"- me veía con una sonrisa irónica que delataba que se daba perfecta cuenta que eran el centro de nuestra conversación, y, con esa impulsividad que después provocaría mi furibundo amor, robaste la paz que llenaba mis horas, guiñándome un ojo.



III

Si las mañanas en San Tirso son un recuento de sonidos y olores gratos y reconfortantes, una explosión maravillosa de vida e invariablemente un acogedor frescor inundando todos los poros; los mediodías, en cambio, desde aquella época se convertían en un páramo sofocante de atronadores ruidos humanos y maquinales, que apologetizaban la modernidad y el progreso con un concierto enloquecedor.

-Si así es el infierno, que chingue a su madre el diablo,- comentaba con frecuencia don Salustino, mientras se secaba el sudoroso y velludo pecho.

*

-Buenas tardes, -me atosigaba el calor interno y externo, mientras los cascos de botellas peligraban en mi temblorosa mano- René no llegó a trabajar, pero me habló por teléfono‚ "Maga, no sabes que horror, amanecí con conjuntivitis y no voy a chambear. Llévale sus tortas y sus refrescos a Tony y al huero, sí, te va a convenir, ya sabes quién me pregunta siempre por tí" -y me pidió que les trajera sus cosas.

-Pasa, -sonreíste, comprendiendo que ni mi prisa ni la tuya ni el ansia-lobo de nuestros cuerpos iban a esperar otra oportunidad como esa en que el huero se había ido con su papá no sé a dónde y te habías quedado solo con la pasión que ya nos reventaba por las furtivas miradas y los encendidos sueños. Y al rodar de nuestros besos y el descubrimiento simultáneo de tu sexo y mi placer, se me fue deshebrando la verdad de mi materia y empezó a constituirse ese sólido y agudo y continuo y total compromiso formal de vencer en la derrota más triunfal de mi ser.



IV

No fuimos novios.

Fuimos amantes, palmo a palmo, incansablemente, por todos los rincones del mundo y los escondrijos de la piel; por cada gota de sudor y de saliva; envarados frente a una puesta de sol; por la dureza enarbolada y el genio de la lengua.

Fuimos amantes, de fértil inspiración que nos llevó a la casa de tu hermano, al departamento de mi prima, a las arenas insondables de una playa nocturna, al asiento trasero del coche de tu tío y hasta a la húmeda cava de don Salustino, con las faldas levantadas.

Llevamos de la mano de un rayo poderoso, con el alma inundada, con inagotable ansiedad, el título más pleno que pueden llevar dos cuerpos. Fuimos amantes.


*


Por eso hoy, cuarenta años después‚ al revisar viejos recuerdos escritos, me topo con una hoja de papel amarillenta y me parece ver la mano del huero entregándomela y oír su voz:
-Te manda esto Tony y me pidió que lo despidiera de tí. Ya regresó a su tierra y creo que allá va a poner su laboratorio.

*

Yo sé que pudo tener mejor final, pero a lo mejor no. Madre que soy de tres hijos y abuela feliz de ocho hermosos nietos que pronto me harán n bisabuela, creo que es maravilloso -y te lo debo- sentirme hervir por un fragmento tan lejano de mi pasado y sonreír, mientras mi llanto moja tu poema de despedida, que el tiempo me ayudó a entender.

Tu cuerpo en destellos fugaces
de sal y de savia, de hierba y de viento,
de imagen sagrada.

Tu cuerpo, recinto de donde me llegan
las voces más altas, mi crucifixión.

Tu cuerpo despierto, por la voluntad
de cada sentido que alerta, al acecho,
he puesto en tu busca, para fermentarte
de todas mis puestas de sol, de todas mis
lunas

Tu cuerpo soñado en el bosque,
presente de sed, bastión de rescate,
almíbar, laurel, chocolate;
tu cuerpo, ración de mi hora
de loca ansiedad, pantalla gigante,
voraz almejar.

Tu cuerpo borracho de risas,
de amparos gozosos, de luz desmedida;
tu cuerpo, mayúsculo enigma,
completa verdad, que sé, que he bebido,
caliente, dormido, jugando, con miedo,
con prisa, con paz.

Tu cuerpo divino,
tu cuerpo que adivino,
tu cuerpo que hada vino,
tu cuerpo,

cada vino.

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