LA PASION EN LA SANTA CAPILLA
O
UNA DE LAS MAS BELLAS MORADAS DEL PARAISO
Sainte Chapelle: luces de la Santa Pasión
París, sucio, maloliente, caro como nunca y siempre irresistible, con su pasado monumental que corre por museos, palacios, iglesias y plazas mientras pregona los siglos de una cultura que nada parece menguar.
En el centro de la Ile de la Cité, la isla que hiere el corazón del Sena parisino, se levanta majestuosa la Santa Capilla -Sainte Chapelle-, adjunta al hoy Palacio de Justicia francés, que fuera sede real en el medioevo galo.
A principios del Siglo XIII, las Sagradas Reliquias de la Pasión se vieron en peligro por el avance de los infieles -turcos, griegos y búlgaros-, sobre Constantinopla, donde estaban depositadas. En 1237, Balduino II, el emperador bizantino, entró en pláticas con el Rey Luis IX, San Luis de Francia, quien no consideró prudente organizar una expedición de defensa, pero aceptó adquirir las reliquias para ponerlas a salvo. Balduino ya había pignorado, en Venecia, la Corona de espinas de Cristo. Cerciorado de su autenticidad, San Luis la adquirió, en 1239, por 135,000 libras. Dos años después llegaban a Francia, por la misma vía, un lote de las preciadas reliquias, entre ellas, gran parte de la verdadera Cruz, fragmentos de la Santa Lanza, la esponja, el manto y el sudario. Se dice que incluso se se conservaban restos de la sangre, la leche y el pelo de la Virgen, el cráneo de San Juan Bautista, la vara de Moisés y otros objetos bíblicos. Entonces, el Rey Santo, para urna de tan preciosas reliquias, dispuso dentro de su Palacio, la construcción de este magnífico ejemplo del gótico francés, cuya consagración, pasados seis años del inicio de la obra, se efectuó el 26 de abril de 1648.
Una leyenda curiosa -y poco probable- se tejió sobre el diseño de la capilla. Se cuenta que el diseñador fue un arquitecto desconocido que antes de presentar su proyecto conoció el de un colega, a todas luces superior. Movido por la envidia, mata al compañero y huye, para terminar en los arrabales de la ciudad, como un paria. Un monje lo auxilia y le aconseja, tras su confesión, que se recluya en un convento dominico a expiar su culpa. El arquitecto se convierte en novicio y conoce a un joven arquitecto a quien, nuevamente aconsejado por el monje, le brinda su proyecto, que se convierte en el aprobado por el Rey. Según la leyenda el monje era Tomás de Aquino y el joven arquitecto Pedro de Montreuil, que oficialmente es el artífice de la obra. Ahora se sabe que Montreuil era ya un hombre maduro cuando se comenzó la capilla, por lo que la historia sólo ha servido para poner en tela de juicio el verdadero nombre de su constructor.
Los siglos trajeron incontables transformaciones a "una de las más bellas moradas del paraiso", como se le conoce desde el XIV. Es obvio que no sirvió de modo eficaz para su objeto original, ya que las Reliquias acabaron por perderse en manos de los detentadores del poder, que las regalaron o dispusieron de ellas de algún modo, como Carlos V, que dió una espina a su cuñado, Carlos IV de Bohemia y un trozo de la Cruz a el duque de Berry, su hermano. Como símbolo de la realeza, la Capilla debió sufrir las destrucciones revolucionarias de 1789. Del mobiliario y los objetos reales que contenía, lo poco que se salvó se conserva en otros sitios, como Notre Dame o la Biblioteca Nacional. Los tímpanos, coronas y flores de lis, signos reales, fueron martillados. En 1857, el arquitecto Lassus se encargó de la restauración que devolvió a la capilla gran parte del esplendor que podemos todavía admirar.
Como la mayoría de las capillas de su género, la Sainte Chapelle consta de dos niveles, el superior para los señores y el inferior para los servidores. La nave central es única, con cuatro bovedillas que se rematan en un traverso de siete arcos. Desde la parte inferior se destacan las decoraciones magnificentes de arquerías trilobuladas entre las cuales doce hermosos medallones, adornados con cabujones y trozos de vidrio, representan a los apóstoles, cuyas estatuas vigilan el solemne escenario de la capilla superior. Esta, la consagrada a las reliquias de la Pasión, es de una esplendidez subyugante. Los Reyes y sus invitados principales podían acceder a ella directamente desde sus habitaciones y admirar el contraste de la luz tornasolada que se filtra por los vitrales para crear un ambiente irreal que deslumbra al visitante cuando penetra al interior. El arte gótico más depurado desciende desde la bóveda celeste, centelleada de estrellas doradas, que parece flotar sobre los finos montantes de las vidrieras en una aparente fragilidad inverosímil. Las vidrieras son auténticamente un sueño extasiado de color. Se les considera uno de los conjuntos más completos del arte de la Edad Media. Su tonalidad violeta se hizo un clásico que imitaría la producción de Chartres hasta la posteridad. Las escenas bíblicas que se representan son poco visibles ya que se supone que el artista -o los artistas, dado que más de una escuela puede estar representada en ellos- quiso darle menor importancia a las imágenes que al total del mosaico que embruja a los sentidos. Sobre la puerta principal, un portentoso rosetón, con nervios de orígen falmígero y el emblema de Carlos VIII, remata hermosamente la estancia.
Tres genios musicales en la Santa Capilla
Mal pueden las palabras relatar la emoción de quien concurre a la Santa Capilla. Pero la misión se hizo más difícil durante este verano, cuando el Ayuntamiento parisino regaló a la ciudad y a sus innumerables turistas con la organización de una serie de conciertos en la Capilla Superior. Bajo la dirección de su fundador, el maestro Brice Thomas, el juvenil ensamble instrumental "Les Franciliens" y su violín solista Fréderic Moreau, ejecutaron un programa excelso: "La Pequeña Serenata Nocturna" de Mozart, el "Adagio" para cuerdas de Albinioni y, como platillo principal, "Las Cuatro Estaciones" de Vivaldi.
La orquesta, creada en 1989, reune a talentosos artistas, ninguno mayor de 26 años, todos los cuales han sido laureados o finalistas de Conservatorios Nacionales Europeos. Se han presentado en los más selectos escenarios franceses y su violín solo, Moreau, de apenas 25 años, obtuvo por unanimidad -algo excepcional- el Premier Prix del Conservatorio Nacional de Música de París en 1989.
Mozart compuso la "petit musique de nuit", al final de su vida. Contemporánea de la ópera "Don Giovanni" y de sus últimas sinfonías, esta obra alegre y viva contrasta agudamente con el tono dramático de sus creaciones postreras y con el propio final de la existencia del autor. El Allegro introductorio es tal vez lo más popular de toda su producción y, por su belleza, se utiliza con frecuencia para sesiones didácticas sobre instrumentos de cuerdas. El segundo movimiento, un tierno Romance, coincidió con el declive de la luz natural que fue incrementando la iluminación violácea de la capilla y que durante el majestuoso Minuetto del tercer movimiento ya tenía al espectador convencido de hallarse en un espacio celestial. La rotunda alegría del Rondó finalizó la ejecución entre el éxtasis de la concurrencia.
Con la participación central de los dulces quejidos adolescentes del arpa, el ensamble bordó, seguidamente, el clásico Adagio para cuerdas de Albinoni, todo melancolía y emoción. El nombre de la arpista, injustamente omitido en el programa, nos impide darle el crédito a su maravillosa ejecución que el público reconoció con el aplauso más prolongado de la noche.
Ya en plena penumbra gótica, con el oro del proscenio iluminado solamente, se inició la interpretación de las cuatro estaciones de Vivaldi.
El célebre allegro inicial de La Primavera, envolvió el regio recinto con el canto de los pájaros, el soplo de la brisa y los murmullos de la fuente. De súbito, la tormenta interrumpe la fiesta y oscurece el azul, pero la calma renace y las aves entonan de nuevo su salutación a la vida. El prado se mece por el zumbido de las flores, los caballeros reposan junto a los fieles perros. La gaita enmarca el baile de ninfas y pastores que retozan en el esplendor primaveral.
El Verano, en su Allegro non molto, representa al sol y su fuego implacable, cabalgando sobre el hombre y sus rebaños, abrasando la pradera. El Adagio introduce la respuesta de la tórtola y el jilguero al monótono llamado del cucú. La brisa suspira, pero acalla su voz cuando Bóreas muge y anuncia el vendaval. Los pastores, aterrados ante la inminente borrasca, como moscas enloquecidas, abandonan el reposo. Ay, sus temores son ciertos, el cielo tiemba y se ufana mientras el granizo siega las espigas.
El Otoño se presenta alegremente, entre danzas y cantos de los villanos que celebran la abundante cosecha. Más de uno, embiagado, se abandona al sueño. El aire se hace clemente, la estación invita al regocijo. El nuevo amanecer verá a los cazadores en el afán de la presa mayor, el cuerno de caza, los fusiles y los perros furibundos en pos del animal que huye, espantado por el ruido y por los perdigones que, al fin, la hieren. El Allegro final canta su estéril intento de escapar hasta que muere agotada.
El Invierno es una visión de cristales de hielos temblorosos ante los embates del cierzo. La lluvia inunda todos los espacios. Cautelosamente, los hombres abandonan la tranquilidad del hogar, castañean, resbalan, caen. Se abrazan de nuevo y corren sobre la nieve húmeda y constante. Los vientos se desencadenan, pero el panorama es de la mayor alegría.
La renovación de las estaciones representa el ciclo vital que, una y otra vez, nos manifiesta la gloria de la naturaleza; la gran enseñanza de la eternidad que siempre cambia y vuelve a ser la misma.
Mozart, Albinoni, Vivaldi, por si mismos, son también el ejemplo del género humano sobrepuesto a la llaneza de sus épocas, para trascender a todas las generaciones y coincidir en el arte magnífico de "Les Franciliens" que por esta noche estival se han congregado en una de las moradas más bellas del paraíso, como una invitación selecta para los dichosos iniciados que admiramos la belleza de estos otros símbolos de la pasión, vertidos con la poesía que se creó ante nuestros sentidos para comunicarnos la gloria sublime de vivir, en el marco sin igual de este sucio, maloliente, imprescindible París.
O
UNA DE LAS MAS BELLAS MORADAS DEL PARAISO
Sainte Chapelle: luces de la Santa Pasión
París, sucio, maloliente, caro como nunca y siempre irresistible, con su pasado monumental que corre por museos, palacios, iglesias y plazas mientras pregona los siglos de una cultura que nada parece menguar.
En el centro de la Ile de la Cité, la isla que hiere el corazón del Sena parisino, se levanta majestuosa la Santa Capilla -Sainte Chapelle-, adjunta al hoy Palacio de Justicia francés, que fuera sede real en el medioevo galo.
A principios del Siglo XIII, las Sagradas Reliquias de la Pasión se vieron en peligro por el avance de los infieles -turcos, griegos y búlgaros-, sobre Constantinopla, donde estaban depositadas. En 1237, Balduino II, el emperador bizantino, entró en pláticas con el Rey Luis IX, San Luis de Francia, quien no consideró prudente organizar una expedición de defensa, pero aceptó adquirir las reliquias para ponerlas a salvo. Balduino ya había pignorado, en Venecia, la Corona de espinas de Cristo. Cerciorado de su autenticidad, San Luis la adquirió, en 1239, por 135,000 libras. Dos años después llegaban a Francia, por la misma vía, un lote de las preciadas reliquias, entre ellas, gran parte de la verdadera Cruz, fragmentos de la Santa Lanza, la esponja, el manto y el sudario. Se dice que incluso se se conservaban restos de la sangre, la leche y el pelo de la Virgen, el cráneo de San Juan Bautista, la vara de Moisés y otros objetos bíblicos. Entonces, el Rey Santo, para urna de tan preciosas reliquias, dispuso dentro de su Palacio, la construcción de este magnífico ejemplo del gótico francés, cuya consagración, pasados seis años del inicio de la obra, se efectuó el 26 de abril de 1648.
Una leyenda curiosa -y poco probable- se tejió sobre el diseño de la capilla. Se cuenta que el diseñador fue un arquitecto desconocido que antes de presentar su proyecto conoció el de un colega, a todas luces superior. Movido por la envidia, mata al compañero y huye, para terminar en los arrabales de la ciudad, como un paria. Un monje lo auxilia y le aconseja, tras su confesión, que se recluya en un convento dominico a expiar su culpa. El arquitecto se convierte en novicio y conoce a un joven arquitecto a quien, nuevamente aconsejado por el monje, le brinda su proyecto, que se convierte en el aprobado por el Rey. Según la leyenda el monje era Tomás de Aquino y el joven arquitecto Pedro de Montreuil, que oficialmente es el artífice de la obra. Ahora se sabe que Montreuil era ya un hombre maduro cuando se comenzó la capilla, por lo que la historia sólo ha servido para poner en tela de juicio el verdadero nombre de su constructor.
Los siglos trajeron incontables transformaciones a "una de las más bellas moradas del paraiso", como se le conoce desde el XIV. Es obvio que no sirvió de modo eficaz para su objeto original, ya que las Reliquias acabaron por perderse en manos de los detentadores del poder, que las regalaron o dispusieron de ellas de algún modo, como Carlos V, que dió una espina a su cuñado, Carlos IV de Bohemia y un trozo de la Cruz a el duque de Berry, su hermano. Como símbolo de la realeza, la Capilla debió sufrir las destrucciones revolucionarias de 1789. Del mobiliario y los objetos reales que contenía, lo poco que se salvó se conserva en otros sitios, como Notre Dame o la Biblioteca Nacional. Los tímpanos, coronas y flores de lis, signos reales, fueron martillados. En 1857, el arquitecto Lassus se encargó de la restauración que devolvió a la capilla gran parte del esplendor que podemos todavía admirar.
Como la mayoría de las capillas de su género, la Sainte Chapelle consta de dos niveles, el superior para los señores y el inferior para los servidores. La nave central es única, con cuatro bovedillas que se rematan en un traverso de siete arcos. Desde la parte inferior se destacan las decoraciones magnificentes de arquerías trilobuladas entre las cuales doce hermosos medallones, adornados con cabujones y trozos de vidrio, representan a los apóstoles, cuyas estatuas vigilan el solemne escenario de la capilla superior. Esta, la consagrada a las reliquias de la Pasión, es de una esplendidez subyugante. Los Reyes y sus invitados principales podían acceder a ella directamente desde sus habitaciones y admirar el contraste de la luz tornasolada que se filtra por los vitrales para crear un ambiente irreal que deslumbra al visitante cuando penetra al interior. El arte gótico más depurado desciende desde la bóveda celeste, centelleada de estrellas doradas, que parece flotar sobre los finos montantes de las vidrieras en una aparente fragilidad inverosímil. Las vidrieras son auténticamente un sueño extasiado de color. Se les considera uno de los conjuntos más completos del arte de la Edad Media. Su tonalidad violeta se hizo un clásico que imitaría la producción de Chartres hasta la posteridad. Las escenas bíblicas que se representan son poco visibles ya que se supone que el artista -o los artistas, dado que más de una escuela puede estar representada en ellos- quiso darle menor importancia a las imágenes que al total del mosaico que embruja a los sentidos. Sobre la puerta principal, un portentoso rosetón, con nervios de orígen falmígero y el emblema de Carlos VIII, remata hermosamente la estancia.
Tres genios musicales en la Santa Capilla
Mal pueden las palabras relatar la emoción de quien concurre a la Santa Capilla. Pero la misión se hizo más difícil durante este verano, cuando el Ayuntamiento parisino regaló a la ciudad y a sus innumerables turistas con la organización de una serie de conciertos en la Capilla Superior. Bajo la dirección de su fundador, el maestro Brice Thomas, el juvenil ensamble instrumental "Les Franciliens" y su violín solista Fréderic Moreau, ejecutaron un programa excelso: "La Pequeña Serenata Nocturna" de Mozart, el "Adagio" para cuerdas de Albinioni y, como platillo principal, "Las Cuatro Estaciones" de Vivaldi.
La orquesta, creada en 1989, reune a talentosos artistas, ninguno mayor de 26 años, todos los cuales han sido laureados o finalistas de Conservatorios Nacionales Europeos. Se han presentado en los más selectos escenarios franceses y su violín solo, Moreau, de apenas 25 años, obtuvo por unanimidad -algo excepcional- el Premier Prix del Conservatorio Nacional de Música de París en 1989.
Mozart compuso la "petit musique de nuit", al final de su vida. Contemporánea de la ópera "Don Giovanni" y de sus últimas sinfonías, esta obra alegre y viva contrasta agudamente con el tono dramático de sus creaciones postreras y con el propio final de la existencia del autor. El Allegro introductorio es tal vez lo más popular de toda su producción y, por su belleza, se utiliza con frecuencia para sesiones didácticas sobre instrumentos de cuerdas. El segundo movimiento, un tierno Romance, coincidió con el declive de la luz natural que fue incrementando la iluminación violácea de la capilla y que durante el majestuoso Minuetto del tercer movimiento ya tenía al espectador convencido de hallarse en un espacio celestial. La rotunda alegría del Rondó finalizó la ejecución entre el éxtasis de la concurrencia.
Con la participación central de los dulces quejidos adolescentes del arpa, el ensamble bordó, seguidamente, el clásico Adagio para cuerdas de Albinoni, todo melancolía y emoción. El nombre de la arpista, injustamente omitido en el programa, nos impide darle el crédito a su maravillosa ejecución que el público reconoció con el aplauso más prolongado de la noche.
Ya en plena penumbra gótica, con el oro del proscenio iluminado solamente, se inició la interpretación de las cuatro estaciones de Vivaldi.
El célebre allegro inicial de La Primavera, envolvió el regio recinto con el canto de los pájaros, el soplo de la brisa y los murmullos de la fuente. De súbito, la tormenta interrumpe la fiesta y oscurece el azul, pero la calma renace y las aves entonan de nuevo su salutación a la vida. El prado se mece por el zumbido de las flores, los caballeros reposan junto a los fieles perros. La gaita enmarca el baile de ninfas y pastores que retozan en el esplendor primaveral.
El Verano, en su Allegro non molto, representa al sol y su fuego implacable, cabalgando sobre el hombre y sus rebaños, abrasando la pradera. El Adagio introduce la respuesta de la tórtola y el jilguero al monótono llamado del cucú. La brisa suspira, pero acalla su voz cuando Bóreas muge y anuncia el vendaval. Los pastores, aterrados ante la inminente borrasca, como moscas enloquecidas, abandonan el reposo. Ay, sus temores son ciertos, el cielo tiemba y se ufana mientras el granizo siega las espigas.
El Otoño se presenta alegremente, entre danzas y cantos de los villanos que celebran la abundante cosecha. Más de uno, embiagado, se abandona al sueño. El aire se hace clemente, la estación invita al regocijo. El nuevo amanecer verá a los cazadores en el afán de la presa mayor, el cuerno de caza, los fusiles y los perros furibundos en pos del animal que huye, espantado por el ruido y por los perdigones que, al fin, la hieren. El Allegro final canta su estéril intento de escapar hasta que muere agotada.
El Invierno es una visión de cristales de hielos temblorosos ante los embates del cierzo. La lluvia inunda todos los espacios. Cautelosamente, los hombres abandonan la tranquilidad del hogar, castañean, resbalan, caen. Se abrazan de nuevo y corren sobre la nieve húmeda y constante. Los vientos se desencadenan, pero el panorama es de la mayor alegría.
La renovación de las estaciones representa el ciclo vital que, una y otra vez, nos manifiesta la gloria de la naturaleza; la gran enseñanza de la eternidad que siempre cambia y vuelve a ser la misma.
Mozart, Albinoni, Vivaldi, por si mismos, son también el ejemplo del género humano sobrepuesto a la llaneza de sus épocas, para trascender a todas las generaciones y coincidir en el arte magnífico de "Les Franciliens" que por esta noche estival se han congregado en una de las moradas más bellas del paraíso, como una invitación selecta para los dichosos iniciados que admiramos la belleza de estos otros símbolos de la pasión, vertidos con la poesía que se creó ante nuestros sentidos para comunicarnos la gloria sublime de vivir, en el marco sin igual de este sucio, maloliente, imprescindible París.
Paris, verano de 1992
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