Es tan corto el amor
Cuando llegué, te ví sentada en esa piedra estúpida a la que atribuíamos sibilaciones y rumores. Esa simple masa calcárea, sin ninguna virtud, que para nosotros fue algún día filosofal o romántica. La amorfa ridícula, que luego era, tantas noches, testigo de mis esperas inútiles y a la que no le conté mis penas, porque yo no soy de contarle cosas a las cosas.
Te estabas riendo, como aquella noche de carnaval, que mira a los cuántos años vengo a referir en una historia, aunque es lógico porque tu y lo tuyo, tienes razón, lo nuestro, es hasta hoy, en todo, inédito. Y cuando digo que era como aquella noche de carnaval de un sábado cinco de marzo de mil novecientos ochenta y cuatro, es porque era una risa larga, tan larga como el olvido.
No me sorprendió, o sí me sorprendió, pero quiero contar que no, que pensaras que a través de los años te iba a seguir esperando. En realidad no debió de sorprenderme. Todos tus recuerdos de mi son tan jóvenes como lo éramos entonces y tu juventud era así, optimista.
Me puse en guardia, eso sí, para protegerme de la compasión, pero tampoco iba a permitir que creyeras que en mi rechazo había un desquite, nada más la intención de dignidad que me faltó siempre, cuando creía en el chantaje y en que para evitar un adiós me servían las renuncias.
Por eso te pedí que en vez de platicar o de entrar a acariciarnos, como tal vez el cuerpo me pedía –quítale el tal vez-, me permitieras hacer esta narración subterránea que si estás atenta y al editor le parece, pronto verás en algún periódico o en cualquier revista, cuando menos en mi blog.
.
Porque decir amor es tan difícil como no decirlo y las palabras escritas saben callar lo que la emoción le exprime hasta a una declaración de principios. No sé, creo que nunca fui romántico o no sé como serlo, pero si me duele que una ilusión no pueda mandarse al taller de reparaciones, ahora que le apareció la pieza.
Vas a decirme, como siempre, que cambie y te diré que he cambiado. Para demostrártelo, adiós, te doy este adiós así nada más, sin corregir las rimas internas –esperas, penas, amor, ilusión, emoción, etc.- y sin volver a tocar lo de la piedra que, en mi estilo normal, iría en esta parte.
Cuando llegué, te ví sentada en esa piedra estúpida a la que atribuíamos sibilaciones y rumores. Esa simple masa calcárea, sin ninguna virtud, que para nosotros fue algún día filosofal o romántica. La amorfa ridícula, que luego era, tantas noches, testigo de mis esperas inútiles y a la que no le conté mis penas, porque yo no soy de contarle cosas a las cosas.
Te estabas riendo, como aquella noche de carnaval, que mira a los cuántos años vengo a referir en una historia, aunque es lógico porque tu y lo tuyo, tienes razón, lo nuestro, es hasta hoy, en todo, inédito. Y cuando digo que era como aquella noche de carnaval de un sábado cinco de marzo de mil novecientos ochenta y cuatro, es porque era una risa larga, tan larga como el olvido.
No me sorprendió, o sí me sorprendió, pero quiero contar que no, que pensaras que a través de los años te iba a seguir esperando. En realidad no debió de sorprenderme. Todos tus recuerdos de mi son tan jóvenes como lo éramos entonces y tu juventud era así, optimista.
Me puse en guardia, eso sí, para protegerme de la compasión, pero tampoco iba a permitir que creyeras que en mi rechazo había un desquite, nada más la intención de dignidad que me faltó siempre, cuando creía en el chantaje y en que para evitar un adiós me servían las renuncias.
Por eso te pedí que en vez de platicar o de entrar a acariciarnos, como tal vez el cuerpo me pedía –quítale el tal vez-, me permitieras hacer esta narración subterránea que si estás atenta y al editor le parece, pronto verás en algún periódico o en cualquier revista, cuando menos en mi blog.
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Porque decir amor es tan difícil como no decirlo y las palabras escritas saben callar lo que la emoción le exprime hasta a una declaración de principios. No sé, creo que nunca fui romántico o no sé como serlo, pero si me duele que una ilusión no pueda mandarse al taller de reparaciones, ahora que le apareció la pieza.
Vas a decirme, como siempre, que cambie y te diré que he cambiado. Para demostrártelo, adiós, te doy este adiós así nada más, sin corregir las rimas internas –esperas, penas, amor, ilusión, emoción, etc.- y sin volver a tocar lo de la piedra que, en mi estilo normal, iría en esta parte.
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