miércoles 3 de marzo de 2010

EL DIOS POETA

EL DIOS POETA
Frente a la tarde de salitre y piedra/armada de navajas invisibles/una roja escritura indescifrable/escribes en mi piel y esas heridas/como un traje de llamas me recubren. Paz
(Piedra de Sol)

El Gran Cañón del Colorado es una colosal formación pétrea que millones de años y toneladas de océano diseñaron en las profundidades como celosos artistas que, refugiados en su propio ego, no dejaron emerger hasta que la obra estuvo terminada. Al norte del estado gringo de Arizona, el Gran Cañón entretiene con su paleta multicolor el paso de un río azul que desmiente de su nombre para coronar con chispazos celestes la profunda ostentación de este gran alarde divino. Porque uno podrá ser todo lo libre pensador que quiera pero tiene que rendirse a la evidencia de una mano milagrosa donde la sucesión de maravillas no se detiene cuando el alma pensaba que ya era imposible encontrar una nueva. Para llegar al Parque Nacional hay que atravesar la zona de Flagstaff donde se admira la mayor plantación de pinos en todos los Estados Unidos, un auténtico páramo en el desierto que parece dar la bienvenida al vecino fenómeno de piedra vibrante. De las extensas expresiones desérticas, altas cimas, suelos ralos, carreteras serpeantes, desfiladeros de ahogo, se ingresa de pronto al olor penetrante a alquitrán, el clima templado de las cumbres protegidas por verdes pirámides en un horizonte sin fin, duelistas vencedores del infierno al que superarán por kilómetros hasta que el panorama de la zona árida –Arizona- vuelve a campear. Y de repente la montaña, el Gran Cañón, ora verde, a ratos oro, azul grisáceo, tierra, plata, bronce, aristas en profusión, símbolos fálicos, miradores tímidos que avistan fuegos, cofres de tesoros no imaginados, distancias nostálgicas de visiones empedernidas, el Gran Cañón, desafiante, echando tiros contra la probabilidad del ser posible, lonjas de piedra burbujeante, en ebullición, la bravuconada de la naturaleza en que todo es grito poderoso, la ola de roca que imitó al mar con sus espumarajos de niebla, destilando el infinito entre las vértebras de sus columnas hercúleas, el Gran Cañón. Regodeado en su triunfo, Dios prepara en este escenario impar una masterpiece; participan, en orden de aparición, las nubes oscuras que combinan tonalidades con la complicidad de la primera figura de la función, el sol, que está a punto de ejecutar la danza suprema de su muerte -por lo pronto permanece enhiesto, como fondo escenográfico, pendiente de su gran entrada-, los arbustos que circundan el abismo y su ejecutante, el viento, que comienza a afinar por entre bastidores, remontando al calor polvoso que entretiene al público. En un invisible movimiento de batuta, el sol se aposta detrás de la cinta púrpura que bordea la cima más alta y el mundo se viste de naranja, la brisa responde con la suave caricia a la vegetación baja de saguaros y artemisas, enebros y yucas de hojas anchas, que excitadas anuncian con un coro subyugante lo mejor del espectáculo. Hipnotizados por la ambientación, sólo podemos seguir las evoluciones de la gran estrella, a través de un imaginario de color que va dibujando sombras multiformes entre los rincones voluptuosos de la gran matrona rocosa, recostada sobre si misma, poseída por mil matices. La plástica de 500 kilómetros de largo y uno y medio de profundidad reclama el derecho a pregonar que el tamaño importa. Cuando el grand finale se aproxima, el astro crepuscular emite en silencio un postrer rugido de rayos bostezantes que se van tiñendo de un violeta progresivo y el concierto de sensaciones únicas –la puesta del sol, el Gran Cañon, la brisa sibilina, las nubes de todos los colores y de ninguno, las sombras invasoras hasta lo profundo de la emoción- quedan suspendidas en un momento de gloria irrepetible, por mucho que se represente cada veinticuatro horas. Lo que este momento de éxtasis tiene de único es el instrumento del realizador. Los espectadores tratamos con camaritas, celulares, videos –algunos con pinceles y lienzos- de captar este clímax, pero es inútil, no hay fotos, películas o pinturas donde este prodigio pueda verse reproducido fielmente; lo que vemos en ellas es siempre parcial, mínimo, referente. La imagen completa, que lo es todo, sólo puede captarse con los ojos, los oídos, la piel y –sobre todo- el numen sensible que nos descubrimos tan a la mano como nunca. El poeta de este performance sinfónico no ha dejado resquicios a su creación, ideó las formas vivas en la materia inánime, las conjuntó con la armonía exquisita del genio y se reservó egoísta la capacidad exclusiva de la presentación total por los medios también diseñados por él, que se alojan temporalmente en nuestra pobre humanidad. Pero eso no nos queda claro, cuando nos quedamos sin estas evidencias poéticas de lo divino, nos retiramos pensando que fue nuestro dinero, el tiempo que reservamos para unas cortas vacaciones o cualquier circunstancia particular lo que ha logrado que admiremos un crepúsculo en el Gran Cañon. Allá, a lo lejos, se escucha la risa irónica del creador auténtico pero nosotros pensaremos que fue un trueno. Sergio Salazar Julio de 2008.