martes, 8 de julio de 2008

ANDREA Y EL MAR


ANDREA Y EL MAR



Andrea era la caricia de la luz del faro sobre las olas. La filigrana del instante mágico en que la espuma victoriosa preña al mar. Furtiva de un prisma de sombras, atisbando los negros azules con su mirada morena, Andrea era la brisa y la sal que canta canciones a los oídos de las caracolas.

No sé si ya es el momento de contar su historia. Todavía los amaneceres en que el sol despide sin ella a la noche resultan insoportables. Todavía la arena intenta el dibujo de su forma revuelta pero perpetua. Y, sobre todo, el mar la extraña, todavía.

*

La desconocida barrió con su rastro exánime el agudo deslave de pìedra calcárea que, desde el entronque del camino carretero conque iniciaba el pueblo, transcurría hasta el muelle. Su paso de aparición tránsfuga parecía concluir en cada saliente de la calle, en cada charco merodeado de cangrejos, en las nubes de chaquistes que moteaban el fin del atardecer.
Las chozas de los pescadores a esas horas ya tenían las velas encendidas para prevenir al viento del norte. Sus habitantes, acostumbrados a las leyendas marinas, tardaron en comparecer al rumor de la extraña embarazada que iba con obstinación hacia la playa, como un galeote ruinoso. Cuando los pobladores empezaron a seguirla curiosos, ella ya había llegado al breve malecón de palmas enanas y seguía semejando una tortuga en reversa, a punto de desfallecer. Una angustia enorme le surgía del rostro y era un imán para las miradas a la vez que repelía hasta al más compadecido de su andar trabajoso, con las piernas abiertas y los brazos en péndulo. La cadencia del cuadro componía un sueño levitado hacia su destino de olas.

Sus pies alcanzaron por fin la arena mientras la noche se hacía dueña del horizonte y la brisa arrastraba los primeros truenos de la tormenta. Ella, indiferente a la pasión de la tempestad que hizo huir a los vecinos, se tendió frente al mar y sumergió en el agua su expresión. La lluvia comenzó a borrar las formas e intentaba inundar a la materia cuando los gritos de la parturienta rompieron contra la oscuridad rasgada de relámpagos. Por un instante, su alarido doblegó al barrunto del oleaje y las nubes, estremecidas por el ciclónico embate de los elementos. Luego, toda la naturaleza encabritada desapareció en el olvido de los tiempos.

Pasada la medianoche, la luna deshizo a la tempestad en trazos blancos y se mostró al océano que pareció quedar satisfecho de su cotidiana búsqueda.
La curiosidad de los pobladores pudo salir entonces de su encierro y los llevó hasta la playa húmeda como hembra en celo. Revisaron infructuosos por la costa, atisbando entre las dunas y recorriendo en varios sentidos los senderos de la madrugada, pero no hallaron a la mujer. Conjeturaron que, si no había sido un fantasma, un alma errante escapada de los infiernos que acababan de ver desatarse, debió ser una infeliz que se vino a regalar al mar. Estaban por retirarse cuando el llanto de Andrea rondó sus oídos desde el interior del castillo arenoso en que se hallaba, la primera de tantas guaridas que le robaría a la playa.

Justa, a sus cincuenta años acababa de ser madre por décima vez. La última, le dijo a su marido. Así sería porque el siguiente embarazo le costó la vida. Fue ella, madre vocacional, la que recogió a Andrea y se la llevó a su casa, para terminar con el trabajo de parto que se quedó a medias, lavar el cuerpecito oscuro perpetrado de escamas y brindarle el pecho generoso que le dio alimento. Justa también la llevaría después frente al cura para que le pusieran el nombre que resultó de un anagrama de Leandro, su hermano de leche y su primer amante.

*


Pero yo no quería hablar de recuerdos, hacer memorias torpes de las islas imaginarias que la rodearon siempre, dibujando en su alma una convicción de ninfa y náyade. Yo odio pastorear por esos años que transcurrió junto a la playa mientras su silueta se perdía entre el vaivén permanente de las olas, adoptando su voluptuosidad; sazonando su piel del gusto salobre de las algas, hurtando la rémora de los naufragios ante la indiferencia de las gaviotas.

*

Cuando Justa perdió el resuello y se murió entre el charco de sangre que le desbordaba el sexo, Andrea lloró su único llanto de amor. El marido de Justa, incapaz sin su mujer de sostener a la prole, apenas acertó a repartir a los huérfanos entre sus parientes. Andrea, ausente desde entonces al mundo exterior, se dejó conducir a casa de la tía Chela, junto con Leandro. Ahí crecerían los dos, en calidad de arrimados, con las fluctuaciones de la divina providencia y al titubeante amparo de su mutua compañía.
Leandro, desde que tuvo uso de razón y fuerzas para ayudar en las labores de la pesca ribereña, tomó a su cargo la protección de Andrea y consiguió para ambos un nuevo lugar para vivir. Para él, ella nunca fue una hermana postiza sino su dama enamorada, que lo recibía cariñosa aunque distante cuando regresaba, cargado de sol y de cansancio, de las rudas tareas de pescador.
Al llegar a la adolescencia, ella ya era la figurita etérea que siempre sería, con la piel tostada y llena de luz que tienen los vagabundos de la playa. Desde mucho antes había aprendido a reconocer los diminutos esteros en que se refugiaba para impregnarse de la luminosidad solar y del frescor marino; ya llamaba por sus nombres a los especímenes que desafiaban el tesoro del plancton y se uncía de la lluvia de las palmeras en la resaca de los temporales. Lejana de todos los demás habitantes del pueblo, era aceptada como una curiosidad local, adoptiva común de todos los que recordaban el enigma de su origen.
Leandro, por su parte, se convirtió en un mocetón de músculos acerados y voluntad indomable. Pronto aprendió el arte de la captura de los peces más redituables y se negó firmemente a la práctica de cobrar la raya en la cantina, trocada en alcohol y en mujeres. Esto le permitió fomentar un capital y adquirir siendo casi un niño, su primer equipo de aperos y, al poco tiempo, su propia embarcación. Como Andrea, era muy apreciado en el pueblo y, como ella, sostenía un contacto mínimo con los demás. Su urgencia era terminar el trabajo y correr a la choza en que vivían para sostener su existencia en el limbo del mudo regazo de Andrea.


*

Porque ni a mi me abrió jamás su espacio interior. Yo que la vi formarse con el prodigio de sus turgencias menores, cual copos de piloncillo; que suavizé mi tacto con el vello dúctil que la enmarcó en aureola y se hizo mullido colchón en su pubis melífluo; que, sin propuestas o reticencias, cultivé la primera perla de su ostra y me incendié en su concha voraz que me consumió por entero, descubriéndome la furia del éxtasis y los límites de la dicha. Yo que a partir del primer amor me hice su esclavo y me contagié de su pasión oceánica, para huir con ella cada noche hacia la mar celestina que nos acogió el sexo y los humores entre dimanaciones de estrellas. Yo, su guardian, su dueño, el lacayo de su trono, también vi vedado el acceso a la visión encantada que la tenía presa, el duende furtivo que secretamente la raptaba para llenarla del semen del mar.

*

Las largas tardes del verano eran las favoritas de Andrea porque le permitían extender sus charlas absortas con el rumor de las olas y su inacabable juego con las asterias. Desde que comenzó a acostarse con Leandro, debía evitar las noches para sus divagaciones marinas ya que se aficionó a fornicar en el mar y se le hizo innoble reunir sus impulsos carnales con su contemplación metafísica. De cualquier modo, sus ayuntamientos al compás del reflujo de la marea, fueron siéndole cada vez más vitales y pronto Leandro no pudo sostener el ritmo que ella le impuso. A pesar de su hercúlea constitución y la fogosidad de su juventud, la exigencia de la muchacha fue creciendo cada vez más y acabó por derrotarlo. Humillado tuvo que resignarse a verla salir por las noches, sola, humeante de deseo, a rebuscar entre el contoneo de la bajamar un consuelo para el piélago de sus ansias.

Los murmullos costeños, confundidos con el aroma de los efluvios de Andrea, se hicieron gritos desesperados que no tardaron en despertar la virilidad del pueblo. De las chozas de palma se desprendieron, en orden, nunca más de uno a la vez, todos los hombres de la aldea que fueron a encontrarse con la sirena bruja que los recibía en sus piernas y les abrevaba la savia de la especie, en acometidas furiosas.

*

Y entonces sí me hice invisible para ella. Ciega, salía del templo que le forjé, para ir hacia la mar de su sacrificio. Su piel regresaba después envuelta en las miasmas de mil cópulas, como un códice vivo, relatando la epopeya de su vaina insaciable. Nada oía, sonámbula invencible, se refugiaba a su retorno en un sueño obstinado del que sólo la rescataba la luz de la aurora. Entonces abría los ojos limpios, despejados de la borrasca que los perdía e, inocente, le bastaba una sonrisa para volver a ser mi ama y yo su can.

*

Aunque su delirio nocturno conoció a todos los varones del pueblo, alrededor del hecho se tendió un pacto de silencio. Y así, cuando Andrea volvía a la playa, a la luz del sol, para recoger los hábitos de sus parrandas marinas y lavar los restos de su verguenza, las otras mujeres la recibían con el afecto de rutina, sin reconocer en ella a la enemiga que por las noches les robaba, aunque sólo a una, pero siempre a una, el ansia de su macho. Volvía a ser la niña hurí, discurriendo por el mar su solemne liturgia de arena y sal.

Los primeros síntomas del embarazo fueron los que diluyeron el encanto. Mientras las mujeres se apresuraban a felicitar a Leandro por la preñez de Andrea, sus maridos se sintieron picados por la el orgullo de la verdadera paternidad. El prestigio súcubo de la aparición acuática, despertó en ellos el afán de ser dueños de la especie, de ser engendradores de su estirpe.
Andrea, al darse cuenta de su estado, canceló repentina toda salida de su choza. Le pidió a Leandro que clausurara todas las ventanas y atrancara las puertas. Le suplicó que no saliera sino a lo más indispensable y, sin darle explicaciones, permanecía por horas, acurrucada e inmóvil, atenazándose el vientre. Los hombres como olfatearon antes su furor sexual, intuyeron entonces su miedo que los enervó al extremo. Empezaron a rondarla celosos, a atisbar hacia su intimidad tapiada, a rumiar la desesperación de su ausencia y a enfrentarse entre ellos cada vez más violentamente.

*

Suave, como el hito de sus suspiros, fue acercándose otra vez a mi. Por fin creí suplantar a los dioses del mar a que rendía su devoción. Su trémula entrega, su tímida confianza, fueron mi felicidad.

*

Como si el avance del embarazo emitiera un númen fatídico, el acecho de los amantes furtivos se convirtió en una guerra sorda y desleal, de prepotencias y alevosías. La muerte se vistió de irremediable solución en los conflictos que nacían a la entrada de la vivienda de Andrea y discurrían hacia el mar, al fin, el auténtico amante abandonado.

Entonces, las mujeres que no pudieron descifrar el enigma del orígen, descubrieron el origen del enigma. Supieron, con el instinto de preservación de que son depositarias, que era su turno de dar lugar a la égida. Unidas sin concierto, comparecieron ante el refugio de Andrea e implacablemente destruyeron los esfuerzos de Leandro para protegerla. El muchacho, que quiso dar su vida para evitarle cualquier daño, se rindió impotente ante todo el pueblo femenino que acabó venciéndolo por su superioridad numérica y la convicción de expulsar a quien se había convertido en el germen de su desgracia.

Leandro recuperó el sentido horas después, auxiliado por las mismas manos que lo agredieron. Las mujeres que le limpiaban las heridas, solícitas, se negaban, sin embargo a decirle que había sido de Andrea. Renuentes a contestar sus inquisiciones, no lograron detenerlo en la búsqueda de Andrea. Sin pensarlo ni un instante corrió hacia la playa y de inmediato reconoció sus huellas en fuga. La clara marca de sus pies que la marea respetaba, lo llevó tras ella, por la margen serpenteada del mar. Su prisa no cedió ni ante el embate de los alisios que lo empujaban en contra de su ruta desesperada. La lluvia inició liviana para reactivar sus sentidos pero paulatinamente fue cegándolo y cuando se aunó con la noche y los alaridos del cielo, terminó por robarle el aliento y tuvo que continuar a rastras, jineteado por la tormenta. Estaba a punto de desfallecer otra vez cuando escuchó los aullidos de Andrea. La ansiedad se le renovó en un instante y, en un esfuerzo supremo, se incorporó en su carrera imposible.
Cuando la distinguió, tendida en la arena, entre la oscuridad y la lluvia, ya no gritaba, pero le pareció que seguía moviéndose. Se le acercó con angustia, como si su cercanía pudiera lastimarla. No parecía sufrir ya que la parte superior de su cuerpo estaba inmóvil, pero sus caderas se movían en una danza macabra e inexplicable. Aunque despejó sus ojos del pelo anegado y revuelto que lo cubría, su mente no alcanzaba a entender la terrible visión. Entre las piernas de Andrea, Andrea querida, niña de mi amor, muerta sin remedio, entre sus piernas amadas donde hallé los trinos de todas las aves y la luz del alba, de su vientre, dulce, riquísimo almíbar que me dió calor, queriendo salir a la vida, con sus ojos angustiados y sin párpados, el mismo color lleno de ternura, un enorme pez.

*

Andrea era el sueño inacabable de la marea, la virgen floración del musgo matinal que corre una pátina sobre las olas. Era el eco sagrado de las embarcaciones perdidas que pregonan sus tesoros para embrujar a las nubes. Fue una filtración de los dioses que no pudo volver a su fuente.

Ya su historia la saben. La he contado al viento para que el mar se entere y la deje de esperar.













No hay comentarios: