martes, 8 de julio de 2008

MADRE SOLO HAY UNA

MADRE SOLO HAY UNA


Nací, según decía mi madre, en un día enteramente predestinado. Un viernes trece. Un séptimo mes. Ella que de Nostradamus directamente, decía, aprendió las consecuencias definitivas de la fecha del nacimiento de las personas en su futuro, me auguraba una existencia pletórica de eventos insospechados y una personalidad adornada por todas las gracias -y pecados- posibles.

Sin embargo, no me parece que mi madre haya tenido jamás contacto con literatura esotérica alguna. Además se según mis cuentase no nací un viernes sino un jueves. De haber pretendido un mundo absoluto de sorpresas desde mi nacimiento, me imagino que no me hubiera puesto el nombre prosaico de Josefa que me puso, y, para acabar pronto, no hubiera evitado pagar una multa en el Registro Civil, inscribiéndome‚ como si hubiera nacido un mes después dándome así, legalmente, una fecha natal completamente distinta a la real. Lo cierto es que mi madre siempre fue quimérica y un poco chiflada.

Tan es así que, no obstante que mi niñez transcurrió en una atonía absoluta, fiel correspondencia a una inteligencia mediocre en una niña más bien retraída, fecha y pasada de peso; mi madre solía relatar la falsa historia de mis conversaciones metafísicas con antepasados ficticios y una facilidad inverosímil para la levitación, la telequinesis y el dominio de lenguas extranjerase vivas y muertas; facultades todas que, inventaba en sus charlas en la salida de la casa donde se sentaba a tomar el fresco de la tarde y chismear con las vecinas, perdí después de mi primera menstruación, la que, mentía, me había acaecido a los siete meses y siete días, una mañana a las siete horas.

Y no me parece recordar que ni en mi adolescencia ni en mi primera juventud, ningún indicio sobrenatural que concordara con las alucinantes evocaciones que de esa época de mi pasado hacía mi madre, en las cuales me presentaba como el sueño imposible de un príncipe extranjero, visitante incógnito de nuestra ciudad, que tuvo que ser recluido en una clínica mental de su país, tras mi rechazo irrevocable a sus requerimientos. Tampoco me sucedió nunca haber experimentado la revelación del misterio de la Santísima Trinidad, ni anduve jamás con al aureola del espíritu santo, ni se me apareció la virgen en las grutas de Calcetoc una noche que, sonámbula, a los once añose robé‚ las llaves del coche de mi papá y me dirigí hacia aquellas grutas. Es más, hasta la fecha no se manejar, no conozco Calcetoc y nunca he sido católica.

Definitivamente mi madre se equivocó siempre y, más aun, cuando al terminar la secundaria me anunció una futura carretera en el entonces, para la mujer, casi vedado campo de la Ingeniería Química Industrial en el que mi inexistente brillantez mental me abriría los secretos del elixir de la eterna juventud, la piedra filosofal, el remedio contra la calvicie, la gordura y el escorbuto y un sustituto eficaz de la penicilina para los alérgicos.

Así pues, empujada por la autora de mis grises días, deambulé‚ por un semestre penosamente interminable, entre la variedad infinita de los primeros estudios preparatorianos, que sólo pude afrontar con mi absoluta incomprensión, ya que las matemáticas me dan migraña, la literatura sueño, la química nausea, la lógica mareos, la física asfixia y la gramática pasmos.

Para colmo, mi progenitora se convirtió en proveedora permanente de toda clase de menjurjes y preparaciones caseras para mis maestros e inclusive para el mismos Director de la prepa, quien, a fin de cuentase sin mayores contemplaciones me expulsó fulminantemente cuando uno de los preparados maternos provocó la disentería de toda la prole del Dire y una amenaza de divorcio por la parte de su esposa.

Mi pobre madre tuvo que resignarse con mi firme voluntad para estudiar, como lo hicieron mis dos mejores amigase un curso, por correspondencia, de Secretaria Comercial, titulo con el cual obtuve, después‚ del suicidio de mi padre (que mi madre adujo a su incapacidad para todo lo material y todos los demás comentaron que no tuvo otra causa que el especialísimo carácter de mi mamacita), mi actual empleo en el banco, con el que, mal que bien, pago la renta del departamento de tres piezas en que vivimos y las medicinas con que la sostengo a ella, a la pobre, arrinconada y muda en la eterna silla de su enfermedad incurable, sosteniendo el tiempo con su entrecortada respiración insomne y velando la espera de sus ojos abiertos y ciegos a una muerte, cuya ausencia, lo se, cada día, más, la desespera.
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