UN INSPECTOR LLAMA
La ignorancia puede ser tan engañosa como la imaginación. Peripatéticamente averiguamos que Broadway es la calle más larga de Manhattan, de la longitud de la misma isla, y que de esta característica recibe su nombre que en español quiere decir calle amplia, grande. Así, la calle Broadway -la gran calle- se viste de negro y gris en el lúgubre Harlem, va emergiendo rojiza y todavía sucia por el barrio latino -muy cerca de West Side- y después de pasar por Lincoln Center y entroncar con Central Park y la ocho, da cabida en diez cuadras, entre las calles 43 y la 53*, a la zona teatral más importante de América. Descendiendo hacia Brooklyn, Broadway visitará aún Times Square y el Madison, la villa universitaria "Greenwich", la zona gay, el elegante y bohemio Soho, Little Italy y Chinatown, el Ayuntamiento y el New York Stock Exchange
.
Pero para el mundo, Broadway no es parte de ningún barrio, ni zona de inmigrantes, bulevar turístico o área comercial. El Broadway de nuestro sueño es el coto del drama y la comedia, los grandes musicales y las obras más aclamadas, cuya calidad se mide por los años de permanencia en cartelera. Entre cafés italianos, cabarets de mala muerte, el tonight show, cines pornos, tiendas y más tiendas fotográficas y de souvenirs, van surgiendo los teatros famosos, el Radio City Hall, el más alejado, en su integración a los rascacielos del Rockefeller Center; el Shubert, que lleva el nombre de la mayor organización teatral de la ciudad y que actualmente presenta la célebre Crazy for You de Gershwin; el Eugene O´Neil, presentando la eterna Vaselina (Greese) con Rosie O'Donell; El Imperial, donde se ha alcanzado la cifra de 34 millones de espectadores para Los Miserables; el Broadhurst y la impactante presentación de El Beso de la Mujer Araña que le valió un Tony a Chita Rivera y 6 más para la puesta en 1993; el Broadway con la producción más reciente de Cameron Mackintosh, Miss Saigón; por supuesto, el Majestic con el Fantasma de la Opera y tantos nombre ilustres más, como el Gershwin, el Plymouth, el Music Box, el Helen Hayes, 36 en total con un repertorio de excelencia que asegura los montajes más espectaculares. Sin embargo, al llegar a estos teatros uno pudiera esperarse magnificentes escalinatas de mármol que conduzcan a fastuosas entradas de estatuas y columnas, frisos y bajorrelieves y, por el contrario, desde fuera, los edificios son modestos y a ras de calle, las fachadas son sencillas y hasta rústicas, las taquillas estrechas e incómodas como los foyers que recuerdan salas cinemátograficas y, por los que conocimos, las salas son austeras, pero de magnífica visibilidad y perfecta acústica.
Un ejemplo típico es el Royale, en la calle 45, inaugurado en 1927 y que representa dignamente la escencia de Broadway. Es una sala más bien pequeña, de crujientes pisos de madera y pesados butacones aterciopelados, con aroma de oro antiguo y un sabor nostálgico que nos lleva inmediatamente a épocas de esplendor que este teatro ha conocido. Ruedan por el escenario las presencias de Lilis Jourdan y James Dean que triunfaron en 1954 con el Inmoralista de Guidè. También triunfaron en este teatro Geraldine Page, Lauren Bacall, Charles Boyer, Agnes Morehead, Bette Davis -La Noche de la Iguana de Tennessee Williams-; Laurence Olivier y Anthony Queen -Becket-. Aquí se estableció la marca de presentaciones consecutivas para un musical, con las 3338 logradas por Vaselina entre 1972 y 1980. Siempre se recuerda el inolvidable desafio de Anne Banckroft y Max Von Sidow en Dueto para Uno. Andrew Lloyd Weber y Tim Rice presentaron en esta sala el exitoso José el Soñador y Ron Silver ganó un Tony por su actuación en Speed the Plow, obra que marcó el debut en Broadway de Madonna.
Actualmente Noel Pearson y Joseph Harris presentan el thriller de J. B. Priestley "An Inspector Calls", cuyo estreno se efectuó en Moscú, en 1945 y su presentación original en Nueva York data de 1947, en el teatro Booth. El director Stephen Daldry hace una espléndida adaptación de este clásico, utilizando el manejo de elementos subjetivos para reforzar la trama. En el inicio, un chiquillo vaga desorientado sobre el escenario hasta forzar a puntapiés que se eleve el pesado telón para dar paso a una maravillosa escenografía. Ante nuestros ojos aparece el casco de una mansión victoriana en Yorkshire, Inglaterra, en medio de una noche lluviosa de un realismo pasmoso. La lluvia escampa y de las nieblas que la suceden irán surgiendo sombras que rodean la residencia. Estas sombras -niños, servidumbre, el pueblo- irán destacando el argumento junto con la iluminación y el acompañamiento musical en vivo, conducido por Terry Farrow. Las luces de la casa se encienden y adivinamos desde afuera el comedor donde se celebra el compromiso matrimonial del aristócrata Gerald Croft, con Edna, hija del industrial Arthur Birling y su arribista esposa Sybil. La animada reunión no es vista por los espectadores hasta que la cena concluye y los varones, Gerald, Arthur y su hijo Eric, salen a la terraza a fumar un cigarro. En ese momento se les comunica la llegada del inspector Goole, de la policía local, quien investiga el suicido de una joven, conocida por varios nombres. Con esos dierentes apelativos, tras serles mostrada su foto, resulta que la muchacha ha sido afrentada por todos los Birling y por Croft, orillandola a quitarse la vida. Las bajezas de que hicieron víctima a la joven provocan violentos enfrentamientos y recriminaciones entre los honorables miembros de la familia y el pretendiente quienes van exhibiendo sus debilidades, sumiendose en una progresiva degradacion que el director acompaña de una ambientación depresiva, la aparición alterna de sombras y el destrozo escenográfico. Al terminar las entrevistas del inspector Goole, con una velada amenaza de enjuiciamiento, miserables y ruinosos, los protagonistas se enfrentan al pueblo que se ha adueñado de la residencia, en silencio, avisándoles de su inminente desgracia social. Desesperado, Mr. Birling, trata de averiguar en la policía local acerca de la procedencia del inspector Goole. Entre sorprendido y entusiasta, se entera de que no hay ningún inspector de ese apellido, que ningún suicido está en investigación y que, de hecho, nadie se ha quitado la vida en la ciudad, en mucho tiempo. Las luces se aclaran, la escenografía se repone mecánicamente y la familia, aliviada, ve renacer su posición amenazada y se apresta a hacer a un lado lo ocurrido para reanudar la celebración interrumpida, como si nada hubiera pasado, cuando suena el teléfono y...un inspector llama.
El magnífico Philip Bosco, ganador del Tony al mejor actor por Lend me a Tenor en 1989 y muy famosos por cintas como Secretaria Ejecutiva, FX 2 o Tres Hombres y Un Bebé, luce su extraordinario fraseo como Arthur Birling, personaje hecho a su medida. Como su esposa Sybil, la primerísima actriz, Rosemary Harris, logra una magnífica representación en sus afectaciones de dama pretenciosa y madre atribulada, confirmando el porque ha sido merecedora de practicamente todos los premios teatrales en Londres y Nueva York. Otro actor de amplia trayectoria, el inglés Keneth Cranshaw, pese a sus credenciales shakespereanas y de haber compartido créditos con Mia Farrow, Liam Neeson y Ryan O'Neall, hace un inspector Goole disparejo, de menos a más, tal vez por exigencias del director para llevar la trama a un clímax dramático, pero mostrándose, al principio, apresurado y fuera de tono, hasta llegar a alcanzar un muy buen nivel en el desarrollo de la interpretación. Marcus D'Amico y Jane Adams -ganadora del Tony a la actriz de reparto por esta puesta en 1994- son los hijos Birling y Aden Gillet, como el pretendiente de la chica, completan el cuadro protagónico, sosteniendo el muy buen nivel general de la obra.
El público ha gozado esta muestra de teatro de alta escuela y lo agradece reiteradamente al repertorio que una y otra vez lo espera, al subir y bajar del telón, entre aplausos inacabables. La función de mediodía ha concluido y los espectadores, dócilmente, nos conduciremos hasta el viejo Sardis, a la vuelta, sobre la 44, entre sus paredes tapizadas de retratos de los grandes de la escena neoyorkina, para rematar una función con el gusto traidicional del Broadway que hoy finalmente conocimos y que ya nos ha enamorado.
*En Manhattan, como en Mérida, la nomenclatura de las calles es númerica, con la diferencia de que la numeración no es de pares y nones, sino consecutiva, a lo largo de ordinales (1,2,3) y, a lo ancho, de cardinales (1a., 2a.) A las primeras se les llama calles y a las segundas avenidas.
New York, Julio de 1994
La ignorancia puede ser tan engañosa como la imaginación. Peripatéticamente averiguamos que Broadway es la calle más larga de Manhattan, de la longitud de la misma isla, y que de esta característica recibe su nombre que en español quiere decir calle amplia, grande. Así, la calle Broadway -la gran calle- se viste de negro y gris en el lúgubre Harlem, va emergiendo rojiza y todavía sucia por el barrio latino -muy cerca de West Side- y después de pasar por Lincoln Center y entroncar con Central Park y la ocho, da cabida en diez cuadras, entre las calles 43 y la 53*, a la zona teatral más importante de América. Descendiendo hacia Brooklyn, Broadway visitará aún Times Square y el Madison, la villa universitaria "Greenwich", la zona gay, el elegante y bohemio Soho, Little Italy y Chinatown, el Ayuntamiento y el New York Stock Exchange
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Pero para el mundo, Broadway no es parte de ningún barrio, ni zona de inmigrantes, bulevar turístico o área comercial. El Broadway de nuestro sueño es el coto del drama y la comedia, los grandes musicales y las obras más aclamadas, cuya calidad se mide por los años de permanencia en cartelera. Entre cafés italianos, cabarets de mala muerte, el tonight show, cines pornos, tiendas y más tiendas fotográficas y de souvenirs, van surgiendo los teatros famosos, el Radio City Hall, el más alejado, en su integración a los rascacielos del Rockefeller Center; el Shubert, que lleva el nombre de la mayor organización teatral de la ciudad y que actualmente presenta la célebre Crazy for You de Gershwin; el Eugene O´Neil, presentando la eterna Vaselina (Greese) con Rosie O'Donell; El Imperial, donde se ha alcanzado la cifra de 34 millones de espectadores para Los Miserables; el Broadhurst y la impactante presentación de El Beso de la Mujer Araña que le valió un Tony a Chita Rivera y 6 más para la puesta en 1993; el Broadway con la producción más reciente de Cameron Mackintosh, Miss Saigón; por supuesto, el Majestic con el Fantasma de la Opera y tantos nombre ilustres más, como el Gershwin, el Plymouth, el Music Box, el Helen Hayes, 36 en total con un repertorio de excelencia que asegura los montajes más espectaculares. Sin embargo, al llegar a estos teatros uno pudiera esperarse magnificentes escalinatas de mármol que conduzcan a fastuosas entradas de estatuas y columnas, frisos y bajorrelieves y, por el contrario, desde fuera, los edificios son modestos y a ras de calle, las fachadas son sencillas y hasta rústicas, las taquillas estrechas e incómodas como los foyers que recuerdan salas cinemátograficas y, por los que conocimos, las salas son austeras, pero de magnífica visibilidad y perfecta acústica.
Un ejemplo típico es el Royale, en la calle 45, inaugurado en 1927 y que representa dignamente la escencia de Broadway. Es una sala más bien pequeña, de crujientes pisos de madera y pesados butacones aterciopelados, con aroma de oro antiguo y un sabor nostálgico que nos lleva inmediatamente a épocas de esplendor que este teatro ha conocido. Ruedan por el escenario las presencias de Lilis Jourdan y James Dean que triunfaron en 1954 con el Inmoralista de Guidè. También triunfaron en este teatro Geraldine Page, Lauren Bacall, Charles Boyer, Agnes Morehead, Bette Davis -La Noche de la Iguana de Tennessee Williams-; Laurence Olivier y Anthony Queen -Becket-. Aquí se estableció la marca de presentaciones consecutivas para un musical, con las 3338 logradas por Vaselina entre 1972 y 1980. Siempre se recuerda el inolvidable desafio de Anne Banckroft y Max Von Sidow en Dueto para Uno. Andrew Lloyd Weber y Tim Rice presentaron en esta sala el exitoso José el Soñador y Ron Silver ganó un Tony por su actuación en Speed the Plow, obra que marcó el debut en Broadway de Madonna.
Actualmente Noel Pearson y Joseph Harris presentan el thriller de J. B. Priestley "An Inspector Calls", cuyo estreno se efectuó en Moscú, en 1945 y su presentación original en Nueva York data de 1947, en el teatro Booth. El director Stephen Daldry hace una espléndida adaptación de este clásico, utilizando el manejo de elementos subjetivos para reforzar la trama. En el inicio, un chiquillo vaga desorientado sobre el escenario hasta forzar a puntapiés que se eleve el pesado telón para dar paso a una maravillosa escenografía. Ante nuestros ojos aparece el casco de una mansión victoriana en Yorkshire, Inglaterra, en medio de una noche lluviosa de un realismo pasmoso. La lluvia escampa y de las nieblas que la suceden irán surgiendo sombras que rodean la residencia. Estas sombras -niños, servidumbre, el pueblo- irán destacando el argumento junto con la iluminación y el acompañamiento musical en vivo, conducido por Terry Farrow. Las luces de la casa se encienden y adivinamos desde afuera el comedor donde se celebra el compromiso matrimonial del aristócrata Gerald Croft, con Edna, hija del industrial Arthur Birling y su arribista esposa Sybil. La animada reunión no es vista por los espectadores hasta que la cena concluye y los varones, Gerald, Arthur y su hijo Eric, salen a la terraza a fumar un cigarro. En ese momento se les comunica la llegada del inspector Goole, de la policía local, quien investiga el suicido de una joven, conocida por varios nombres. Con esos dierentes apelativos, tras serles mostrada su foto, resulta que la muchacha ha sido afrentada por todos los Birling y por Croft, orillandola a quitarse la vida. Las bajezas de que hicieron víctima a la joven provocan violentos enfrentamientos y recriminaciones entre los honorables miembros de la familia y el pretendiente quienes van exhibiendo sus debilidades, sumiendose en una progresiva degradacion que el director acompaña de una ambientación depresiva, la aparición alterna de sombras y el destrozo escenográfico. Al terminar las entrevistas del inspector Goole, con una velada amenaza de enjuiciamiento, miserables y ruinosos, los protagonistas se enfrentan al pueblo que se ha adueñado de la residencia, en silencio, avisándoles de su inminente desgracia social. Desesperado, Mr. Birling, trata de averiguar en la policía local acerca de la procedencia del inspector Goole. Entre sorprendido y entusiasta, se entera de que no hay ningún inspector de ese apellido, que ningún suicido está en investigación y que, de hecho, nadie se ha quitado la vida en la ciudad, en mucho tiempo. Las luces se aclaran, la escenografía se repone mecánicamente y la familia, aliviada, ve renacer su posición amenazada y se apresta a hacer a un lado lo ocurrido para reanudar la celebración interrumpida, como si nada hubiera pasado, cuando suena el teléfono y...un inspector llama.
El magnífico Philip Bosco, ganador del Tony al mejor actor por Lend me a Tenor en 1989 y muy famosos por cintas como Secretaria Ejecutiva, FX 2 o Tres Hombres y Un Bebé, luce su extraordinario fraseo como Arthur Birling, personaje hecho a su medida. Como su esposa Sybil, la primerísima actriz, Rosemary Harris, logra una magnífica representación en sus afectaciones de dama pretenciosa y madre atribulada, confirmando el porque ha sido merecedora de practicamente todos los premios teatrales en Londres y Nueva York. Otro actor de amplia trayectoria, el inglés Keneth Cranshaw, pese a sus credenciales shakespereanas y de haber compartido créditos con Mia Farrow, Liam Neeson y Ryan O'Neall, hace un inspector Goole disparejo, de menos a más, tal vez por exigencias del director para llevar la trama a un clímax dramático, pero mostrándose, al principio, apresurado y fuera de tono, hasta llegar a alcanzar un muy buen nivel en el desarrollo de la interpretación. Marcus D'Amico y Jane Adams -ganadora del Tony a la actriz de reparto por esta puesta en 1994- son los hijos Birling y Aden Gillet, como el pretendiente de la chica, completan el cuadro protagónico, sosteniendo el muy buen nivel general de la obra.
El público ha gozado esta muestra de teatro de alta escuela y lo agradece reiteradamente al repertorio que una y otra vez lo espera, al subir y bajar del telón, entre aplausos inacabables. La función de mediodía ha concluido y los espectadores, dócilmente, nos conduciremos hasta el viejo Sardis, a la vuelta, sobre la 44, entre sus paredes tapizadas de retratos de los grandes de la escena neoyorkina, para rematar una función con el gusto traidicional del Broadway que hoy finalmente conocimos y que ya nos ha enamorado.
*En Manhattan, como en Mérida, la nomenclatura de las calles es númerica, con la diferencia de que la numeración no es de pares y nones, sino consecutiva, a lo largo de ordinales (1,2,3) y, a lo ancho, de cardinales (1a., 2a.) A las primeras se les llama calles y a las segundas avenidas.
New York, Julio de 1994
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