martes 8 de julio de 2008

LUCHO

LUCHO



Todas las mañanas, con el canto del gallo del corral, Lucho se dirigía a abrir la reja de entrada, le daba los buenos días a su chirrido de goznes oxidados y se sentaba a esperar a su amigo Beto, el viejo periodiquero.

Mientras Beto aparecía con su gorrito blanco y su mirada de hombre malo, Lucho se desayunaba del aire limpio de la madrugada, ganaba el espacio querido de su calle y ahuyentaba al gato de enfrente.

Entre quince o veinte minutos después, un carrito triciclo avanzaba de puerta en puerta hasta la casa de Lucho. Beto, que casi nunca sonreía, aprovechaba la ocasión que le presentaba la espera fiel de su amigo, para abrir las ventanas a la confianza de un saludo amable.

-Buenos días Lucho, sonreía el diariero y en vez de aventar el periódico profesionalmente doblado, se lo entregaba a su cotidiana visita. Lucho, a su vez, respondía el saludo entrecerrando los ojos y haciendo un movimiento cordial con la cabeza.

-Hasta mañana, si Dios quiere, concluía Beto la rutina de su encuentro y la profunda voz grave de Lucho lo despedía hasta el día siguiente.

Esto era todas las mañanas.

Pero la de hoy fue distinta.

Lucho oyó claramente el canto que mandaba en el gallinero, quiso incorporarse, pero no le respondieron las extremidades de su cansado cuerpo.

-Debe ser la muerte, pensó, está bien.

Le dolió, eso sí, no poder asistir a su cita matinal con Beto. Sabia que a él le iba a extrañar no verlo este día, pero la noticia de su muerte seria para su amigo como morir, también‚ un poquito.




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Hoy sí que todo me salió mal. Llegué‚ al Diario y que ya subió, que si lo publicaron, que si nos avisaron con tiempo, que no se qué. Llevo cuarenta anos trabajando en esto, señor, desde que me corrieron de la Secretaría que porque no le lavaba bien las llantas al coche del jefe y que dejaba mi bicicleta en el estacionamiento, creé usted que por eso me corrieron. Bueno, esa es otra historia. Le estaba diciendo que hoy llego al diario y que subió un veinte por ciento. Y cómo lo iba yo a pagar si lo de ayer que vendí es lo que llevo para pagar lo de hoy. Sólo porque les dije que yo soy más antiguo que el Diario, me fiaron, porque usted creé que voy a andar con más dinero en la madrugada. Ni de loco. Como están las cosas. Y como dice doña Chata -mi mujer es Doña Chata- menos que eso necesito para pasarme el día hasta sin dar del cuerpo. De verdad, yo soy así, todo me afecta mucho. Ya iba a disgusto haciendo mi reparto. Hasta dije, hoy que vea a Lucho, ni caso le voy a hacer, no estoy de humor. Fíjese que hasta le doble el periódico para aventarlo, como hacía antes de que me enseñara a entregárselo. Pero no lo ví. Me extrañó. En las mañanas no hay nadie más en la casa, porque usted sabe que la seño Marina, desde lo del pobrecito niño y su mamá , no viene hasta el mediodía para traerle su comida, menos los domingos que liquida tempranito conmigo. Y pues sí, me extraño mucho no verlo y hasta me puso más a disgusto. No se‚ porque se me ocurrió ahora en la tarde salir a dar la vuelta, así nomás s, de punto de loco, y pase‚ por aquí. Como le vi a usted, pues le pregunté‚ y le hago la explicación para que no crea que estoy chocheando. Pero uno ya esta viejo y se acostumbra a las pocas cosas que no le cambian y cuando le cambian pues se siente que esta vida es cada vez menos la de uno. Por eso lloro señor, porque veo también a la seño y al niño y es que, Lucho, pues, era mi amigo. Y ya vé, se murió de viejo. Ya casi todos mis amigos se murieron de viejos. Ay señor, hoy si que todo me salió mal.


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Al mediodía de todos los días, Lucho despertaba de su siesta matutina e iba a orinar al traspatio, debajo de los naranjos agrios. Hasta un par de años antes, Marina lo regañaba porque su sitio favorito para orinar era el aguacate del frente.

-Viejo cochino, le decía. Pero lo que no consiguieron ni palabras rudas ni ruegos. lo logró la rama más alta y cargada del enorme árbol que se vino abajo llevándose en su caída la reja y parte del murete pegada a ella.

-El miedo no anda en burro, le burlaba Marina cada vez que se acordaba de que a partir de ese día, el metódico Lucho designó como nuevo sitio para el desahogo de sus necesidades, a los tupidos naranjales.

Después de orinar, la vida de Lucho quedaba en éxtasis hasta la llegada de Marina.

Desde el desgraciado día en que perdiera a su nuera y a su único nieto varón, Marina iba al atardecer a casa de su hijo y atendía a éste y a sus dos nietas. Cuando Rodrigo, su hijo, cerraba el consultorio, cenaba con su madre y sus hijas; al día siguiente, después de sus clases en la Universidad, regresaba a Marina a la casa de Lucho.

Y a su llegada, ritualmente, Marina recibía el homenaje, cada día renovado, de Lucho. Entre sus manifestaciones de cariño le servía la comida y, cuando terminaba, se sentaban juntos a disfrutar en silencio de su compañía. Ella se ponía a bordar o a leer el periódico y poco a poco se iba quedando dormida entre los brazos de su poltrona. Entonces Lucho se levantaba y salía a esperar a Juliancito.

Eso era todos los mediodías, pero el de hoy fue distinto.

Lucho ni sintió ganas de orinar ni estaba en condiciones de alcanzar el traspatio. Lo que tenia en el corazón era la pena inmensa de comprender que su idilio se veía truncado por el prematuro fin que tienen siempre las cosas hermosas, poco importa lo que duren. Se sentía impotente para seguir en la felicidad completa en que vivía y se juzgaba culpable de morir irresponsablemente cuando le quedaban tantas tardes de ternura en el paraíso perdido a que condenaba a Marina. Entendía que no era injusto, pero sus ojos se cegaban en el ultimo llanto por su amor.

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Mi hermana Meche lo trajo a la casa. Fue un caso de amor a primera vista. ¨Usted puede creer lo que le digo?, pero así fue, desde que lo vi me conquistó. todo me gustó de él, su porte tan elegante, el brillo de su pelo, sus ojos tan inteligentes y comprensivos. Aunque era más bueno que el pan, cuando algo nos amenazaba era tan decidido, irradiaba tanto valor, que una se sentía completamente segura con él.

Imagínese, tantos años de viuda y de solitaria y aparecía él, así como era. Tan cariñoso y tan fuerte. Y yo, en cambio, siempre estoy adolorida de algo. Pensaba que él me iba a enterrar, pero ya ve cómo es la vida, señor. Yo no gano para penas.

Tan pronto lo conocieron mi hijo y mis nietecitos, quedaron encantados con el Lucho. Aceptaron así nada más que se quedara conmigo. Una vez oí que Rodrigo le dijera a mi pobrecita nuera, que en paz descanse, lo contento que estaba de ver cómo quería yo a Lucho y cómo me quería él; que me veía distinta, cambiada ¨cómo dijo?, como se dice ahora ¿cómo? desestresada, eso es. Ya ve que como mi hijo es psicólogo, esa es su palabrita.

Cuando murió mi Rodriguito, que debe estar en el cielo el angelito, Lucho lo sintió tanto o mas que yo. Creería usted, se quedaba frente a la video, viendo la película donde aparece Rodito y le chorreaban las lágrimas y cuando yo apagaba la televisión ni se movía, como esperando que mi pobre nietecito, que en Santa Gloria esté, saliera de la pantalla a jugar con él.

Y hoy tan pronto se le descompuso el coche a mi hijo. Se le boto la carga o no se qué‚, pero el caso es que llego tardísimo y después tuvo que llevar el carro a cambiarle la batería, me parece. Así que ni su comida le traje a mi Luchito, señor, ni se‚ si me estaba necesitando, me estaba llamando mientras se moría, solito. ¿cómo no me voy a desesperar? ¿Qué quiere que haga? Ahora si me quedé sola. Si viera usted lo que sentí cuando llegue y vi a Juliancito gritándole. El inocente niño no sabía lo que le pasaba que no salía a jugar a la pelota con él. Pero yo desde que lo vi me di cuenta, me golpeó el corazón, como si se me revelara. No se que voy a hacer sin él. Ya estoy muy vieja. No se‚ porque me castiga tanto el Señor.


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Hacía dos meses de la muerte de Rodriguito y su mamá . Lucho se había acostumbrado a ser la mascota favorita del niño. Acompañaba siempre a Marina cuando ésta iba a visitar a sus nietos y desde que llegaba, el niño se le trepaba encima, le jalaba las orejas, le apretaba el cuello y, con ‚éstas y otras demostraciones de cariño, le hacía patente lo importante que era para sus pocos años. Por supuesto, para el viejo Lucho, el contacto con la inocencia infantil y su revigorizante efecto constituía también una de las circunstancias vitales que se encontraba a su edad. Esta fuente de vida, al verse bruscamente segada, fue forjando una losa en su carácter.

Fue de este modo hasta el día en que una pelota de caucho rebasó la verja lateral de la casa y rodó hasta sus narices. Todavía no acababa de discernir el origen de la presencia de tan inusual objeto, cuando detrás s de el llegó corriendo Juliancito. Cautelosamente, temeroso de alguna reacción agresiva de parte de Lucho, fue acercándose a su pelota. Lucho comprendió enseguida que la vida le brindaba una nueva oportunidad. Tomó la pelotita y se fue corriendo hacia el niño para entregársela. Juliancito, al principio retrocedió con desconfianza, pero al ver la actitud cariños de Lucho, de inmediato le invitó a su juego, hasta entonces solitario.

Eran aproximadamente las cinco de la tarde. Marina dormía su siesta diaria. Desde entonces, todas las tardes a la misma hora, Lucho y Juliancito se encontraban a refrendar su desigual amistad nacida con la fuerza de dos soledades refugiadas la una en la otra.

Pero hoy a las cinco de la tarde fue distinto.

Juliancito no encontraba su pelota. Además, su mamá tenía en el horno una sorpresa para Lucho. Al fin encontró lo que buscaba. Una mordisqueada pelota de caucho. Pasó por la cocina, se metió a la carrera una galleta a la boca y le gritó a su mamá que el horno estaba apagado.

-Te he dicho mil veces que no hables con la boca llena. Toma y salúdame a Lucho, le dijo mientras le entregaba cuidadosamente unas doradas croquetas.

Con su habilidad diezañera rebasó sin soltar su carga la breve verja del jardín y empezó a llamar a gritos a Lucho.

Pero Lucho no podía contestar.

Rodeó la casa hasta llegar al rincón donde dormía y ahí lo vió. Tendido de una manera extraña. Inmóvil. Se acerco y lo llamó nuevamente. Primero con suavidad y luego desesperadamente. Seguía llamándolo cuando lo encontró Marina, llorando entre sus gritos, llorando por instinto ya que su mente infantil no alcanzaba a comprender que el perro había muerto.