miércoles, 9 de julio de 2008

SÓSIMO

SOSIMO


-No te duermas Leodegario, deja que te explique bien porque yo creo que toda la culpa se la tuvo la pistola.

-Ya es muy tarde Sósimo y tienes la lengua más enredada que una hipomea. Total, la noche no se va a llevar tu historia.

-No seas cabrón, espérate, después no voy a poder dormirme con este chismesote dentro del cuerpo. Cierra los ojos y óyeme, te lo voy a contar como debe ser.

“Las tardes del rancho son tan húmedas que el calor pega los demonios al cuerpo. Los hombres y las mujeres escapan por los hilos del agua que llenan la cañada para regalarse la libertad del trópico. Y son animales de manada que retrasan el amanecer para disfrutar su numen.”

-Ya lo viste Sósimo que nada más me quieres estar perjudicando. Dices que me vas a dar la hora y me haces la historia del reloj. Qué tiene que ver el calor con lo de la Flor y Mariano, déjame dormir.

“Flor y Mariano se conocieron desde que el mundo les abrió su caja de tesoros. Juntos hallaron el sabor coloreado de las cochinillas de río y la radiación penetrante del verde entre las lluvias de julio. De la mano subieron la ruta de las culebras por el sicoyo y ayudaron a las hormigas en su marcha de safari. Antes de reconocer las mordidas del deseo se burlaron del arte amoroso de todas las especies del monte y comenzaron a separarse temerosos cuando los poros se les erizaron y las erecciones de la piel les rompieron el alma infantil”

-Córtale Sósimo, todo el pueblo sabe que eran novios desde muy chamacos. Si no empiezas con lo del casorio, me entro a dormir.

“En el rancho, un hombre tiene que regalarle la dignidad a la mujer, cuando la escoge para que sea la suya. Mariano llegó una tarde a casa de la novia, subiendo por la cuesta ritual de todas las generaciones de su raza mestiza. Antes había obtenido de don Geovanni, el patrón, la yegua alazana y la pistola con cacha de plata que daban presteza al traje de lino con que fue a pedir a la Flor.”

-¿A poco le regaló la pistola el patrón?

-Ni la yegua, sólo se las emprestó para que se pusiera toro frente a los suegros. Pero el accidente fue por la pistola, nomás espérate que llegue ahí.

“Después de la petición los novios tienen permiso para andar contando que se van a casar y pueden ya salir solos a la furia de las noches sin estrellas que el verano abunda. De lo que ocurre por los rumbos de una noche de verano ya se ha dicho todo, pero en la simiente de estos amantes no existen palabras de amor, como entre los de Verona. La ternura es una exiliada de sus juegos y las herramientas del idilio son apretadas caricias para ahuyentar la soledad de los cuerpos. Así es la poética de la selva, un río que sirve de marco a la luna, mientras los rumores encarcelan a la fauna del paraíso: el olor de la hierba para imaginar un cuento, neblinas que dibujan el ballet de los siglos y adán ignorante fornicando a eva, con los ojos cerrados.”

-Sósimo levantafalsos, dónde vas a saber que ya cogían por ahí.

-El mismo Mariano lo presumía en la piquera cuando estaba bolo.

“Porque las manchas del rocío sobre su encaje de pelo le herían el pecho, le reventaban las ganas como una ventolera de septiembre cuando los árboles cantan la furia del despeñadero. Los cangrejitos de sus ojos en el éxtasis le venían a la memoria y le llevaban a sus labios el orgullo de repetir su risa, como un bando.”

-Como el que dice que tenía la seguridad de ser el dueño de la concha, podía alardear de la perla.

-Pues sí, entonces la Flor y su familia estarían esperando el día de la boda como agua de mayo.

-Y también Mariano, y de paso don Geovanni, porque el préstamo de la yegua y la pistola era hasta para después del casamiento.

-Pero más la Flor.

“Es que mi boda va a ser una danza suspendida en el espacio, el recorrido de los sueños, una clava en todos los corazones del amor, tiene que ser. La lluvia, ya la invitamos, cuando llegue nos va a consumir los vapores de estas anónimas melancolías. Vendrá con el sol a regalarnos el arcoiris y por él será la fuga hasta el tálamo. Mi boda será el surco de mi semilla y mi etopeya toda será.”

-Y entonces se cruzó Lucrecia en el camino de Mariano.

-Viejas envidiosas.

“Yo no soy una flor, porque mi tiempo de pasear entre los montes perseguida por las abejas se llenó de pasado. He visto transcurrir cada tarde somnolienta en el deseo de partir mi angustia. Las hierbas se quejan de mis mordiscos, pero su savia no me contagia de la fecunda atracción de su primavera. Sigo sin mirar mis brazos llenos, incapaz de alargar el hirviente centro de mi hoguera hasta la dura polución que rebose en la espiga rabiosa de un hombre que me atraiga el pistilo y desmembre mi corola.”

-Bueno, Lucrecia ya anda por los veinte años y si se tarda más se le tateman las habas. Y donde sabe que a Mariano lo dominan el chupe y el pito, le revolvió las dos cosas, como que de despedida.

“Sólo era un perfume cuando comenzó la noche. Los ojos de Lucrecia eran señales apagadas y yo caminaba entre sus ascuas, indemne. ¿Cómo rechazar la soledad de una caverna de aromas? Me tendí a superar la aurora de esa piel de laberintos, con la confianza del que abreva en un estanque sin sirenas ni sombras de naufragio. Ella me ahuyentó el coraje y los miedos con sus manos silvestres y recibí la emoción de un regalo no prometido.”

-Pendejito. Y la otra tan zorra lo retuvo casi quince días en su casa, sin dejarlo acordarse ni del resuello.

-¿Y la boda?

-Se la llevó el carajo. Nadie sabía donde estaba el Mariano y los parientes de la Flor ya lo andaban buscando pero pa’ matarlo, porque con eso no se juega. Entonces fueron a ver a mi patrón, Don Geovanni, que era otro damnificado y que me va encomendando que yo lo localizara hasta debajo de las piedras si allí estaba guarecido. “Me lo encuentras, me dijo, y lo haces que se case con la muchacha que pidió y que me devuelva mis cosas o con la misma pistola lo dejas frío”

-¿A poco tu sirves para esas cosas?

-Servir, sirvo en lo que me paguen y más si hay merecimientos como se los ganó el Mariano. Así que me fui a las rancherías del rumbo y no tardé en que me platicaran en donde habían visto a la yegua que por su pinta cualquiera dejaba de verla.

-Luego te dijeron que con Lucrecia.

“Aquí se le atoró el camino a mi Marianito, se le confundieron las entendederas, olvido su nombre y su coraza, se agregó a mi especie sin condición. Pudo mi ardor, sobre sus recuerdos, poner un dique. Cuando regresó del primer sueño, se conectó a un nuevo viaje hacia el infinito en mi nave de pasión.”

-¿Ya se había quedado a vivir con ella?

-Qué va, cuando se le acabó el huaro, que ya te dije que no fueron ni dos semanas, patas pa que las quiero. Y hubieras visto el desconsuelo de la otra.

“Mi mundo se quedo sin medida, lejos de la protección de la ceiba y el caobo, endeble en su ruina. Poco era cuando encontró la luz, que atisbó a hurtadillas. Nada, fragmento de nada se convirtió cuando el abandono le hizo este nido insondable”

-Así de pesadas se ponen las viejas.

-¿Y adónde se paró Mariano?

“Volví a mi Flor y hallé de nuevo su espera intacta. Ni precisé rendirle el tributo del arrepentimiento, ni holló mi dignidad con sus reproches. Regresé con mi fuego para avivar la hoguera que ella mantuvo sabia, conocedora de mi ser, dependiente del suyo.”

-Pero cómo no lo mataron el suegro o los cuñados.

-Porque no se les presentó a lo derecho. No lo iban a matar, sobre todo si regresaba a casarse, pero de una madriza nadie lo salvaba. El muy ladino llegó de noche y se robó a Florecita y ¿qué crees que les dejó de prenda?

-...

-Pues a la yegua menso, a la yegua del patrón. Me la voy hallando, cuando conocí su rumbo, casi en los huesos, sirviendo de juguete a los chamacos de la familia.


-Entonces no hubo boda ni fiesta.


“Pero la tempestad que patrocinó nuestra fuga se vistió de relámpagos y truenos, como en las romerías. El torrente que nos despidió sabía a licor de miel y era sólo nuestro. Nuestra la ilusión rediviva de las caléndulas que nos besaban al partir y se ensanchaban de buenaventuras. Nuestro el palmotear de los bananales que ulularon un ángelus sin parar hasta que el sendero difuminó nuestra huida.”

-Fiesta la que armó don Geovanni cuando fui a contárselo y me miró llegar sin la pistola, la condenada pistola. “A donde se haya ido ese muerto de hambre lo vas a encontrar y me traes la plateada, me dijo con unos ojos de lechuza tras ratón, y te ofrezco el plomazo que tu no le des a ese malnacido si no te la devuelve”.

-Favor con trompeta.

-¿Qué le hacía? Ahí me tienes como chucho olfateando el aire para saber adónde habían jalado. Hasta que me los fui a encontrar en un paraje por el norte, hasta eso cerca.

“Recogíamos los restos del paraíso que en esta tierra están desperdigados. Las tortugas de río que ofrendan su sangre , las guanábanas que ya ni falta te hace comértelas después de mascar su olor, el jabalí que se mata a tus pies para que obtengas su carne condimentada y están la anona y el nanche, la culebra y el peje-lagarto, la pitahaya y la tortolita, todos sirviéndole un banquete al fresco si tu te olvidas del mundo y te acoges a su obsequio.”

-Estaban esperando que se les pasara el coraje a los parientes y luego volvieran a presentarse para el casorio. “Muy bonito, le dije a Mariano cuando se le bajo el soponcio de mirarme, y no fuiste varón para acordarte de devolver lo que te prestaron”

-Lo agarraste en la maroma.

-Pero estaba prevenido. La pistola, la remaldita pistola la tenía bien a la mano y como que la debía, no sé que se figuró, pero me la puso enfrente.

-¿Y no le explicaste que eras mandado del patrón?

-No le iba yo a demostrar miedo. Le dije “dame esa madre o dispárame y ve muy bien que me mates porque si no yo te la voy a quitar y tu vas a ser el muerto.”

-Qué bruto eres, Sósimo, menos mal que te la dio ¿No?

-...

-Sósimo, ¿dónde andas? ¿Por dónde saliste si está todo cerrado?

-...

-No estés jugando, cabrón, que ya es muy noche y cualquier ánima se ofende y te la cobra, dónde te mestiste, Sósimo, ven a contarme en que paró tu historia. No seas así, hijo de la chingada, si ya estás difunto qué me tenías que venir a espantar el sueño, ahora ya no voy a dormir en una semana, qué cabrón, Sósimo, cómo me viniste nomás a dar en todita la madre.

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