lunes, 17 de agosto de 2020

GABO YLAS MARIPOSAS AMARILLAS

 

Gabo y las mariposas amarillas

 

Mi abuelo se llamaba Tranquilino, como la abuela del Gabo. Esa es por desgracia, la única semejanza que tengo con quien para mi es el mejor escritor nacido en este continente e islas anexas. Gabriel García Márquez hizo de la memoria de su abuela Mina que vivía con el susto permanente por la presencia de sus muertos recorriendo los barracones de la casa de Aracataca “la casa, no había otra” y los recuerdos de guerra del Coronel Márquez, su abuelo, una filigrana de portento, la primera paleta americana de ese mestizaje que se descubrió capaz de labrar historias que se hicieran leyendas con un lenguaje propio, articulado del color y los matices olorosos, auditivos y verbales de tierras robadas a los indios, junto con sus platanares y las voces de las cumbres y los llanos.

Nuestro prototipo de un nuevo mundo fue distinto a partir de un personaje que, como los suyos, nació gracias a la adversidad, a esa aventura de amor no inventada entre Luisa Santiaga, su madre y el telegrafista Gabiel Eligio, su padre, que a fines de los veintes, cuando el telégrafo era lo que hoy entendemos por los watsaps, regó de mensajes “como las mariposas amarillas que perseguían a Mauricio Babilonia” dice Plinio Apuleyo Mendoza, la ruta de cabras por la que los papás de Luisa Santiaga trataron de curarla del mal de amores que, cualquiera lo sabe, es invencible.

E invencible se volvió su afán de contar y construir la realidad con magia y palabras, un sueño que le fue robando a Faulkner o a Hemmingway, o a Virgina Woolf, de cuyo Séptimus se apropia, o a toda la literatura que consumió sumergido en la idea de abandonar los estudios de derecho en Barranquilla, a donde Luisa Santiaga fue a pedirle que la acompañara a vender “la casa”. Y en aquel periplo hacia una venta que no se realizará jamás, encontró que la fuente era su fuente, atravesando en una barcaza dolorosa la selva y el río que tenía aletargados en el alma, para arribar por un tren de fantasmas hasta el polvo de fantasía que le emergió por todos los poros, cargados de sabores criollos, de las frases con picardía de canela, del trueno que aterrorizaba a su madre y el jazmín que la embriagaba, de alcaravanes y ojos de perro azul. Esa arcana procesión a la que le quitó lo inefable y que lo llevó a iniciar la narrativa de la soledad que no terminaría ni en cien años ni nunca, como uno más de sus condenados.

Los pastosos años que vivió entre Colombia, Francia, Cuba y Nueva York, tuvieron el amargor del poco aprecio de la crítica por su obra –un español que revisó La Hojarasca –su Antígona en Macondo-, reconociéndole cierto valor poético, le recomendó que se dedicara a otra cosa y un francés que valoró para su publicación El Coronel no tiene quien le escriba, la verdad ficticia de su abuelo esperando una pensión de guerra, no recomendó la edición.

Pero ante la exuberancia y la desmesura de Cien años de Soledad, el mundo de las letras tuvo una rendición inmediata. Desde la experiencia propia del día en que fue a conocer el hielo, la zaga de los Buendía, fue adoptada universalmente con la conmoción del descubrimiento, el ahogo de una nueva luz. Pese a los enredos de nombres que se repiten por siete generaciones, la novela que parte de un éxodo termina en la fundación de una religión nueva. El culto al Gabo. 30 millones de lectores nada más de esta pieza fundacional, seguirán difundiendo ese extraño mensaje de pensamientos torcidos, tan identificables en nuestra naturaleza, que se expresan por alegorías, de amores que vencen tozudamente sus obstáculos y de felicidades que se albergan en remansos cortos pero entrañables.

La fama y el éxito a partir de entonces fueron para García Márquez, sin embargo, un contrapeso a su ideal como escritor, a su abstracción ante el arte, de modo que manifestó un cierto rencor hacia la novela que le dio todo, a cambio de la tranquilidad para escribir. Rechazaba que fuera su obra maestra y afirmó que sería recordado por El Otoño del Patriarca, la versión fantástica del dictador Latinoamericano, que desde su original venezolano, puede emparentarse con tantos sátrapas llenos de color que han poblado nuestro continente con sus caudas de latrocinio, matanzas y subdesarrollo. El anciano paquidérmico que retoza entre los velos de un pasado que le obnubila los días, es también para mí el momento epigonal de la producción de nuestro autor. Sin pausas, el ritmo apabullante de esta fábula alcanza dimensiones de perfección, lo mismo cuando el Patriarca es reflexivo y sabio ante la inminencia del fin de su eternidad, al cabo poseedor de “diez soles tristes de general del universo” que, mis favoritas, en las frases que salpimentan de humor coprolálico  esta pieza única, cuando, por ejemplo, ante la poesía heroica de Rubén Darío se pregunta cómo podía ese indio escribir una cosa tan bella con la misma mano con que se limpia el culo o ante la calamidad de la pobreza endémica de nuestros pueblos vaticina  que el día que la mierda tenga algún valor los pobres nacerán sin culo.

Para reír, para entusiasmarse, para ser víctimas de un asombro total, para ser subyugados, lo que escribió Gabriel García Márquez nos quedará más allá de un mito, como consigna del poder de una raza empoderada, de ese espíritu vasconceliano que hablará para siempre con la fuerza de lo irrepetible. Ese bien múltiple al que con afecto llamamos nuestro legado se conforma de las proezas que nos donan estos seres tocados por lo divino. Bendito bigotón, ascendiendo al Parnaso Caribe, con tu sonrisa socarrona, fumando mientras escribes, frente a unas flores amarillas de inspiración, –como las mariposas que ayudaron a engendrarte. 

 

Sergio Salazar

Mérida, Octubre 2014