LOS MISTERIOS DE SOR JUANA
(MISTERIOS GOZOSOS)
En perseguirme Mundo ¿Qué interesas?
No alcanzó, Sor Juana Inés de la Cruz, a cumplir cuarenta y siete años -algunos dicen que ni cuarenta y cinco-, y el diecisiete de abril próximo habrán transcurrido trescientos desde su muerte. Durante este período de tres siglos, los estudios, investigaciones, descubrimientos y teorías sobre su vida, por tantos conceptos breve, no tienen número ni consenso. De tal modo, aún hoy, es válido referir a Dorothy Schon, como lo hace Octavio Paz, para señalar que "su biografía está todavía por escribirse".
Primer Misterio
el no ser de padre honrado
fuera defecto a mi ver,
si como recibí el ser
de él, se lo hubiera yo dado.
La discusión se inicia en su cuna.
El padre Diego Calleja, su primer biógrafo, que no la conoció personalmente pero sí a muchos personajes de la época, afirmó que ella celebraba su onomástico los días
doce de noviembre y decía haber nacido en 1651.
Alberto A. Salcedo y Guillermo Ramírez España, hallaron en el archivo Parroquial
Parroquial de Chimalhuacán un acta bautismal fechada el 2 de diciembre de 1648, en en la que se asienta el bautizo de "Inés, hija de la Iglesia". Los padrinos de esa niña fueron Miguel y Beatriz Ramírez, nombres que llevaron unos tíos de la poeta. Con esta base unos aseguran ahora que Sor Juana nació realmente el 2 de diciembre de 1648, otros que el 12 de noviembre del mismo año. Todas son especulaciones.
Vino al mundo nuestra Décima Musa en una fracción posterior de la hacienda San Miguel en Nepantla, arrendada por su abuelo Dn. Pedro Ramírez de Santillana. Dicha fracción llamada "la celda", ha despertado la imaginación de quienes ven un halo de santidad en la existencia de Sor Juana y un presagio en su lugar de nacimiento para su destino monacal. Lo cierto es que se trataba de una habitación miserable, utilizada, aparentemente, sólo para alumbramientos.
La opinión más generalizada es que fue hija natural de Isabel Ramírez y Pedro Manuel de Asbaje y Vargas Machuca.
Por la falaz anotación en los registros del ingreso conventual de Juana Inés, el acucioso pero no siempre preciso Ermilo Abreu Gómez, pretende un matrimonio entre los padres de aquélla y hasta su proximidad a la figura paterna. "La lengua vasca se oía en el hogar de Juana Inés", afirmó el ameritado autor de Canek, de quien vale decir que inauguró los estudios modernos sobre Sor Juana en México.
Sin embargo, en el acta de bautizo ya citada -que el mismo Abreu Gómez asegura referida a Sor Juana- se emplea el término "hija de la iglesia", eufemismo con que se significaba la bastardía. Además, parece comprobado que los hermanos de la poeta tuvieron cuando menos dos padres; las dos primeras, de Asbaje y los demás de un tal Diego Ruiz Lozano, cuyo hijo mayor con Isabel Ramírez, la madre, sería, a lo más, ocho años menor que Juana Inés.
Poco se sabe a ciencia cierta de Pedro de Asbaje. Se deduce el origen vasco porque su famosa hija afirmó ser "rama de Vizcaya", pero la ya mencionada Dorothy Schon llevó la curiosidad hasta la región vascongada y no pudo hallar el apellido Asbaje, el cual tampoco parece euzkeda.
Es muy probable que Sor Juana ni siquiera haya conocido a su padre. Los múltiples indicios que ubican su infancia en la hacienda Panoayán, en Amecameca, al lado de su abuelo materno, no permiten pensar en un ayuntamiento ilegal, bajo el techo del señor Ramírez.
Alrededor de Juana niña se tejen historias que asemejan fantasías, pero que con su obra posterior parecen ensamblar convenientemente.
Así, se dice que aprendió a leer y a escribir, a fuer de escaparse de la madre que mandaba a la hermana mayor a un poblado cercano -Amigas-, a instruirse. La educación prevista para Josefa María -la hermana- fue recibida por nuestra heroína merced a esta audaz acción que, si fue cierta, debió efectuar entre los cuatro y los siete años de edad.
En su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, la misma poeta menciona que para aprender gramática se cortaba el pelo, estableciéndose un plazo para aprender la lección o volvérselo a cortar ya que le parecía incorrecto "que estuviera vestida de cabellos cabeza que estaba desnuda de noticias." Con el mismo rigor y debido a que le asustaba la idea de ser tonta, se abstuvo desde pequeña de comer queso, ya que le habían dicho que el queso hacía rudas a las criaturas que lo gustaban y sobradamente cuando éstas eran mujeres.
A la muerte de su abuelo Ramírez, acaecida cuando ella tenía siete años de edad, debía haber dominado no sólo la lectura sino el aprovechamiento de los textos.
Parece ser que el primer libro que leyó, de la biblioteca de Don Pedro, fue Poetas Latinos, antología de Octavio de Mirandola, con fragmentos de Virgilio, Ovidio, Horacio, Séneca, etc., el cual afortunadamente aún se conserva. En la primera página del volumen, con letra que algunos quieren ver infantil, aparece la inscripción "JHS de Juana Inés de la Cruz, la peor". Sin fecha, la autodegradante mención no puede relacionarse con nada concreto, a despecho de las variadas interpretaciones que genera. Cabe señalar, nada más, que Juana Inés fue su nombre religioso, ya que no fue Juana de pila, lo que hace dudar que la inscripción, si la hizo la poeta, fuera escrita en su niñez.
Antes de dejar su tierra natal, con el sustento de lo que presumiblemente aprendió en la biblioteca del abuelo y contando siete o cuando mucho ocho años de edad, escribió una Loa al Santísimo Sacramentado, que por su calidad o por lo precoz de la autora, le valieron el elogio del vicario de Amecameca, Fray Francisco Muñoz y el obsequio de un libro.
Sor Juana deja el hogar materno en 1651. El motivo ha sido muy discutido sin quedar todavía en claro.
Aunque sólo tenía ocho años, su temprana inteligencia, dice Patricia Cox, servía a su madre -que nunca supo leer y escribir- en la administración de la hacienda Panoayán. Sería entonces menos una carga que un soporte.
Pudo ser que el nuevo amasiato de Isabel Ramírez con Ruiz Lozano fuera causa de la separación. Al morir don Pedro Ramírez cesaba el impedimento para que su hija conviviera con aquél, pero debió haber resultado incómodo tanto para la madre, como para las hijas Asbaje, la presencia de un extraño.
Ermilo Abreu dice que fue la propia niña quien rogó a su madre que la enviara con los parientes ricos, cosa que ciertamente resulta muy difícil de creer, a menos que aceptemos un hostigamiento para la menor, de lo cual, por otro lado, no hay indicios, más que algunas afirmaciones novelescas, como la de Margarita López Portillo.
Otro supuesto es que la madre haya vislumbrado, aún en su ignorancia, las dotes excepcionales de Juana Inés y decidiera encomendarla a una hermana suya, María Ramírez, casada con el acaudalado caballero Juan de Mata, matrimonio cercano a la corte virreinal de la Nueva España, donde la adelantada infante habría de deslumbrar a los principales de su tiempo.
Debemos recordar que a esas alturas Isabel Ramírez ya tenía cuando menos cuatro hijos; que si bien alguna ayuda debía recibir de su amante, el peso mayor del sostenimiento de la casa recaía sobre sus hombros y que la hija más bonita y educada, según se dice, lo era Juana Inés. No parece arriesgado colegir que razones puramente materiales llevaron a la futura monja hasta la casa de Don Juan de Mata, quien habría aceptado asistir a su cuñada manteniendo a una de las hijas, la más atractiva.
Segundo Misterio
No a la juventud tan presta
condenes por indiscreta,
que aunque en juveniles años
(según Séneca enseña),
no puede caber cordura
por la falta de experiencia
La etapa más oscura de la ya de por si poca iluminada existencia de Sor Juana, se comprende en los diez años transcurridos entre el arribo a la casa de sus dichos tíos y la toma de los hábitos de monja.
En la biografía del padre Calleja se cita que a su llegada a la capital todos "se admiraban no tanto del ingenio cuanto de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía que apenas había tenido tiempo para aprender a hablar." Esto nos indica que a la lectura de "Poetas Latinos" habría añadido el conocimiento de los demás volúmenes de la biblioteca del abuelo y, seguramente, en su estancia en la rica residencia de los Mata, su afán literario debe haber encontrado un más amplio material, todo lo cual le permitió alcanzar la magnífica técnica que lograría en su obra, incluso en la fase temprana.
El mismo Calleja menciona que aprendió latín, en veinte lecciones, enseñada por el Bachiller Martín de Olivas, a quien le dedicó un acróstico.
Patricia Cox señala que fue su desarrollo intelectual la principal ocupación de Juana Inés en esta etapa. Cita que siguió con delicia la crónica de "Grandeza Mexicana" de Bernardo de Balbuena, que obtuvo prestado, con reservas, de una orden religiosa. Esto confirma la versión de Abreu Gómez, respecto de que "los libros de calidad -literaria o filosófica- se refugiaban en los centros autorizados por la iglesia. Las autoridades religiosas impedían la circulación de los escritos en castellano por el peligro que ofrecían para la propagación de las ideas heréticas o no ortodoxas".
Sor Juana, con el dominio del latín y la preeminencia de sus parientes que debió darle acceso a los centros religiosos de cultura, tuvo a la mano las obras más selectas, católicas o profanas, como lo demuestran en sus poemas las referencias a los clásicos, así como sus menciones mitológicas. Es posible que aprendiera también el portugués, ya que en la carta Atenagórica critica el sermón del Mandato del lusitano Antonio Vieyra.
En esa época de su vida -o de su leyenda, que se confunden-, se dice que asistió secretamente, vestida de hombre y con el sacrificio de su cabellera, a una audiencia en la Real y Pontificia Universidad de la Nueva España. Con todo, aún si esta visita que Abreu Gómez pone en duda, se hubiera dado, es improbable que dejara satisfecha la que parece haber sido su mayor ambición, cursar estudios universitarios, cosa vedada para todas las mujeres de su siglo y para ella.
Paz y Ermilo Abreu, quizás el primero influenciado por el segundo, coinciden en que el tiempo que vivió la poeta en casa de sus tíos fue para ella de melancolía y soledad. A riesgo de irreverente debo decir que no me parece que esa afirmación tenga sustento, como no se le podría reconocer objetivamente a ninguna reflexión sobre sentimientos íntimos de un personaje tan distante en el tiempo. Más bien la teoría de la soledad pretende justificar el ingreso de Juana Inés a la corte de los Virreyes de la Nueva España, Marqueses de Mancera, con el título de "muy querida de la señora Virreina", cuando tenía apenas dieciséis años de edad.
Es seguro que para entonces la muy probada capacidad poética de la adolescente fuera motivo bastante para ser admitida en Palacio. De la vida cortesana sabemos que ahí se encontraba un mundo distinto al plebeyo, en que se allegaban todos los placeres que regalaran a los muy variados gustos de la nobleza. Concurrían, como en un circo, especímenes diversos que iban de lo refinado a lo exótico, de lo genial a lo pintoresco. No puede imaginarse mejor lugar entonces para dar cabida a una casi niña que dominaba, mejor que sus mayores, los secretos de la más depurada poética y que, con el modelo del rococó culterano y el ambiguo conceptismo, ensayaba formas y tropos innovadores.
De este modo se explica y se concede veracidad a la famosa comparecencia de Sor Juana ante los sabios de su tiempo, que sus admiradores teológicos utilizan también como inferencia a su santidad, comparándola con el episodio del niño Jesús ante los doctos del Templo. Así refiere el hecho Calleja: "El señor Marqués de Mancera, que hoy vive y viva muchos años, me ha contado dos veces que estando con no vulgar admiración de ver en Juana Inés tanta variedad de noticias, quiso desengañarse y saber si esa sabiduría tan admirable era infusa o adquirida o artificio o no natural y juntó un día en su palacio cuantos hombres profesaban letras en la Universidad y ciudad de México. El número de todos llegaría a cuarenta y en las profesiones eran varios, como teólogos, escriturarios, filósofos, matemáticos, historiadores, poetas, humanistas y no pocos de los que por alusivo gracejo llamamos "tertulios", que sin haber cursado por destino de facultades, con su mucho ingenio y alguna aplicación, suelen hacer, no en vano, muy buen juicio de todo. Concurrieron pues, el día señalado a certamen de tan curiosa invitación; y atestigua el señor Marqués, que no cabe en humano juicio creer lo que vio, pues dice que, a la manera de un galeón real -traslado las palabras de Su Excelencia- se defendería de pocas chalupas que le embistieran, así se desembarazaba Juana Inés de las preguntas, argumentos y réplicas que tantos, cada uno en su clase, la propusieron. ¿Qué estudio, qué entendimiento, qué discurso y qué memoria sería menester para ello?".
Por otra parte y como, curiosa aunque justamente, critica Paz, uno de los rasgos menos simpáticos de Sor Juana era "su gusto por las zalamerías y su afición a nada discretas adulaciones de los poderosos". Dedica carretadas de poemas con las más exageradas lindezas a Leonor Carreto, marquesa de Mancera, la virreina que, no por menos, si es verdad lo dicho por Calleja, "no podía vivir sin su Juana Inés".
Tercer Misterio
Dísteme aplausos para más baldones
subir me hiciste para penas tales;
porque viéndome rica de tus dones
nadie tuviera lástima a mis males.
Pero, si fue tan esplendorosa la posición social de Sor Juana en la corte, si era hermosa y lisonjera, de influencia en palacio e inteligencia clara, a qué atribuir su ingreso voluntario a una orden religiosa.
Hasta entonces, y fuera de su infantil Loa al Santísimo, no había tenido inclinaciones precisamente pías, por más que tal aseguren sus devotos espirituales. Estos afirman que un regalo de la marquesa de Mancera; "El Castillo Interior" de Santa Teresa de Jesús, le reveló su vocación religiosa y, con ella, el deseo de retirarse a una vida conventual donde gozara el recogimiento propio de un alma en busca de la paz y el sosiego, como la mejor fuente para sus anhelos intelectuales. Como la pastora Marcela, de su admirado Cervantes, habría pensado: "Yo nací libre y para poder vivir libre, escogí la soledad de los campos."
Esta bucólica versión, que fue la difundida por sus primeros biógrafos -católicos-, no resulta exacta.
El propio Calleja, cita Abreu Gómez, "llega a la conclusión de que Juana Inés no fue extática ni vivió con exaltaciones religiosas." Su obra no nos revela un alma sumisa, sino analítica y sagaz. Ella sabía que su condición social, por más que gozara de los favores virreinales, era dudosa. En 1664, la hermana mayor, Josefa María, había casado con un oscuro personaje que a poco la abandonó, dejándole un hijo y el desamparo. Para empeorar su situación y el descrédito familiar, Josefa inició relaciones públicas con Francisco de Villena, escribano público del Arzobispado de México y de la Real Audiencia, hombre demasiado famoso para que el hecho pasara inadvertido. La más joven dama de la virreina, debió haber acusado un profundo malestar al saberse objeto de maledicencias por su propio origen incierto al que se añadía el escándalo filial.
Su confesor, Antonio Núñez de Miranda, fue una figura principal en la decisión de Juana Inés para tomar los hábitos. El padre Aureliano Tapia Méndez, descubrió recientemente en la Biblioteca del Seminario Arquidocesiano de Monterrey la copia de una carta dirigida aparentemente por Sor Juana a Núñez de Miranda, donde queda claro que éste convenció a su brillante pupila de que el mejor futuro para la realización de sus posibilidades literaria lo obtendría en el centro de actividades de reflexión y acopio de conocimiento que constituían los claustros. Muchos indicios ya existían de que presionó a la poeta para profesar, o cuando menos la alentó vigorosamente en ese sentido. Juan de Oviedo, citado por Paz, refirió que en la fiesta posterior a la iniciación, pagada por Núñez de Miranda, se convidó "a lo más granado de los cabildos eclesiásticos y secular, sagradas religiones y nobleza de México y él mismo, la víspera de la profesión, se puso a componer de su mano las luminarias." Este siniestro personaje revelaría sus verdaderas intenciones al exigir a Sor Juana, ya monja, la renuncia a sus estudios y trabajos, lo que llevó a la poeta a romper con él y prescindir de su confesionario en 1680. Desgraciadamente volverá a aparecer en esta historia.
Paz refiere también que en la época de Sor Juana, la religión era un oficio viable tanto para el ascenso social como para la consolidación económica. Antes de sacar conclusiones sobre los motivos de la poeta para su ordenamiento, vale transcribir el muy citado párrafo de su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, donde dice: "Entréme religiosa porque, aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertenencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros."
Es claro que "el estado" religioso no le fue anticipadamente grato, lo que hace tambalear las versiones de su santidad. Debemos creerle su declarada negación total al matrimonio, como la causa eje de su decisión, aunada a la innegable búsqueda del conocimiento que su admirable erudición confirma.
La teoría más aceptable sobre su ineptitud marital, proviene del hecho de que un matrimonio ventajoso significaba una dote, imposible para su pobre condición. Sin dejar de mencionar que los gravámenes sociales que sobre ella pesaban y que ya se han señalado, eran muy fuertes. No significarían tal vez un impedimento total, como no lo fueron para sus hermanas que contrajeron nupcias infortunadas, pero la hubieran orillado a una mediocridad que distaba mucho de lo que ella llamó su "genio".
Algunos aventuran que en el ordenamiento religioso pudo buscar la poeta el consuelo a un desengaño amoroso o inclusive acusan a "Juana Inés, la peor" de cargar con el "pecado nefando", por la ambigüedad sexual de sus poemas. Presunciones de la imaginación, que si bien no pueden ser radicalmente negadas tampoco tienen manera de probarse. La grandilocuencia amorosa en la poesía de Sor Juana, dirigida a veces hacia algunas mujeres principales, especialmente las virreinas, pasó la rigurosa censura de la Inquisición y después de esa, debe quedar a salvo de las mentes más puritanas. En cualquier caso, me parece que si hubiera sido dominada por grandes pasiones, su carácter no la habría llevado al convento. Es evidente que la joven Juana Inés no fue pusilánime ni resignada y tal revela que si aceptó el claustro, logró el mejor.
Inicialmente, como la Santa de Avila, eligió la orden de las Carmelitas Descalzas, en cuyo convento de San José tomó el velo el 14 de agosto de 1667. A esta orden, la más humilde, la llevaron su propia pobreza y lo oscuro de su linaje. Las Carmelitas, místicas y rigurosas en el observamiento de los votos, no exigían una gran dote ni condicionaban el ingreso a los requisitos de otros conventos. Como que el suyo no era el que recibía más solicitudes. Sin embargo, su extremismo no fue tolerado por la joven que provenía de Palacio. Apenas transcurridos cuatro meses, bajo el pretexto de un tabardillo pertinaz que no podía cuidarse en las celdas frías y húmedas de San José, Sor Juana abandona la orden de Teresa de Ahumada.
Para reingresar a un claustro, esta vez al exclusivo de la orden de San Jerónimo, concurrieron varias razones. En primer lugar, el patrocinio de Pedro Velázquez de la Cadena, acaudalado y generoso caballero que entregó la enorme suma de tres mil pesos de los de entonces para la dote conventual. Se decía que Núñez de Miranda había conseguido la dote, pero en el documento hallado por Tapia Méndez, la propia Sor Juana lo niega. De otra parte, el Arzobispo de México, Fray Payo Enríquez de Rivera, a ruego de la interesada quien se pintó victoriosa de la muerte, ofreció autorizar la confirmación de Juana Inés. El por qué no había podido confirmar se atribuye a que su padre, vivo pero ausente, era un impedimento. Al morir, se dice, en 1668, allanó el asunto y permitió que Isabel Ramírez compareciera falsamente, como la viuda de Asbaje, el 24 de febrero de 1669, cuando Sor Juana Inés de la Cruz ingresó formalmente y para siempre a la Orden del Convento de Nuestro Padre San Jerónimo de la ciudad de México.
Cuarto Misterio
Nocturna más no funesta,
de noche, mi pluma escribe,
pues para dar alabanzas
horas de laudes elige.
Las órdenes religiosas en la Nueva España del Siglo XVII asemejaban, según Octavio Paz, a las modernas sociedades anónimas, "aunque con una salvedad: las órdenes eran ricas, pero no sus accionistas, los frailes y las monjas".
Sor Juana, en San Jerónimo, fue dueña de su celda, constante de dos pisos, con baño, estancia, cocina y recámara propias. Como bien dice Paz, más que una celda, hablamos de un departamento. El voto de pobreza era infrecuentemente observado entre las monjas de órdenes ricas, como el de las Jerónimas, quienes podían tener bienes, poseer joyas y realizar cualquier actividad económica. Sus vestidos y tocados reflejaban opulencia y competían con el de otros conventos de similar alcurnia. Sor Juana no fue excepción, sus retratos nos la pintan ricamente ataviada, con costosas alhajas y rodeada de una biblioteca vasta, símbolo no menor de riqueza. Se dice que fue archivera y contadora del convento y que de sus obras de encargo y regalos que recibía llegó a acumular un capital que colocaba a réditos entre particulares.
Y si la pobreza era un voto mal respetado, otro tanto lo era el de clausura. Ermilo Abreu asegura que nuestra Décima Musa vivió desde su celda, casi, una nueva vida cortesana. Sin salir de su encierro, recibía irrestrictamente a gran número de tertulios y se carteaba con medio mundo. Merced a sus variados talentos, participó en los coros y representaciones teatrales del convento, compuso canciones y loas e inclusive realizó un tratado de música -que no se conserva- al que llamó El Caracol, significando que la armonía no es un círculo sino una espiral. También se dice que cultivo la pintura y que hizo un retrato de la Marquesa de la Laguna y otro de si misma. Con tantas ocupaciones, debía escribir de noche, dice Abreu Gómez, justificando el epígrafe.
De su vida monástica sabemos lo que fragmentariamente se ha recogido por los testimonios de quienes la trataron.
Patricia Cox relata la ocasión en que la priora del convento reconvino a Sor Juana cuando ésta le pidió permiso para estudiar. "Los estudios, hermana, -habría dicho la priora- son cosas que rechaza la Inquisición, porque en ellas no hay nada bueno." Sor Juana, indignada, azoró a sus compañeras al estallar en cólera y gritarle a su superiora: "Tonta...más que tonta". La priora llevó el asunto al arzobispo Fray Payo quien, según la Cox, escuchó divertido y sentenció: "Pruebe su reverencia lo contrario y se le hará justicia". La única consecuencia para Sor Juana fue servir por tres meses de ayudante en la cocina, castigo leve si se considera que las monjas comían en sus refectorios y no en el comedor común.
Cierta o no la anécdota -citada también por Paz- revela el relajamiento de costumbres en el convento, como lo comprueba también la descripción de las visitas en el locutorio hecha por Juan Ignacio de Castorena y Ursúa, rector de la Universidad de México, Obispo de Yucatán y gran amigo y editor de Sor Juana: "más felices (que sus lectores) fuimos los que merecimos ser sus oyentes: ya silogizando consecuencias, argüía escolásticamente en las más difíciles disputas; ya sobre diversos sermones, adelantando con mayor delicadeza los discursos; ya componiendo versos de repente en distintos idiomas y metros, nos admiraba a todos y se granjeaba la aclamación del más rígido tertulio de los cortesanos."
Sor Juana siguió siendo muy querida de la señora virreina de Mancera, que la visitaba con frecuencia, hasta que fue nombrado un nuevo virrey de la Nueva España, en 1673. Dn. Pedro Nuño Colón de Portugal, Duque de Veragua, de quien se dice compró el cargo por cincuenta mil ducados. Mala inversión. El flamante virrey murió a los pocos días de su arribo a la ciudad de México. Nuestra monja jerónima no perdió la ocasión para rendirle alabanza en tres barrocos sonetos elegíacos. Otra muerte sorpresiva y circunstancial fue la de Leonor de Carreto, la exvirreina, quien falleció el 21 de abril de 1674 en Tepeaca, entre Puebla y Veracruz, con la paradoja de que Da. Leonor solía mandar al caño a quienes la exasperaban con la frase "vaya al rollo de Tepeaca". Esta muerte sí debió haber sido sumamente penosa para Sor Juana y le motivó tres magníficos sonetos "lágrimas negras de mi pluma triste."
Para el virreinato vacante fue nombrado Fray Payo, el Arzobispo, que de este modo unió en su persona, como escribe Paz, las dos potestades, el bastón y el cayado. Ya hemos hablado de la benevolencia y el afecto conque el Arzobispo Virrey trataba a Sor Juana, por lo que su años de Imperio le fueron favorables. En 1674, finalmente, le es concedida la anhelada confirmación.
Fray Payo gobernó hasta 1680, año en que se retiró de sus dos cargos. El Arzobispado quedaría en manos de Francisco de Aguilar y Seijas, Obispo de Morelia, triste factor en el final de esta historia. Para cubrir el cargo de virrey, llegó a México Dn. Tomás Antonio de la Cerda, Marqués de la Laguna, descendiente de Alfonso el Sabio y de San Luis de Francia. La virreina, su esposa, era María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, condesa de Paredes de Nava, de espléndido linaje también, en el que se encontraban Jorge Manrique y el Marqués de Santillana.
Era costumbre levantar Arcos Triunfales al arribo de los nuevos virreyes y, para la recepción de los marqueses de la Laguna, se proyectaron la realización de dos Arcos en la ciudad de México y se encomendó el honor a las dos figuras principales de su tiempo en la Nueva España. Carlos de Sigüenza y Góngora ejecutó el de Santo Domingo y Sor Juana el de Catedral. Los Arcos, eran estructuras físicas de artificio, decorados para la ocasión, donde se daba lectura a composiciones laudatorias de bienvenida. Con su pluma obsequiosa la monja deslumbra a los nuevos virreyes. Escribe su Neptuno Alegórico, ejemplo de la humana arquitectura, si se nos admite la paráfrasis, donde compara a los soberanos con dioses mitológicos. De tan halagador recibimiento, los virreyes quedaron prendados de la jerónima y la hicieron su favorita, más aún, si cabe de lo que lo fue para sus antecesores. En particular para la Marquesa, a quien Sor Juana dio en llamar Lysi, en ardientes poemas amorosos. Se dice que Da. Luisa fue mujer de extraordinaria belleza y espíritu sensible y de la misma edad que la poeta, por lo que se entendieron de maravilla. Gracias a la virrreina la obra de Sor Juana magnificó su dimensión y se hizo más fecunda. Bajo su protección escribió Primero Sueño y El Divino Narciso, acaso sus piezas cumbres. En un agasajo de los marqueses de la Laguna se estrenó Los Empeños de una casa, su comedia calderoniana. De sus 216 poemas que se conservan, 52 están dedicados a los marqueses de la Laguna. Tan estrecha fue la relación con Da. Luisa, tan encendidos y amorosos los poemas a ella dedicados, que despiertan recurrentes comentarios sobre la sexualidad de la poeta. Octavio Paz dedica un análisis aparte para la exégesis de la retórica de Sor Juana en dichos poemas. Erudito trabajo que concluye con la tesis de una profunda amistad amorosa y platónica. Como opinamos antes, es prácticamente imposible a la distancia del tiempo y las condiciones de la época hacer una afirmación sobre la intimidad de nuestro personaje. Cabe decir nada más que si se dieron a la luz los poemas, tuvieron que ser lícitos. El Santo Oficio no hubiera permitido ni a una virreina la exhibición de amores prohibidos.
Después de seis años de su gobierno, los virreyes de la Laguna entregaron el poder en 1686 y abandonaron estas tierras dos años más tarde. La amargura de la partida de su amiga, debió compensarla Sor Juana por la fidelidad de aquélla, que en 1689, publica en Madrid la primera edición de su obra, Inundación Castálida, reeditado en 1691, que alcanzaría, según Abreu Gómez, 9 ediciones más, un éxito incomparable.
La dedicatoria a la Marquesa está en el primer soneto del volumen que concluye: "Así, Lysi, divina, estos borrones\ que hijos del alma son, partos de pecho,\ será razón que a ti te destituya\ Y no lo impidan tus imperfecciones, pues vienen ser tuyos de derecho\ los conceptos de un alma que es tan tuya."
Del nuevo Virrey, Melchor de Portocarrero y Lasso, no hay noticias de que tuviera contacto con Sor Juana. Ocupo el poder dos años, mismos en los cuales los de la Laguna, estaban todavía en México. A Portocarrero le sucedió Gaspar de Sandoval Cerda Silva y Mendoza, conde de Galve, casado con Elvira María de Toledo. Con ellos en el trono transcurrirían los últimos años de Sor Juana, a quien le darían el trato especial de costumbre y la protección de sus antecesores, hasta 1692, en que ocurrirían los hechos a que nos referiremos más adelante. Después de dos décadas en el convento, la poeta había conseguido un caudal significativo, proveniente, como dijimos antes, de sus obras de encargo y de los regalos de sus admiradores. Su situación parecía magnífica, por sus triunfos y reconocimientos. Paz hace un espléndido resumen de esos veinte años:
"Gozó sin interrupción de la protección de todos los virreyes. Fue confidente y amiga de dos virreinas: Leonor Carreto y María Luisa Manrique de Lara. Proveía al palacio con loas, comedias y poemas para los festejos y ceremonias y a las catedrales de México y Puebla con villancicos para las solemnidades litúrgicas por ambas actividades recibía no sólo beneficios económicos sino algo más y más precioso: influencia y prestigio. Sus poemas circulaban de mano en mano y nadie se escandalizaba por el tono acentuadamente erótico de mucho de ellos. Sus comedias se representaban en la ciudad y en Madrid se había aplaudido la aparición del primer tomo de sus obras... era tan famosa en España y América del Sur como en México... En sus escritos tocaba con libertad todo género de asuntos en toda clase de estilos... representó el ideal de su época: un monstruo, un caso único, un ejemplar singular. Por si sola era una especie: monja, poetisa, música, pintora, teóloga andante, metáfora encarnada... Pero todo esto es la apariencia, la representación. La verdadera Sor Juana está sola, recomida por sus pensamientos."
Quinto Misterio
No pienso ya si hay glorias
porque estoy de pensarlo tan distante
que aún las dulces memorias
de mi pasado bien, tan ignorante
las mira de mi mal el desengaño,
que ignoro si fue bien, y sé que es daño.
A fines de 1690 apareció publicada la Carta Atenagórica de la madre Juana Inés de la Cruz, religiosa de San Jerónimo...Que imprime y dedica a la misma Sor Filotea de la Cruz, su estudiosa aficionada en el Convento de la Santísima Trinidad de la Puebla de los Angeles, capítulo principal de la intriga por la cual la gran poeta perdería sus alas literarias. La infame cadena de esta intriga es a lo que acertadamente Paz califica como Las Trampas de la Fe.
La tal Filotea de la Cruz no fue otro que el influyente Manuel Fernández de Santa Cruz, Obispo de la Arquidiócesis de Puebla, segunda en importancia, después de la de México. Hasta entonces se había contado entre los protectores y amigos de Sor Juana y de ese modo le habría solicitado un comentario sobre el Sermón del Mandato del jesuita portugués Antonio de Vieyra, leído por su autor en la capilla real de Lisboa, en 1650, con motivo de la ceremonia del lavatorio de Jueves Santo.
El tema del Sermón es profundamente retórico, acerca de la calidad del amor de Cristo, de más fineza, según Vieyra, al ausentarse del mundo, después de la resurrección. Pone por ejemplo, que la Magdalena lo vio morir en la cruz sin verter una lágrima, pero no pudo contener el llanto cuando fue a buscarlo en el sepulcro y no lo halló, por lo cual deducía que es más dolorosa su ausencia que su muerte.
Sor Juana, con su estilo laberíntico y de argumentaciones poderosas, refuta la versión y sostiene que la muerte de Cristo es más dolorosa que su ausencia, porque por la Eucaristía se representa su presencia viva en las especies del pan y el vino, y cada presencia suya le cuesta la muerte, la que no escatima al sufrir una y mil muertes.
Es posible que Sor Juana supusiera que su comentario no tendría ningún efecto. Lo concluye con la frase: "Finalmente, este papel es tan privado que sólo lo escribo porque V. md. me lo manda y sólo para que V. md. lo vea." Debió verse sorprendida cuando supo de su aparición pública, precedida de una carta de Sor Filotea, la solicitante, en que después de alabarla como "honra de su sexo", por los versos en que ha sido "tan celebrada como Santa Teresa" y aprobar su comentario sobre el Sermón, manifestando su asombro porque una mujer venciera a un teólogo, deplora de su poesía "la elección de sus asuntos". La invita no a que "mude el genio, renunciando a los libros, sino que lo mejore leyendo alguna vez el de Jesucristo", lo que implica una acusación terrible para una monja.
Dice aún más Sor Filotea: "Lástima es que tan grande entendimiento de tal manera se abata a las raseras noticias de la tierra que no desee penetrar lo que pasa en el cielo, y ya que se humilla al suelo, que no baje más abajo considerando lo que pasa en el Infierno".
Sor Juana fue la perdedora en la pugna entre el obispo de Puebla y el Arzobispo de México, pugna derivada de que al retiro de Fray Payo como Arzobispo, Fernández de Santa Cruz se sentía sucesor natural del Arzobispado, que finalmente se otorgó a Aguilar y Seijas. Este, de la orden jesuita como Vieyra, introdujo y fue el propulsor de la obra del portugués en la Nueva España. Es natural que le haya resultado muy molesto el comentario de la monja, cuya cercanía con Fernández de Santa Cruz le era conocida. Además fue un secreto a voces que el obispo poblano fue el solicitante de la crítica, el destinatario embozado de la carta y quien le dio su aprobación, la publicó y prologó. Las consecuencias, sin embargo, sólo fueron para Sor Juana.
Con la aparición de la carta se desató un ataque ensañado contra la poeta, que dividió entre atacante y defensores el ambiente clerical de la época y que se extendió hasta la metrópoli y Portugal. Entre los defensores estuvieron el obispo de Yucatán, Castorena y Ursúa, al cual Sor Juana le dedicó una graciosa décima de agradecimiento: "pues debéis a mi defensa, lucir vuestro entendimiento".
Sor Juana se vio cercada entre los que la condenaban por el comentario y el ataque vertido en la propia Carta por Sor Filotea, que la acusa de una inclinación deshonesta a lo profano. Paz sospecha que la monja sabía que la crítica al Sermón iba a ser censurado, pero se sentía protegida por el destinatario, Fernández de Santa Cruz. Si lo sabía o no, constituyó una traición que éste utilizara ocasión tan inoportuna para atacar la naturaleza de sus escritos. Ello se ha justificado como un intento del obispo de atenuar su aprobación a la Carta, sabedor de que de ese modo señalaría a la autora para la condena. Soltó la piedra que atacaba a Aguilar y Seijas y escondió la mano tras la reconvención a la autora. Otro motivo de su actitud traidora debió ser que realmente no eran de sus gustos los poemas profanos de Sor Juana.
Esta optó por repeler el ataque más próximo, el de su propio aliado. Debió sentirse resguardada para ello. El Virrey, conde de Galve y su esposa, le eran afines. Contaba con muchos amigos en la metrópoli, pero sobre todo con el Marqués de la Laguna, muy próximo a la Corte Real de Madrid. Todavía en 1692, a instancias de su fiel Lysi, se reeditarían sus obras, con la inclusión de la Carta Atenagórica, y un selecto grupo de teólogos e intelectuales, a instancias de la Marquesa, darían su beneplácito a la teoría de Sor Juana.
Así pues se aventuró a efectuar la célebre Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, fechada el 1 de marzo de 1691. En esta réplica Sor Juana reflexiona acerca de su vocación y sobre la pasión primordial de su vida, el conocimiento universal. A la larga, es también una defensa de las letras profanas. Documento magnífico que requiere un estudio mayor que el de este espacio, la Respuesta es a la vez un reclamo doloroso desde la posición femenina, disminuida además por su condición de monja, hacia el privilegio del saber. No reniega de la condición religiosa pero deja claro que fue un recurso para su circunstancia. Dentro del texto, incluye una frase difícil de interpretar. Dice no recordar haber escrito por su gusto, sino por ruegos y preceptos ajenos, "con la excepción de un papelillo que llaman El Sueño (Primero Sueño)". Si dijo la verdad, estaría negando la sinceridad de sus apasionados versos. Paz sugiere no creerle literalmente y que su intención fue poner aparte el poema que constituye una autobiografía espiritual. Por otro lado, consiente en dedicarse al estudio de los Libros Sagrados y recibe la amonestación de Sor Filotea "vestida en traje de consejo" ofreciendo que tendrá para ella "substancia de precepto". Revela su temor a tener ruidos con el Santo Oficio, pero no se halla culpable ni se arrepiente. A pesar del tono humilde conque matiza todo el escrito, no hay en su trasfondo otro deseo que el de justificación, nunca el de abatimiento.
La Respuesta no se publica hasta después de la muerte de Sor Juana, en el volumen Fama y obras póstumas que Castorena y Ursúa edita en 1700, aunque el manuscrito si circuló entre el medio.
Fernández de Santa Cruz se abstuvo de responderle, pero retiró su amistad a la monja, vale decir su apoyo que pronto le iba a ser una gran pérdida. Era sabida la misoginia del Arzobispo Aguilar y Seijas, que se preciaba de no haber recibido a mujer alguna en el Arzobispado. A la jerónima, desde su posición de favorita de la corte tuvo que consecuentarla , pero las circunstancias se dieron para ejercer sobre ella su intolerancia.
Una inundación, en 1692, provocó la pérdida de las cosechas y la rebelión de los indios ante la especulación de granos que pretendieron los criollos. Aguilar y Seijas aprovechó el caso para hacerse popular, anatemizando contra los especuladores cuando el Virrey, duque de Galve, se había echado a la plebe encima por su indecisión. El Arzobispo quedó prácticamente sin contrapeso en la corte virreinal. Un hecho luctuoso vino a empeorar la situación de Sor Juana, la repentina muerte en ese mismo año del Marqués de la Laguna. El respaldo de la metrópoli le quedó vedado.
Estaba acorralada. En ese momento su antiguo confesor, Núñez de Miranda, aparece de nuevo y ella tiene que aceptar su ayuda por el miedo nunca secreto que tuvo de ser llevada a la Inquisición. Hace una confesión general a Núñez de Miranda y éste logra su abjuramiento. Según Calleja, a poco, Sor Juana presentó al Tribunal Divino "una petición que, en forma casuisdica, impetra perdón de sus culpas". Acepta su falta de religiosidad por haberse dedicado a quehaceres paganos, pide volver a tomar los hábitos, ofrece enmendarse en un año y solicita que se tenga por inexistente su vida anterior en aras de una nueva vida de auténtica religión.
Calleja y Oviedo aseguraron que comenzó a flagelarse, a ejemplo de su confesor. Entregó todos sus libros e instrumentos mundanos y de ciencia a Aguilar y Seijas y sólo conservó, según Calleja, "tres librillos de devoción y muchos cilicios y disciplinas".
El 5 de marzo de 1694 firma una Protesta a Dios, "rubricada con su sangre, para abandonar los estudios humanos y proseguir, desembarazada de ese afecto, en el camino de la perfección." Tal vez es la fecha de su muerte. Su desaparición física tendría lugar el 17 de abril de 1695, a las cuatro de la mañana, víctima de una epidemia de gran mortandad, el padecimiento es el enigma final de su vida.
Sus últimas letras son las de la anotación en el libro de profesiones del convento:
"Aquí arriba se ha de anotar el día de mi muerte, mes y año. Suplico, por amor de Dios y de su purísima madre, a mis amadas hermanas las religiosas que son y en lo adelante fuesen, me encomienden a Dios, que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por el amor de Dios y de su madre. Yo, la peor del mundo: Juana Inés de la Cruz."
LETANIA (ora pro nobis)
Piramidel, funesta de la tierra,
nacida sombra, al cielo encomienda
de vanos obeliscos punta altiva,
escalar pretendiendo las estrellas.
Neurótica, perfeccionista, convenenciera, narcisista, lesbiana, iluminada, santa, cobarde, perjura, gran poeta. Me gusta imaginarme a Sor Juana como nos la muestra el retrato anónimo que hoy se halla en el Museo de Filadelfia y algunos atribuyen a su propia mano. En ese retrato no tiene el gesto adusto de los firmados por Miranda y Cabrera. En ese cuadro sonríe. No resisto la comparación con la Gioconda. Además de otras similitudes está la sonrisa. Sor Juana ríe, reirá por siempre jamás. Contra las intolerancias de su época que la recluyeron en cuerpo y alma e intentaron reducirla. Contra el tiempo y el olvido que tampoco la vencieron porque llega poderosa y fresca a reprocharnos "hombres necios", como si lo hubiera escrito ayer. Ríe Sor Juana, superior en genio a todos los pequeños seres que la rodearon y que sólo conservamos en el recuerdo por el honor de haber vivido a su lado. Alma mayor, Ruega señora por nosotros en esta hora que es la hora de saber que nuestras penas o desdichas pueden compararse a las que tu venciste con voluntad y talento. Tu misterio mayor, el que dibujaste con la vida, es nuestro ejemplo. Aquí estamos ante ti, jerónima decadente, anhelantes de tu gloria, extasiados de tu valor, revivificados por tu poder, por los siglos de los siglos.