martes, 8 de julio de 2008

CARIDAD

CARIDAD

Iba y venía al compás de la hamaca colgada a través de la única habitación de su vivienda.
Sentada en el primitivo mueble, apenas rozaba el piso de tierra con los pies descalzos, para no perder la oscilación sincrónica que le permitía pensar.
Finalmente, el bordado de flores de su alguna vez blanco terno, se elevó con un suspiro que le trajo el recuerdo de su encuentro matutino en la defensoría legal

-Mire señora, ya hemos intervenido hasta donde nos fue posible para evitar el deshaucio, pero a todo le llega su hora. Usted no es dueña del predio en que vive y su propietario lo quiere recuperar después de dos años que no le pagan la renta. La justicia es la justicia. A más tardar mañana tiene que encontrar un lugar para llevar sus cosas y a sus niños. Desde hace tiempo le dije que se preparara y viera a donde irse. Usted me dice que es sola y que sus parientes viven muy lejos y no tiene como ir a pedirles que le auxilien, ya lo sé, que los familiares de su esposo no la quieren y que él está preso, si también lo están asesorando en la defensoría penal, pero, bueno, a sus hijos puede llevarlos a la casa cuna y usted a ver donde se acomoda mientras le va mejor. No se vaya a poner a llorar, por favor, mire a todas las demás señoras que están esperando, algunas tienen problemas peores que el suyo y con una que se me desespere, se convierte esto en un mercado.

Anduvo tanto rato bajo el sol que su rostro curtido adquirió el sólido contexto del calabazo de cuya fresca agua rebajaba la sed. Balanceándose en la hamaca, sólo a través de sus senos bajo la tela gastada se percibía la vida en Caridad. El gesto, los brazos cruzados sobre el vientre abultado y las piernas lacias retrataban su indolencia ante un mundo que no le era propio y contra el cual, por inercia, sobrellevaba la actitud ajena con que la noche anterior se entregó sin emoción a su marido, en la visita conyugal de la prisión

-Ay chaparrita, sólo por estos días no me pongo a llorar o de plano me mato y termino de una vez con esta cochina existencia. Estoy aquí, pensando nada más en ti y en los chamacos. Tu dices que ya no aguantas oír que lloren y que son muy terribles, que te da vergüenza ir a mendigar algo para que coman, que ya no tienes ni luz en la casa y que te están corriendo. Pero cuando menos estás con tus hijos y puedes disfrutarlos y largarte con ellos a donde quieras sin que nadie te diga nada. En cambio yo, aquí metido como un animal dando vueltas en su jaula, sin poder ni ver la calle, no puedes comparar. Pero te di mi nombre, eso sí, no me arrepiento, me casé contigo por todas las leyes, aunque esa maldita mujer que dice que fue mi primera esposa reniegue y me tenga encerrado. Yo estoy contento porque te di tu lugar y te saqué con la cabeza en alto, aunque mis parientes no te reconozcan y hasta ese cura vendido diga que la boda no valió, tu sabes que sí, que a fuerzas que sí. Eres a todo dar, nunca dejes de venir a verme para que yo no me vaya a enfriar con tantos ardores que me dan. Te consta lo caliente que soy y aquí puras malas tentaciones que tiene uno. Sólo gracias a ti me puedo salvar. Aunque ya no me traigas mis comidas como antes y me tenga que tragar las puerquezas que dan acá. Ni modo. Lo de la casa, pues ve como te ayudas, dile al abogado a ver si no te presta, que mire que estás muy fregada y esperando familia y que tenga buen corazón. A poco te va a decir que no. Dile que a mí ya me dieron para un año más, pero en cuantito que salga me pongo a chambear como loco, le pagamos a todos y usted a vivir como una reina, mi chaparrita.

El chirrido de los ganchos en que se columpiaba la hamaca, eran el místico fondo musical de la escena imperturbable que Caridad no miraba, con los ojos abiertos. Sus largos cabellos, en cascadas, disimulando el avanzado embarazo que protegía con los brazos. Las piernas en el mínimo y mecánico esfuerzo de mantener el vaivén que la apartaba del sopor de la noche y del estatismo. La casa de techo de palma en dos aguas y las paredes de estuco y huano, diríase que gravitaba en el péndulo en que Caridad recordaba ahora su entrevista en la casa hogar

-Pues sí, para eso estamos, para recibir a los niños de padres irresponsables. Mira nada más, si ya nos estás preparando otra chambita. Seguro que no te has preocupado en buscar un trabajo pero bien que te las ingeniaste para encargar otro chamaco mientras tu marido está preso. Siquiera para eso tuvieras gracia, no estarías pasando penurias. Bueno, vamos a recibir a los niños por un tiempo a ver si puedes volver por ellos y demostrar que ya restableciste tu hogar y los puedes mantener. Si no, los vamos a pasar al trámite de adopción para ver si se colocan en una casa decente donde puedan desarrollarse como debe de ser. Ya sé, ya me dijiste que los quieres mucho, pero de una vez te advierto que para tener hijos hay que poder mantenerlos. En vez de aprender a leer y escribir o algún oficio, me imagino que te la pasas viendo la novela o platicando chismes con las vecinas o qué sé yo, pero te estoy viendo la cara de desobligada. Eso no es querer a un hijo. Es más fácil que yo te vuelva a ver cuando me traigas al que estás esperando que porque regreses a buscar a los que traes ahora

Detuvo suavemente el ondular de la hamaca y fue a asomarse por la ventana de la noche abierta. Las apiñadas casas de la cuadra estaban oscuras y quietas, como su vida, como todos los diecisiete años de su vida que la habían conducido hasta este lugar extraño donde le había tocado morir.

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