martes, 8 de julio de 2008

LA CITA

LA CITA


1

Venía bajando de su luz vespertina. Ella, predecible siempre en su permanente visión de viajera despistada. Con sus gafas de doble montaje vigilaba -desnudaba el hilo trémulo de una calle que, de tan desaparecida, concurría por una fuga de su memoria hasta esta realidad.

Y así, cuando la tarde vacilaba, nacía su obligación de vagar por el mundo plañido de tonos grises, vagar entre los soplos obnubilados de la víspera nocturna, ante la amenaza de la luna y sus misterios.
-Soy una lechuza tempranera, le contaba a la vagoneta arrumbada frente al Molino.
Sin percatarse de que ya no existía, rodeaba la glorieta de su esquina y agachaba la cabeza para no importunar a las ramas sin nidos del almendro de la plaza.
-Cómo voy a dejar de ver lo que quiero, se hacía eterna desde las alambradas que truncaban su ambulantaje, cercando la secundaria invasora que desplazó al zacatal de sus regodeos.

Antes de que los grillos la despidieran por sus caminos, recogía la ruta hasta la nueva estación de las vendedoras de flores, que la alejaban de su meta, pero le permitían retomar empuje con los aromas. De ahí hasta el estadio, ya sólo le quedarían muros y edificios sin color, desde donde su sendero le presentaría, a la fuerza, las tardes de lluvia formando charcos, las albarradas que colgaban rosas, el empinado silbo de la tienda de animales, el grito de los marranos, las campanas veladoras del chiverío, su espumosa leche, los espinos de los yerbazales al borde del pavimento, la curva de la bruja, el gastado camino de los entierros pintado con la sangre de los mataderos, la ceiba alucinada, el carretón del hielo y el desvencijado portón de la ex-municipalidad.

Pasaba al fin la Avenida, refugiándose en su sueño de los bocinazos y las majaderías. Con la luz moribunda, alcanzaría a imaginarse la piedra penúltima, en forma de almohada, donde gozaba de retrasar el encuentro, desandar las cansadas sandalias, y respirar lo que quedaba del aire de los crepúsculos de su tiempo, llenos de brisa.
-Aquí vendría bien hasta vivir, se repujaba en su dicha, frente a la entrada del campo de pelota. Su pelo cortito, de macho le llamaba él, también participaba en el juego del viento perdido y bailaba serenamente al compás de su recuerdo.



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De inmediato supo que podía contar con él. La camisa blanca, el alma clara, con risa. Para corresponder a su amable invitación de compartir el lento trayecto de aquel viaje en taxi, se apresuró a enamorarse. Después entraron juntos al espectáculo que los había hecho coincidir y se pasaron platicando, indiferentes a todo, hasta que las luces comenzaron a apagarse y tuvieron que correr bajo la lluvia para tomar otro coche y regresar besándose furiosamente hasta la casa de él, donde se quedaría a dormir esa noche y para siempre.

-Así es el amor, le enseñó, junto con los arcones de sus ternuras. Antes de que despertara del primer sexo, ya había decidido no morir jamás sin acabar de beberse ese poso de esencias de donde recogió la maravilla. Dobló, entonces, el capítulo de su vida pasada, con una experiencia que le cupo en un remojo de la cara y comenzó a archivar, concienzudamente, los hilos de su paraíso.


2


Las lámparas del estadio se encargaban de recibirla, acompañándola con sombras. Ella ignoraba la nueva entrada que cambió la disposición del diamante. Era más cómodo, de todas maneras, usar los espacios de las paralelas que marginaban las líneas de faul.
-Sin pisar la raya, saltaba supersticiosa, penetrando al jardín izquierdo. Por el contacto con el césped húmedo le llegaba, inquietante, la frescura de cuarenta años que la habían acogido, cada noche virgen.

Pausadamente, apoyada en sus pensamientos, tarareando una música suave, llegaba hasta la caseta del equipo local. Mientras descendía los escalones del mínimo subterráneo, sus amplias faldas dejaban de revolotear, asustadas, para no interrumpirle el camino hasta la banca desgastada donde todavía resonaban los murmullos de diez generaciones de equipos de aficionados que habían descargado sus calores y la emoción de mil partidos entre las sucias paredes de ese dogaut.


-Pero no sólo eso, sonreía maliciosa, rebuscando entre los olores eternos de orines y sudores la pálida ternura con que lo acompañaba a él hasta este pedacito de cielo.


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Y la acostumbró a cantar, como si la voz fuera cómplice de sus emociones y se vislumbrara cada vez que, por los relámpagos de su música interior, le devolviera, entre fragmentos de boleros, el alma robada.

-Así es el amor, le repetía, mientras le ayudaba a morder la manzana deliciosa de su inocente pecado. Redescubriendo su fórmula para un mundo feliz, viajaban en ese tren sin arribos ni partidas que, para su dicha, les tocó abordar.

3

Ya plenamente dueña de la oscuridad, acomodada entre los ruidos y en su silencio, calculaba la hora en que él salía de su trabajo y el trayecto que lo llevaría hasta su cita. Como en un juego, abría los ojos cuando su imaginación ya lo había visto llegar.

Sonriendo con la mirada, se semidesnudaban para iniciar un recorrido inexacto a través del parque. Corrían o caminaban gozosos de su presencia y de la distancia que desaproximaban para husmearse por los vapores del ejercicio. Tensos y excitados por el cansancio, volvían al refugio y, entre las voluptuosidades del descanso, les surgía el siempresí del deseo y la humedad de volver a sentirse. Ajenos a la edad que les llegó inmarcesible y a los cambios de sus épocas, convertían de repente a la noche en su fuente de una eterna juventud.

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El estadio quedó en el abandono pero no su compromiso crepuscular. De cualquier modo, siguieron encontrándose al caer la tarde en la vieja caseta, con una formalidad que supieron respetar los gamberros del rumbo que adoptaron como suyos y protegieron por años a los dos ancianos que regresaban a hacerse el amor al amparo de la noche.

Cuando él murió ella no dejó de volver.

-Soy una fanática, platicaba con los fantasmas de sus viejos conocidos, rescatándoles las anécdotas y los cuentos de color, hasta que llegaba él a reanudar su idilio enlazando este mundo y el otro por la fe de su cariño.

Nadie, ni ella, se dio cuenta de que un día murió y, como él, siguió regresando a su cita.
Hoy, que han desaparecido el estadio, la calle, la ciudad, el país y el mundo, todavía persisten las noches y la casetita asediada por un par de vagabundos de la eternidad.

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