CARMEN
"Para un hombre me imagino que es más difícil entenderlo. Oyes cuando comentan que basta con cruzar las piernas y tú ya no puedes ser penetrada.
La verdad es que para una tampoco es muy fácil de entender. Lo de siempre es pensar que eso es algo que les ocurre a las demás y si te llega a pasar a ti, pues, como dice el chiste, relájate y disfrútalo."
Carmen maravillosa. Profunda, querida, hija. La mejor de mis historias.
"Pero es que por tradición, la educación religiosa, el rollo moral, por lo que gustes y mandes, una que es muy liberada y no le hace caso a nada de eso, muy valemadrista, por encima de las minucias sociales, sólo es ver que cualquier cochino esté morboseandote los pechos para sentirte ultrajada y que te reviente lo del objeto sexual y la manipulación de roles. Te dan ganas de ir y apretarle un huevo al cabrón. Ahora imagínate que una bola de degenerados te restrieguen tu debilidad y tú sólo puedas responder con el viejo y ridículo expediente de tu llanto, y entre tu vergüenza y su burla, la desesperación y el jodido raciocinio que te hace ver que tu resistencia los excita y que su excitación es tu derrota."
Yo pude haberte dicho algo, supongo, inventándolo. En mi mano, literalmente armada con este mismo lápiz que hoy te recuerda, estuvo la posibilidad de hacerte saber, sin el dolor de verte a los ojos, que comprendía lo que por ti pasaba, cariño.
"No sabes lo que es sentir ahogarse tus gritos entre frases absurdamente obscenas, que si las oyeras en otro contexto, te harían sonreír con suficiencia y reflexionar sobre la elementalidad de la plebe, sobre su condicionamiento hacia formas y modos gastados de expresión que constituyen su representatividad. La onda sociológica, pues. Pero bajo el peso abrumador de tu impotencia, esas mismas vulgaridades te hacen pensar que te has vuelto loca, que todo es un contrasentido que te ha hecho presa de repente. Recuerdo en especial que uno de aquellos animales me insultaba porque yo no me quedaba quieta y así no se podía venir y, mientras tanto, se babeaba en mi cara como una bestia repugnante. De repente me sorprendí analizando la técnica erótica de ese baboso que ignoraba la mínima sutileza de un amante. ¿No te mata? Es que deveras ya la locura y la razón pierden sus límites y se relacionan penosamente."
Pero ninguno de los dos confió en el otro, en el amor del otro. Los dos sostuvimos una absurda batalla entre el respeto y el orgullo. Nos pareció inmadura y primitiva la relación de las palabras y los sentimientos.
"Y lo físico es otro fenómeno. No sólo por el modo sistemático, profesional, con que me golpearon, en la medida inexacta de una resistencia que se concentraba en mi incapacidad para aceptar la poca suerte de mi lucha, sino por la asunción de un papel absolutamente ajeno a mí, de una manera vehemente y ciega. Yo, que me he fabricado mi mundo a partir de conceptos, que nunca quise, por feminista, dejarme crecer las uñas, las utilicé, así, romas como las traigo, buscando ojos, cuellos, testículos. Me fracturé los dedos de tanto patear, me pegaban en la parte interna de los muslos para mantenerme abierta, pero a la menor liberación, al mínimo aflojamiento, se me rebelaba la tensión acumulada en cada brazo, en cada pierna sujetados, para, incansable, seguir rasgando, seguir pateando."
Carmen. Fugaz siempre, como los días de tu niñez que fueron míos, pero no sólo míos, pero siempre míos.
"Y sé que querrás saber si experimenté algún placer cuando me penetraban. Después de lo que te conté de Raúl, primero y de Omar, ahora, es natural. Pero no, cuando te dije que Raúl me conquistó haciéndome el amor como él lo hacía, lleno de imaginación y febrilidad, convirtiendo en seda sus caricias y regateándome su virilidad hasta que se agotaba mi ansia y mi búsqueda, erupcionando conmigo, me refería al placer que ha llevado el antecedente de la ternura, que se ha dimensionado de piel adentro a piel afuera. Y cuando te confesé que me siento enamorada del pene de Omar, tan grande, tan hermoso, tan dulce, quería realmente decir que el hombre que amo me hace sentirme privilegiada, dueña de una capacidad de excepción de ser feliz a partir del deseo realizado, inmune a cualquier envidia, prolongada hasta el extremo de la más sincera vanidad. En cambio, lo de es noche fue una pesadilla interminable que convirtió mi sexo en algo ajeno y monstruoso y me impregnó la carne de un recuerdo de asco, dolor y un inmenso odio."
"Pero a pesar del tiempo, o con su complicidad, siempre fuiste mi niña, frágil y etérea, como ahora, recostada en esta cama absurda de tu convalecencia. Tú no lo sabes porque no te eduqué para fueras una cursi o un accesorio mío, pero yo te veo aún a través de la felicidad aquella de despertarme cada mañana y descubrirte en la cuna, con el tesoro de tu mirada gozosa por mi cercanía."
Pobre viejo, no encuentra las palabras que sostengan nuestra posición y revelen claramente sus sentimientos. El le da tanta importancia a esas cosas.
"Me gustaría presumir de mi participación en tu modo de visualizar el universo, de ideologizar tu sexo, de seleccionar tus bellas artes, de fomentar aspiraciones, discriminadas o dudosas, con retóricas y transparencias. Quisiera sentirme el Prometeo que te comunicó el fuego de esa combatividad invencible con la que te oponías a las costumbre y las rutinas, con la que no cejabas de inventar cada parte de tu ser. Sin embargo, más allá de mis comprensiones y de mis impulsos, tus fórmulas te diseñaron ese espíritu más abierto que independiente, que permitió, entre tantas cosas buenas, nuestra relación de confidencias y reflexiones. Si hay algo hermoso como el amor, es la amistad y no puede describirse la belleza del amor y la amistad compartidas."
Viejo querido. Padre de mi honestidad y de mi fuerza interior aunque quieras disimularlo con una modestia que no te conocía. Tú que tuviste que ver tanto con mi felicidad, te quedaste, de repente, a la intemperie de mi desdicha.
"Recuerdo, desde muy niña, tu emoción por las palabras, por conocerlas, desentrañarlas, recorrerlas en todos sus sentidos. Para mí, ser escritor fue, por un lado, el orgullo de tu orgullo y, por otro, la incertidumbre de tu crítica, la primera y la más difícil, la que no me perdonaba mi inclinación por los clásicos, mi parcialidad o imparcialidad, mis inconsecuencias, sobre todo, mi preferencia por los personajes masculinos. Cómo te indignó que mi Margarita fuera mesera y su galán un estudiante y que ella se quedara esperándolo toda la vida llena de pasión en las entrañas. Te discutí que así tenía que darse la historia, porque en la mujer existe esa permanencia en los afectos, producto no de una inferioridad, sino de la calificada virtud de ser leal. Los hombres en cambio -te sostuve- tenemos la discutible aptitud de olvidar, sin remordimientos. En esa ocasión, como en tantas otras, llegué a reconocer que estaba en un error, pero hoy, al verte, absorta y muda, no puedo dejar de suponer que la ausencia de Omar, su completo abandono, es la parte fundamental de tu estado."
"Tú que me conoces como nadie, debes estarle dando vueltas a mi postración, a mi mudez, a mi inmovilidad, pero espero que comprendas que todo esto es externo y por dentro estoy armando este confuso rompecabezas en que se ha convertido mi mundo. Es tan duro dejar de ser feliz, perder del alcance de la mano todos los granitos de arena de la dicha. Sentirse realizada es un arma de dos filos, porque te vuelve indiferente, te da la idea de que lo bello es simplemente natural y tú te lo mereces. Te hace definir la prepotencia en los demás y disimula tu soberbia en una suficiencia altanera que combina las rebeldías y la lucha diaria, como si fueran mayores o más importantes que tus satisfactores, que el amor y la tranquilidad, que la placidez cotidiana. Y, de golpe, tu mazo de naipes se desmorona y ya no están ahí, junto a ti, próximas y confiables, como una bendición, las cosas que redondeaban tu vida, dándoles un sentido."
Y junto con tu silencio se fueron enredando las horas muertas y nuestro cariño en receso.
"Viejo hermoso. Me dejaste tu cuaderno de apuntes y, breves y buenos, me he vertido en ellos, con su profundidad que es la de mi circunstancia. A pesar de todo he podido equilibrarme y tomar y respetar la decisión de quitarme la vida. Tal como has supuesto, no puedo encontrarme en una realidad en la que tendré que desprenderme de la pasión que colmaba mi existencia. Le agradezco, sin embargo, a Omar que ni se haya parado por aquí. Me doy cuenta que lo vería siempre con desconfianza y recelo. Mi herida es más profunda que mis sentimientos y me hace aborrecer cualquier contacto anterior o futuro. Ya nunca sería igual, me defraudaría, en primer lugar, a mi misma. Y además, esto es más extenso que lo carnal. A lo mejor lo físico podría superarlo, pero, para mí que traté de ser, como dijo Machado, en el buen sentido de la palabra, buena; que quise portarme bien con todos y no hacer nunca daño conscientemente a nadie, que quise a la humanidad sin distingos, sólo por ser, cómo voy a poder afrontar este odio, esta repugnancia que me inunda cuando oigo una voz, cuando miro una figura, cuando siento un roce, inclusive de ti, papi adorado, inclusive de ti.
Me siento monstruosa, anormal, incapaz de soportarlo. Cuando leas mis escritos que dejo para que te acompañen y me justifiquen, te pido que nuevamente me comprendas y me apoyes, refugiándote en la felicidad de todos nuestros recuerdos y no en el dolor de mi desgracia. Tengo que decirte que no hubo nunca un padre como tú y que sólo por ti fui libre y dichosa hasta donde pude serlo, hasta cuando pude serlo.
Adiós papá.
Adiós querida.
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