lunes, 17 de agosto de 2020

GABO YLAS MARIPOSAS AMARILLAS

 

Gabo y las mariposas amarillas

 

Mi abuelo se llamaba Tranquilino, como la abuela del Gabo. Esa es por desgracia, la única semejanza que tengo con quien para mi es el mejor escritor nacido en este continente e islas anexas. Gabriel García Márquez hizo de la memoria de su abuela Mina que vivía con el susto permanente por la presencia de sus muertos recorriendo los barracones de la casa de Aracataca “la casa, no había otra” y los recuerdos de guerra del Coronel Márquez, su abuelo, una filigrana de portento, la primera paleta americana de ese mestizaje que se descubrió capaz de labrar historias que se hicieran leyendas con un lenguaje propio, articulado del color y los matices olorosos, auditivos y verbales de tierras robadas a los indios, junto con sus platanares y las voces de las cumbres y los llanos.

Nuestro prototipo de un nuevo mundo fue distinto a partir de un personaje que, como los suyos, nació gracias a la adversidad, a esa aventura de amor no inventada entre Luisa Santiaga, su madre y el telegrafista Gabiel Eligio, su padre, que a fines de los veintes, cuando el telégrafo era lo que hoy entendemos por los watsaps, regó de mensajes “como las mariposas amarillas que perseguían a Mauricio Babilonia” dice Plinio Apuleyo Mendoza, la ruta de cabras por la que los papás de Luisa Santiaga trataron de curarla del mal de amores que, cualquiera lo sabe, es invencible.

E invencible se volvió su afán de contar y construir la realidad con magia y palabras, un sueño que le fue robando a Faulkner o a Hemmingway, o a Virgina Woolf, de cuyo Séptimus se apropia, o a toda la literatura que consumió sumergido en la idea de abandonar los estudios de derecho en Barranquilla, a donde Luisa Santiaga fue a pedirle que la acompañara a vender “la casa”. Y en aquel periplo hacia una venta que no se realizará jamás, encontró que la fuente era su fuente, atravesando en una barcaza dolorosa la selva y el río que tenía aletargados en el alma, para arribar por un tren de fantasmas hasta el polvo de fantasía que le emergió por todos los poros, cargados de sabores criollos, de las frases con picardía de canela, del trueno que aterrorizaba a su madre y el jazmín que la embriagaba, de alcaravanes y ojos de perro azul. Esa arcana procesión a la que le quitó lo inefable y que lo llevó a iniciar la narrativa de la soledad que no terminaría ni en cien años ni nunca, como uno más de sus condenados.

Los pastosos años que vivió entre Colombia, Francia, Cuba y Nueva York, tuvieron el amargor del poco aprecio de la crítica por su obra –un español que revisó La Hojarasca –su Antígona en Macondo-, reconociéndole cierto valor poético, le recomendó que se dedicara a otra cosa y un francés que valoró para su publicación El Coronel no tiene quien le escriba, la verdad ficticia de su abuelo esperando una pensión de guerra, no recomendó la edición.

Pero ante la exuberancia y la desmesura de Cien años de Soledad, el mundo de las letras tuvo una rendición inmediata. Desde la experiencia propia del día en que fue a conocer el hielo, la zaga de los Buendía, fue adoptada universalmente con la conmoción del descubrimiento, el ahogo de una nueva luz. Pese a los enredos de nombres que se repiten por siete generaciones, la novela que parte de un éxodo termina en la fundación de una religión nueva. El culto al Gabo. 30 millones de lectores nada más de esta pieza fundacional, seguirán difundiendo ese extraño mensaje de pensamientos torcidos, tan identificables en nuestra naturaleza, que se expresan por alegorías, de amores que vencen tozudamente sus obstáculos y de felicidades que se albergan en remansos cortos pero entrañables.

La fama y el éxito a partir de entonces fueron para García Márquez, sin embargo, un contrapeso a su ideal como escritor, a su abstracción ante el arte, de modo que manifestó un cierto rencor hacia la novela que le dio todo, a cambio de la tranquilidad para escribir. Rechazaba que fuera su obra maestra y afirmó que sería recordado por El Otoño del Patriarca, la versión fantástica del dictador Latinoamericano, que desde su original venezolano, puede emparentarse con tantos sátrapas llenos de color que han poblado nuestro continente con sus caudas de latrocinio, matanzas y subdesarrollo. El anciano paquidérmico que retoza entre los velos de un pasado que le obnubila los días, es también para mí el momento epigonal de la producción de nuestro autor. Sin pausas, el ritmo apabullante de esta fábula alcanza dimensiones de perfección, lo mismo cuando el Patriarca es reflexivo y sabio ante la inminencia del fin de su eternidad, al cabo poseedor de “diez soles tristes de general del universo” que, mis favoritas, en las frases que salpimentan de humor coprolálico  esta pieza única, cuando, por ejemplo, ante la poesía heroica de Rubén Darío se pregunta cómo podía ese indio escribir una cosa tan bella con la misma mano con que se limpia el culo o ante la calamidad de la pobreza endémica de nuestros pueblos vaticina  que el día que la mierda tenga algún valor los pobres nacerán sin culo.

Para reír, para entusiasmarse, para ser víctimas de un asombro total, para ser subyugados, lo que escribió Gabriel García Márquez nos quedará más allá de un mito, como consigna del poder de una raza empoderada, de ese espíritu vasconceliano que hablará para siempre con la fuerza de lo irrepetible. Ese bien múltiple al que con afecto llamamos nuestro legado se conforma de las proezas que nos donan estos seres tocados por lo divino. Bendito bigotón, ascendiendo al Parnaso Caribe, con tu sonrisa socarrona, fumando mientras escribes, frente a unas flores amarillas de inspiración, –como las mariposas que ayudaron a engendrarte. 

 

Sergio Salazar

Mérida, Octubre 2014

sábado, 5 de junio de 2010

49

49

Hay para quienes los números lo son todo. Hay para quien las palabras. Pero cómo se cuentan las lágrimas en el ciego transcurrir de días sin sueño. Cómo se dice ya no puedo más con una cifra atravesada en la garganta.

No debieron morir repite la nube que ya no los mira. Somos un coro pálido que reprocha con la clava de un olvido imposible. Sólo una palabra más. Justicia.

5 de todos los junios. 49 velas negras. 49 lágrimas.

miércoles, 3 de marzo de 2010

EL DIOS POETA

EL DIOS POETA
Frente a la tarde de salitre y piedra/armada de navajas invisibles/una roja escritura indescifrable/escribes en mi piel y esas heridas/como un traje de llamas me recubren. Paz
(Piedra de Sol)

El Gran Cañón del Colorado es una colosal formación pétrea que millones de años y toneladas de océano diseñaron en las profundidades como celosos artistas que, refugiados en su propio ego, no dejaron emerger hasta que la obra estuvo terminada. Al norte del estado gringo de Arizona, el Gran Cañón entretiene con su paleta multicolor el paso de un río azul que desmiente de su nombre para coronar con chispazos celestes la profunda ostentación de este gran alarde divino. Porque uno podrá ser todo lo libre pensador que quiera pero tiene que rendirse a la evidencia de una mano milagrosa donde la sucesión de maravillas no se detiene cuando el alma pensaba que ya era imposible encontrar una nueva. Para llegar al Parque Nacional hay que atravesar la zona de Flagstaff donde se admira la mayor plantación de pinos en todos los Estados Unidos, un auténtico páramo en el desierto que parece dar la bienvenida al vecino fenómeno de piedra vibrante. De las extensas expresiones desérticas, altas cimas, suelos ralos, carreteras serpeantes, desfiladeros de ahogo, se ingresa de pronto al olor penetrante a alquitrán, el clima templado de las cumbres protegidas por verdes pirámides en un horizonte sin fin, duelistas vencedores del infierno al que superarán por kilómetros hasta que el panorama de la zona árida –Arizona- vuelve a campear. Y de repente la montaña, el Gran Cañón, ora verde, a ratos oro, azul grisáceo, tierra, plata, bronce, aristas en profusión, símbolos fálicos, miradores tímidos que avistan fuegos, cofres de tesoros no imaginados, distancias nostálgicas de visiones empedernidas, el Gran Cañón, desafiante, echando tiros contra la probabilidad del ser posible, lonjas de piedra burbujeante, en ebullición, la bravuconada de la naturaleza en que todo es grito poderoso, la ola de roca que imitó al mar con sus espumarajos de niebla, destilando el infinito entre las vértebras de sus columnas hercúleas, el Gran Cañón. Regodeado en su triunfo, Dios prepara en este escenario impar una masterpiece; participan, en orden de aparición, las nubes oscuras que combinan tonalidades con la complicidad de la primera figura de la función, el sol, que está a punto de ejecutar la danza suprema de su muerte -por lo pronto permanece enhiesto, como fondo escenográfico, pendiente de su gran entrada-, los arbustos que circundan el abismo y su ejecutante, el viento, que comienza a afinar por entre bastidores, remontando al calor polvoso que entretiene al público. En un invisible movimiento de batuta, el sol se aposta detrás de la cinta púrpura que bordea la cima más alta y el mundo se viste de naranja, la brisa responde con la suave caricia a la vegetación baja de saguaros y artemisas, enebros y yucas de hojas anchas, que excitadas anuncian con un coro subyugante lo mejor del espectáculo. Hipnotizados por la ambientación, sólo podemos seguir las evoluciones de la gran estrella, a través de un imaginario de color que va dibujando sombras multiformes entre los rincones voluptuosos de la gran matrona rocosa, recostada sobre si misma, poseída por mil matices. La plástica de 500 kilómetros de largo y uno y medio de profundidad reclama el derecho a pregonar que el tamaño importa. Cuando el grand finale se aproxima, el astro crepuscular emite en silencio un postrer rugido de rayos bostezantes que se van tiñendo de un violeta progresivo y el concierto de sensaciones únicas –la puesta del sol, el Gran Cañon, la brisa sibilina, las nubes de todos los colores y de ninguno, las sombras invasoras hasta lo profundo de la emoción- quedan suspendidas en un momento de gloria irrepetible, por mucho que se represente cada veinticuatro horas. Lo que este momento de éxtasis tiene de único es el instrumento del realizador. Los espectadores tratamos con camaritas, celulares, videos –algunos con pinceles y lienzos- de captar este clímax, pero es inútil, no hay fotos, películas o pinturas donde este prodigio pueda verse reproducido fielmente; lo que vemos en ellas es siempre parcial, mínimo, referente. La imagen completa, que lo es todo, sólo puede captarse con los ojos, los oídos, la piel y –sobre todo- el numen sensible que nos descubrimos tan a la mano como nunca. El poeta de este performance sinfónico no ha dejado resquicios a su creación, ideó las formas vivas en la materia inánime, las conjuntó con la armonía exquisita del genio y se reservó egoísta la capacidad exclusiva de la presentación total por los medios también diseñados por él, que se alojan temporalmente en nuestra pobre humanidad. Pero eso no nos queda claro, cuando nos quedamos sin estas evidencias poéticas de lo divino, nos retiramos pensando que fue nuestro dinero, el tiempo que reservamos para unas cortas vacaciones o cualquier circunstancia particular lo que ha logrado que admiremos un crepúsculo en el Gran Cañon. Allá, a lo lejos, se escucha la risa irónica del creador auténtico pero nosotros pensaremos que fue un trueno. Sergio Salazar Julio de 2008.

¿POR QUÉ NO LE DIERON EL NOBEL A BORGES?

¿Por qué no le dieron el Nobel a Borges?


También para el pasado habrá premios.
Confiemos, lector, en que se acordarán
de vos y de mí en ese justo
repartimiento de gloria.

J. L. Borges, Inquisiciones

Advertencia


Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo puede ser el autor en lengua hispana más leído de su generación; cuando menos el reconocimiento a su valía como poeta, narrador y ensayista le alcanzó para obtener el Premio Cervantes, máximo galardón que se otorga a un escritor en lengua castellana. Pero ni sus indiscutibles méritos, ni las peticiones reiteradas y generales pudieron mover a la Academia Sueca de lo que el propio Borges llamó una tradición escandinava repetida desde 1899 –el año de su nacimiento-, es decir, el no darle el Premio Nobel.

Aunque el objetivo de este trabajo será tratar de elucidar el o los motivos de dicha omisión, debo señalar que yo, como millones de seguidores del argentino, soy un convencido de que debió haber obtenido el Premio. Pero claro, en ese sentido, esta multitudinaria opinión es como la de los veinte críticos italianos que en cierta ocasión propusieron para el Nobel a Borges. Éste al ser inquirido al respecto contestó con una sonrisa maliciosa: “le cambió a esos veinte italianos por un sueco”.

Aunque la versión más difundida es que perdió su oportunidad para ser premiado cuando aceptó una medalla del régimen dictatorial de Pinochet en Chile, como se verá más adelante, hay mucho más de fondo en esta cuestión y lo más probable es que aquélla no haya sido una causa tan definitiva. Ciertamente no se trata de un misterio, porque se han externado múltiples razones que en alguna medida son aceptables, pero no tratándose de un caso único, ha dado lugar a que se piense que el Nobel en realidad no premia a los mejores escritores sino a los caprichos de la Academia Sueca.

Así pues, para sentar un criterio sustentado tendremos que partir si no de 1899, cuando el Premio todavía no se entregaba, si desde sus inicios en 1901, con las controversias que desde sus orígenes se presentaron y que, cabe decirlo, no han obstado para mantener al Nobel como la mayor ambición de todo autor literario. Porque si la lista de grandes plumas no premiadas es importante -Tolstoi, Proust, Joyce, Ibsen, Kafka, Pessoa. Strindberg, Malraux, Carpentier, Cortazar, entre otros- y aun cuando la opacidad de muchos de los recipiendarios no es menos significativa, año con año, los jueves de cada octubre, en todas las latitudes, se espera el anuncio que mayor expectativa genera en el mundo de las letras, el del ganador del Nobel de Literatura.

Por décadas se aseguraba que ese nombre sería el de Jorge Luis Borges. Por décadas se pasaba del estupor a la diatriba, hasta 1986 cuando se pensó que la muerte del escritor, el 14 de junio de ese año, llevaría a los suecos a una entrega póstuma. El director de la Biblioteca Nacional de Argentina, Oscar Ibarra Mitre, lo solicitó expresamente. La mexicana Monique Lemaitre –autora del lúcido ensayo sobre Elvia Carrillo Puerto, la monja roja del mayab- difundió y respaldó la carta de Ibarra, solicitando una excepción que habían concedido ya, cuando menos en dos ocasiones, a sendos paisanos, a Erik Axel Karlfeld, ganador del Nobel de Literatura en 1931 y en 1961 a Dag Hammarskjöld, quien obtuvo el de la Paz, ambos después de su muerte. Pero una vez más los otorgantes se hicieron sordos al clamor y decidieron la entrega para el nigeriano Wole Solyinka.

Muerto Borges nació un reclamo perpetuo y una invitación abierta. El reclamo es para los insensibles suecos que nunca le dieron el premio que estaba en sus manos. La invitación es para aventurar el motivo fundamental de tal negativa. En este trabajo se recogerán algunas opiniones sobre el punto, la de Nobel y Borges incluida, pero también se presentarán a algunos de los premiados en esos largos años en que se supone que don Jorge Luis debió serlo en su lugar. No prometo una solución absoluta, pero ciertamente existe un eje del que puede desprenderse una respuesta.

Pero a lo mejor no, tal vez, como Borges también decía, “Me han prometido tantas veces el Nobel que el jurado de Estocolmo tiene que creer que ya me lo dio”.



Por qué no debieron dárselo

Borges dixit.

“Cien años de soledad es una gran novela, aunque creo que tiene cincuenta años de más... El hecho de que se lo hayan dado a García Márquez y no a mí revela sensatez de la Academia Sueca; mi obra no es tan importante”

“El otro día un señor me para en la calle y me dice: "Créame, para mi ha sido un golpe que usted no recibiera el Premio Nobel". "¿Por qué? -le digo yo-: ¿A usted le gusta lo que yo escribo?. "Bueno -me contesta-, yo no he leído una sola línea suya, pero hubiera querido un premio argentino". Entonces, hubiera sido lo mismo darle un premio al vigilante de la esquina..."

“Roma, 1981. Conferencia de prensa en un hotel de la Via Veneto. Además de periodistas, están presentes Bernardo Bertolucci y Franco María Ricci. Borges, inspirado, destila ingenio. Llega la última pregunta. "¿A qué atribuye que todavía no le hayan otorgado el Premio Nobel de Literatura?".
"A la sabiduría sueca".

"Los suecos son muy razonables. En el pasado se contentaban con confirmar reputaciones. Ahora quieren descubrir escritores"

"El Nobel se da por muchas razones y una importante es la distribución geográfica. Como se han dado algunos galardones a América Latina, supongo que los próximos caerán en Asia y Africa y es posible que a futuro se lo den a un escritor de Groenlandia. Recuerdo que en vísperas de la entrega del premio Nobel, estaba en Estocolmo y fueron los periodistas a verme. Me hablaron del premio. Les dije que (obtenerlo) sería un error que yo agradecería, pero que sería un error. Y que hay dos escritores (que lo merecen) que mencioné: Andre Malraux y Pablo Neruda. Les dije: ahí tienen dos candidatos. Esos sí pueden ser tomados en serio. Pero en cuanto a mí, sería agregar un error a los otros ya cometidos por la Academia. De modo que no los adulé tampoco (a Malraux y Neruda). Lo importante es la hombría de bien, ser un caballero que no sacrifica lo que piensa por un premio" Sin embargo, cuando se lo concedieron al poeta chileno declaró: "si se lo dieron a Neruda, me siento reconfortado de no haberlo recibido. Oda a la cebolla!!!(???).”

Sobre todo en su juventud Borges se caracterizó por un carácter muy poco amable. Sus frases lapidarias le generaron malos sentimientos en medio mundo.

“--¿Vasco? Yo no entiendo como alguien puede sentirse orgulloso de ser vasco... Los vascos me parecen más inservibles que los negros, y fíjese que los negros no han servido para otra cosa que para ser esclavos. Por supuesto que resultan insoportables los negros... no me desdigo de lo que tantas veces afirmé: los norteamericanos cometieron un grave error al educarlos; como esclavos eran como chicos, eran más felices y menos molestos».--Dígame: y a una guerra como la de Vietnam, ¿también la justifica?
--Naturalmente; aunque esto en Estados Unidos no podía decirlo, porque allí estaban todos contra esa guerra... son muy sentimentales.
Así es, las cárceles me parecen abominables: a ciertos hombres en vez de encerrarlos en las cárceles directamente hay que matarlos. Ni a mis enemigos les puedo desear las cárceles, pero la muerte sí. Sí, fueron palabras de Jorge Luis Borges al periodista y escritor Rodolfo Braceli, quien le hizo una serie de reportajes entre 1965 y 1996.

Con Juan Domingo Perón y su venerada Evita no tuvo mejor relación. En Norteamérica le preguntaron por el primero y se negó a contestar, con la expresión “No me interesan los millonarios” y de la segunda “Tampoco me interesan las prostitutas”. No es de asombrar que al regreso de Perón al poder en Argentina le separaran de la dirección de la Biblioteca Nacional.



Para que la cuña apriete

Con la declarada intención de “defender a Borges, pero sobre todo defender la verdad”, el albacea literario de Adolfo Bioy Casares, publica en 2006 un descomunal volumen de más de 1600 páginas que incluye la voz casi diaria de los encuentros entre los escritores que fueron amigos por más de cuarenta años, hasta que, aparentemente, la discordia entre Silvina Ocampo, esposa de Bioy, y María Kodama, amor postrero de Borges, los separó. En el texto, con una crudeza que Kodema denunció como “una felonía”, se revela a un Jorge Luis Borges gorrón de todos los días, insensible hasta el grado de orinarse los zapatos y dejar inundado el baño de visitas en la casa de Bioy o exhibiéndose sin calzoncillos en la playa, pero, sobre todo, a un asco de persona. Junto a deliciosas reseñas del continuo diálogo literario con una elevada capacidad analítica y la erudición más profunda, el libro nos presenta la sobrada presunción de un Borges autoritario, fundamentalista y autor de frecuentes manifestaciones discriminatorias contra medio mundo, empezando por sus propios coterráneos –salvo su gente cercana-, los lugares distintos de su entorno, negros, judíos, homosexuales, mujeres y, como no, nosotros los mexicanos y nuestra patria, con contadas excepciones como referencias elogiosas a López Velarde y Elena Garro, de quien, entre otras cosas, se refiere que solicitó y obtuvo su solidaridad –la de Borges y Bioy- para Díaz Ordaz, después del 2 de octubre. Solo algunos botones para muestra de las expresiones de Borges en la intimidad más sincera:

“Yo no soy antisemita, pero que, en todas partes, los pueblos más diferentes hayan perseguido a los judíos es un argumento en contra de ellos.”

“Yo soy partidario de la censura. Cuando hay censura la literatura es más viril, más sutil, más decantada. Ésta es la interpretación de la censura como estilo, como calzado que nos aprieta, nos incomoda, nos obliga a marchar derechos, a ser más correctos y más vigorosos… Ahora en este país se peca por exceso de libertad. ¿Cómo pueden los peronistas y los comunistas decir los que se les dé la gana?

“Recuerdo Libertad bajo Palabra de Octavio Paz. A continuación del título vigoroso, poemas deshilachados. Pero no agradables, no vayas a creer: en cuanto asoma la posibilidad de agrado, el poeta reacciona, no se deja ganar por blanduras, y nos asesta una vigorosa, o por lo menos incómoda, fealdad.”

“Todo el Norte es famoso por su color local, porque el pueblo es ahí genuino y siente hondamente… Pero ¿qué ha producido? Muy poco, es estéril. También México es famoso por el color local. ¿Cuál es el Martín Fierro mexicano? Sólo tienen algunos novelistas realistas, algún Manuel Gálvez”.

“Todo lo que se hace en la India es feo. Imagínate lo que serán los artistas modernos de la India. Les ganan a todos. Hay países con vocación para la fealdad: la India, México. Peor que los demonios (para ellos no serán demonios) de los aztecas, son los personajes de caricatura de los frescos de Rivera.”

Y no era ajeno de su yo y sus circunstancias. Decía en 1963: “Estudio inglés antiguo, escribo versos medidos y rimados, me gustan los filmes norteamericanos, estoy inscripto en el partido conservador: soy un viejo de mierda, estoy perdido.”

Por supuesto, para sus adversarios en la Argentina, la realidad política y personal de nuestro autor no pasó desapercibida. En 1999 su paisano Martín Lafforgue compendió en Antiborges, dieciséis textos que, según el compilador, “recorren un arco temporal de casi un siglo –el ciclo borgeano-; con puntos de vista ideológicamente y estéticamente contrapuestos”. Casi todos los autores son argentinos o uruguayos –con excepciones como la de García Terrés, que citaremos pronto- y sus participaciones van desde 1926 hasta 1996 y aunque en algunos casos –los menos- revelan una parcialidad hacia Borges, la gran mayoría lo tunden de manera terrible. Sólo algunas perlas de este muestrario:

Enrique Anderson Imbert (1926): “¿No siente Borges… que los argentinos padecemos raquitismo intelectual… que somos pobres enfermos incapaces, no digamos de crear ciencia y filosofía, pero ni siquiera de asimilar sin indigestión los difíciles libros que nos envían los editores transoceánicos?

Juan Carlos Pontatiero (1956) “Veo en Borges el problema del escritor que traiciona a su país traicionando a su oficio. Ejemplifica mejor que ninguno… ese proceso de desvinculación del intelectual con el pueblo, en el que hay que ver la decadencia de nuestra cultura”

García Terrés (1956): “Enemigo de toda trascendencia… el temible argentino le opone un desfile de pálidos fantasmas que se devoran a sí mismos; un engaño infinito de oquedades, una razón que opera sobre círculos y laberintos ficticios…”

Jorge Abelardo Ramos (1961): “Para él, la Argentina ha sido siempre Buenos Aires y la glorificación de la ciudad en su obra es una forma de desestimación del país entero… busca demostrar invariablemente las “lástimas” de la Argentina y de sus hombres… como el esteta puede detenerse en una desgracia, en una fatalidad, en una tara.”

Liborio Justo (1978): “…si Leopoldo Lugones fue el poeta del Shorthorn y del chilled beef… hoy Borges, con la decadencia de ésta y la preponderancia del imperialismo, lo es del Fondo Monetario Internacional”

Blas Matamoro (1969): “La reacción internacional lo cuenta siempre a su lado: firma manifiestos aplaudiendo la invasión yanqui a Cuba, la represión de los negros rebeldes en los Estados Unidos y el exterminio de los guerrilleros en Bolivia. Jubilado como profesor universitario en la cátedra obsequiada por la restauración libertadora, pide a la universidad intervenida por el gobierno militar. Apenas instaurada… se pronuncia contra la Reforma Universitaria”.

Otras voces.

Héctor Zagal Arreguín, académico mexicano: “Borges siempre supo estar fuera de tiempo. Sí, he escrito bien, fuera de tiempo o como dirían los futbolistas, fuera de lugar. Cuando algunos inciensan la Dialéctica de la naturaleza de Engels como comprensión cabal del universo, Borges se muestra displicente. Cuando Cortázar es un escritor poco afamado, Borges lo publica. Cuando se considera que la filosofía no tiene nada que hacer en la literatura, él se inspira en su conocimiento de los clásicos. Cuando la moda es escribir monótonas novelas donde la United Fruit Company explota a los nativos en cañaverales malolientes, Borges escribe sobre el minotauro de Creta.
Quizá precisamente por ello nunca recibió el Nobel. Porque no supo estar a tiempo, logró estar fuera de lugar. A ningún escritor con pretensiones de Nobel se le ocurre saludar en público a Pinochet. En cualquier caso un colega malicioso y no siempre objetivo gusta de repetir: "El Nobel ha padecido dos grandes devaluaciones: el día que lo recibió Gabriela Mistral y el día que Borges murió sin él".

El ensasyista Rafael Gutiérrez Girardot, ganador del premio Alfonso Reyes, entrevistado por Alfonso Carvajal: “La postura política de Borges es de liberal-conservador, porque él era muy antitotalitario, antiperonista, pero conservador en el sentido de que no creía en ciertas cosas como la democracia, pues la consideraba un abuso de la estadística; tampoco creía o le gustaba la nivelación de las clases sociales en el aspecto intelectual. Aunque en el cuento de "Pierre Menard, autor de El Quijote", decía que esperaba que todo el mundo pensara como él había pensado. Es decir, pensaba en una democracia intelectual, en la que todo el mundo fuera capaz de pensar. Eso lo saca de las corrientes políticas contemporáneas y conocidas, y lo coloca en una posición política de absoluta libertad, gracias a la cual piensa cuando quiere, como quiere, según las circunstancias. A él lo combatieron mucho por una cantidad de cosas que dijo y que no se las perdonarán, especialmente en Alemania. Afirmó que García Lorca era un andaluz profesional y que tenía fama porque lo habían fusilado. Es una verdad que no se la perdonó nadie. Y como tal, creyeron que Borges era un reaccionario. Lo de García Lorca lo publicaron en muchos periódicos. Posteriormente, la condecoración de Pinochet regó el escepticismo sobre su pensamiento democrático. El Nobel es un premio político, ya no es un premio literario. Y aunque fuera un premio político, ya es muy dogmático; porque Borges naturalmente fue antihitleriano, antifascista, partidario del eje, esto es, tenía todas las características para ser una persona aceptable para el mundo del premio Nobel: "Mi utopía sigue siendo un país, o todo el planeta, sin Estado o con un mínimo de Estado, pero entiendo no sin tristeza que esa utopía es prematura y que todavía nos faltan algunos siglos". Lo que no le perdonaron a Borges fue su libertad de expresión. Saludó la medida de la dictadura después de Perón, y eso no se lo perdonaron, pero olvidaron la antología de frases sobre el militarismo latinoamericano, sobre todo cuando dio la bienvenida a la democracia argentina en 1983: "... Renacerá en esta república esa olvidada disciplina, la lógica. No estaremos a merced de una bruma de generales... Si cada uno de nosotros obra éticamente, contribuiremos a la salvación de la patria". Eso lo callaron, porque les convenía. Había otras personas que estaban detrás del premio Nobel, como Octavio Paz, que hizo una campaña fabulosa. Tenía además en su favor a Artur Lundqvist (miembro del jurado del Nobel), que tradujo al sueco a García Lorca y a Paz. De manera que Borges no tenía ese lobby; era una persona de primera categoría, y un pensador políticamente libre no cabía en ninguna parte, tampoco en el premio Nobel.”



EL PINOCHETAZO

Orlando Letelier era Ministro de Relaciones Exteriores y Defensa de Chile en el momento en que las fuerzas pinochetistas entraron a la Moneda a derrocar y asesinar –o provocar su suicidio- a Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973. Letelier fue detenido pero de algún modo logró salir al exilio, llegando a los Estados Unidos, donde ingresó al Instituto de Estudios Políticos, en Washington. Activista respetado y de gran influencia, sus constantes críticas al gobierno criminal que gobernaba su país, le valieron, primero, que Santiago decidiera retirarle la nacionalidad y, poco después, el 21 de septiembre de 1976, que mientras transitaba en un Chevelle azul cerca de la rotonda Sheridan en la capital estadounidense, un operativo de la macabra Dirección de Inteligencia chilena, según comprobó el FBI americano, al paso de su automóvil hiciera estallar una bomba que lo privó salvajemente de la vida, junto a una acompañante.
La noticia provocó una conmoción universal, los periódicos mostraban las siniestras imágenes de los hierros retorcidos entre los que la policía escudriñaba los restos del político fallecido. Y, en la misma edición, podía verse a Jorge Luis Borges convertirse en doctor Honoris Causa de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Chile.

En su crónica, Carlos Maldonado destaca el siguiente párrafo del discurso de aceptación:. "Hay un hecho que debe conformarnos a todos, a todo el continente, y acaso a todo el mundo. En esta época de anarquía sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita, Y lo digo sabiendo muy claramente, muy precisamente, lo que digo. Pues bien, mi país está emergiendo de la ciénaga, creo, con felicidad. Creo que mereceremos salir de la ciénaga en que estuvimos. Ya estamos saliendo, por obra de las espadas, precisamente. Y aquí ya han emergido de esa ciénaga. Y aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada"

Al día siguiente, Borges se entrevista amistosamente con el dictador y ya en el aeropuerto, rumbo a Buenos Aires, declara: “Yo soy una persona muy tímida, pero él se encargó de que mi timidez desapareciera, y todo resultó muy fácil. Es una excelente persona, su cordialidad, su bondad... Estoy muy satisfecho... El hecho de que aquí, también en mi patria, y en Uruguay, se esté salvando la libertad y el orden, sobre todo en un continente anarquizado, en un continente socavado por el comunismo.”

María Kodama ha declarado que éste recibió, días antes de la visita a Chile, una llamada donde le informaban que ya era un hecho su designación como ganador del Nobel de ese año, sugiriéndole que desistiera de su viaje. Según Kodama, para Borges eso significó una especie de chantaje que decidió no aceptar, por lo que no sólo fue a Santiago sino que calculó en sus palabras –tómese en cuenta la alusión a la “furtiva dinamita”- el efecto más impactante para dejar en claro su posición política.

Y, con ello, estiman muchos, perdió para siempre el Nobel. El influyente Arthur Lundkvist, académico sueco ya citado, declaró que Borges no obtendría nunca el Nobel de Literatura por su posición política.


¿Nobel a los 77?

Las estadísticas no favorecen la tesis de que Borges haya perdido el Nobel por su presencia en Chile en 1976. Para entonces contaba con la ya provecta edad de 77 años, es decir, que antes de ese desliz la Academia había tenido tiempo de sobra para elegirlo, si hubiera sido su intención.
Hasta 1976 el Premio se había concedido en 74 ocasiones, ya que aunque tres años no tuvo un ganador, en 4 ocasiones se otorgó en forma mancomunada. El promedio de edad de esos recipiendarios fue de 62 años y, entre ellos, sólo 7 tenían 77 o más, los alemanes Theodor Mommsen y Paul von Heyse, de 85 y 80 años respectivamente, el francés André Gide, el británico Bertrand Rusell y el israelí Samuel Agnon, todos de 78, el también inglés Winston Churchill y el italiano Eugenio Montale, ambos de 79. Fueron más los menores del medio siglo los reconocidos con el Nobel en esos primeros 75 años de su existencia. El más joven, otro inglés, Rudyard Kipling, de apenas 42, que desde 1907 es el más joven de los premiados. Otros cuarentones en esta lista fueron el belga Maurice Matterlinck, los franceses Romain Rolland y Albert Camus, la noruega Sigrid Undset y los norteamericanos Sinclair Lewis, Eugene O’Neill y Pearl S. Buck que, por cierto, dieron a Estados Unidos tres Nobeles de Literatura en un periodo de apenas ocho años.

Borges empezó a publicar desde 1923 y su amistad con intelectuales en todo el mundo lo hacía sumamente visible en el escenario de los literatos universales. De ahí que en 1961 alcanza junto con Samuel Becket el Primer Premio Internacional de Literatura “Formentor” y sólo en los sesenta, es condecorado como Caballero de la Orden de Honor inglesa, se le nombra Comendatore en Italia, recibe la Orden del Sol del Gobierno de Perú y obtiene la Medalla de Oro del IX Premio de Poesía de Florencia. En 1970 se le reconoce con el Premio Literario Interamericano de Brasil; en 1971 se le otorga el Premio Jerusalén y es nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Oxford. México le concede el Alfonso Reyes en 1973, sólo por citar algunas de las múltiples distinciones que hacían del argentino una opción casi inevitable en la selección de los nominados al Nobel año con año, mucho antes del asunto chileno.

Podría pensarse que los suecos no lo atendieron por estar dispensando su premio a figuras insuperables del medio literario, así que revisemos nada más la lista de los ganadores de los 15 años anteriores al famoso 76, a saber, el yugoslavo Ivo Andric, el americano John Steinbeck, el griego Georgos Seferis, el francés Jean Paul Sartre, el ruso Mijail Sholojov, el ya mencionado Agnon, la alemana Nelly Sachs, el guatemalteco Miguel Angel Asturias, el japonés Yasunari Kawabata, el irlandés Beckett, otro ruso, Alexander Solzhenitsin, el chileno Neruda, Henrich Boll de Alemania, Patrick White de Australia, los suecos Eyvind Johnson y Harry Martinson que compartieron el Nobel del 74, y Montale. En 1976, el año trágico, el premio se entregó al americano Saul Bellow.

Parece poco probable que entre esa relación tan dispareja en celebridad literaria, no hubiera podido incluirse a un personaje tan laureado como Jorge Luis Borges. Y mucho menos sustentable es que la animadversión escandinava se hubiere generado a partir de Chile. Podría, eso sí, pensarse que fue ahí de donde se confirmó y tomo ya un rumbo indeclinable para la poca fortuna del argentino. Pero antes de llegar a ese punto, reflexionemos sobre lo que es en sí el Premio Nobel, en el campo de la Literatura, las causas por las que se concede y los méritos más reconocibles de algunos de los que lo han obtenido. Luego volveremos a ocuparnos del caso Borges.

















Los motivos del Nobel

El sueco Alfred Nobel, al morir en 1895, dejó 355 inventos patentados en muy variados campos de la ciencia. Entre los más destacados está el faro moderno y, por supuesto, la dinamita. Se dice que cuando se dio cuenta de los terribles efectos de este último invento, creyó que había encontrado la clave de la paz, porque nadie se atrevería a usarlo. En realidad, durante su vida la dinamita no tuvo un empleo bélico, por lo que parece que no es muy real la versión de que quiso con su testamento purgar la culpa de haber creado uno de los instrumentos más mortales en la historia de la humanidad.
Lo cierto es que este científico filántropo decidió donar testamentariamente toda su fortuna para la creación de un fondo en fideicomiso, con cuyos dividendos se otorgaran premios anuales en cinco categorías: Física, Química, Medicina, Literatura y la Paz. La de Economía se incorporó en 1968, con el patrocinio del Banco Nacional de Suecia, para conmemorar su 300º aniversario.
La Fundación Nobel tardó tres años en crearse por disputas entre los herederos y los primeros premios se entregaron en el aniversario de su muerte, el 10 de diciembre de 1901.
Para conocer sin interpretaciones la última voluntad de Nobel respecto de cada premio, se transcribe la parte de su testamento donde instituye el fondo:"La totalidad de lo que queda de mi fortuna quedará dispuesta del modo siguiente: el capital, invertido en valores seguros por mis testamentarios, constituirá un fondo cuyos intereses serán distribuidos cada año en forma de premios entre aquéllos que durante el año precedente hayan realizado el mayor beneficio a la humanidad. Dichos intereses se dividirán en cinco partes iguales, que serán repartidas de la siguiente manera: una parte a la persona que haya hecho el descubrimiento o el invento más importante dentro del campo de la Física; una parte a la persona que haya realizado el descubrimiento o mejora más importante dentro de la Química; una parte a la persona que haya hecho el descubrimiento más importante dentro del campo de la Fisiología y la Medicina; una parte a la persona que haya producido la obra más sobresaliente de tendencia idealista dentro del campo de la Literatura, y una parte a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz”

Entonces, el criterio para otorgar el Nobel de Literatura, a diferencia de los otros premios, no radica en la excelencia del autor, o no solamente en su excelencia, sino que además exige que la obra a reconocer sea “la más sobresaliente de tendencia idealista”. ¿Podría entenderse que la obra de Borges, para los académicos suecos, no haya sobresalido en ese rubro? ¿Justificaría eso las polémicas que se han dado sobre otros autores también omitidos? Hablaremos de esas polémicas, leeremos algunas opiniones al respecto y luego trataremos de dar respuestas coherentes a estas interrogantes.


Escándalos varios
Tomás Eloy Martínez, en “Un mal que dura cien años”, artículo publicado en el rotativo argentino La Nación, con motivo del centenario del Nobel, recuerda que la polémica empezó con el Premio, cuando, para sorpresa general, los académicos se lo otorgaron a un casi desconocido francés, René Sully Prudhomme, obviando a Tolstoi, el más famoso y reconocido literato de su época. El mismo Tolstoi creía que iba a ser premiado y anunció el donativo de los recursos financieros a una secta cristiana, que también resultó perdedora en consecuencia. Relata el autor de “Santa Evita” que, después del desaguisado, cuarenta y dos de los más importantes escritores suecos enviaron una disculpa pública a Tolstoi por el supuesto error de la Academia, pero, en los nueve años que todavía siguió vivo el ruso, de todos modos nunca fue considerado para el galardón. En rescate de la memoria de Sully Prudhomme habría que decir que, en su momento, el propio Tolstoi lo reconoció como uno de los mejores autores franceses vivos.
En 2001, también por el centenario del premio, se reeditó una obra de Kjell Espmark, miembro de la Academia de Sueca de Letras desde 1981, titulado “El Premio de Literatura. Cien años de la comisión Nobel”. Con información directa de lo que sucede al interior del sínodo que resuelve su otorgamiento, Espmark refuerza la posición de que, sobre todo en sus inicios, trató de respetarse al pie de la letra la intención declarada de Alfred Nobel, para conceder el Premio a un escritor “de tendencia idealista”, más que a una gloria literaria, de tal modo que los aspirantes, según el académico, debían ser “sanos de espíritu, en lo posible buenos cristianos, idealistas, y para nada críticos con los sistemas imperantes”. Con estos criterios tan restringidos, citando al primer secretario de la Academia, Carl David af Wirsén, se rechazó a. Zola por ser “demasiado cínico”, a Tolstoi por meterse “más de lo debido con temas sociales", a los nórdicos Ibsen y Strindberg, “demasiado pesimistas”.
Si le creemos a Espmark, a la muerte de Wirsén se relajaron estos criterios, para considerar un poco más la “popularidad de los premiados”, sin dejar de permitirse algunos deslices como el único Nóbel póstumo literario otorgado a Karlfeld, un poeta modesto pero integrante de la propia Académica de Letras desde 1907 y su secretario permanente por casi 20 años. A favor de Karlfeld se dice que en vida rechazó continuamente el homenaje.
Entre las contradicciones que la obra resalta están la concesión del premio al noruego Knut Hamrun, en 1920, quien sería luego confeso colaboracionista nazi, circunstancia por la cual se marginó en su momento a Ezra Pound. Los no muy coherentes académicos obviaron a Conrad por su simplicidad, pero rechazaron a Joyce por ser excesivamente complicado. El propio libro comentado no halla explicación para el lauro otorgado a Churchill, con muy escasos méritos como autor literario, más allá de sus libros históricos que si bien son masivos -“La Segunda Guerra Mundial” tiene más de un millón de palabras- fueron por lo general autopromocionales y pro-bélicos, lejos de la tendencia idealista subrayada por Nobel.

Pero para el objeto de este trabajo lo más interesante es lo que se comenta sobre Arthur Lundkvist, nombre clave en la designación de premiados en nuestro idioma. Sobre el carácter, juicio crítico e influencia de Lundkvist, recuerda el libro que no tuvo empacho en desacreditar públicamente a sus compañeros por la elección del británico William Golding ("a quien ni siquiera se puede considerar escritor" apostilló) en detrimento de su candidato, el francés Claude Simon, uno de los padres del nouveau roman, el movimiento renovador de la prosa que elimina la historia formal a favor de la riqueza del lenguaje o la introspección. Simon, excombatiente en la guerra civil española, sólo tardaría un año más en obtener el Nobel. En 1989, otro escándalo. El premio se otorga al franquista Camilo José Cela, candidato del académico Knut Ahnlund. Ante eso, Lundkvist (muy enfermo por entonces) reaccionó con violencia contra su compañero por haber impuesto al español "por intereses personales", relegando a "su" candidato, Octavio Paz. Luego Ahnlund respondió que dada la senilidad de Lundkvist, no podía tener voz ni voto en las decisiones de la Academia. Lundkvist sabía de que hablaba, junto con el anuncio del Nobel para el frívolo e insustancial Cela, apareció la versión sueca de Mazurca para dos Muertos traducida ni más ni menos que por Ahnlund. Al año siguiente el Nobel recayó -inesperadamente- sobre Octavio Paz. “Fue la última travesura de Lundkvist”, señala Espmark.


Los premiados

De vuelta a las estadísticas, podemos encontrar algunos patrones interesantes en el otorgamiento del Nobel literario. Para mayor claridad, se presenta un cuadro de los premiados, por su lugar de origen:


FRANCIA 13
ESTADOS UNIDOS 10
ALEMANIA 10
INGLATERRA 9
SUECIA 7
ITALIA 6
ESPAÑA 5
IRLANDA 4
POLONIA 4
URSS 4
DINAMARCA 3
NORUEGA 3
CHILE 2
GRECIA 2
JAPON 2
SUDAFRICA 2
Los
PAISES CON UN PREMIADO: AUSTRALIA, AUSTRIA, BELGICA, CHECOSLOVAQUIA, CHINA, COLOMBIA, EGIPTO, FINLANDIA, GUATEMALA, HUNGRIA, INDIA, ISLANDIA, ISRAEL, MEXICO, NIGERIA, PORTUGAL, SANTA LUCÍA, SUIZA, TURQUÍA Y YUGOSLAVIA.

La lista nos permite darnos cuenta de que el Premio Nobel:

a) es prepoderantemente para europeos. Los siete distinguidos europeos –doce de los últimos quince- que llevan, en fila, obteniéndolo, dan prueba de ello. Tres de cada cuatro de los países de origen de los escritores laureados son del llamado Viejo Continente. Y para el afán que los académicos suecos ha tenido en hacer patente esta norma no ha sido precisamente el chauvinismo un impedimento. A pesar de ser un país de menos de de 9 millones de habitantes y de que su idioma sólo es hablado en el país, la literatura sueca ha recibido 7 premios, cuatro de ellos otorgados a los propios académicos, aunque uno de ellos tuvo la moderación de rechazarlo en vida. Para la crítica, solo la enorme Selma Lagerlof, pionera de la lucha por los derechos de la mujer y primera autora en ser premiada, literariamente justificó la distinción.
Más pequeños y menos trascendentes por su idioma, los otros cuatro países nórdicos –Dinamarca, Noruega, Islandia y Finlandia, se han llevado otros ocho Nobeles de Letras, dándose el lujo los jueces de dejar fuera al noruego Ibsen, probablemente el mejor y más significativo autor teatral desde Moliere, en quien se inspiraron evidentemente los nobeles George Bernard Shaw, John Galsworthy, Gerhart Hauptmann y Eugene O’Neill. Otro excluido, August Strindberg reconocía que debía mucho a su magisterio y un premiado más, Luigi Pirandello, le colocaba inmediatamente después de Shakespeare.
Vecinos de los suecos y de una conocida influencia en la literatura escandinava, los alemanes han ganado –con la de este año, Herta Muller- 10 veces el reconocimiento, incluyendo el que se llevó Nelly Sachs después de vivir casi 30 años en Suecia. Pero nombres como Rudolf Eucken, más filósofo que escritor o el del muy limitado dramaturgo Hauptmann, no justifican su presencia al nivel de un Herman Hesse o del galardonado en 1999, Gunter Grass, y mucho menos cuando un auténticamente idealista y revolucionario como Bertolt Brecht fue omitido.
Como se demostró desde el principio, la literatura que más impresiona a la Academia Sueca es la francesa. Y es cierto que los franceses han marcado hitos en cuanto a la visión, objetivos, formas y planteamientos del quehacer literario, pero 12 premios, habiendo dejado fuera a Proust, Breton, Reverdy, Eluard y Maulraux, entre otros, no parecen hablar de justicia aún en el caso de los galos. Por el contrario, se dice que cuando designaron al favorito de Lundkvist, Claude Simón, era tan desconocido en Francia que los periodistas tuvieron que averiguar sus datos en Estados Unidos.
El mundo nórdico, Alemania, en mucho parte de él y Francia, entonces, han obtenido la tercera parte de los premios en cuestión. Oceanía, un continente, a través de Australia, sólo ha merecido uno, los mil millones de chinos otro, toda la literatura asiática 5 y la auténticamente africana 1, porque a pesar de sus referencias locales, los sudafricanos Gordimer y Coetzee, -el nobel de ninguna parte, según Armando Tejeda– son más europeos que africanos. Más africana que ellos parecería Doris Lessing, pero en su ficha personal aparece como inglesa.

b) tiene un oído al que el idioma inglés le es grato. 28 de los autores que han alcanzado el galardón escribieron –o escriben- en esa lengua, es decir, uno de cada 4 premiados. La estadística se hace más impresionante cuando advertimos que de los primeros 20 designados sólo uno era angloparlante, el genial Rudyard Kipling. En cambio, 8 de los últimos 20 usan el verbo de Shakespeare en sus obras.
Si los 10 nobeles para Estados Unidos y los 9 de los ingleses -2 entre los 5 más recientes-, parecen una exageración, qué decir de los 4 otorgados a la pequeñísima Irlanda. Claro que en la perspectiva histórica es difícil no respaldar los premios de Yeats, Bernard Shaw y Becket y aún del respetadísimo poeta Heaney, galardonado en 1995. Y todavía hay quienes piensan –yo, entre ellos- que se lo debieron a Joyce. Ni hablar, los irlandeses son mucha pieza.
Pero todavía los críticos se preguntan como justificar el Nobel de V. S. Naipaul que si bien es muy alabado en la prensa norteamericana, según Tomás Eloy Martínez, en el artículo antes mencionado, está obsesionado por describir a América Latina “como una jungla de machos alevosos que maltratan a las mujeres y afirman su identidad por lo que fingen ser, no por lo que son… Ignorar a Tolstoi o a Borges, beatificar a Naipaul, son signos del errático humor de la Academia Sueca.”, remata Martínez.
Más discutible es la distinción para Tony Morrison, una autora de best sellers con apenas seis obras publicadas, cuando recibió el premio en 1993, aunque, eso sí, es una mujer –la primera Nobel de su género de raza negra- combatiente a favor de los derechos humanos y, en particular, en contra de la discriminación.
Lo que resulta claro es que los académicos suecos conocen bien el idioma del dólar y han valorado, mayormente en justicia, no sólo la calidad literaria sino también el valer personal de aquellos a los que ha otorgado su reconocimiento

c) aprecia más en los escritores latinoamericanos sus méritos diplomáticos que su trascendencia literaria. Y esto se puede decir fundadamente. De la primera premiada –la única mujer en lengua castellana, por cierto- Gabriela Mistral, hay literariamente muy poco que decir. Cuenta la leyenda que escribía sus poemitas con un diccionario en la mano. Cierto o no, ni sus críticos más favorables la reconocen como un astro fulgurante en el mundo de las letras. Ella misma comentaba con sorna que había recibido el Nobel antes de obtener el Premio Nacional de Literatura chileno. En realidad, la mitad de su vida la pasó fuera de su país, en parte por su labor como educadora en México, bajo la protección de Vasconcelos y luego como diplomática. Fue más su labor en ambos campos la que le deparó el sorprendente regalo del Nobel.
Algo parecido sucedió con el segundo Nobel latinoamericano otorgado en 1967 al entonces embajador guatemalteco en Francia, Miguel Angel Asturias, cuya obra más memorable, El Señor Presidente, en la temática inaugurada por Valle-Inclán sobre los dictadores de nuestro entorno, queda lejos, muy lejos, de la prosa arrebatadora y excelsa de Carpentier o de la profundidad y el perfeccionismo de Rulfo, por citar sólo a dos de sus contemporáneos a los que el Nobel siempre ignoró.
Pablo Neruda fue el tercer diplomático iberoamericano laureado por la academia sueca, otra vez para un embajador en Paris, ahora de Chile. Su candidatura al premio fue presentada desde 1951 por Lundkvist, su traductor al sueco, quien inclusive declaró que había aceptado su puesto en la Academia para conseguir el premio para Neruda. En este caso es casi unánime el reconocimiento a su calidad de poeta fundamental de nuestras letras, pero en su momento se le negó el reconocimiento por su declarado estalinismo y el rumor de que había colaborado, como embajador de su país en México, en el atentado que acabó con la vida de León Trotski. Fue un secreto a voces que para que su candidatura tuviera éxito se requirió la intervención directa del propio Olof Palme, por la intervención del mismo Salvador Allende.
En contraste, el cuarto Nobel del subcontinente, el colombiano Gabriel García Márquez, es un indiscutible, auténtico monstruo de la narrativa contemporánea, creador de una identidad literaria propia a través del universalmente reconocido “realismo mágico”. La monumentalidad de su obra, aunada a su conocido activismo por los derechos civiles no pudo ser obviada por la Academia sueca que le otorgó el Nobel en 1982 aún sin pertenecer al cuerpo consular de su país.
El caso de Octavio Paz fue también peculiar, más allá de su genio poético, porque si bien perteneció muchos años a la diplomacia mexicana, alcanzó una gran notoriedad su separación de la misma, en protesta por la matanza de Tlatelolco. Se dice que Lundkvist admiraba su erudición y talento y fue su traductor al sueco e impulsor principal al premio que consiguió otorgarle apenas unos meses antes de la muerte del académico sueco en 1990.
Y eso ha sido todo, hasta el momento, para Latinoamérica. Los grandes nombres del boom –salvo el Gabo- han sido ignorados, lo mismo que lo fueron los constructores de una de las expresiones literarias más ricas en cualquier idioma, llámense Rubén Darío, Lugones o Alfonso Reyes, con las excepciones citadas. Sería injusto seguir citando omitidos, porque no cabrían en este espacio, pero es evidente que si en la contienda por el Nobel se hubiera tomado en cuenta los méritos artísticos, otra sería la historia.


En resumen

Borges nunca tuvo la oportunidad de ganar el Nobel. ¿Por qué?

-Porque el Nobel no es un premio preponderantemente a la calidad literaria. Basta recordar la interminable lista de autores omitidos y compararla con los premiados para darse cuenta de la distancia entre Tolstoi y Sully-Phrudomme, entre Borges y Gabriela Mistral. Los académicos suecos, hay que decirlo, basándose en el criterio establecido por el propio Alfred Nobel, las más de las veces han mirado el pensamiento idealista reflejado en la obra o la vida de los designados que en su capacidad para hacer arte con la expresión literaria. Y podrá alegarse que Kipling fue un imperialista que utilizó su brillante pluma para justificar la barbarie de la colonización o que Bergson defendió el irracionalismo y negó la teoría de la evolución o que Singrid Undset, -en contra de su propio género- cuestionó la igualdad entre el hombre y la mujer o que Cela fue un espía franquista acusado de plagio o que Hamrun, germanófilo declarado, en plena ocupación alemana a Noruega, su país, le regaló a Goebbels su medalla de Nobel. Es decir que los criterios de la Academia Sueca tampoco han sido parejos, ni han pretendido serlo, como vimos con las estadísticas.
Pero dígase lo que se diga, Borges fue un hombre que no se destacó por defender ideales universales y que, en el ejercicio de su libertad de expresión o por querer ser original, se presentó ante el mundo como un intelectual absorto en su mundo, protector de mitos decadentes y, sólo de manera tardía, condescendiente con la realidad externa. Puede que esa última etapa en que dio por hacer apología de la democracia y mostrarse más humano y accesible, le hubieran podido generar la buena voluntad del Nobel, pero también tuvo la mala fortuna de morir antes que Arthur Lundkvist. ¿Por qué decir que fue una mala fortuna?

-Porque Lundkvist fue su bestia negra. Hombre virulento y de exagerada influencia entre sus compatriotas, sobre todo el ya citado Olof Palme que lo citaba como el autor que de mayor manera conformó su manera de ver el mundo y la realidad. El académico, galardonado con el Lenin de la Paz, se calificaba como un socialista utópico y su presencia en la Guerra Civil Española lo llevó a aprender el español e interesarse en el fenómeno hispanoamericano y en la literatura de nuestra región. Fue, como se dijo antes, amigo y traductor de Neruda, por quien sintió una admiración sin límites, al compartir su visión poética y social. Desde su primer viaje a Sudamérica conoció a Borges y lo trató ampliamente, declarando sobre el argentino: "Borges se ha convertido en un mito, sobre todo en Europa y pienso que su trabajo no está a la altura de un Nobel".
Aunque sus candidatos al premio eran frecuentemente rechazados por sus compañeros de Academia ningún autor latinoamericano hubiera podido ser premiado sin su anuencia, ninguno lo fue sin su apoyo, mientras él estuvo entre los jueces, ninguno lo ha ganado tras su muerte. Después del reconocimiento de la dictadura chilena, como antes se dijo, el negarle el premio a Borges se convirtió en un compromiso de Ludkvist. El sueco enfermó gravemente desde los setenta pero resistió con vida hasta 1990. Seguramente se sintió aliviado en 1986 cuando con la muerte de Borges su misión quedó cumplida. Pero como en todas las historias de Borges, esta no queda acabada con su fin. ¿Por qué?

-Porque cada año, cuando el Nobel se otorga, la polémica se reinicia. Nuevamente se reaviva la discusión sobre el valor que tiene el premio después de haber renunciado a legitimarse con la entrega a tantos autores principales omitidos. Y en esta discusión no se plantea la última voluntad del inventor de la dinamita, ni la valía espiritual de la obra de los premiados ni su trascendencia en la creación de un mundo moralmente mejor, si se me permite la aliteración. Lo que los interesados en su mayoría se plantean es que el Nobel le falló, le sigue fallando, a sus favoritos y, dentro de éstos, surge inevitablemente, una y otra vez, Jorge Luis Borges. Tal vez éste, argentinamente, contestaría que es cierto, que él debió estar en la lista que nunca lo recibió. O quizás, borgeanamente, respondería que todas las obras son posibles si el mundo cree en su realidad y que al final de cuentas la relación indisoluble entre los nombres de Nobel y Borges llevará algún día a que se confundan y un jueves de un octubre, naturalmente futuro, un autor llamado Alfred Nobel, al que todos conocerán por cuentos como el Aleph o El jardín de los senderos que se bifurcan o poemas sobre Buenos Aires o algún abuelo que ganara una batalla, recibirá por fin el tan ansiado premio Borges de Literatura.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Un mundo sin Heat

UN MUNDO SIN HEAT



Vive rápido, muere joven y deja un hermoso cadáver.
Lema rockero atribuido a James Dean

La locación es el barrio del Soho, en Manhattan, un departamento con decorado de diseños exclusivos, la cama a medio hacer y, a sus pies, el joven protagonista de bruces y desnudo, con el gesto de angustia e impotencia que le ha dado fama, emite un estertor y muere. La escena se congela y no hay director que marque el corte porque la historia de este hombre de veintiocho años, actor desde los diez, en continua lucha contra mil demonios, esta historia, parece haber jugado la apuesta de convertirse en una leyenda.

Heatcliff Andrew Rufus Gregory Fitzpatrick Peter Bob Ledger III, nacido en Perth, al suroeste de Australia, tuvo claro desde la adolescencia que su vocación era interpretar personajes ajenos como modo de vivir una vida distinta a la que su agraciado físico le deparaba. Ya en su preparación actoral obtuvo varios reconocimientos y la alternativa de continuar en el arte escénico o seguir una prometedora carrera en el hockey profesional. La elección por las tablas, dijo después, fue sencilla, el deporte le atraía pero la actuación le apasionó desde siempre. Del teatro estudiantil transitó a la televisión australiana y luego a la gringa antes de dar el paso al cine de Hollywood que lo adoptó con su figura de galán atípico, de nariz abombada, boca de clown y rostro demasiado anguloso, sin grandes ni marcados músculos, pero con una imagen melancólica, voz profunda y grave, el acento casi británico de los aussies y un amor indiscutible de la cámara que resaltaba su exaltada cabellera rubia y el tipo de héroe rebelde que lució tanto en la extrañamente buena comedia romántica Ten things I hate about you, como en el dramón melgibsonesco The Patriot y la cursi A Knight’s Tale. La primera, una versión más de La Fierecilla Domada de Sheakespeare, tenía todos los elementos para ser un bodrio juvenil cualquiera pero, de acuerdo con el New York Times, la actuación de los protagonistas, madura y llena de inflexiones, le dio un alcance poco común para el carácter de la película. Un Heat cantando para Julia Stiles el clásico can’t take my eyes off of you ( I love you baby), acompañado de la banda militar de la escuela y bailando con tan poca gracia como exultante virilidad, mientras huye y nalguea a un policía, fue probablemente su primer esbozo de “joven Brando”. El conjunto de estas tres cintas – y una previa, Two Hands, filmada en Australia- le valieron en el 2001 el reconocido premio Showest como “la estrella del mañana”, ser incluido en la lista de las 50 personas más bellas de la revista People y una naciente popularidad como “teen hunk” que le prometía una fácil carrera en el cine comercial.
Pero Ledger iba tras otra meta.
En sus biografías se usa el término “desesperado” para calificar el modo con que trató de huir de esa imagen de figura de cartón; y sus elecciones de personajes hablan también de ello. Se incluyó en un breve papel en la producción de bajo costo Monster´s Ball, que le valió un Oscar a Halle Barry. En el escaso cuarto de hora que aparece en pantalla, Heat no se parece en nada al muchacho bonito y echado hacia delante de sus anteriores trabajos. Su depresiva actuación fue objeto de elogiosos comentarios.
A partir de ahí, ya desde roles de mayor peso, buscó en definitiva aparecer sólo en películas “de autor”, asumiendo el riesgo de perder la súbita celebridad que había alcanzado. Los pocos que vieron la cinta seguramente lo recordarán en Four Feather’s, como un joven graduado que no resiste el miedo de ir a la guerra y renuncia a la academia militar. Su expresión de cobardía, al principio de la cinta, es quizás uno de los momentos más memorables de su periplo actoral. Quienes ahora vean este filme del 2002 tal vez encontrarán, en la carcajada con que concluye, el indicio de la risa sicótica que, según los avances, caracterizará a su Joker.
Por la misma línea, durante el 2003, participó en Ned Kelly y The Order (The Sin Eater), la primera una producción de grandes pretensiones y poca fortuna, en la que Heat encabezó un elenco que incluía al laureado Geoffrey Rush, así como a Naomi Watts y Orlando Bloom. Aunque su versión del glorificado bandido australiano pareció poco apropiada para su edad, las críticas más fuertes se enderezaron contra el director Gregor Jordan por la tediosa narración de la historia. Hay que decir, sin embargo, que para Ledger, ésta fue una de las actuaciones que más satisfacción le produjo. Tampoco la segunda obtuvo mayor éxito económico, aunque el cura angustiado que asume la eternidad nos presenta a un Ledger realmente antológico. Lo complicado de la trama, probablemente, alejó al público de la taquilla, pero la forma en que Heat llena la pantalla amerita buscar este filme en el videoclub favorito.

Evidentemente con dichos trabajos el australiano se ubicó en el territorio que perseguía, en cuanto a su búsqueda profesional, al caracterizar personajes de matices complejos e intensos, ambientados en realidades diversas y distantes desde cuyo crisol su personalidad polimorfa se destacaba plenamente. Dentro del ambiente cinematográfico se formó una reputación de primer orden, a despecho de su casi extinta popularidad, sobre todo fuera de Estados Unidos, donde su nombre era poco conocido. Pero si bien en su expresión artística había alcanzado un alto grado de realización, la dimensión y trascendencia de su obra era muy limitada. De ese modo, se dio más de un año para decidir sus siguientes proyectos fílmicos, sin alterar un ápice el rumbo de sus elecciones, así que en el 2005 asumió cinco auténticos retos para su carrera: los roles principales de Candy, Lords of Dogtown, Casanova y Brokeback Mountain y el coprotagónico –junto a Mat Damon- de The Brothers Grimm. Es difícil imaginar el tremendo tour de force que significó para Ledger intervenir en tantas producciones que se desarrollaron en Australia, Estados Unidos, Italia, Canadá y la República Checa, en un solo año. Al margen del resultado de ese esfuerzo físico impresionante, debe analizarse la posición de este muchacho -más bien convencional, hetero, amante de la vida en familia, que, justo antes de estos filmes, confesaba ser vergonzosamente tímido y adicto nada más al tabaco- desdoblarse en un abanico de caracterizaciones antípodas a sí mismo. Extrayendo de sus miedos e ilusiones las raíces de cada interpretación y apoyado además en la confianza de directores de vena imaginativa y audaz y en acompañantes por los cuales manifestaba una patente admiración, 2005, el gran año de Heat, nos lo presentó como un poeta adicto a la heroína e involucrado en una estremecedora relación en Candy, otra vez con Geoffrey Rush, Luego en Lords of Dogtown, sobre la invasión de la cultura de la patineta a la vida norteamericana y al mundo, Ledger bordó una vibrante semblanza del alocado promotor de los míticos Z- Boys que a mediados de los 70’s convirtieron el skateboarding en un arte contemporáneo. De su Casanova, rodeado de figurones como Jeremy Irons y Oliver Platt y bajo la dirección del autor de Chocolate, Lasse Hallstrom, las críticas coincidieron en que fue un fresco veneciano, modernizado, con una naturalidad de excepción; donde Ledger es el amante por excelencia, seductor y pícaro, pero sin las poses afectadas de versiones anteriores. En la fallida película sobre los Grimm, cuyo primer crédito correspondió a Matt Damon, dirigida por el contestatario Terry Gilliam (The Fisher King, Twelve Monkeys), lo más que se puede decir es que Heat desaparece detrás del burdo personaje que le tocó interpretar.

El parte aguas en su vida artística y personal será, sin duda, Brokeback Mountain, película que ha pasado a ser de culto por tocar un tema que fractura por el centro la moral hipócrita de la “América profunda”, racista e intolerante, en su convicción fascista de ser la nueva sociedad elegida. Heat pudo elegir entre los personajes principales y se inclinó por el reprimido Ennis del Mar, lacónico perdedor que jamás aceptará su homosexualidad y encerrará en el mismo clóset la camisa ensangrentada de su amante perdido y el recuerdo de los muchos años en que su única felicidad manó de sus eventuales encuentros secretos en la montaña que da título a esta auténtica obra maestra del taiwanés Ang Lee. La elección fue, según declaró Ledger, por lo intrincado de un rol en el que, de entrada, tuvo que disimular su celebrado acento australiano detrás del modo de hablar de un vaquero de Wyoming, al mismo tiempo que se imponía el conflicto de ser un no gay que representa a un gay que sufre porque no entiende por qué lo es y cómo el mundo se le reduce de tal modo que lo acaba enredando en una soledad insuperable, permeada por un amor sublime. Hacer un papel homosexual sin caer en los clichés del género pero además traslucir el sufrimiento por la situación de alguien que no se asume, requería una portentosa actuación. Heat accede a ella, temeroso y hasta con un rictus de asco en el primer trance sexual con Jack Twist (Jake Gyllenhaal), luego luce una ansiedad vibrante en la espera de su primer reencuentro que se vierte en la vehemencia de los besos a la entrada de su vivienda, escena tan vívida que casi le cuesta una pieza dental a Gyllenhaal; pero donde se remonta a un grado histriónico mayúsculo es cuando descubre las prendas escondidas que simbolizarán su romance frustrado y las aspira con una ternura que es la única concesión a la rudeza y parquedad de su introvertido cowboy. De este trabajo el riguroso New York Times diría: “Mr. Ledger mágica y misteriosamente desaparece debajo de la piel de su pecaminoso personaje. Es una actuación a la altura de las mejores de Marlon Brando o Sean Penn”. La revista Rolling Stone –fan regular de Heat- declaró que la forma en que Ledger llegó a capturar hasta la manera de respirar de Ennis resultó “un milagro actoral”. El moderado Boston Globe y la influyente Variety que no fueron particularmente entusiastas con la película, coincidieron en que había que verla por la actuación extraordinaria de Heat Ledger. Su nominación al Oscar y a los mayores premios del 2006 encontró un obstáculo, sin embargo, en otra caracterización igualmente fenomenal, la de Philip Seymour Hoffman al también atormentado gay Truman Capote, un homosexual pleno de estereotipos, amanerado, débil, neurótico y bajo el patrón del original demasiado cercano en el tiempo como para no ser apreciado por muchos de los votantes que, jugando a lo seguro, relegaron a Ledger. Por cierto, para los amantes de las trivias, en A Sangre Fría –la novela de Capote que es el eje de la película homónima- aparece brevemente un empleado de la familia masacrada que es apodado Heatcliff por el héroe ambiguo de Cumbres Borrascosas, el mismo motivo que le dio nombre al actor australiano. Una más, mientras el mundo conocía de la muerte de Ledger, se velaba a otro joven actor, hallado muerto en su departamento por una sobredosis de heroína, Brad Renfro –aquel niño de tan brillante actuación en El Cliente, junto a Susan Sarandon-, que cuando era una de las grandes promesas de Hollywood, antes de despeñar su vida en el infierno de las drogas, protagonizó una película cuyo título en español fue A Sangre Fría.

Premios aparte, ya todos los sentidos de la realidad cambiaron para Heat. Con Michelle Williams, una espléndida actriz de temprana fama televisiva (Dawson’s Creek) y su compañera en Brokeback… inició una relación de la que tendría, en el mismo 2005, a una hija que se convirtió en el centro de su existencia, al grado de dedicarse por varios meses a criarla personalmente. En medio de las aclamaciones por su triunfo histriónico, los paparazzi no tenían problema para captarlo paseando la carreola de Matilda Rose, comprando en supermercados, jugueteando por las calles de Brooklyn convertido en papá modelo, mientras su mujer trabajaba. Diría en una entrevista: “Mis preocupaciones eran servir el desayuno, ir a comprar la comida adecuada para el almuerzo y preparar la cena, sin pensar en otra cosa”.
Es claro que mientras calculaba los siguientes pasos de su trayectoria dio por desarrollar otras inquietudes, como su afición por la música y la dirección. En 2006, año en la que no actuó en ninguna cinta, dirigió los videos del álbum Cause an Effect del grupo de hip-hop australiano N´fa y fundó una compañía de grabación (Masses Music) con el dos veces ganador del Grammy Ben Harper –esposo de Laura Dern- a quien le dirigió el video de su canción “Morning Yearning”. Después produjo y actuó en un video de la canción “Black Eyed Dog” compuesta sobre una obra de Churchill acerca de los caracteres depresivos, por el trovador inglés, Nick Drake, muerto en 1974, a los 26 años, tras una lucha contra la depresión y el insomnio… por una sobredosis de fármacos. Ya estaba en tratos para dirigir su primera película, sobre una adaptación propia y de Allan Scott de The Queen´s Gambit, la novela de Walter Travis.

Un misterio se tiende sobre la transformación que Ledger experimentó en esta época en la que únicamente seleccionó tres proyectos a realizar para 2007, en su línea favorita: la participación muy secundaria como uno de los siete caracteres alrededor de los cuales Tod Haynes reescribió la vida de Bob Dylan (papel que el Entertainment Weekly calificó como un molde Brando/Dean), el ya citado Joker en un nuevo episodio de Batman y, otra vez con Gilliam, The Imaginarium of Dr. Parnassus, una incursión más en el mundo fantástico de este director. Por otra parte, se dio el lujo inexplicable de rechazar de los hermanos Cohen el papel en No Country for Old Men que le valiera cuanto premio se ha inventado a Javier Bardem. Su argumento para el rechazo fue “que estaba muy cansado”.
Entre la asoladora persecución que las figuras de Hollywood sufren –máxime cuando se trata de una pareja célebre-, la revolucionada vida social que el estrellato impone, el frenesí de su actividad en la producción y dirección de musicales y la compenetración en los intrincados personajes que Heat encarnaba, lo cierto es que para el 2007 su relación con Williams terminó entre rumores de adicciones y desequilibrios emocionales del actor, intensificados por la dolorosa separación de su hija. De repente, la fábrica de sueños transformaba otra vez a un chico normal y sano en un personaje de novela de Jacqueline Susan. Eso no pareció reflejarse en su trabajo ya que recibió muy buenas críticas por su actuación en I’m not There (la película sobre Dylan) y de su interpretación del archirrival del hombre murciélago, que hasta agosto se estrenará, ya se dice que opacará la versión del inmenso Jack Nicholson. Quien mire, sin embargo, sus entrevistas de los últimos meses, notará que evidenciaba un nerviosismo incontrolable y, se ha confirmado por la gente que estuvo próxima a él, que dormía apenas un par de horas al día, pese a la gran cantidad de medicamentos cuya ingesta ya conocemos la consecuencia que le traerían.

A partir de su muerte y su ingreso a lo que un crítico español llamó “el selecto club de los cadáveres exquisitos” (en los que debe haber un nicho especial para la letra J: Jimmy Hendrix, Janis, James Dean, Jim Morrison, Norma Jean) han comenzado a rodear la figura de Heat los pastiches que impulsan la ruta de los mitos de la farándula. El excelente Daniel Day-Lewis, al recibir uno de los tantos reconocimientos que este año se le otorgaron por There will be blood”, declaró sobre su deceso “Parece extraño estar hablando de algo más. No es que haya algo qué decir realmente, excepto expresar pesar y decirle desde lo más profundo de mi corazón a su familia y a sus amigos que lamento su dolor ... No lo conocí. Tengo la fuerte impresión de que me hubiese gustado mucho como persona… Ya me había maravillado con algunos de sus trabajos y estaba ansioso por ver lo que haría en el futuro”. Terry Gilliam expresó que de ningún modo dejaría de finalizar la película The Imaginarium Doctor Parnassus, en la que Ledger todavía tenía que completar algunas escenas. Su primera intención declarada fue utilizar imágenes del actor, digitalizadas, para concluir el filme, pero al poco tiempo se supo que Johnny Deep, Colin Farrell y Jude Law, en un ejemplo de solidaria humildad, brindarían sus cotizadísimas presencias para cerrar el ciclo fílmico del australiano. La comunidad cinematográfica en masa –con Natalie Portman y Sara Jessica Parker como cabezas visibles-, reclamó el anuncio de Entertainment Tonight (el Ventaneando gringo) de que difundiría un video de Heat consumiendo drogas y, asombrosamente, el medio, que no se caracteriza por su ética, desistió de su anunciada presentación –alguien dijo que en realidad en el video Ledger mostraba el tatuaje de una M en su brazo, por su hija, señalando que eso le recordaba que no debía volver a probar la “hierba”.

Al final de una larga espera, la autopsia oficial no encontró en los motivos del fallecimiento del actor más que un uso equivocado de medicinas prescritas para el insomnio y la depresión, pero eso no ha hecho cesar las opiniones de toda índole sobre el tema que circulan en cientos de sitios de la red. Como sucede en estos casos las especulaciones van desde un asesinato hasta el suicidio y no faltará quien piense que está vivo. Las informaciones que llegan continuamente sobre esta persona de la que en vida se habló tan poco, son realmente sorpresivas. Al abrirse su testamento resultó que el total de sus propiedades apenas alcanza la suma de 145 mil dólares, cantidad irrisoria si se piensa en los millones que cobró por sus actuaciones y que era conocido por su morigeración. Luego, en contraste, se conoció la denuncia del robo de una combi adaptada del 75, que era una de sus pertenencias más preciadas, a la que se le asignó un valor estimado en 70 mil dólares.

Las sorpresas disparan hacia todos lados; la obra pictórica de Vincent Fantauzzo Heat, que representa a un Ledger desolado entre dos burlonas imágenes de sí mismo, se coló, entre 700 candidatas, a la final del Premio Archibald, el más tradicional concurso de retratistas en el mundo. Ese cuadro representa sin duda la expresión de un hombre al límite, rodeado de flagelos que se auto inflige y de los que no puede escapar. La pintura, por cierto, a diferencia del modelo, ganó la batalla.


¿Adquirirá con el tiempo Heat Ledger la consistencia legendaria de los inmortales que trascienden a su tiempo y circunstancias? Ya se verá, pero por lo pronto para los que no aceptan la exaltación que la cultura pop ha hecho de lo “cool” y lo banal, su irradiación asombrosa y penosamente corta, llena de luminosidad y ardor, vibrante en 15 películas cuyo valor todavía tardaremos en apreciar, el calor de Heat, no abandonará del todo este mundo, reaparecerá siempre que la pantalla nos lo devuelva cantando, sin alcanzar la nota, riendo hasta la paranoia, cobarde, erótico, antihéroe, ansioso, conquistador, gay no gay, guerrero derrotado, ícono evanescido, clásico tardío, muerto estúpido.


Sergio Salazar, abril 2008.

miércoles, 9 de julio de 2008

SÓSIMO

SOSIMO


-No te duermas Leodegario, deja que te explique bien porque yo creo que toda la culpa se la tuvo la pistola.

-Ya es muy tarde Sósimo y tienes la lengua más enredada que una hipomea. Total, la noche no se va a llevar tu historia.

-No seas cabrón, espérate, después no voy a poder dormirme con este chismesote dentro del cuerpo. Cierra los ojos y óyeme, te lo voy a contar como debe ser.

“Las tardes del rancho son tan húmedas que el calor pega los demonios al cuerpo. Los hombres y las mujeres escapan por los hilos del agua que llenan la cañada para regalarse la libertad del trópico. Y son animales de manada que retrasan el amanecer para disfrutar su numen.”

-Ya lo viste Sósimo que nada más me quieres estar perjudicando. Dices que me vas a dar la hora y me haces la historia del reloj. Qué tiene que ver el calor con lo de la Flor y Mariano, déjame dormir.

“Flor y Mariano se conocieron desde que el mundo les abrió su caja de tesoros. Juntos hallaron el sabor coloreado de las cochinillas de río y la radiación penetrante del verde entre las lluvias de julio. De la mano subieron la ruta de las culebras por el sicoyo y ayudaron a las hormigas en su marcha de safari. Antes de reconocer las mordidas del deseo se burlaron del arte amoroso de todas las especies del monte y comenzaron a separarse temerosos cuando los poros se les erizaron y las erecciones de la piel les rompieron el alma infantil”

-Córtale Sósimo, todo el pueblo sabe que eran novios desde muy chamacos. Si no empiezas con lo del casorio, me entro a dormir.

“En el rancho, un hombre tiene que regalarle la dignidad a la mujer, cuando la escoge para que sea la suya. Mariano llegó una tarde a casa de la novia, subiendo por la cuesta ritual de todas las generaciones de su raza mestiza. Antes había obtenido de don Geovanni, el patrón, la yegua alazana y la pistola con cacha de plata que daban presteza al traje de lino con que fue a pedir a la Flor.”

-¿A poco le regaló la pistola el patrón?

-Ni la yegua, sólo se las emprestó para que se pusiera toro frente a los suegros. Pero el accidente fue por la pistola, nomás espérate que llegue ahí.

“Después de la petición los novios tienen permiso para andar contando que se van a casar y pueden ya salir solos a la furia de las noches sin estrellas que el verano abunda. De lo que ocurre por los rumbos de una noche de verano ya se ha dicho todo, pero en la simiente de estos amantes no existen palabras de amor, como entre los de Verona. La ternura es una exiliada de sus juegos y las herramientas del idilio son apretadas caricias para ahuyentar la soledad de los cuerpos. Así es la poética de la selva, un río que sirve de marco a la luna, mientras los rumores encarcelan a la fauna del paraíso: el olor de la hierba para imaginar un cuento, neblinas que dibujan el ballet de los siglos y adán ignorante fornicando a eva, con los ojos cerrados.”

-Sósimo levantafalsos, dónde vas a saber que ya cogían por ahí.

-El mismo Mariano lo presumía en la piquera cuando estaba bolo.

“Porque las manchas del rocío sobre su encaje de pelo le herían el pecho, le reventaban las ganas como una ventolera de septiembre cuando los árboles cantan la furia del despeñadero. Los cangrejitos de sus ojos en el éxtasis le venían a la memoria y le llevaban a sus labios el orgullo de repetir su risa, como un bando.”

-Como el que dice que tenía la seguridad de ser el dueño de la concha, podía alardear de la perla.

-Pues sí, entonces la Flor y su familia estarían esperando el día de la boda como agua de mayo.

-Y también Mariano, y de paso don Geovanni, porque el préstamo de la yegua y la pistola era hasta para después del casamiento.

-Pero más la Flor.

“Es que mi boda va a ser una danza suspendida en el espacio, el recorrido de los sueños, una clava en todos los corazones del amor, tiene que ser. La lluvia, ya la invitamos, cuando llegue nos va a consumir los vapores de estas anónimas melancolías. Vendrá con el sol a regalarnos el arcoiris y por él será la fuga hasta el tálamo. Mi boda será el surco de mi semilla y mi etopeya toda será.”

-Y entonces se cruzó Lucrecia en el camino de Mariano.

-Viejas envidiosas.

“Yo no soy una flor, porque mi tiempo de pasear entre los montes perseguida por las abejas se llenó de pasado. He visto transcurrir cada tarde somnolienta en el deseo de partir mi angustia. Las hierbas se quejan de mis mordiscos, pero su savia no me contagia de la fecunda atracción de su primavera. Sigo sin mirar mis brazos llenos, incapaz de alargar el hirviente centro de mi hoguera hasta la dura polución que rebose en la espiga rabiosa de un hombre que me atraiga el pistilo y desmembre mi corola.”

-Bueno, Lucrecia ya anda por los veinte años y si se tarda más se le tateman las habas. Y donde sabe que a Mariano lo dominan el chupe y el pito, le revolvió las dos cosas, como que de despedida.

“Sólo era un perfume cuando comenzó la noche. Los ojos de Lucrecia eran señales apagadas y yo caminaba entre sus ascuas, indemne. ¿Cómo rechazar la soledad de una caverna de aromas? Me tendí a superar la aurora de esa piel de laberintos, con la confianza del que abreva en un estanque sin sirenas ni sombras de naufragio. Ella me ahuyentó el coraje y los miedos con sus manos silvestres y recibí la emoción de un regalo no prometido.”

-Pendejito. Y la otra tan zorra lo retuvo casi quince días en su casa, sin dejarlo acordarse ni del resuello.

-¿Y la boda?

-Se la llevó el carajo. Nadie sabía donde estaba el Mariano y los parientes de la Flor ya lo andaban buscando pero pa’ matarlo, porque con eso no se juega. Entonces fueron a ver a mi patrón, Don Geovanni, que era otro damnificado y que me va encomendando que yo lo localizara hasta debajo de las piedras si allí estaba guarecido. “Me lo encuentras, me dijo, y lo haces que se case con la muchacha que pidió y que me devuelva mis cosas o con la misma pistola lo dejas frío”

-¿A poco tu sirves para esas cosas?

-Servir, sirvo en lo que me paguen y más si hay merecimientos como se los ganó el Mariano. Así que me fui a las rancherías del rumbo y no tardé en que me platicaran en donde habían visto a la yegua que por su pinta cualquiera dejaba de verla.

-Luego te dijeron que con Lucrecia.

“Aquí se le atoró el camino a mi Marianito, se le confundieron las entendederas, olvido su nombre y su coraza, se agregó a mi especie sin condición. Pudo mi ardor, sobre sus recuerdos, poner un dique. Cuando regresó del primer sueño, se conectó a un nuevo viaje hacia el infinito en mi nave de pasión.”

-¿Ya se había quedado a vivir con ella?

-Qué va, cuando se le acabó el huaro, que ya te dije que no fueron ni dos semanas, patas pa que las quiero. Y hubieras visto el desconsuelo de la otra.

“Mi mundo se quedo sin medida, lejos de la protección de la ceiba y el caobo, endeble en su ruina. Poco era cuando encontró la luz, que atisbó a hurtadillas. Nada, fragmento de nada se convirtió cuando el abandono le hizo este nido insondable”

-Así de pesadas se ponen las viejas.

-¿Y adónde se paró Mariano?

“Volví a mi Flor y hallé de nuevo su espera intacta. Ni precisé rendirle el tributo del arrepentimiento, ni holló mi dignidad con sus reproches. Regresé con mi fuego para avivar la hoguera que ella mantuvo sabia, conocedora de mi ser, dependiente del suyo.”

-Pero cómo no lo mataron el suegro o los cuñados.

-Porque no se les presentó a lo derecho. No lo iban a matar, sobre todo si regresaba a casarse, pero de una madriza nadie lo salvaba. El muy ladino llegó de noche y se robó a Florecita y ¿qué crees que les dejó de prenda?

-...

-Pues a la yegua menso, a la yegua del patrón. Me la voy hallando, cuando conocí su rumbo, casi en los huesos, sirviendo de juguete a los chamacos de la familia.


-Entonces no hubo boda ni fiesta.


“Pero la tempestad que patrocinó nuestra fuga se vistió de relámpagos y truenos, como en las romerías. El torrente que nos despidió sabía a licor de miel y era sólo nuestro. Nuestra la ilusión rediviva de las caléndulas que nos besaban al partir y se ensanchaban de buenaventuras. Nuestro el palmotear de los bananales que ulularon un ángelus sin parar hasta que el sendero difuminó nuestra huida.”

-Fiesta la que armó don Geovanni cuando fui a contárselo y me miró llegar sin la pistola, la condenada pistola. “A donde se haya ido ese muerto de hambre lo vas a encontrar y me traes la plateada, me dijo con unos ojos de lechuza tras ratón, y te ofrezco el plomazo que tu no le des a ese malnacido si no te la devuelve”.

-Favor con trompeta.

-¿Qué le hacía? Ahí me tienes como chucho olfateando el aire para saber adónde habían jalado. Hasta que me los fui a encontrar en un paraje por el norte, hasta eso cerca.

“Recogíamos los restos del paraíso que en esta tierra están desperdigados. Las tortugas de río que ofrendan su sangre , las guanábanas que ya ni falta te hace comértelas después de mascar su olor, el jabalí que se mata a tus pies para que obtengas su carne condimentada y están la anona y el nanche, la culebra y el peje-lagarto, la pitahaya y la tortolita, todos sirviéndole un banquete al fresco si tu te olvidas del mundo y te acoges a su obsequio.”

-Estaban esperando que se les pasara el coraje a los parientes y luego volvieran a presentarse para el casorio. “Muy bonito, le dije a Mariano cuando se le bajo el soponcio de mirarme, y no fuiste varón para acordarte de devolver lo que te prestaron”

-Lo agarraste en la maroma.

-Pero estaba prevenido. La pistola, la remaldita pistola la tenía bien a la mano y como que la debía, no sé que se figuró, pero me la puso enfrente.

-¿Y no le explicaste que eras mandado del patrón?

-No le iba yo a demostrar miedo. Le dije “dame esa madre o dispárame y ve muy bien que me mates porque si no yo te la voy a quitar y tu vas a ser el muerto.”

-Qué bruto eres, Sósimo, menos mal que te la dio ¿No?

-...

-Sósimo, ¿dónde andas? ¿Por dónde saliste si está todo cerrado?

-...

-No estés jugando, cabrón, que ya es muy noche y cualquier ánima se ofende y te la cobra, dónde te mestiste, Sósimo, ven a contarme en que paró tu historia. No seas así, hijo de la chingada, si ya estás difunto qué me tenías que venir a espantar el sueño, ahora ya no voy a dormir en una semana, qué cabrón, Sósimo, cómo me viniste nomás a dar en todita la madre.

ES TAN CORTO EL AMOR

Es tan corto el amor

Cuando llegué, te ví sentada en esa piedra estúpida a la que atribuíamos sibilaciones y rumores. Esa simple masa calcárea, sin ninguna virtud, que para nosotros fue algún día filosofal o romántica. La amorfa ridícula, que luego era, tantas noches, testigo de mis esperas inútiles y a la que no le conté mis penas, porque yo no soy de contarle cosas a las cosas.

Te estabas riendo, como aquella noche de carnaval, que mira a los cuántos años vengo a referir en una historia, aunque es lógico porque tu y lo tuyo, tienes razón, lo nuestro, es hasta hoy, en todo, inédito. Y cuando digo que era como aquella noche de carnaval de un sábado cinco de marzo de mil novecientos ochenta y cuatro, es porque era una risa larga, tan larga como el olvido.

No me sorprendió, o sí me sorprendió, pero quiero contar que no, que pensaras que a través de los años te iba a seguir esperando. En realidad no debió de sorprenderme. Todos tus recuerdos de mi son tan jóvenes como lo éramos entonces y tu juventud era así, optimista.

Me puse en guardia, eso sí, para protegerme de la compasión, pero tampoco iba a permitir que creyeras que en mi rechazo había un desquite, nada más la intención de dignidad que me faltó siempre, cuando creía en el chantaje y en que para evitar un adiós me servían las renuncias.

Por eso te pedí que en vez de platicar o de entrar a acariciarnos, como tal vez el cuerpo me pedía –quítale el tal vez-, me permitieras hacer esta narración subterránea que si estás atenta y al editor le parece, pronto verás en algún periódico o en cualquier revista, cuando menos en mi blog.
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Porque decir amor es tan difícil como no decirlo y las palabras escritas saben callar lo que la emoción le exprime hasta a una declaración de principios. No sé, creo que nunca fui romántico o no sé como serlo, pero si me duele que una ilusión no pueda mandarse al taller de reparaciones, ahora que le apareció la pieza.

Vas a decirme, como siempre, que cambie y te diré que he cambiado. Para demostrártelo, adiós, te doy este adiós así nada más, sin corregir las rimas internas –esperas, penas, amor, ilusión, emoción, etc.- y sin volver a tocar lo de la piedra que, en mi estilo normal, iría en esta parte.