LA PATITA
Con una concha de estrellas, empujada por una levísima brisa de fin de primavera, la noche segura, pausadamente, los tacones dorados de Patricia.
La margen de la Avenida Itzaes, donde se hallaron los mataderos del rastro municipal, dormía su ausencia de habitantes con la vela de sus moradores nocturnos. Una cadena de taxis permitía ver, intermitentemente, a los borrachines extraviados de las mil cantinas cercanas y a suripantas de segunda, sin la categoría de sus colegas de los prostíbulos del rumbo ni tan desprestigiadas como las de los portales de la Plaza Grande o del mercado.
Un volkswaguen gris se aproximó al paso de Patricia, el conductor, reconociéndola‚, disminuyó la velocidad, bajó la ventanilla derecha, la llamó "Patita" y le bromeó:
-¨A cómo está el kilo hoy?
-Como la última vez maestro. Ese es el pacto.
-Buena onda, pero hoy me tienes que hacer rebaja, es quince de mayo.
X
Era quince de mayo. De noche las flores blancas de azahar se vuelven fuentes de dulce olor y no hay sitio que no alcance su poderoso encanto. Los grillos entonan la melodía aprendida para las grandes ocasiones. La tierra, preñada por las lluvias de mediodía, palpita suspirante. La brisa es celestina de todas las especies vivas.
Tener dieciséis‚ años en una noche de mayo es una provocación.
El segundo A, en pleno, estaba congregado en la casa quinta de Ramírez, que fuera lugar de retiro, cuando Itzimná era el punto de descanso, lejanísimo, de la casta divina yucateca.
Los amplios corredores y los magníficos jardines, jugaban, en la oscuridad, con la adolescencia de la reunión y con su afán de vida.
Patricia, de la mano de su primera copa, enfrentaba el desafío de la primavera con un sencillo vestido blanco, sin mangas. Recorría obnubilada la esplendidez de los salones, sus cuadros y espejos, muebles y adornos, espacios y sombras.
Prácticamente no tenía amistades en el colegio de ricos en que era becaria y fue por la insistencia de su madre que asistió a la fiesta de celebración del maestro Alcudia.
-Tienes que aprovechar, muchacha, relacionarte.
Pero, ahí, estaba, sola, entre los demás que se entendían, que platicaban su lenguaje y se reían con sus bromas.
Que tenían sus recuerdos.
Que tenían su futuro.
Que tenían.
Y Patricia bailaba el cansado vals de su soledad.
En su recorrido tropezó con parejas incipientes, con aprendices de borrachos, con bufonadas y sainetes y, en todos los casos, su presencia interrumpía la gestión de la juventud pudiente y era acogida con sonrisas de compromiso y, con suavidad elocuente, expulsada de un medio al que no pertenecía.
-¿Cómo estás Patricia?, qué buena fiesta ¿No?
-Sí maestro.
-Se los agradezco mucho. realmente lo que nos pagan no costea ni la gasolina que gasto para ir a darles clase, pero me gusta mucho tratar con jóvenes como ustedes. Creo que así me siento todavía joven.
-Si usted es joven, maestro.
-Bueno, comparado con ustedes, soy un anciano de treinta años que además habla muy formalmente y no tiene más tema que tratar de hacer de la filosofía y la literatura ciencias honorables. Como si a los quince años eso tuviera alguna importancia.
-A mi me gusta mucho oírlo maestro. La verdad a veces no lo entiendo. Pero todo lo que dice es tan bonito. Sobre todo en literatura. Creo que ya leí dos veces el libro, bueno, casi, los poemas.
-Mira, en primer lugar me llamo Fernando, no maestro. En segundo lugar, lo que estás diciendo es un regalo extra esta noche, pero, en tercer lugar, déjame pensar como te lo agradezco mientras te sirvo y me sirvo otra copa.
-Este...yo casi no tomo, pero está bien.
Mientras esperaba la vuelta del maestro, sintió algo inquietante cuando se dio cuenta que Eros y Psique la contemplaban desde la pared de enfrente.
-Aquí tienes, patita.
-Maestro, digo, Fernando, ya tengo que irme. Vine sola y ya son casi las doce. No voy a alcanzar el último camión.
-Pero no tienes que irte en camión, caramba, yo te llevo después. O de una vez si ya te aburrí.
-No, pero quiero irme ahora...contigo.
-¿Cómo?
-Quiero que me digas los poemas que dices en clase...pero no aquí.
Cuando llegó a su casa entro sigilosa y se acostó rápidamente, con el fuego todavía latiéndole‚ en el centro de su reciente entrega.
--¿Quién fue? ¿Quién te jodió? Porque ya estás jodida. Me lleva la chingada. ¿Cómo crees que te voy a mantener con tu carga? ¿Con la pensión que dejó tu papá , que apenas da para los dos? Por lo pronto dejas la escuela y mientras puedes te pones a trabajar aunque sea de gata. Y luego a ver. Pendeja. Lo único que se puede ser cuando se es pobre, es decente.
X
Se vistió de pobre, que era la única manera que conocía de vestirse de decente.
Era domingo, el día que había inventado para ser una administradora de restaurante, en su día de descanso, que puede viajar a Valladolid a estar con su madre y su hijo.
Casi siempre era recibida por la alegría alborozada de Fernandito y sus bolsas eran tomadas por la curiosidad de gato del muchacho y su sorpresa ingenua ante los pobres y constantes regalos de cada domingo. Pero cuando empujó la reja del frente, en la puerta se tropezó con el gesto de reproche que siempre le dirigía su madre.
-Patito no está, fue a alquilar una película.
Se sintió desalentada. Cada día era más agobiante su trabajo, cada día menos solicitado y más desagradable.
-Ah, me tienes que subir el diario. Voy a ir al doctor. Me duele todo, creo que ya me voy a morir. Y ese condenado chamaco. Tengo todo el día que estar recogiendo lo que deja tirado y limpiando lo que ensucia. Salió un puerco y un desobligado como tu. Maldita la hora...
-Ya mamá .
-Y te tengo más novedades del niño. Claro. Quién sabe que pata puso ese huevo y que inclinaciones trae, pero yo ya no me puedo responsabilizar de él.
-Fernandito es muy bueno mamá , muy tranquilo, buen estudiante, a tí te trata con mucho respeto y...
-Y ya. Me respeta porque me doy a respetar y por eso está bien educado. Pero no me quiere, porque se da cuenta de que tu tampoco me quieres. Como si yo me tuviera la culpa de que tu fueras... lo que eres.
Había mucho calor, nada fresco en el refrigerador y tanta desdicha en su corazón. Venirse a pelear cada domingo con su madre, después‚s de una semana de un oficio que odiaba.
-Cállate mamá . -Por la ventana vio venir a su hijo.
-!Mamá ! Hoy llegaste más temprano.
-Ayer no hubo casi clientes y cerramos pronto. ¿Qué alquilaste?
-"Cocoon " y "Los Últimos Hombres del Presidente" ¿Quieres ver una ahorita?
-Prepara la video. Al ratito voy, primero quiero platicar un rato con tu abuelita.
Se preparó una limonada bajo la inquisición y, resignadamente, preguntó:
-¿Qué pasa con Patito?
-Es muy raro. No tiene amigos ni amigas. No juega ningún deporte. Se encierra en su cuarto y le estoy hable y hable y no me contesta. No es normal. Sólo falta que sea del otro lado.
Patricia se estremeció. Eso seria terrible. La vida le había enseñado que sólo los hombres son felices. Muchas veces había llorado con la Juana su desgracia. "Pata, lo único peor que ser un puto feo es ser un puto pobre".
-Estás loca mamá , eso no puede ser. Fernandito no tiene modalitos ni nada. Los muchachos de ahora son así.
-Está bueno, no me hagas caso. ahorita ya se metió al baño. ¿Sabes que hace? ¿Cómo se dice? Porquerías.
-Se masturba.
X
-La masturbación es el peor de los vicios. ¿Nunca han visto en Progreso a un loquito que anda así?
El maestro Habacuc, en vez de explicar el tema de matemáticas, como de costumbre, prevenía a sus alumnos sobre los peligros del onanismo. Después de balancearse con los puños semicerrados, expuso otro de sus famosos ejemplos:
-Yo supe del caso de un muchacho que cuando se casó no podía acostarse con su mujer, porque no se excitaba. Tenía que meterse primero al baño y empezar a masturbarse. Naturalmente acabó en un manicomio.
Motivados por tan aleccionadora arenga, Concha y Chili exhibían a los admirados ojos de sus compañeros sus respectivas virilidades en erecta competencia.
-Le voy a meter esto en la boca a Habacuc para que sepa que, mamadas, aquí.
-Yo se lo voy a meter a la mamá del que viva más lejos.
-Ya te chingaron Patito.
La plaza cercada de Valladolid, limpia y clara, recogía, entre sus añosos almendros, los inicios en la varonía de Fernandito, los dos exhibicionistas y Licho, que a sus diecisiete años era la voz experimentada y guía espiritual del grupo.
-Bueno, bueno, con el Pato que nadie se meta. Lo que tenemos que hacer es estrenarnos o dice mi papá que podemos quedarnos ciegos. Miren que podemos hacer. El sábado le pido el coche al viejo, compramos unas canastillas, nos vamos a Mérida y ya me dijo mi carnal donde estan las putas.
-Yo no voy.
-Mira Fer, tu vas o aquí¡ entre todos te violamos.
-No me van a dejar.
Pero si lo dejaron. Y su miedo fue cayendo entorpecido por las cervezas y el miedo común congregados en el Topaz negro que se lanzó con cuatro pasajeros de la aventura que recorrió dos horas de burlas y presunciones e inquietud desaforada.
-¿Cuánto dinero trajeron?
-¿Nos alcanzará?
-Si no nos las repartimos.
Y el Topaz alcanzó rugiente la Avenida Itzaes, conoció su camellón adoquinado, sus hospitales, su zoológico, la Gatita Blanca y el Gatito Negro y, cuando tomó el retorno de la gasolinera, espejeó la concha de estrellas que cubría la noche y con el vuelo de la levísima brisa de fin de primavera, fue siguiendo, pausadamente, los tacones dorados de Patricia.
Con una concha de estrellas, empujada por una levísima brisa de fin de primavera, la noche segura, pausadamente, los tacones dorados de Patricia.
La margen de la Avenida Itzaes, donde se hallaron los mataderos del rastro municipal, dormía su ausencia de habitantes con la vela de sus moradores nocturnos. Una cadena de taxis permitía ver, intermitentemente, a los borrachines extraviados de las mil cantinas cercanas y a suripantas de segunda, sin la categoría de sus colegas de los prostíbulos del rumbo ni tan desprestigiadas como las de los portales de la Plaza Grande o del mercado.
Un volkswaguen gris se aproximó al paso de Patricia, el conductor, reconociéndola‚, disminuyó la velocidad, bajó la ventanilla derecha, la llamó "Patita" y le bromeó:
-¨A cómo está el kilo hoy?
-Como la última vez maestro. Ese es el pacto.
-Buena onda, pero hoy me tienes que hacer rebaja, es quince de mayo.
X
Era quince de mayo. De noche las flores blancas de azahar se vuelven fuentes de dulce olor y no hay sitio que no alcance su poderoso encanto. Los grillos entonan la melodía aprendida para las grandes ocasiones. La tierra, preñada por las lluvias de mediodía, palpita suspirante. La brisa es celestina de todas las especies vivas.
Tener dieciséis‚ años en una noche de mayo es una provocación.
El segundo A, en pleno, estaba congregado en la casa quinta de Ramírez, que fuera lugar de retiro, cuando Itzimná era el punto de descanso, lejanísimo, de la casta divina yucateca.
Los amplios corredores y los magníficos jardines, jugaban, en la oscuridad, con la adolescencia de la reunión y con su afán de vida.
Patricia, de la mano de su primera copa, enfrentaba el desafío de la primavera con un sencillo vestido blanco, sin mangas. Recorría obnubilada la esplendidez de los salones, sus cuadros y espejos, muebles y adornos, espacios y sombras.
Prácticamente no tenía amistades en el colegio de ricos en que era becaria y fue por la insistencia de su madre que asistió a la fiesta de celebración del maestro Alcudia.
-Tienes que aprovechar, muchacha, relacionarte.
Pero, ahí, estaba, sola, entre los demás que se entendían, que platicaban su lenguaje y se reían con sus bromas.
Que tenían sus recuerdos.
Que tenían su futuro.
Que tenían.
Y Patricia bailaba el cansado vals de su soledad.
En su recorrido tropezó con parejas incipientes, con aprendices de borrachos, con bufonadas y sainetes y, en todos los casos, su presencia interrumpía la gestión de la juventud pudiente y era acogida con sonrisas de compromiso y, con suavidad elocuente, expulsada de un medio al que no pertenecía.
-¿Cómo estás Patricia?, qué buena fiesta ¿No?
-Sí maestro.
-Se los agradezco mucho. realmente lo que nos pagan no costea ni la gasolina que gasto para ir a darles clase, pero me gusta mucho tratar con jóvenes como ustedes. Creo que así me siento todavía joven.
-Si usted es joven, maestro.
-Bueno, comparado con ustedes, soy un anciano de treinta años que además habla muy formalmente y no tiene más tema que tratar de hacer de la filosofía y la literatura ciencias honorables. Como si a los quince años eso tuviera alguna importancia.
-A mi me gusta mucho oírlo maestro. La verdad a veces no lo entiendo. Pero todo lo que dice es tan bonito. Sobre todo en literatura. Creo que ya leí dos veces el libro, bueno, casi, los poemas.
-Mira, en primer lugar me llamo Fernando, no maestro. En segundo lugar, lo que estás diciendo es un regalo extra esta noche, pero, en tercer lugar, déjame pensar como te lo agradezco mientras te sirvo y me sirvo otra copa.
-Este...yo casi no tomo, pero está bien.
Mientras esperaba la vuelta del maestro, sintió algo inquietante cuando se dio cuenta que Eros y Psique la contemplaban desde la pared de enfrente.
-Aquí tienes, patita.
-Maestro, digo, Fernando, ya tengo que irme. Vine sola y ya son casi las doce. No voy a alcanzar el último camión.
-Pero no tienes que irte en camión, caramba, yo te llevo después. O de una vez si ya te aburrí.
-No, pero quiero irme ahora...contigo.
-¿Cómo?
-Quiero que me digas los poemas que dices en clase...pero no aquí.
Cuando llegó a su casa entro sigilosa y se acostó rápidamente, con el fuego todavía latiéndole‚ en el centro de su reciente entrega.
--¿Quién fue? ¿Quién te jodió? Porque ya estás jodida. Me lleva la chingada. ¿Cómo crees que te voy a mantener con tu carga? ¿Con la pensión que dejó tu papá , que apenas da para los dos? Por lo pronto dejas la escuela y mientras puedes te pones a trabajar aunque sea de gata. Y luego a ver. Pendeja. Lo único que se puede ser cuando se es pobre, es decente.
X
Se vistió de pobre, que era la única manera que conocía de vestirse de decente.
Era domingo, el día que había inventado para ser una administradora de restaurante, en su día de descanso, que puede viajar a Valladolid a estar con su madre y su hijo.
Casi siempre era recibida por la alegría alborozada de Fernandito y sus bolsas eran tomadas por la curiosidad de gato del muchacho y su sorpresa ingenua ante los pobres y constantes regalos de cada domingo. Pero cuando empujó la reja del frente, en la puerta se tropezó con el gesto de reproche que siempre le dirigía su madre.
-Patito no está, fue a alquilar una película.
Se sintió desalentada. Cada día era más agobiante su trabajo, cada día menos solicitado y más desagradable.
-Ah, me tienes que subir el diario. Voy a ir al doctor. Me duele todo, creo que ya me voy a morir. Y ese condenado chamaco. Tengo todo el día que estar recogiendo lo que deja tirado y limpiando lo que ensucia. Salió un puerco y un desobligado como tu. Maldita la hora...
-Ya mamá .
-Y te tengo más novedades del niño. Claro. Quién sabe que pata puso ese huevo y que inclinaciones trae, pero yo ya no me puedo responsabilizar de él.
-Fernandito es muy bueno mamá , muy tranquilo, buen estudiante, a tí te trata con mucho respeto y...
-Y ya. Me respeta porque me doy a respetar y por eso está bien educado. Pero no me quiere, porque se da cuenta de que tu tampoco me quieres. Como si yo me tuviera la culpa de que tu fueras... lo que eres.
Había mucho calor, nada fresco en el refrigerador y tanta desdicha en su corazón. Venirse a pelear cada domingo con su madre, después‚s de una semana de un oficio que odiaba.
-Cállate mamá . -Por la ventana vio venir a su hijo.
-!Mamá ! Hoy llegaste más temprano.
-Ayer no hubo casi clientes y cerramos pronto. ¿Qué alquilaste?
-"Cocoon " y "Los Últimos Hombres del Presidente" ¿Quieres ver una ahorita?
-Prepara la video. Al ratito voy, primero quiero platicar un rato con tu abuelita.
Se preparó una limonada bajo la inquisición y, resignadamente, preguntó:
-¿Qué pasa con Patito?
-Es muy raro. No tiene amigos ni amigas. No juega ningún deporte. Se encierra en su cuarto y le estoy hable y hable y no me contesta. No es normal. Sólo falta que sea del otro lado.
Patricia se estremeció. Eso seria terrible. La vida le había enseñado que sólo los hombres son felices. Muchas veces había llorado con la Juana su desgracia. "Pata, lo único peor que ser un puto feo es ser un puto pobre".
-Estás loca mamá , eso no puede ser. Fernandito no tiene modalitos ni nada. Los muchachos de ahora son así.
-Está bueno, no me hagas caso. ahorita ya se metió al baño. ¿Sabes que hace? ¿Cómo se dice? Porquerías.
-Se masturba.
X
-La masturbación es el peor de los vicios. ¿Nunca han visto en Progreso a un loquito que anda así?
El maestro Habacuc, en vez de explicar el tema de matemáticas, como de costumbre, prevenía a sus alumnos sobre los peligros del onanismo. Después de balancearse con los puños semicerrados, expuso otro de sus famosos ejemplos:
-Yo supe del caso de un muchacho que cuando se casó no podía acostarse con su mujer, porque no se excitaba. Tenía que meterse primero al baño y empezar a masturbarse. Naturalmente acabó en un manicomio.
Motivados por tan aleccionadora arenga, Concha y Chili exhibían a los admirados ojos de sus compañeros sus respectivas virilidades en erecta competencia.
-Le voy a meter esto en la boca a Habacuc para que sepa que, mamadas, aquí.
-Yo se lo voy a meter a la mamá del que viva más lejos.
-Ya te chingaron Patito.
La plaza cercada de Valladolid, limpia y clara, recogía, entre sus añosos almendros, los inicios en la varonía de Fernandito, los dos exhibicionistas y Licho, que a sus diecisiete años era la voz experimentada y guía espiritual del grupo.
-Bueno, bueno, con el Pato que nadie se meta. Lo que tenemos que hacer es estrenarnos o dice mi papá que podemos quedarnos ciegos. Miren que podemos hacer. El sábado le pido el coche al viejo, compramos unas canastillas, nos vamos a Mérida y ya me dijo mi carnal donde estan las putas.
-Yo no voy.
-Mira Fer, tu vas o aquí¡ entre todos te violamos.
-No me van a dejar.
Pero si lo dejaron. Y su miedo fue cayendo entorpecido por las cervezas y el miedo común congregados en el Topaz negro que se lanzó con cuatro pasajeros de la aventura que recorrió dos horas de burlas y presunciones e inquietud desaforada.
-¿Cuánto dinero trajeron?
-¿Nos alcanzará?
-Si no nos las repartimos.
Y el Topaz alcanzó rugiente la Avenida Itzaes, conoció su camellón adoquinado, sus hospitales, su zoológico, la Gatita Blanca y el Gatito Negro y, cuando tomó el retorno de la gasolinera, espejeó la concha de estrellas que cubría la noche y con el vuelo de la levísima brisa de fin de primavera, fue siguiendo, pausadamente, los tacones dorados de Patricia.
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