DOMINGO
Las horas se arrastran como las hojas entre los resabios de marzo.
Por detrás del muro, agitando los setos del vecino, la voz lejana de un cronista deportivo.
El calor doblega los ánimos del mediodía.
Desde un tamarindo, el pájaro me observa, en la terraza, junto a la piscina.
Se pregunta por qué escribo con tanto afán, entre papeles, libros y un portafolios desencajado.
Quizás se imagine que soy un poeta en éxtasis, a la caza de la musa.
Tal vez por eso se alegra y canta, describe un círculo por sobre mi espacio y se reconforta del calor con un rápido chapuzón en el agua del estanque.
Lo hace otras veces, siempre con menos prisa, en amable invitación. Quiere ser parte de mi historia, inundar mi poema.
Cuando me doy cuenta, lo miro con tristeza y le confieso que estoy trabajando, que estos papeles no son el rumbo de mis sentimientos o la nave de un sueño, sino la cruda realidad que freiré para comer.
Antes de que me pida más explicaciones, me refugio en la casa y, fatalmente, tropiezo con un espejo. Desde dentro, un ser que apenas reconozco, me descubre y se asombra de mi presencia. Me pregunta si soy el mismo que a los veinte años leyó a Baudelaire y juró, sobre los senos de una prostituta anciana, ser un poeta maldito. Aquél que cabalgaba sobre lomos de trenes imaginarios por los senderos de la Amazonia y hasta los puentes de París. No me parezco, se dice, a las leyendas que cazaban estirpes ni a los dragones que vomitaban fuego. Y yo alguna vez se lo prometí, me recuerda, le prometí la poesía, los trenes, las estirpes y el fuego.
Pero a cambio, le digo, tengo esta casa, con el confort suficiente para pasarme los domingos encerrado mientras un pajarito me acompaña y disfruta de mi piscina.
El del espejo se queda serio. No entiendo su expresión. Adivino:
-¿Te doy pena?
La figura distante sonríe cruel.
-No, los ricos nunca me dan pena.
Las horas se arrastran como las hojas entre los resabios de marzo.
Por detrás del muro, agitando los setos del vecino, la voz lejana de un cronista deportivo.
El calor doblega los ánimos del mediodía.
Desde un tamarindo, el pájaro me observa, en la terraza, junto a la piscina.
Se pregunta por qué escribo con tanto afán, entre papeles, libros y un portafolios desencajado.
Quizás se imagine que soy un poeta en éxtasis, a la caza de la musa.
Tal vez por eso se alegra y canta, describe un círculo por sobre mi espacio y se reconforta del calor con un rápido chapuzón en el agua del estanque.
Lo hace otras veces, siempre con menos prisa, en amable invitación. Quiere ser parte de mi historia, inundar mi poema.
Cuando me doy cuenta, lo miro con tristeza y le confieso que estoy trabajando, que estos papeles no son el rumbo de mis sentimientos o la nave de un sueño, sino la cruda realidad que freiré para comer.
Antes de que me pida más explicaciones, me refugio en la casa y, fatalmente, tropiezo con un espejo. Desde dentro, un ser que apenas reconozco, me descubre y se asombra de mi presencia. Me pregunta si soy el mismo que a los veinte años leyó a Baudelaire y juró, sobre los senos de una prostituta anciana, ser un poeta maldito. Aquél que cabalgaba sobre lomos de trenes imaginarios por los senderos de la Amazonia y hasta los puentes de París. No me parezco, se dice, a las leyendas que cazaban estirpes ni a los dragones que vomitaban fuego. Y yo alguna vez se lo prometí, me recuerda, le prometí la poesía, los trenes, las estirpes y el fuego.
Pero a cambio, le digo, tengo esta casa, con el confort suficiente para pasarme los domingos encerrado mientras un pajarito me acompaña y disfruta de mi piscina.
El del espejo se queda serio. No entiendo su expresión. Adivino:
-¿Te doy pena?
La figura distante sonríe cruel.
-No, los ricos nunca me dan pena.
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