Gabo y las mariposas amarillas
Mi abuelo se llamaba Tranquilino, como la abuela del Gabo. Esa es
por desgracia, la única semejanza que tengo con quien para mi es el mejor
escritor nacido en este continente e islas anexas. Gabriel García Márquez hizo
de la memoria de su abuela Mina que vivía con el susto permanente por la
presencia de sus muertos recorriendo los barracones de la casa de Aracataca “la
casa, no había otra” y los recuerdos de guerra del Coronel Márquez, su abuelo,
una filigrana de portento, la primera paleta americana de ese mestizaje que se
descubrió capaz de labrar historias que se hicieran leyendas con un lenguaje
propio, articulado del color y los matices olorosos, auditivos y verbales de
tierras robadas a los indios, junto con sus platanares y las voces de las
cumbres y los llanos.
Nuestro prototipo de un nuevo mundo fue distinto a partir de un
personaje que, como los suyos, nació gracias a la adversidad, a esa aventura de
amor no inventada entre Luisa Santiaga, su madre y el telegrafista Gabiel
Eligio, su padre, que a fines de los veintes, cuando el telégrafo era lo que
hoy entendemos por los watsaps, regó de mensajes “como las mariposas amarillas
que perseguían a Mauricio Babilonia” dice Plinio Apuleyo Mendoza, la ruta de
cabras por la que los papás de Luisa Santiaga trataron de curarla del mal de
amores que, cualquiera lo sabe, es invencible.
E invencible se volvió su afán de contar y construir la realidad con
magia y palabras, un sueño que le fue robando a Faulkner o a Hemmingway, o a Virgina
Woolf, de cuyo Séptimus se apropia, o a toda la literatura que consumió
sumergido en la idea de abandonar los estudios de derecho en Barranquilla, a
donde Luisa Santiaga fue a pedirle que la acompañara a vender “la casa”. Y en
aquel periplo hacia una venta que no se realizará jamás, encontró que la fuente
era su fuente, atravesando en una barcaza dolorosa la selva y el río que tenía
aletargados en el alma, para arribar por un tren de fantasmas hasta el polvo de
fantasía que le emergió por todos los poros, cargados de sabores criollos, de
las frases con picardía de canela, del trueno que aterrorizaba a su madre y el
jazmín que la embriagaba, de alcaravanes y ojos de perro azul. Esa arcana procesión
a la que le quitó lo inefable y que lo llevó a iniciar la narrativa de la
soledad que no terminaría ni en cien años ni nunca, como uno más de sus
condenados.
Los pastosos años que vivió entre Colombia, Francia, Cuba y Nueva
York, tuvieron el amargor del poco aprecio de la crítica por su obra –un
español que revisó La Hojarasca –su Antígona en Macondo-, reconociéndole cierto
valor poético, le recomendó que se dedicara a otra cosa y un francés que valoró
para su publicación El Coronel no tiene quien le escriba, la verdad ficticia de
su abuelo esperando una pensión de guerra, no recomendó la edición.
Pero ante la exuberancia y la desmesura de Cien años de Soledad, el
mundo de las letras tuvo una rendición inmediata. Desde la experiencia propia
del día en que fue a conocer el hielo, la zaga de los Buendía, fue adoptada
universalmente con la conmoción del descubrimiento, el ahogo de una nueva luz.
Pese a los enredos de nombres que se repiten por siete generaciones, la novela
que parte de un éxodo termina en la fundación de una religión nueva. El culto
al Gabo. 30 millones de lectores nada más de esta pieza fundacional, seguirán
difundiendo ese extraño mensaje de pensamientos torcidos, tan identificables en
nuestra naturaleza, que se expresan por alegorías, de amores que vencen
tozudamente sus obstáculos y de felicidades que se albergan en remansos cortos
pero entrañables.
La fama y el éxito a partir de entonces fueron para García Márquez,
sin embargo, un contrapeso a su ideal como escritor, a su abstracción ante el
arte, de modo que manifestó un cierto rencor hacia la novela que le dio todo, a
cambio de la tranquilidad para escribir. Rechazaba que fuera su obra maestra y
afirmó que sería recordado por El Otoño del Patriarca, la versión fantástica
del dictador Latinoamericano, que desde su original venezolano, puede emparentarse
con tantos sátrapas llenos de color que han poblado nuestro continente con sus
caudas de latrocinio, matanzas y subdesarrollo. El anciano paquidérmico que
retoza entre los velos de un pasado que le obnubila los días, es también para
mí el momento epigonal de la producción de nuestro autor. Sin pausas, el ritmo
apabullante de esta fábula alcanza dimensiones de perfección, lo mismo cuando
el Patriarca es reflexivo y sabio ante la inminencia del fin de su eternidad,
al cabo poseedor de “diez soles tristes de general del universo” que, mis
favoritas, en las frases que salpimentan de humor coprolálico esta pieza única, cuando, por ejemplo, ante
la poesía heroica de Rubén Darío se pregunta cómo podía ese indio escribir una
cosa tan bella con la misma mano con que se limpia el culo o ante la calamidad
de la pobreza endémica de nuestros pueblos vaticina que el día que la mierda tenga algún valor
los pobres nacerán sin culo.
Para reír, para entusiasmarse, para ser víctimas de un asombro
total, para ser subyugados, lo que escribió Gabriel García Márquez nos quedará
más allá de un mito, como consigna del poder de una raza empoderada, de ese
espíritu vasconceliano que hablará para siempre con la fuerza de lo
irrepetible. Ese bien múltiple al que con afecto llamamos nuestro legado se
conforma de las proezas que nos donan estos seres tocados por lo divino.
Bendito bigotón, ascendiendo al Parnaso Caribe, con tu sonrisa socarrona,
fumando mientras escribes, frente a unas flores amarillas de inspiración, –como
las mariposas que ayudaron a engendrarte.
Sergio Salazar
Mérida, Octubre 2014