YUNKA
"Yo soy Yunká. El señor de la selva, el orfebre del verde iluminado que se eleva hasta morder el sol. Soy el alto parlamento de las ardillas entre las cimas de lianas y el rumor ambulatorio de las hormigas. Desde mi pecho de madera inerme, soy el todopoderoso patrón de la hondonada y el valle, de la humedad y la sombra, canturreando el silbido de los pasos del viento por las siluetas de mis fantasmas."
Pero la visita comienza por un recodo de tramoya, más coreografía que plancton, en el cual, a la manera de comediantes desgastados, los guías entonan un quejumbroso himno a la desolación, por la mano egoísta del hombre.
La naturaleza -dicen- nos dotó de un suelo noventa por ciento selvático. Hoy día sólo una décima parte subsiste. Y para demostrarlo, a lo "largo" de quince minutos de un sendero estrecho, el ramón y la ceiba desaparecen, para dar paso a la llanura.
"De mi trono aún abrevan las fieras que son mis súbditos, señal de mi poderío. Los felinos que arrebatan con la mirada, las aves que conducen el sonido del espacio, los reptiles que dibujan en la tierra las vertientes de las espinas y los insectos que determinan el ritmo de mi corazón."
No obstante -dice el guía- si existen, ya no es posible verlos. El ejemplar que nos muestran del jaguar -jaguarín-, que fue símbolo de religiones antiguas, es un pobre minusválido, cuyos ojos han perdido el color, por los flechazos de las cámaras que le han robado hasta el alma. Los monos que hoy son invitados artificiales de paseo por los árboles, perecerán porque han perdido la costumbre de su hábitat. De las víboras ni hablar, no pueden transcurrir por los caminos del hombre.
"A mi reino se han agregado las recientes figuras del ciervo y el antílope, la jirafa desgarbada y la mística cebra. El Asia milenaria y la estepa africana disfrazan mis dominios con sus nativos, en calidad de víctimas usurpadoras que, entre formaciones nostálgicas, solventan las culpas de alguna ambición errada."
Esos son los bambis -nos señala el guía- y vemos al estereotipo de la ternura, ensayando unos brinquitos. Más allá, el despistado bebé de un elefante -¿un elefante enano?- intenta confundirse entre los corrales de los rinocerontes. Todos son herbívoros -recuerda el chofer del autobús que ahora nos conduce por el increíble recorrido-, pero -advierte- hay que estar prevenido por si alguno se pone nervioso. Asentimos escépticos mientras contemplamos los bultos arrumbados que recuerdan las especies salvajes.
"Y el agua. En lagunas, esteros, albuferas, ríos. Corriendo por todas mis arterias como el maná de mi fortuna. Inmune todavía por la potencia de su caudal, heredado de las montañas. El agua, diseñando la orografía de mi imperio y alimentando sus vidas. Las vidas de todos."
Y al borde de la laguna, descontrolados como sus paisanos, ante un lodo extraño, los hipopótamos permutan el agua de sus ríos por esta novedosa charca, que limita la última parte del recorrido. El "contacto con la naturaleza" se convertirá desde aquí en un abúlico transcurrir por las explicaciones de la nueva guía -"esta laguna todavía tiene tortugas, lagartos y peces de la región, pero desde este bote motorizado es imposible verlos"- que dejarán a las posibilidades de la imaginación todos los recursos de este parque ecológico.
Hay frío, el viento a la intemperie de las palapas sin paredes, donde esperamos el autobús de regreso, se cuela por el espíritu incierto que no alcanza a definir su ser. "Soy Yunká, señor de la selva", sigue repitiendo en este ambiente raro, como un programa aprendido. Irá tras nosotros, guturizado, por las sinuosidades de la carretera que lleva a la ciudad, donde desaparecerá en un gemido -sollozo- que ya no alcanzaremos a escuchar.
"Yo soy Yunká. El señor de la selva, el orfebre del verde iluminado que se eleva hasta morder el sol. Soy el alto parlamento de las ardillas entre las cimas de lianas y el rumor ambulatorio de las hormigas. Desde mi pecho de madera inerme, soy el todopoderoso patrón de la hondonada y el valle, de la humedad y la sombra, canturreando el silbido de los pasos del viento por las siluetas de mis fantasmas."
Pero la visita comienza por un recodo de tramoya, más coreografía que plancton, en el cual, a la manera de comediantes desgastados, los guías entonan un quejumbroso himno a la desolación, por la mano egoísta del hombre.
La naturaleza -dicen- nos dotó de un suelo noventa por ciento selvático. Hoy día sólo una décima parte subsiste. Y para demostrarlo, a lo "largo" de quince minutos de un sendero estrecho, el ramón y la ceiba desaparecen, para dar paso a la llanura.
"De mi trono aún abrevan las fieras que son mis súbditos, señal de mi poderío. Los felinos que arrebatan con la mirada, las aves que conducen el sonido del espacio, los reptiles que dibujan en la tierra las vertientes de las espinas y los insectos que determinan el ritmo de mi corazón."
No obstante -dice el guía- si existen, ya no es posible verlos. El ejemplar que nos muestran del jaguar -jaguarín-, que fue símbolo de religiones antiguas, es un pobre minusválido, cuyos ojos han perdido el color, por los flechazos de las cámaras que le han robado hasta el alma. Los monos que hoy son invitados artificiales de paseo por los árboles, perecerán porque han perdido la costumbre de su hábitat. De las víboras ni hablar, no pueden transcurrir por los caminos del hombre.
"A mi reino se han agregado las recientes figuras del ciervo y el antílope, la jirafa desgarbada y la mística cebra. El Asia milenaria y la estepa africana disfrazan mis dominios con sus nativos, en calidad de víctimas usurpadoras que, entre formaciones nostálgicas, solventan las culpas de alguna ambición errada."
Esos son los bambis -nos señala el guía- y vemos al estereotipo de la ternura, ensayando unos brinquitos. Más allá, el despistado bebé de un elefante -¿un elefante enano?- intenta confundirse entre los corrales de los rinocerontes. Todos son herbívoros -recuerda el chofer del autobús que ahora nos conduce por el increíble recorrido-, pero -advierte- hay que estar prevenido por si alguno se pone nervioso. Asentimos escépticos mientras contemplamos los bultos arrumbados que recuerdan las especies salvajes.
"Y el agua. En lagunas, esteros, albuferas, ríos. Corriendo por todas mis arterias como el maná de mi fortuna. Inmune todavía por la potencia de su caudal, heredado de las montañas. El agua, diseñando la orografía de mi imperio y alimentando sus vidas. Las vidas de todos."
Y al borde de la laguna, descontrolados como sus paisanos, ante un lodo extraño, los hipopótamos permutan el agua de sus ríos por esta novedosa charca, que limita la última parte del recorrido. El "contacto con la naturaleza" se convertirá desde aquí en un abúlico transcurrir por las explicaciones de la nueva guía -"esta laguna todavía tiene tortugas, lagartos y peces de la región, pero desde este bote motorizado es imposible verlos"- que dejarán a las posibilidades de la imaginación todos los recursos de este parque ecológico.
Hay frío, el viento a la intemperie de las palapas sin paredes, donde esperamos el autobús de regreso, se cuela por el espíritu incierto que no alcanza a definir su ser. "Soy Yunká, señor de la selva", sigue repitiendo en este ambiente raro, como un programa aprendido. Irá tras nosotros, guturizado, por las sinuosidades de la carretera que lleva a la ciudad, donde desaparecerá en un gemido -sollozo- que ya no alcanzaremos a escuchar.
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