MISS SAIGON
Desde su inauguración como teatro, en 1930, con el musical The New Yorkers de Cole Porter, protagonizado por Jimmy Durante y Hope Williams, el Broadway ha sido la sede principal de la calle que le da nombre y que es sinónimo de las producciones teatrales más espectaculares del mundo.
Esta sala, propiedad de la Organización Shubert -que lo es también de otros importantes escenarios en Manhattan-, por su ubicación y amplitud es tradicionalmente la más solicitada para abrir temporadas de obras de estreno. En ella se han presentado originalmente desde el anterior gran éxito Los Miserables, hasta El Rey y Yo, con Yul Brinner, pasando por Evita, Zorba, Cabaret o Mame, por citar algunas de una lista interminable. Prácticamente todos los grandes nombres de la escena norteamericana han logrado grandes triunfos aquí como Vivian Leigh -Tovarich-, Melba Moore -Purlie-, Ethel Merman -Gypsy, Anita tomó su fusil- y muchísimos ejemplos más.
Todo lo anterior justifica la presencia actual en este teatro neoyorquino de Miss Saigon, la producción más ambiciosa de la temporada cuya puesta causó gran expectación desde que el afamado Cameron Mackintosh -productor de 300 obras entre las cuales se cuentan El Fantasma de la Opera, Cats y Los Miserables- anunció el montaje del nuevo musical de Alain Boublil y Claude Michel Schonberg -autores de Los Miserables-, adaptado con la colaboración de Richard Maltby Jr.
La historia fue inspirada por una fotografía aparecida en el France Soir Magazine en octubre de 1985, donde se puede ver la cruel realidad de los niños desamparados de la guerra en Indochina, finalizada formalmente en abril de 1975, con el retiro de las tropas norteamericanas de Saigón -hoy ciudad Ho Chi Minh-, pero cuyas consecuencias todavía podemos leer en los periódicos, no siendo la menor de ellas esa profusión de expresiones del remordimiento occidental por las evidencias brutales de aquella guerra estúpida. Dentro de estas expresiones en contra de la violencia desnaturalizada se ubica Miss Saigon, obra en dos actos dirigida por Nicholes Hytner con la dirección musical de Jay Alger, que como veremos es una versión libérrima de Madame Butterfly.
El espectáculo inicia en un patético cabaret vietnamita donde trasnochados marines se refocilan con las hetairas que patrocina "el ingeniero", proxeneta local que organiza la competencia "Miss Saigón" entre sus pupilas. El cuadro se desarticula por las moralistas reflexiones del sargento Chris que con su carita de niño bueno repudia los excesos del triste concurso y no halla más medio para aliviar su pena que ceder a las insistencias de un compañero y llevarse a la "debutante" Kim. "Why God, Why?", clamará al día siguiente, después de desflorar a Kim y aprestarse a abandonarla. sin embargo, seducido por un no explicado encanto, decide separar a la flamante prostituta de su nuevo trabajo y hasta "casa" con ella en una ceremonia religiosa oriental Made in Broadway.
En los siguientes cuadros, merced a un impresionante despliegue tecnológico, la obra nos llevará a las majestuosas celebraciones de la Vietnam "liberada" y, en un juego de épocas, al momento histórico del apresurado desalojo de la base militar en Saigón, con el ya famoso pero siempre impresionante descenso de un helicóptero en pleno escenario. Los juegos de luces, cambios mecánicos de escenografía y el tramoyaje de estatuas monumentales, cadillacs, neones y marquesinas, son deslumbrantes y no dejan lugar a dudas sobre el lugar en que estamos.
En medio de estas maravillas técnicas se desarrolla la trama en la cual sabemos que Chris tiene que abandonar a Kim porque el helicóptero no esperaba y ésta se refugia con "el ingeniero" en Bangkok, después de matar a un alto oficial vietnamita que la requería de amores (¿?). A través de un programa de la ONU para la búsqueda de refugiados de guerra -secuencia que se presenta a través de un emotivo llamado real para ayudar a los menores víctimas de dicho flagelo- Chris, ya casado con una linda gringuita, da con el paradero de Kim y de -surprise- la criatura producto de sus amores. Confuso, se lo cuenta a su esposa y con ella se va a Bangkok. Muy previsiblemente se enfrentan Kim y la esposa gringa, con el resultado de que Miss Saigon tira el arpa y se pega un tiro para que el padre se lleve a su hijo a vivir el "sueño americano". Su muerte es la acusación final que la obra lanza al público americano -y a algunos colados, como el suscrito- sobre el dolor impuesto a un pueblo tan distante en lo geográfico y en lo cultural, pero que ahora llevan al peso de todos los muertos y los inmigrantes que la puesta ejemplifica.
Dramáticamente la obra es pobre y queda muy por debajo de su calidad musical, que es excelente, y de la de sus interpretes, especialmente de Alan Muraoka que hace un clásico del papel del "ingeniero", en su cuarta aparición teatral en Broadway. En el papel de Kim nos tocó ver a Emy Baysic -alternante de la titular Rona Figueroa-, quien es por mucho la mejor cantante de la compañía y lleva adelante su rol con una gran fuerza, pese a estar en su primera gran producción. Eric Kunze, en el papel de Chris, por el contrario, aunque ha tenido ya protagónicos tan importantes como el Marius de Los Miserables, hace depender mucho su desempeño de una gran apostura física, pero ya sea porque lleva el personaje más débil e incoloro o porque sus principales intervenciones son en compañía de estupendas cantantes como la Baysic o Tami Tappan -en el papel de Ellen, la esposa-, su presencia es de poco aporte. El resto de la numerosa compañía tiene una sincronización perfecta en los musicales en que aparece, las coreografías son originales y sorprendentes y el contexto general del montaje es impresionante en su realización.
En resumen, haciendo a un lado lo flojo de la historia, Miss Saigon logra dejar, en el espectador corriente, el mensaje de una nuevo planteamiento contra los excesos de la violencia y un aviso de sus consecuencias. Este pronunciamiento, no obstante, no resistirá las tres cuadras que nos separan de Times Square, donde un anuncio luminoso va actualizando el número de los muertos por disparo de arma de fuego, en este país del gran sueño.
New York, julio de 1994
Desde su inauguración como teatro, en 1930, con el musical The New Yorkers de Cole Porter, protagonizado por Jimmy Durante y Hope Williams, el Broadway ha sido la sede principal de la calle que le da nombre y que es sinónimo de las producciones teatrales más espectaculares del mundo.
Esta sala, propiedad de la Organización Shubert -que lo es también de otros importantes escenarios en Manhattan-, por su ubicación y amplitud es tradicionalmente la más solicitada para abrir temporadas de obras de estreno. En ella se han presentado originalmente desde el anterior gran éxito Los Miserables, hasta El Rey y Yo, con Yul Brinner, pasando por Evita, Zorba, Cabaret o Mame, por citar algunas de una lista interminable. Prácticamente todos los grandes nombres de la escena norteamericana han logrado grandes triunfos aquí como Vivian Leigh -Tovarich-, Melba Moore -Purlie-, Ethel Merman -Gypsy, Anita tomó su fusil- y muchísimos ejemplos más.
Todo lo anterior justifica la presencia actual en este teatro neoyorquino de Miss Saigon, la producción más ambiciosa de la temporada cuya puesta causó gran expectación desde que el afamado Cameron Mackintosh -productor de 300 obras entre las cuales se cuentan El Fantasma de la Opera, Cats y Los Miserables- anunció el montaje del nuevo musical de Alain Boublil y Claude Michel Schonberg -autores de Los Miserables-, adaptado con la colaboración de Richard Maltby Jr.
La historia fue inspirada por una fotografía aparecida en el France Soir Magazine en octubre de 1985, donde se puede ver la cruel realidad de los niños desamparados de la guerra en Indochina, finalizada formalmente en abril de 1975, con el retiro de las tropas norteamericanas de Saigón -hoy ciudad Ho Chi Minh-, pero cuyas consecuencias todavía podemos leer en los periódicos, no siendo la menor de ellas esa profusión de expresiones del remordimiento occidental por las evidencias brutales de aquella guerra estúpida. Dentro de estas expresiones en contra de la violencia desnaturalizada se ubica Miss Saigon, obra en dos actos dirigida por Nicholes Hytner con la dirección musical de Jay Alger, que como veremos es una versión libérrima de Madame Butterfly.
El espectáculo inicia en un patético cabaret vietnamita donde trasnochados marines se refocilan con las hetairas que patrocina "el ingeniero", proxeneta local que organiza la competencia "Miss Saigón" entre sus pupilas. El cuadro se desarticula por las moralistas reflexiones del sargento Chris que con su carita de niño bueno repudia los excesos del triste concurso y no halla más medio para aliviar su pena que ceder a las insistencias de un compañero y llevarse a la "debutante" Kim. "Why God, Why?", clamará al día siguiente, después de desflorar a Kim y aprestarse a abandonarla. sin embargo, seducido por un no explicado encanto, decide separar a la flamante prostituta de su nuevo trabajo y hasta "casa" con ella en una ceremonia religiosa oriental Made in Broadway.
En los siguientes cuadros, merced a un impresionante despliegue tecnológico, la obra nos llevará a las majestuosas celebraciones de la Vietnam "liberada" y, en un juego de épocas, al momento histórico del apresurado desalojo de la base militar en Saigón, con el ya famoso pero siempre impresionante descenso de un helicóptero en pleno escenario. Los juegos de luces, cambios mecánicos de escenografía y el tramoyaje de estatuas monumentales, cadillacs, neones y marquesinas, son deslumbrantes y no dejan lugar a dudas sobre el lugar en que estamos.
En medio de estas maravillas técnicas se desarrolla la trama en la cual sabemos que Chris tiene que abandonar a Kim porque el helicóptero no esperaba y ésta se refugia con "el ingeniero" en Bangkok, después de matar a un alto oficial vietnamita que la requería de amores (¿?). A través de un programa de la ONU para la búsqueda de refugiados de guerra -secuencia que se presenta a través de un emotivo llamado real para ayudar a los menores víctimas de dicho flagelo- Chris, ya casado con una linda gringuita, da con el paradero de Kim y de -surprise- la criatura producto de sus amores. Confuso, se lo cuenta a su esposa y con ella se va a Bangkok. Muy previsiblemente se enfrentan Kim y la esposa gringa, con el resultado de que Miss Saigon tira el arpa y se pega un tiro para que el padre se lleve a su hijo a vivir el "sueño americano". Su muerte es la acusación final que la obra lanza al público americano -y a algunos colados, como el suscrito- sobre el dolor impuesto a un pueblo tan distante en lo geográfico y en lo cultural, pero que ahora llevan al peso de todos los muertos y los inmigrantes que la puesta ejemplifica.
Dramáticamente la obra es pobre y queda muy por debajo de su calidad musical, que es excelente, y de la de sus interpretes, especialmente de Alan Muraoka que hace un clásico del papel del "ingeniero", en su cuarta aparición teatral en Broadway. En el papel de Kim nos tocó ver a Emy Baysic -alternante de la titular Rona Figueroa-, quien es por mucho la mejor cantante de la compañía y lleva adelante su rol con una gran fuerza, pese a estar en su primera gran producción. Eric Kunze, en el papel de Chris, por el contrario, aunque ha tenido ya protagónicos tan importantes como el Marius de Los Miserables, hace depender mucho su desempeño de una gran apostura física, pero ya sea porque lleva el personaje más débil e incoloro o porque sus principales intervenciones son en compañía de estupendas cantantes como la Baysic o Tami Tappan -en el papel de Ellen, la esposa-, su presencia es de poco aporte. El resto de la numerosa compañía tiene una sincronización perfecta en los musicales en que aparece, las coreografías son originales y sorprendentes y el contexto general del montaje es impresionante en su realización.
En resumen, haciendo a un lado lo flojo de la historia, Miss Saigon logra dejar, en el espectador corriente, el mensaje de una nuevo planteamiento contra los excesos de la violencia y un aviso de sus consecuencias. Este pronunciamiento, no obstante, no resistirá las tres cuadras que nos separan de Times Square, donde un anuncio luminoso va actualizando el número de los muertos por disparo de arma de fuego, en este país del gran sueño.
New York, julio de 1994
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