miércoles, 9 de julio de 2008

SÓSIMO

SOSIMO


-No te duermas Leodegario, deja que te explique bien porque yo creo que toda la culpa se la tuvo la pistola.

-Ya es muy tarde Sósimo y tienes la lengua más enredada que una hipomea. Total, la noche no se va a llevar tu historia.

-No seas cabrón, espérate, después no voy a poder dormirme con este chismesote dentro del cuerpo. Cierra los ojos y óyeme, te lo voy a contar como debe ser.

“Las tardes del rancho son tan húmedas que el calor pega los demonios al cuerpo. Los hombres y las mujeres escapan por los hilos del agua que llenan la cañada para regalarse la libertad del trópico. Y son animales de manada que retrasan el amanecer para disfrutar su numen.”

-Ya lo viste Sósimo que nada más me quieres estar perjudicando. Dices que me vas a dar la hora y me haces la historia del reloj. Qué tiene que ver el calor con lo de la Flor y Mariano, déjame dormir.

“Flor y Mariano se conocieron desde que el mundo les abrió su caja de tesoros. Juntos hallaron el sabor coloreado de las cochinillas de río y la radiación penetrante del verde entre las lluvias de julio. De la mano subieron la ruta de las culebras por el sicoyo y ayudaron a las hormigas en su marcha de safari. Antes de reconocer las mordidas del deseo se burlaron del arte amoroso de todas las especies del monte y comenzaron a separarse temerosos cuando los poros se les erizaron y las erecciones de la piel les rompieron el alma infantil”

-Córtale Sósimo, todo el pueblo sabe que eran novios desde muy chamacos. Si no empiezas con lo del casorio, me entro a dormir.

“En el rancho, un hombre tiene que regalarle la dignidad a la mujer, cuando la escoge para que sea la suya. Mariano llegó una tarde a casa de la novia, subiendo por la cuesta ritual de todas las generaciones de su raza mestiza. Antes había obtenido de don Geovanni, el patrón, la yegua alazana y la pistola con cacha de plata que daban presteza al traje de lino con que fue a pedir a la Flor.”

-¿A poco le regaló la pistola el patrón?

-Ni la yegua, sólo se las emprestó para que se pusiera toro frente a los suegros. Pero el accidente fue por la pistola, nomás espérate que llegue ahí.

“Después de la petición los novios tienen permiso para andar contando que se van a casar y pueden ya salir solos a la furia de las noches sin estrellas que el verano abunda. De lo que ocurre por los rumbos de una noche de verano ya se ha dicho todo, pero en la simiente de estos amantes no existen palabras de amor, como entre los de Verona. La ternura es una exiliada de sus juegos y las herramientas del idilio son apretadas caricias para ahuyentar la soledad de los cuerpos. Así es la poética de la selva, un río que sirve de marco a la luna, mientras los rumores encarcelan a la fauna del paraíso: el olor de la hierba para imaginar un cuento, neblinas que dibujan el ballet de los siglos y adán ignorante fornicando a eva, con los ojos cerrados.”

-Sósimo levantafalsos, dónde vas a saber que ya cogían por ahí.

-El mismo Mariano lo presumía en la piquera cuando estaba bolo.

“Porque las manchas del rocío sobre su encaje de pelo le herían el pecho, le reventaban las ganas como una ventolera de septiembre cuando los árboles cantan la furia del despeñadero. Los cangrejitos de sus ojos en el éxtasis le venían a la memoria y le llevaban a sus labios el orgullo de repetir su risa, como un bando.”

-Como el que dice que tenía la seguridad de ser el dueño de la concha, podía alardear de la perla.

-Pues sí, entonces la Flor y su familia estarían esperando el día de la boda como agua de mayo.

-Y también Mariano, y de paso don Geovanni, porque el préstamo de la yegua y la pistola era hasta para después del casamiento.

-Pero más la Flor.

“Es que mi boda va a ser una danza suspendida en el espacio, el recorrido de los sueños, una clava en todos los corazones del amor, tiene que ser. La lluvia, ya la invitamos, cuando llegue nos va a consumir los vapores de estas anónimas melancolías. Vendrá con el sol a regalarnos el arcoiris y por él será la fuga hasta el tálamo. Mi boda será el surco de mi semilla y mi etopeya toda será.”

-Y entonces se cruzó Lucrecia en el camino de Mariano.

-Viejas envidiosas.

“Yo no soy una flor, porque mi tiempo de pasear entre los montes perseguida por las abejas se llenó de pasado. He visto transcurrir cada tarde somnolienta en el deseo de partir mi angustia. Las hierbas se quejan de mis mordiscos, pero su savia no me contagia de la fecunda atracción de su primavera. Sigo sin mirar mis brazos llenos, incapaz de alargar el hirviente centro de mi hoguera hasta la dura polución que rebose en la espiga rabiosa de un hombre que me atraiga el pistilo y desmembre mi corola.”

-Bueno, Lucrecia ya anda por los veinte años y si se tarda más se le tateman las habas. Y donde sabe que a Mariano lo dominan el chupe y el pito, le revolvió las dos cosas, como que de despedida.

“Sólo era un perfume cuando comenzó la noche. Los ojos de Lucrecia eran señales apagadas y yo caminaba entre sus ascuas, indemne. ¿Cómo rechazar la soledad de una caverna de aromas? Me tendí a superar la aurora de esa piel de laberintos, con la confianza del que abreva en un estanque sin sirenas ni sombras de naufragio. Ella me ahuyentó el coraje y los miedos con sus manos silvestres y recibí la emoción de un regalo no prometido.”

-Pendejito. Y la otra tan zorra lo retuvo casi quince días en su casa, sin dejarlo acordarse ni del resuello.

-¿Y la boda?

-Se la llevó el carajo. Nadie sabía donde estaba el Mariano y los parientes de la Flor ya lo andaban buscando pero pa’ matarlo, porque con eso no se juega. Entonces fueron a ver a mi patrón, Don Geovanni, que era otro damnificado y que me va encomendando que yo lo localizara hasta debajo de las piedras si allí estaba guarecido. “Me lo encuentras, me dijo, y lo haces que se case con la muchacha que pidió y que me devuelva mis cosas o con la misma pistola lo dejas frío”

-¿A poco tu sirves para esas cosas?

-Servir, sirvo en lo que me paguen y más si hay merecimientos como se los ganó el Mariano. Así que me fui a las rancherías del rumbo y no tardé en que me platicaran en donde habían visto a la yegua que por su pinta cualquiera dejaba de verla.

-Luego te dijeron que con Lucrecia.

“Aquí se le atoró el camino a mi Marianito, se le confundieron las entendederas, olvido su nombre y su coraza, se agregó a mi especie sin condición. Pudo mi ardor, sobre sus recuerdos, poner un dique. Cuando regresó del primer sueño, se conectó a un nuevo viaje hacia el infinito en mi nave de pasión.”

-¿Ya se había quedado a vivir con ella?

-Qué va, cuando se le acabó el huaro, que ya te dije que no fueron ni dos semanas, patas pa que las quiero. Y hubieras visto el desconsuelo de la otra.

“Mi mundo se quedo sin medida, lejos de la protección de la ceiba y el caobo, endeble en su ruina. Poco era cuando encontró la luz, que atisbó a hurtadillas. Nada, fragmento de nada se convirtió cuando el abandono le hizo este nido insondable”

-Así de pesadas se ponen las viejas.

-¿Y adónde se paró Mariano?

“Volví a mi Flor y hallé de nuevo su espera intacta. Ni precisé rendirle el tributo del arrepentimiento, ni holló mi dignidad con sus reproches. Regresé con mi fuego para avivar la hoguera que ella mantuvo sabia, conocedora de mi ser, dependiente del suyo.”

-Pero cómo no lo mataron el suegro o los cuñados.

-Porque no se les presentó a lo derecho. No lo iban a matar, sobre todo si regresaba a casarse, pero de una madriza nadie lo salvaba. El muy ladino llegó de noche y se robó a Florecita y ¿qué crees que les dejó de prenda?

-...

-Pues a la yegua menso, a la yegua del patrón. Me la voy hallando, cuando conocí su rumbo, casi en los huesos, sirviendo de juguete a los chamacos de la familia.


-Entonces no hubo boda ni fiesta.


“Pero la tempestad que patrocinó nuestra fuga se vistió de relámpagos y truenos, como en las romerías. El torrente que nos despidió sabía a licor de miel y era sólo nuestro. Nuestra la ilusión rediviva de las caléndulas que nos besaban al partir y se ensanchaban de buenaventuras. Nuestro el palmotear de los bananales que ulularon un ángelus sin parar hasta que el sendero difuminó nuestra huida.”

-Fiesta la que armó don Geovanni cuando fui a contárselo y me miró llegar sin la pistola, la condenada pistola. “A donde se haya ido ese muerto de hambre lo vas a encontrar y me traes la plateada, me dijo con unos ojos de lechuza tras ratón, y te ofrezco el plomazo que tu no le des a ese malnacido si no te la devuelve”.

-Favor con trompeta.

-¿Qué le hacía? Ahí me tienes como chucho olfateando el aire para saber adónde habían jalado. Hasta que me los fui a encontrar en un paraje por el norte, hasta eso cerca.

“Recogíamos los restos del paraíso que en esta tierra están desperdigados. Las tortugas de río que ofrendan su sangre , las guanábanas que ya ni falta te hace comértelas después de mascar su olor, el jabalí que se mata a tus pies para que obtengas su carne condimentada y están la anona y el nanche, la culebra y el peje-lagarto, la pitahaya y la tortolita, todos sirviéndole un banquete al fresco si tu te olvidas del mundo y te acoges a su obsequio.”

-Estaban esperando que se les pasara el coraje a los parientes y luego volvieran a presentarse para el casorio. “Muy bonito, le dije a Mariano cuando se le bajo el soponcio de mirarme, y no fuiste varón para acordarte de devolver lo que te prestaron”

-Lo agarraste en la maroma.

-Pero estaba prevenido. La pistola, la remaldita pistola la tenía bien a la mano y como que la debía, no sé que se figuró, pero me la puso enfrente.

-¿Y no le explicaste que eras mandado del patrón?

-No le iba yo a demostrar miedo. Le dije “dame esa madre o dispárame y ve muy bien que me mates porque si no yo te la voy a quitar y tu vas a ser el muerto.”

-Qué bruto eres, Sósimo, menos mal que te la dio ¿No?

-...

-Sósimo, ¿dónde andas? ¿Por dónde saliste si está todo cerrado?

-...

-No estés jugando, cabrón, que ya es muy noche y cualquier ánima se ofende y te la cobra, dónde te mestiste, Sósimo, ven a contarme en que paró tu historia. No seas así, hijo de la chingada, si ya estás difunto qué me tenías que venir a espantar el sueño, ahora ya no voy a dormir en una semana, qué cabrón, Sósimo, cómo me viniste nomás a dar en todita la madre.

ES TAN CORTO EL AMOR

Es tan corto el amor

Cuando llegué, te ví sentada en esa piedra estúpida a la que atribuíamos sibilaciones y rumores. Esa simple masa calcárea, sin ninguna virtud, que para nosotros fue algún día filosofal o romántica. La amorfa ridícula, que luego era, tantas noches, testigo de mis esperas inútiles y a la que no le conté mis penas, porque yo no soy de contarle cosas a las cosas.

Te estabas riendo, como aquella noche de carnaval, que mira a los cuántos años vengo a referir en una historia, aunque es lógico porque tu y lo tuyo, tienes razón, lo nuestro, es hasta hoy, en todo, inédito. Y cuando digo que era como aquella noche de carnaval de un sábado cinco de marzo de mil novecientos ochenta y cuatro, es porque era una risa larga, tan larga como el olvido.

No me sorprendió, o sí me sorprendió, pero quiero contar que no, que pensaras que a través de los años te iba a seguir esperando. En realidad no debió de sorprenderme. Todos tus recuerdos de mi son tan jóvenes como lo éramos entonces y tu juventud era así, optimista.

Me puse en guardia, eso sí, para protegerme de la compasión, pero tampoco iba a permitir que creyeras que en mi rechazo había un desquite, nada más la intención de dignidad que me faltó siempre, cuando creía en el chantaje y en que para evitar un adiós me servían las renuncias.

Por eso te pedí que en vez de platicar o de entrar a acariciarnos, como tal vez el cuerpo me pedía –quítale el tal vez-, me permitieras hacer esta narración subterránea que si estás atenta y al editor le parece, pronto verás en algún periódico o en cualquier revista, cuando menos en mi blog.
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Porque decir amor es tan difícil como no decirlo y las palabras escritas saben callar lo que la emoción le exprime hasta a una declaración de principios. No sé, creo que nunca fui romántico o no sé como serlo, pero si me duele que una ilusión no pueda mandarse al taller de reparaciones, ahora que le apareció la pieza.

Vas a decirme, como siempre, que cambie y te diré que he cambiado. Para demostrártelo, adiós, te doy este adiós así nada más, sin corregir las rimas internas –esperas, penas, amor, ilusión, emoción, etc.- y sin volver a tocar lo de la piedra que, en mi estilo normal, iría en esta parte.

martes, 8 de julio de 2008

JUAN RULFO, UN ESPIRITU DE LA NOCHE


“Por lo sombrío que soy, creo que nací a la medianoche”, aventuraba Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, nacido el 16 de mayo de 1917 en Apulco, poblado del Distrito de Sayula, en el sur de Jalisco. Descendiente de un aventurero caribe que luchó contra los franceses y, según él mismo, de algún delincuente, porque el apellido Vizcaíno no existe en España y los que venían de Vizcaya ocultaban su origen por bandidos, Rulfo tuvo en Sayula “donde la lluvia es una proeza”, apenas su lugar de origen. Sus recuerdos de infancia se remontaban a un pueblo llamado San Gabriel, de los más importantes en el Jalisco sureño de aquella época, junto con Zapotlán, por donde pasaba el camino real de Colima. Hoy San Gabriel lo ha perdido todo, hasta el nombre, se llama Venustiano Carranza y bien pudiera llamarse Comala.
De familia numerosa por el lado de las mujeres, los hombres nunca encontraban la paz, todos morían temprano, asesinados por la espalda, como su padre, muerto mientras huía sabe Dios de qué o de quién, como su tío y otros y otros, “al abuelo lo colgaron de los dedos gordos y los perdió, todos morían temprano”. Dos años después de la muerte del padre moriría su madre y el escritor, hasta los diez, iba a vivir con su abuela, en cuya casa el cura de San Gabriel dejó su biblioteca a guardar, por los avatares de la guerra cristera; Rulfo diría más tarde que leyó todos los libros del sacerdote.
De la casa de la abuela pasó a un orfanato en Guadalajara, donde estaría hasta los catorce años. A los dieciséis, casi al entrar a la Universidad de Guadalajara, estalló una huelga estudiantil, por lo que tuvo que partir hacia la ciudad de México a continuar sus estudios. Dado que su abuelo había sido abogado “alguno tenía que usar la biblioteca”, trató de entrar a la Facultad de Derecho, pero no pudo aprobar el examen de ingreso. Así pues, empezó a trabajar como agente migratorio en la Secretaría de Gobernación, primero en la capital y luego en Tampico y el resto del país hasta que regresó a Guadalajara. Su primer texto, según Luis Leal, fue el cuento “La vida no es muy seria en sus cosas” que se publicó en la revista América, a pedido de Efrén Hernández, en 1942. En 1945, dice Emmanuel Carballo, ingresa a las letras mexicanas con el pasaporte de los cuentos que publica en la revista Pan de la capital tapatía. La revista era dirigida por Juan José Arreola, Antonio Alatorre y a la postre el mismo Rulfo; los cuentos “Nos han dado la tierra” y “Macario”, corregidos, formarían parte de “El llano en llamas”.
Dentro de los pocos testimonios de esa época, el de Efrén Hernández, nos habla del “rigor, la rigurosísima y tremenda aspiración, el ansia de superación artística de este escritor nato.”
En 1945 entra al departamento de publicidad de la Goodrich-Euzkadi, donde laboraría por diez años. En 1952 el Centro Mexicano de Escritores le otorga una beca y en 1953 recibe la beca de la Fundación Rockefeller y publica “El llano en llamas”. Dos años después aparece “Pedro Páramo” su segunda y última obra formal. Para escribirla, el propio Rulfo reveló la clave, la vuelta a San Miguel treinta años después. De aquel pueblo de siete u ocho mil habitantes y más de ciento cincuenta casas inmensas, no quedaba más que las paredes y las puertas con candado, La gente se había ido, pero a alguien se le ocurrió sembrar de causarinas las calles. Y en una noche, frente al viento de la sierra madre, oyó a las causarinas mugir, aullar. y el viento, y comprendió la soledad de Comala. Comala, lugar sobre las brasas.
La obra de Rulfo dividiría a la crítica en México. Quienes lo elogiaron, hablaron de un parteaguas en la literatura nacional. Sus detractores, al frente de los cuales Carballo ubica a Fernando Benitez “el jefe indiscutido e indiscutible de la mafia”, se revelan en el siguiente comentario aparecido en 1960: “Una de las mayores responsabilidades que se deben cargar a la Fundación Rockefeller, por su Centro Mexicano de Escritores, es la de haber sido la cuna en donde se ha incubado el más grande fraude nacional con el infundio del “talento” de Juan Rulfo”.
Treinta años después, en la celebración correspondiente al aniversario de Pedro Páramo, Rulfo, generalmente introvertido e inmune a la tremenda popularidad que le rodeaba, hizo un inusual comentario: “ No tengo nada que reprochar a mis críticos, era difícil aceptar una novela que se presentaba, como apariencia realista, como la de la historia de un cacique y en verdad es el relato de un pueblo...Cuando escribía en mi departamento de Nazas 84, en un edificio donde habitaba también el pintor Pedro Coronel y la poetisa Eunice Odio, no me imaginaba que treinta años después el producto de mis observaciones sería leído incluso en turco, en griego, en chino y en ucraniano”
Prácticamente con Pedro Páramo concluyó la actividad literaria de Rulfo. En los sesenta se anunció la aparición de otra novela “La cordillera” de la que se publicaron fragmentos, pero que nunca vería la luz. “El gallo de oro y otros textos de cine” aparecido en 1980 compendia su obra para el séptimo arte y en el mismo año aparece Inframundo: el México de Juan Rulfo que reúne la creación fotográfica y material sobre el escritor. Tengo que citar, por lo curioso de la coincidencia, el postulado de Julio Cortázar, aparecido en 1962, sobre la identidad entre la novela, el cuento, el cine y la fotografía. Dice el autor de Rayuela: “La novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía...una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, el tiempo del cuento y su espacio tienen que estar como condensados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa apertura”.
Después de la muerte de Rulfo, en 1986, su viuda publicó sus cuadernos de apuntes, de emotivo valor sentimental por revelar un poco del espíritu de un hombre que tanto lo mantuvo a distancia.
La calidad de Rulfo quedó ya fuera de cualquier discusión. Su obra se tradujo hasta al Esperanto. Críticos de todos los continentes la han analizado, con las más variadas interpretaciones. Le fueron otorgados todos los honores y premios, salvo el Nobel que con éstas y otras muy marcadas excepciones, como las del propio Cortázar y de Borges, ha perdido reputación.
Admirador confeso de su tocaya Sor Juana, otra “rama de Vizcaya”, a quien por estos rumbos homenajeábamos en años pasados, como ella, Rulfo abandonó las letras y luego el mundo muy temprano y en medio de misterios. Carballo dice que así se comportan los clásicos.

CARIDAD

CARIDAD

Iba y venía al compás de la hamaca colgada a través de la única habitación de su vivienda.
Sentada en el primitivo mueble, apenas rozaba el piso de tierra con los pies descalzos, para no perder la oscilación sincrónica que le permitía pensar.
Finalmente, el bordado de flores de su alguna vez blanco terno, se elevó con un suspiro que le trajo el recuerdo de su encuentro matutino en la defensoría legal

-Mire señora, ya hemos intervenido hasta donde nos fue posible para evitar el deshaucio, pero a todo le llega su hora. Usted no es dueña del predio en que vive y su propietario lo quiere recuperar después de dos años que no le pagan la renta. La justicia es la justicia. A más tardar mañana tiene que encontrar un lugar para llevar sus cosas y a sus niños. Desde hace tiempo le dije que se preparara y viera a donde irse. Usted me dice que es sola y que sus parientes viven muy lejos y no tiene como ir a pedirles que le auxilien, ya lo sé, que los familiares de su esposo no la quieren y que él está preso, si también lo están asesorando en la defensoría penal, pero, bueno, a sus hijos puede llevarlos a la casa cuna y usted a ver donde se acomoda mientras le va mejor. No se vaya a poner a llorar, por favor, mire a todas las demás señoras que están esperando, algunas tienen problemas peores que el suyo y con una que se me desespere, se convierte esto en un mercado.

Anduvo tanto rato bajo el sol que su rostro curtido adquirió el sólido contexto del calabazo de cuya fresca agua rebajaba la sed. Balanceándose en la hamaca, sólo a través de sus senos bajo la tela gastada se percibía la vida en Caridad. El gesto, los brazos cruzados sobre el vientre abultado y las piernas lacias retrataban su indolencia ante un mundo que no le era propio y contra el cual, por inercia, sobrellevaba la actitud ajena con que la noche anterior se entregó sin emoción a su marido, en la visita conyugal de la prisión

-Ay chaparrita, sólo por estos días no me pongo a llorar o de plano me mato y termino de una vez con esta cochina existencia. Estoy aquí, pensando nada más en ti y en los chamacos. Tu dices que ya no aguantas oír que lloren y que son muy terribles, que te da vergüenza ir a mendigar algo para que coman, que ya no tienes ni luz en la casa y que te están corriendo. Pero cuando menos estás con tus hijos y puedes disfrutarlos y largarte con ellos a donde quieras sin que nadie te diga nada. En cambio yo, aquí metido como un animal dando vueltas en su jaula, sin poder ni ver la calle, no puedes comparar. Pero te di mi nombre, eso sí, no me arrepiento, me casé contigo por todas las leyes, aunque esa maldita mujer que dice que fue mi primera esposa reniegue y me tenga encerrado. Yo estoy contento porque te di tu lugar y te saqué con la cabeza en alto, aunque mis parientes no te reconozcan y hasta ese cura vendido diga que la boda no valió, tu sabes que sí, que a fuerzas que sí. Eres a todo dar, nunca dejes de venir a verme para que yo no me vaya a enfriar con tantos ardores que me dan. Te consta lo caliente que soy y aquí puras malas tentaciones que tiene uno. Sólo gracias a ti me puedo salvar. Aunque ya no me traigas mis comidas como antes y me tenga que tragar las puerquezas que dan acá. Ni modo. Lo de la casa, pues ve como te ayudas, dile al abogado a ver si no te presta, que mire que estás muy fregada y esperando familia y que tenga buen corazón. A poco te va a decir que no. Dile que a mí ya me dieron para un año más, pero en cuantito que salga me pongo a chambear como loco, le pagamos a todos y usted a vivir como una reina, mi chaparrita.

El chirrido de los ganchos en que se columpiaba la hamaca, eran el místico fondo musical de la escena imperturbable que Caridad no miraba, con los ojos abiertos. Sus largos cabellos, en cascadas, disimulando el avanzado embarazo que protegía con los brazos. Las piernas en el mínimo y mecánico esfuerzo de mantener el vaivén que la apartaba del sopor de la noche y del estatismo. La casa de techo de palma en dos aguas y las paredes de estuco y huano, diríase que gravitaba en el péndulo en que Caridad recordaba ahora su entrevista en la casa hogar

-Pues sí, para eso estamos, para recibir a los niños de padres irresponsables. Mira nada más, si ya nos estás preparando otra chambita. Seguro que no te has preocupado en buscar un trabajo pero bien que te las ingeniaste para encargar otro chamaco mientras tu marido está preso. Siquiera para eso tuvieras gracia, no estarías pasando penurias. Bueno, vamos a recibir a los niños por un tiempo a ver si puedes volver por ellos y demostrar que ya restableciste tu hogar y los puedes mantener. Si no, los vamos a pasar al trámite de adopción para ver si se colocan en una casa decente donde puedan desarrollarse como debe de ser. Ya sé, ya me dijiste que los quieres mucho, pero de una vez te advierto que para tener hijos hay que poder mantenerlos. En vez de aprender a leer y escribir o algún oficio, me imagino que te la pasas viendo la novela o platicando chismes con las vecinas o qué sé yo, pero te estoy viendo la cara de desobligada. Eso no es querer a un hijo. Es más fácil que yo te vuelva a ver cuando me traigas al que estás esperando que porque regreses a buscar a los que traes ahora

Detuvo suavemente el ondular de la hamaca y fue a asomarse por la ventana de la noche abierta. Las apiñadas casas de la cuadra estaban oscuras y quietas, como su vida, como todos los diecisiete años de su vida que la habían conducido hasta este lugar extraño donde le había tocado morir.

YO TAMBIEN HABLO DE LA ROSA

YO TAMBIEN HABLO DE LA ROSA


Sigilosamente, como era tu costumbre, José Antonio se introdujo en mi acto permanente de vivir, perpetrando en mi desdicha el horrible crimen del amor.

He aquí la relación cronológica.

Margarita, -de las buenas- y concha tardía, era a mis veinticinco virginales años la flor de la Flor de San Tirso, expendio de barrio donde se surtían los ultramarinos más finos y los mejores vinos, como decía don Salustino el catalán -su dueño-, que era de un ripio espantoso.

El changarro contaba, además del mostrador clásico -donde era fama que se encontraba desde un pañal hasta un sudario-, con un apartado en que se congregaba el pensamiento activo de San Tirso; a saber, viejos jubilados y/u ociosos, estudiantes que no estudiaban, abogados (sobre todo) y otros profesionistas que antes y después de ir a las muchas oficinas que circundaban el céntrico y populoso barrio, rodeaban las mesas del humo de olorosos cigarrillos que en espirales se elevaban y disolvían en los ruidosos ventiladores eléctricos de la Flor, suavizando sus acentos con las grecas, pastelillos y demás de la generosa fuente de sodas que era mi feudo particular en el negocio.

Los empleados de don Salustino eran, para el despacho de granos y géneros, en la sección de abarrotes, sus dos hijos, ambos idénticos en lo altos, gordos y peludos a su progenitor, pero enteramente distintos a éste en su carácter, porque mientras el chaval y el chavalín - a estas alturas debo confesar que si alguna vez lo supe, ahora no puedo recordar el nombre de los mocetones- eran retraídos y como melancólicos, su señor padre era la verborrea hecha catalán, prodigalidad plena de escatológicas chanzas y amigo de hacer amigos hasta con los monumentos de la ciudad. Yo, como he dicho, atendía la barra y los pedidos del café‚ y la panadería y ahí mismo habían dos meseros que servían a los parroquianos. En medio de las dos secciones, don Salus, bajo un impresionante título de CAJA llevaba control escrupuloso de toda venta realizada en el antepasado más directo de que tengo memoria de los modernísimos Supers de hoy.

Uno de los meseros, René, era un chavo tan guapo como joto y con un corazón de oro, que era frecuentemente traspasado -su corazón- y saqueado -el oro de René-, por sus constantes (más bien múltiples e inconstantes) amores siempre imposibles, ya que, según se quejaba cuando me hacía confidente de sus penas, su problema era que le gustaban los hombres muy hombres.

Fue precisamente por René que conocí¡ a José Antonio o Tony, como todo el mundo te decía.




II

La Flor de San Tirso confundía sus olores de pan bueno y chocolate hirviente con los del barrio matutino que se impregnaba de los cantos de los p pájaros que poblaban en plena explosión demográfica los tupidos laureles de inmemorial presencia de su hermosa plazoleta, al cabo de la cual se ubicaba el negocio de don Salus.

la hora de apertura era entre las cinco y las cinco y media y, religiosamente, porque eran acompañados de las primeras campanadas de la vetusta iglesia santirsiana, sus fieles parroquianos -los de la Flor, no de la iglesia- se hacían presentes en el café, mientras las amas de casa, en la tienda, bordaban los más enrevesados chismes tempraneros y adquirían las galletas, el pan, la leche, los huevos, las frutas y, en fin, los ingredientes de los primeros alimentos de la familia.

Pero, a las primeras horas, la Flor era también el refugio final o de despedida de trasnochados y parranderos del rumbo. Entre ellos, una mañana, apareció Tony en mi vida y, con la fuerza de lo inevitable, tomaste de sorpresas mis rincones de recuerdos, las rutinas y los sueños, mis agravios, mis poemas, mis calores y mi mundo.

Ese día llegué tarde. Era lunes y yo hasta la fecha sostengo que es un día que debe desaparecer del calendario. No acababa de entrar al café, cuando René me urgió:

-Apúrale Maga, no se vayan a ir esos dos cuerísimos.

Porque mientras yo no llegara y abriera la cuenta de diario, no se daba servicio y aunque ya habían tres o cuatro mesas ocupadas, la que tenia en pendiente a mi amigo era la dos, donde estabas con otro muchacho.

-¨Quiénes‚ son? ¿Los conoces? -respondí preguntándole a René porque desde que te ví coloreaste mis sentidos con el azul de tu mirada que despertó mis acaracoladas sensaciones.

-El huerito es el hijo del químico de enfrente y el grandote es un amigo suyo con el que estuvo estudiando todas las noches en el laboratorio. Ya estuve platicándoles y son rebuenísima onda. Hasta me dijeron que si puedo llevarles refrescos y tortas al mediodía, porque están acuartelados preparando su examen de grado.

Mientras mi dicharachero cuate me atiborraba con sus conocimientos, noté que Tony -"el grandote de los ojos claros se llama Tony"- me veía con una sonrisa irónica que delataba que se daba perfecta cuenta que eran el centro de nuestra conversación, y, con esa impulsividad que después provocaría mi furibundo amor, robaste la paz que llenaba mis horas, guiñándome un ojo.



III

Si las mañanas en San Tirso son un recuento de sonidos y olores gratos y reconfortantes, una explosión maravillosa de vida e invariablemente un acogedor frescor inundando todos los poros; los mediodías, en cambio, desde aquella época se convertían en un páramo sofocante de atronadores ruidos humanos y maquinales, que apologetizaban la modernidad y el progreso con un concierto enloquecedor.

-Si así es el infierno, que chingue a su madre el diablo,- comentaba con frecuencia don Salustino, mientras se secaba el sudoroso y velludo pecho.

*

-Buenas tardes, -me atosigaba el calor interno y externo, mientras los cascos de botellas peligraban en mi temblorosa mano- René no llegó a trabajar, pero me habló por teléfono‚ "Maga, no sabes que horror, amanecí con conjuntivitis y no voy a chambear. Llévale sus tortas y sus refrescos a Tony y al huero, sí, te va a convenir, ya sabes quién me pregunta siempre por tí" -y me pidió que les trajera sus cosas.

-Pasa, -sonreíste, comprendiendo que ni mi prisa ni la tuya ni el ansia-lobo de nuestros cuerpos iban a esperar otra oportunidad como esa en que el huero se había ido con su papá no sé a dónde y te habías quedado solo con la pasión que ya nos reventaba por las furtivas miradas y los encendidos sueños. Y al rodar de nuestros besos y el descubrimiento simultáneo de tu sexo y mi placer, se me fue deshebrando la verdad de mi materia y empezó a constituirse ese sólido y agudo y continuo y total compromiso formal de vencer en la derrota más triunfal de mi ser.



IV

No fuimos novios.

Fuimos amantes, palmo a palmo, incansablemente, por todos los rincones del mundo y los escondrijos de la piel; por cada gota de sudor y de saliva; envarados frente a una puesta de sol; por la dureza enarbolada y el genio de la lengua.

Fuimos amantes, de fértil inspiración que nos llevó a la casa de tu hermano, al departamento de mi prima, a las arenas insondables de una playa nocturna, al asiento trasero del coche de tu tío y hasta a la húmeda cava de don Salustino, con las faldas levantadas.

Llevamos de la mano de un rayo poderoso, con el alma inundada, con inagotable ansiedad, el título más pleno que pueden llevar dos cuerpos. Fuimos amantes.


*


Por eso hoy, cuarenta años después‚ al revisar viejos recuerdos escritos, me topo con una hoja de papel amarillenta y me parece ver la mano del huero entregándomela y oír su voz:
-Te manda esto Tony y me pidió que lo despidiera de tí. Ya regresó a su tierra y creo que allá va a poner su laboratorio.

*

Yo sé que pudo tener mejor final, pero a lo mejor no. Madre que soy de tres hijos y abuela feliz de ocho hermosos nietos que pronto me harán n bisabuela, creo que es maravilloso -y te lo debo- sentirme hervir por un fragmento tan lejano de mi pasado y sonreír, mientras mi llanto moja tu poema de despedida, que el tiempo me ayudó a entender.

Tu cuerpo en destellos fugaces
de sal y de savia, de hierba y de viento,
de imagen sagrada.

Tu cuerpo, recinto de donde me llegan
las voces más altas, mi crucifixión.

Tu cuerpo despierto, por la voluntad
de cada sentido que alerta, al acecho,
he puesto en tu busca, para fermentarte
de todas mis puestas de sol, de todas mis
lunas

Tu cuerpo soñado en el bosque,
presente de sed, bastión de rescate,
almíbar, laurel, chocolate;
tu cuerpo, ración de mi hora
de loca ansiedad, pantalla gigante,
voraz almejar.

Tu cuerpo borracho de risas,
de amparos gozosos, de luz desmedida;
tu cuerpo, mayúsculo enigma,
completa verdad, que sé, que he bebido,
caliente, dormido, jugando, con miedo,
con prisa, con paz.

Tu cuerpo divino,
tu cuerpo que adivino,
tu cuerpo que hada vino,
tu cuerpo,

cada vino.

EL RETRATO DE OSCAR WILDE

EL RETRATO DE OSCAR WILDE


I

EL REY DE LA VIDA

Puse todo mi genio en mi vida,
y sólo mi talento en mis obras.
Oscar Wilde.

Al alba del 16 de octubre de 1865, en el número 21 de Westland Row, Dublín, nació Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde, segundo varón del peculiar matrimonio formado por Sir William Wilde y Jane Francesca Elger. El padre fue un personaje que pudo caber en una comedia del hijo. A pesar del orígen noble que revela su título, su fama de médico sabio y filántropo se entremezcló con una sucia reputación que en el aspecto físico parece haber derivado de una enfermedad que le ponía la piel cenicienta y en lo moral de un escándalo precursor del que perdería a su vástago, aunque con otros tintes. Otólogo y dentista, fue acusado por una joven de que aprovechando el sedante aplicado por el doctor, éste abuso de su somnolencia. Aunque el facultativo salió absuelto del lance, el pesar de la acusación y el entredicho que le acarrería lo llevó a la tumba y oscureció los méritos que debió haber tenido ya que entre sus pacientes se contaron la propia Reina Victoria y el Rey Oscar de Suecia y Noruega, un enviado del cual sería padrino del futuro poeta. La madre, por su parte, afirmaba que su apellido era una derivación de Alhigieri, por lo que se decía descendiente de Dante; poeta patriótica y activista, bajo el seudónimo de Speranza, fue autora de artículos encendidos y de llamamiento a las armas en contra del colonialismo inglés y fundadora del partido Young Ireland -antecedente del actual ERI-. A esta dama, con la cual alguna vez Wilde dijo haberse puesto de acuerdo para fundar una liga de supresión de la virtud, se le ha achacado también el vestir a Oscarito de niña hasta la edad de diez años, provocando "la naturaleza y el temperamento de que habría de ser víctima el gran escritor", según señala prejuiciosamente Julio Gómez de la Serna, el primer compilador en español de la obra de Wilde y autor de su primera biografía en nuestro idioma, una de las principales fuentes de este texto.

Pese a los antecedentes chauvinistas de su madre, Oscar estudia desde los diez años, en colegios protestantes, es decir anglófilos, entre ellos el célebre Trinity College, la Universidad de Dublín, de donde han egresado varios premios nóbel de literatura. Es en su adolescencia cuando descubre, a los dieciséis años, la estética griega. Diría en De Profundis: "La belleza se alzó ante mí como una aurora...Me pareció ver las formas humanas blancas...grupos de adolescentes y de vírgenes moviéndose sobre un fondo azul oscuro"

A los veinte años, gana la codiciada medalla dorada del premio Berkeley, por una obra, en griego, sobre los poetas cómicos helénicos y obtiene una beca para estudiar en Oxford. Ahí publica en revistas inglesas y logra un nuevo premio, el Newdigate, por su largo poema Rávena, sobre la metrópolis romana en ruinas “donde reposa Dante...donde a Byron le placía vivir”. Su estancia en Oxford le sirva para comenzar a desarrollar el delicioso arte de su conversación esplendorosa y se desenvuelve tan bien en ese ambiente que llegaría a decir en De Profundis: "Las dos fechas más importantes en mi vida son aquellas en que mi padre me envió a Oxford y en la que la sociedad me envió a la cárcel".

Al terminar sus estudios marcha a Londres y, por influencia de su hermano William, se inicia en el periodismo, lo que le permite relacionarse en ambientes exclusivos, donde su elocuencia y simpatía personal le abrirían todas las puertas, llegando a ser el centro de atención de las reuniones sociales de la época. De este modo conoce a Whistler -el autor del famoso cuadro de la anciana sentada, de perfil, en su mecedora, cuyo original inaugura la sala impresionista en el museo D'Orsay de París, célebre también por su charla y sus frases agudas y originales. Wilde se vuelve inseparable suyo y aún desarrolla sus ideas sobre una nueva estética, se apropia de su estilo y hasta adopta algunas de sus frases. Esta fusilata provoca el enfado del pintor americano y la terminación de su amistad que, no obstante, marcaría la idiosincrasia del escritor. Cabe recordar, al respecto, una ingeniosa réplica que hizo Whistler a un crítico del Times: <¡Bravo! Me gustaría haber dicho esa frase> habría dicho Wilde, a lo que el pintor respondió premonitorio y cáustico : "Ya lo harás, Oscar, ya lo harás"...

A los veintisiete años, Wilde publica, a su costo, su primera colección de versos , que recibe un trato desigual de la crítica, pero se vende extraordinariamente por su estilo popular y romántico que encantó al público femenino. Este éxito aunado al social que ya había logrado, lo impulsa a transformarse, en busca de una nueva simbología personal. Así, se convierte en un ser llamativo y reformador. Sus trajes con chaquetas de terciopelo y calzón corto, cubiertos con pieles, capas y gabanes; los puños de encaje y los botines de charol complementados con chalinas verdes o rojas y lirios en el ojal o en la mano indolente, hicieron las delicias de los caricaturistas ingleses. Gilbert y Sullivan, los autores de moda, lo retrataron mordazmente en su comedia Patience y la revista satírica Punch hizo famoso en Londres un mote para Wilde "el demasiado absolutamente absoluto" .

En 1881 viaja a los Estados Unidos, invitado a dar conferencias públicas. Le precede la epigramática fama de Patience, ya estrenada en Broadway. Pese a los prejuicios de los norteamericanos, que lo reciben con burla y desdén, alcanza un triunfo memorable merced a su magnífica elocuencia que cautiva tanto a los públicos de las grandes ciudades como al de los pueblos sureños de la Unión Americana. En Filadelfia, visita a Whitman y él, esteta puntillista, se horroriza por el desaliño y la pobreza que rodean al gran poeta norteamericano.

De regreso a Europa, viaja a París, hospedándose en el barrio latino. Recibe la influencia de Baudelaire, como se revela en su poema La dama de la cortesana. Por su parte, deslumbra a los parisienses con su vida fastuosa y la magia de su conversación. Agasaja a Verlaine, a Víctor Hugo y a Daudet. Es recibido en el escenario de la Comedia Francesa por la enorme Sarah Bernhardt. En esta primera visita a Francia quedará marcado también por Balzac, cuyos personajes le sugerirán, en gran medida, los motivos de su propia obra futura.

Después de una época en que se dedica principalmente a dictar conferencias en Inglaterra, su estrafalaria y derrochadora manera de vida le deja en una difícil situación económica que sobrelleva -según costumbre social que él mismo criticaría en El abanico de Lady Windermere- casando en 1884 con Miss Constanza Mary Lloyd, hija única de un consejero de la Reina. Con la magnífica dote de la novia, el matrimonio se instala en la calle Tite, última residencia en Londres de Wilde, quien la decoró, a su estilo, pintando de colores diversos cada pieza y adornándola con pinturas de Lepage, Whistler, su propio retrato por Pennington, dos plumas japonesas embutidas en el techo y una reproducción del Hermes de Praxíteles -su escultura favorita- precediendo el salón.

En sus primeros años de casado, Wilde casi no trabaja, vive en un relativo sosiego y procrea a sus dos hijos, Ciril y Vivian. Dirige una revista femenina , en la que colaboran su esposa y su madre y cambia su modo estrafalario de vestir por uno más convencional. Este período, no obstante, es corto. Hastiado de su mujer, se rodea de gentes de reputación dudosa y surgen escandalosas versiones sobre su vida íntima. Simultáneamente su producción literaria se hace prolífica y de mayor calidad. En 1887 publica El Crimen de Lord Arthur Saville y El Fantasma de Canterville y al año siguiente El Príncipe Feliz y otros cuentos. A estos títulos siguen La Decadencia de la Mentira y la novela corta El Retrato de Mr. W. H., imaginaria y ambigua versión sobre la vida privada de Shakespeare que le vale agrios comentarios de los críticos e incrementa el deterioro de su reputación. Esta alcanzara su nivel más bajo en 1890, con la aparición del Retrato de Dorian Gray, novela realizada en 15 días para cumplir un encargo de la revista americana Lippincott´s Monthly Magazine. Al aparecer ampliada, como volumen, despertó una andanada de reacciones contra la personalidad de su autor a quien se le achacan los vicios de sus personajes. Wilde, soberbio, goza el hallarse en la cumbre de la atención y responde galanamente a cada crítica. Descaradamente se exhibe con jóvenes efebos, especialmente con el poeta John Gray, que, según dijo, fue su modelo para Dorian.

En medio de la polémica, el autor alcanza una total independencia económica merced a las ventas de sus obras que se arrebataban en las librerías. Vuelve a París y trata a Mirabeau y a Mallarmé. Jean Lorraine lo invita a su casa y en su mesa convive con Marcel Schwob y Anatole France. Diría Lorraine:"...viaje triunfal a París. Era la época magnífica de las fiestas en los salones principescos del barrio del Trocadero y de los banquetes de poetas y literatos, ofrecidos y dados en honor de Wilde."
En homenaje a la Bernhardt escribe, en francés, su drama Salomé -cuyo texto musicalizaría Richard Strauss, para convertirlo en ópera-, obra que causa nuevo revuelo en Inglaterra, donde le acusan de alterar la versión de la Biblia. El escritor, beligerante, se ostenta irlandés, no inglés y lanza la posiblidad de adquirir la nacionalidad francesa.

Wilde podía hacer cualquier cosa, todo le estaba permitido y su estrella se hallaba en esplendor. A instancias de George Alexander incursiona en el teatro y escribe, en dos meses, El Abanico de Lady Windermere, que se estrena en 1892. Pese al repudio de la prensa, el público se desborda para verla, convierte en frases populares algunos parlamentos y exige la salida del autor al finalizar cada representación. Entre 1892 y 1895 se representarían sucesivamente, con el mayor éxito imaginable, Una Mujer Sin Importancia y La Importancia de llamarse Ernesto -o de ser Formal, juego de palabras por la expresión inglesa que se entiende en ambas acepciones- quizás la comedia wildeana más popular. Es el pináculo de su gloria. Wilde se autoproclama "El Rey de la vida".

Este reinado se vería truncado abruptamente a consecuencia de su tormentosa relación con Lord Alfred Douglas , joven extraordinariamente apuesto por quien el escritor pierde totalmente los estribos, al grado de derrochar en vicios y francachelas toda su fortuna y arruinar también lo que le quedaba de reputación. El padre de Bossie, el Marqués de Queensberry, -el creador de las reglas del boxeo-, acusa públicamente de pederasta al escritor y éste, dominado por sus pasiones, se involucra en un juicio por difamación que pierde y se le revierte en un proceso criminal por homosexualidad, entonces un delito, según la hipócrita moralidad inglesa. Todos los rencores en contra del escritor se desatan y le es impuesta una condena a dos años de prisión y trabajos forzados. En la cárcel, escribe su Epístola in cárcere et vínculis, que será conocida como De Profundis, vibrante y poético testimonial. Tras purgar su condena, en 1897, estigmatizado y en desgracia, huye de Inglaterra hacia la Europa continental a vivir miserablemente, con el escaso apoyo de sus pocos amigos fieles. Todavía su pluma, como la de un fénix, producirá la bellísima Balada de la Cárcel de Reading. Las circunstancias de la caída del , su estancia en prisión y sus últimos años, serán expuestos con la amplitud que merecen en un artículo próximo.

Abandonado de su suerte, en un sórdido hotel parisino, con el seudónimo de Sebastian Melmoth, muere el gran escritor el 30 de noviembre de 1900, al finalizar el año que inicia un siglo. Contradictoria como todo en él, será su muerte el principio de la reivindicación de Wilde, hoy aclamado por su obra igual que en su época fue rechazado por su vida. Sus restos descansan en el cementerio Pêre Lachese de París, a donde fueron trasladados en 1909, en póstumo desagravio de la intelectualidad francesa, promovido por el fidelísimo Robert Ross. En el monumento que adorna su tumba, esculpido por Jacob Epstein, puede leerse el epitafio bíblico -Libro de Job, capítulo XXIX, 22- que seguramente Wilde no hubiera tenido empacho en suscribir:.
"En pos mi palabra no replicaban, y destilaba sobre ellos mi habla..."

























EL PRESO C.3.3.


"Cada hombre ve en Dorian Gray su propio pecado.
Cuáles son los pecados de Dorian, nadie lo sabe.
El que los encuentra es que los ha llevado."
O. Wilde

En 1890, al aparecer El Retrato de Dorian Gray, la prensa inglesa acusa a Oscar Wilde de haber escrito "una obra destinada a corromper el honesto sentir del público inglés". Entre los críticos, un tal Henley, que se consideraba el celador de la pudibundez británica, se constituyó, desde la revista Scott´s Observer, en el principal refutador de Wilde, cuando éste discutió con los medios, en ocho polémicas cartas, la teoría del arte por el arte con que justificaba su novela. Dueño de la capacidad de ser adorado u aborrecido, el escritor irlandés avivó el repudio de sus enemigos con las frases que ya había hecho clásicas, llenas de ingenio y mordacidad: . Curiosamente, la tesis moral de "El Retrato..", fue defendida por algunas revistas religiosas, como The Christian World, Light o la severa Bookman, que en su primer número incluyó una crítica laudatoria del libro, suscrita por Walter Pater, una de las primeras y más grandes influencias de Wilde, aunque nunca fueron amigos.
Ya antes Oscar había desafiado abiertamente a la sociedad inglesa con una ambigua exégesis de los sonetos shakespereanos, en el Retrato de Mr. W. H., cuento fantástico en que se pretende descubrir la misteriosa dedicatoria a W. H.:
"Para él, como me figuro que para todos nosotros, los sonetos están dirigidos a un joven cuya personalidad, por alguna razón, parecía haber llenado el alma de Shakespeare de una alegría terrible y de una no menos terrible desesperación..Recuerdo que me leyó: ..¡Oh! Date a tí mismo las gracias si algo mío/encuentras digno de lectura bajo tus ojos/¿Pues quién sería tan mudo que no pudiera escribirte/cuando tú mismo iluminas tu invención?..."
Pero con Dorian Gray, según Ricardo Baeza, se incrementaron los rumores sobre la vida privada del autor. "Las relaciones de Wilde con el movimiento estético de 1880, se parecen a las de Gautier con el movimiento romántico de 1830. Gautier, como Wilde, se había alistado en un ejército ya en marcha, cuyo mejor campeón fue pronto. Y el chaleco rojo de uno vale por los calzones de terciopelo del otro."

En 1885 la Labouchére's Criminal Law Amendement Act, prescribió la homosexualidad como un delito. A partir de la aparición de las obras citadas y como consecuencia de su conducta escandalosa, Wilde era ya secretamente vigilado por la policía. En el otoño de 1891, conoce a Lord Alfred Bruce Douglas, sin duda el agente de su desgracia. Bosie -nombre cariñoso que le dió su madre por Boysie (niñito)-, segundo hijo del Marqués de Queensberry, pertenecía a la familia más aristocrática de Escocia. En la época de su encuentro con Wilde, contaba con veinte años -dieciséis menos que Oscar- y era, según se le describe, un mozo de gran apostura, muy distinguido, de penetrantes ojos azules y rubio como un dios griego. Poeta y alumno de Oxford, lo mismo que Wilde, seduce a éste con su juventud, belleza y elegancia, virtudes probadamente irresistibles para el irlandés, quien, por su parte, es un cautivador charlista y literato en el pináculo de su gloria, que despierta una deslumbrante fascinación en el joven aristócrata y se hacen amantes. A fines de 1892, Lord Alfred parte de Oxford, sin graduarse, para vivir permanentemente con Wilde. Comen y beben en los mejores restaurantes hasta el amanecer. Satisfacen a plenitud todos los excesos. Viajan a Francia, Italia, Alemania y Argelia -donde tienen un encuentro con André Guidé, que lo recordará en un In Memoriam dedicado a Wilde-. El éxito por el que atraviesa Oscar, le permite costear ese desenfrenado tren de vida, aunque le acarrea deudas que, a la postre, le serán alevosamente cobradas. A pesar de su madurez y de su agudeza, Wilde era sentimental y débil, mientras que Bosie, por el contrario, era arrogante, testarudo y de un despotismo cruel. "Me asusta tanto como me atrae", le escribirá aquél a Frank Harris, su gran amigo, quien relatará que, contra lo que pudiera pensarse, fue Douglas el que arrastró a Wilde a los arrabales de Londres, en busca de los placeres más bajos, el que lo introduce al mundo de la prostitución masculina y le presenta a Alfred Taylor, regente de un burdel de male prostitutes, quien, durante el proceso contra el escritor, se negará a testificar en su contra y, como consecuencia, irá también a prisión.

En 1894, Bosie pide a Wilde colaborar para la naciente revista The Chamaleon, dirigida por John Francis Bloxam, amigo de Douglas. Oscar contribuye, para el único número de la revista que vería la luz, con una serie de aforismos "for the use of the young". Bosie, a su vez, publica dos poemas, en uno de los cuales incluye el verso por el cual será recordado: "I am the love that dare not speaks its name". El amor que no puede pronunciar su nombre y el cuento gay y sacrílego "El sacerdote y el acólito", de Bloxam, aparecen juntos en la misma edición de la revista y serán injustificadamente atribuidos a Wilde, para utilizarlos como instrumentos acusatorios en su contra, durante el proceso que lo llevará a la cárcel.

Pero fue la profunda y recíproca animadversión entre Douglas y su padre, el citado Marqués de Queensberry, lo que precipitaría a Wilde hacia la ignominia. Bosie adoraba a su madre, a quien el Marqués había abandonado, después de ultrajarla durante su matrimonio. En consecuencia, los hijos del matrimonio, veían al padre como a un enemigo y, en sus esporádicos encuentros, eran frecuentes los pleitos y las recriminaciones. Queensberry, hombre rudo y soez, era aficionado a los ejercicios físicos, abominaba de las artes y consideraba vergonzosa la afición literaria de Alfred. Siempre le demostró un profundo desprecio, sentimiento en el cual era plenamente correspondido. A manera peyorativa, Douglas escribió de su padre: .
La marquesa, por su lado, había tratado de alejar a Bosie de Wilde, consiguiéndole un cargo de agregado honorario en la Embajada Inglesa en Constantinopla, pero Alfred regresó para restablecer las relaciones truncas. Según Wilde, este retorno fue en contra de su voluntad y él trató de evitarlo, ya que consideraba que la proximidad del joven le era perjudicial a su arte y, además, se daba cuenta de que el afecto de Douglas no era desinteresado. Pero la pasión era mayor a sus fuerzas y a su entendimiento. Así lo demostró cuando Queensberrry comenzó a acosarlo, persiguiéndole públicamente y denostándole con violencia, cuando se encontraban, más por molestar a su hijo que por prevenirle de algún mal. Bosie inflamaba las rencillas, provocando a uno y a otro, hasta que el Marqués, el 28 de febrero de 1985, dejó al conserje del elegante Albermale Club, del cual era miembro el escritor, una tarjeta de su puño y letra -escrita con una falta de ortografía-: To Oscar Wilde, possing as a somdomite.
Aunque nadie más que el portero ve la tarjeta, Wilde decide demandar al Marqués por difamación. Frank Harris cuenta que, acompañado de George Bernard Shaw, otro irlandés inmortal, visita a Oscar y consienten en enviar una carta al Director del Times, explicando que no demandaría a Queensberry porque "ningún jurado condenaría a un padre, por grandes que fueran sus culpas", y porque él era un amante de la belleza "y no uno de esos púgiles que, como Queensberry, sólo se sentían a gusto andando a puñetazos". Sin embargo, Douglas irrumpe en la entrevista, llama mal amigo a Harris y convence a Wilde de no desistir de su querella.
Como es previsible, el Marqués es absuelto. Obran a su favor la fama pública de Wilde, sus múltiples enemigos y toda una sociedad decidida a convertirlo en víctima propiciatoria. Condenado a pagar las costas del proceso, cuando su situación económica era ruinosa, se ve además contrademandado por Queensbery. Le apresan, conduciéndole primero a Scotland Yard y luego a la prisión preventiva de Bow Street. A lo largo de tres procesos y el desfile de testigos de la peor calaña, contratados por su acusador, a cuya declaración se le da plena veracidad, del 6 de abril al 25 de mayo de 1895, es sumariamente juzgado y condenado a dos años de prisión y trabajos forzados. Antes, el 7 de mayo, después de tres solicitudes negadas, había salido bajo fianza, pagada parcialmente por el hijo mayor de Queensberry, hermano de Bosie. Sus amigos, sobre todo Robert Ross, le instan a huir de Inglaterra, sabedores de que no habría clemencia para él. Frank Harris contrata una embarcación en la cual huiría subrepticiamente hacia Francia. Pero Wilde, inexplicablemente sobrecogido de terror por la policía, con una propensión a la fatalidad, se considera perdido y comparece a oír su condena y a cumplirla.
Embargado por sus acreedores -entre ellos Queensberry, como ganador del juicio y de la sentencia de costas-, su casa es saqueada, malbaratándose sus excelentes libros y obras de arte. El, que reprocharía a Bosie en De Profundis haber gastado en su romance más de cinco mil libras, sufrió la pérdida total de su biblioteca "desastre irreparable para un hombre de letras y la más dolorosa entre todas mis pérdidas materiales", por menos de ciento cincuenta libras.

Tras breves períodos en las prisiones de Pentouville y Windenorth, el 13 de noviembre de 1895 es trasladado a Reading, donde purgó íntegramente su condena de hard labour: deshacer cuerdas de cáñamo hasta destrozarse la piel de los dedos, mover con los pies la pesada rueda de una noria humana, y otras atrocidades. Además, el ostracismo, que el régimen de Reading imponía a los reclusos, no fue el menor de los martirios para el delicioso conversador, reducido a ser sólo una cifra, el preso C. 3. 3., por ocupar la celda número tres, en el tercer rellano de la galería C.
De nada sirvieron las peticiones de indulto de grandes voces, como Bernard Shaw en Inglaterra, Stuart Merrill en Estados Unidos o Mirabeau en Francia. Sufriría encarcelado la inmensa pena que le produjo la muerte de su madre.

Al quedar en libertad, el 19 de mayo de 1897, reside brevemente en la costa francesa, adoptando el apodo de Sebastian Melmoth, tomado el nombre del mártir cristiano y el apellido de la novela "Melmoth el vagabundo". La ayuda de sus amigos y una renta de su generosa mujer, lo aislaban de los problemas materiales, pero no le permitían los lujos a los que, de cualquier modo, ya no estaba acostumbrado. Empieza a escribir la "Balada de la Cárcel de Reading", su obra maestra, en un ambiente de serenidad y buen ánimo. Trabaja también en textos bíblicos y parece retomar la vida, hasta que se presenta a verlo, otra vez, Lord Alfred. Pese a todo lo que le había escrito en De Profundis, desde la prisión, olvida las recriminaciones y las ofensas y, presa de su todavía viva e irresistible atracción, renuncia al consejo de sus amigos y a la ayuda económica de su esposa, para escapar con Bosie hacia Nápoles. Esta relación, sin embargo será muy breve. Ninguno de los dos cuenta con capital para sostenerla y, cuando el que tenían se agota, deben separarse. En un gesto que puede considerarse noble, Bosie consigue que su madre le entregue doscientas libras a Wilde, bajo la promesa, que cumplirían, de no volver a convivir jamás.

En 1898, Wilde publica la "Balada.."-que concluyó mientras vivía con Bosie-, bajo el seudónimo de C.3.3., y recibe el elogio unánime de la crítica, así como numerosas y sucesivas reediciones. En la séptima, reaparece el nombre del autor quien, no obstante, se halla indiferente a todo, sumido en la pena del amor perdido, a la que se aúna la de la muerte de su esposa, por la que nunca dejó de tener un tierno afecto, a pesar de que ella lo alejó totalmente de sus hijos, quitándose y quitándoles el apellido Wilde, por el estigma que lo acompañaba.
En mayo del mismo año, se traslada a París y se instala en un modesto hotel de la calle Beaux Arts, con los fondos que le produce la "Balada...". Ahí lo encuentra Frank Harris y le convence de hacer un viaje a la Costa Azul, para recuperar el ánimo. Wilde se encuentra a sus anchas y, en el maravilloso ambiente del Mediterráneo francés, promete escribir "con la misma naturalidad que canta un pájaro". Sin embargo, un nuevo amante, Harold Mellor, aparece en su vida. Mellor, inglés pretencioso y afectado, se ve envanecido ante la celebridad que, aún en el ocaso, guarda destellos de su antiguo esplendor. Juntos, admiran en Niza la "Salomé"de Sarah Bernhardt y, después de la función, la Bernhardt recibe a Oscar en su camerino, lo abraza y llora al verlo tan distante del que fue. Invitado por Mellor, Wilde deja nuevamente su reposo y se va a Ginebra. En un principio marchan bien las relaciones, pero Mellor se fastidia pronto y empieza a recriminar a Wilde llamándole mantenido y parásito. El escritor debe regresar a París, con su nuevo fracaso a cuestas y con una depresión creciente. Cada vez es más una sombra. En la primavera de 1899 se topa por última vez con Douglas, cuyo padre acaba de morir, heredándole. No han pasado sino dieciocho meses desde su separación, pero Bosie se horroriza ante el viejo y mal vestido rescoldo de su antiguo amante, que le recuerda un pasado que él ya sólo quiere olvidar. Le arroja unos centavos y huye de su presencia. Wilde se vuelve alcohólico. Todavía Mellor volverá a buscarlo y lo invitará a viajar por Italia. En Roma, admira las glorias religiosas de la ciudad y conoce al Papa. Su alma sufre una extraña transformación y decide convertirse al catolicismo. De regreso a París, es operado por una dolencia crónica en el oído. La intervención resulta bien, pero en su afán incontrolable por beber, la convalecencia se complica y termina por causarle la muerte, en aquel sórdido hotelucho del barrio latino, con el nombre falso de Sebastian Melmoth, y acompañado apenas de dos amigos fieles, Regie Turner y Robert Ross, el 30 de noviembre de 1900. El día anterior había recibido el bautizo y la extremaunción en la fe católica, bajo la cual será también enterrado.
En su cortejo fúnebre, de apenas unos cincuenta dolientes, destacaba la gallarda figura de Lord Alfred Douglas, para muchos su ángel del mal.
Pero, cabe preguntarse si es justo achacar el derrumbe de su gloria a otro y no a su propia búsqueda de ser magnífico y fatal. Adalid y superlativo. José Emilio Pacheco, en su espléndida versión de De Profundis, compara las relaciones de Wilde y Douglas con las de Verlaine y Rimbaud "-salvando las distancias entre el genio poético de Rimbaud y la mediocridad de Bosie-". Se dice que Verlaine pasó dos años en la cárcel, por una bala que le disparó Rimbaud y le pegó a éste de rebote. Pero, dice Pacheco, citando a Auden, "si Verlaine hubiera recibido la tarjeta de Queensberry, se hubiera limitado a devolvérsela con el comentario "Mais oui, je suis pederaste".
Como quiera que sea, según el mismo Auden "Bosie fue un horror y el responsable de la ruina de Wilde. Con todo, si al final de su vida le hubieran preguntado a Wilde si lamentaba haberlo conocido, acaso hubiese contestado que no, y sería en vano lamentarlo por nuestra parte. No podemos saber qué hubiera escrito Wilde si no hubiese conocido a Bosie o se hubiera enamorado de otro. Sólo podemos observar que durante los cuatro años transcurridos entre el encuentro de Bosie y su caída, Wilde escribió la mayor parte de su obra literaria, incluso su única pieza maestra. Tal vez Bosie no tuvo nada que ver con esto o tal vez sí, cuando menos porque obligó a Wilde a ganar dinero para mantenerlo."

La historia se encargó del denigrado nombre de Wilde. Su leyenda ha hecho correr ríos de tinta y las interpretaciones de su vida son tantas como quienes lo siguen atacando o defendiendo. Ya nada tiene importancia, diría el mismo Oscar. Según la biografía que le hizo su incondicional Frank Harris, él, Wilde, debe estar recitando los versos de Heine:

"y siempre allá, como aquí,
me cubrirá el cielo de Dios,
y cual los cirios de los muertos
brillarán las estrellas sobre mí"

LOS MISTERIOS DE SOR JUANA

LOS MISTERIOS DE SOR JUANA
(MISTERIOS GOZOSOS)

En perseguirme Mundo ¿Qué interesas?


No alcanzó, Sor Juana Inés de la Cruz, a cumplir cuarenta y siete años -algunos dicen que ni cuarenta y cinco-, y el diecisiete de abril próximo habrán transcurrido trescientos desde su muerte. Durante este período de tres siglos, los estudios, investigaciones, descubrimientos y teorías sobre su vida, por tantos conceptos breve, no tienen número ni consenso. De tal modo, aún hoy, es válido referir a Dorothy Schon, como lo hace Octavio Paz, para señalar que "su biografía está todavía por escribirse".



Primer Misterio

el no ser de padre honrado
fuera defecto a mi ver,
si como recibí el ser
de él, se lo hubiera yo dado.

La discusión se inicia en su cuna.
El padre Diego Calleja, su primer biógrafo, que no la conoció personalmente pero sí a muchos personajes de la época, afirmó que ella celebraba su onomástico los días
doce de noviembre y decía haber nacido en 1651.

Alberto A. Salcedo y Guillermo Ramírez España, hallaron en el archivo Parroquial
Parroquial de Chimalhuacán un acta bautismal fechada el 2 de diciembre de 1648, en en la que se asienta el bautizo de "Inés, hija de la Iglesia". Los padrinos de esa niña fueron Miguel y Beatriz Ramírez, nombres que llevaron unos tíos de la poeta. Con esta base unos aseguran ahora que Sor Juana nació realmente el 2 de diciembre de 1648, otros que el 12 de noviembre del mismo año. Todas son especulaciones.
Vino al mundo nuestra Décima Musa en una fracción posterior de la hacienda San Miguel en Nepantla, arrendada por su abuelo Dn. Pedro Ramírez de Santillana. Dicha fracción llamada "la celda", ha despertado la imaginación de quienes ven un halo de santidad en la existencia de Sor Juana y un presagio en su lugar de nacimiento para su destino monacal. Lo cierto es que se trataba de una habitación miserable, utilizada, aparentemente, sólo para alumbramientos.

La opinión más generalizada es que fue hija natural de Isabel Ramírez y Pedro Manuel de Asbaje y Vargas Machuca.
Por la falaz anotación en los registros del ingreso conventual de Juana Inés, el acucioso pero no siempre preciso Ermilo Abreu Gómez, pretende un matrimonio entre los padres de aquélla y hasta su proximidad a la figura paterna. "La lengua vasca se oía en el hogar de Juana Inés", afirmó el ameritado autor de Canek, de quien vale decir que inauguró los estudios modernos sobre Sor Juana en México.
Sin embargo, en el acta de bautizo ya citada -que el mismo Abreu Gómez asegura referida a Sor Juana- se emplea el término "hija de la iglesia", eufemismo con que se significaba la bastardía. Además, parece comprobado que los hermanos de la poeta tuvieron cuando menos dos padres; las dos primeras, de Asbaje y los demás de un tal Diego Ruiz Lozano, cuyo hijo mayor con Isabel Ramírez, la madre, sería, a lo más, ocho años menor que Juana Inés.

Poco se sabe a ciencia cierta de Pedro de Asbaje. Se deduce el origen vasco porque su famosa hija afirmó ser "rama de Vizcaya", pero la ya mencionada Dorothy Schon llevó la curiosidad hasta la región vascongada y no pudo hallar el apellido Asbaje, el cual tampoco parece euzkeda.
Es muy probable que Sor Juana ni siquiera haya conocido a su padre. Los múltiples indicios que ubican su infancia en la hacienda Panoayán, en Amecameca, al lado de su abuelo materno, no permiten pensar en un ayuntamiento ilegal, bajo el techo del señor Ramírez.

Alrededor de Juana niña se tejen historias que asemejan fantasías, pero que con su obra posterior parecen ensamblar convenientemente.
Así, se dice que aprendió a leer y a escribir, a fuer de escaparse de la madre que mandaba a la hermana mayor a un poblado cercano -Amigas-, a instruirse. La educación prevista para Josefa María -la hermana- fue recibida por nuestra heroína merced a esta audaz acción que, si fue cierta, debió efectuar entre los cuatro y los siete años de edad.
En su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, la misma poeta menciona que para aprender gramática se cortaba el pelo, estableciéndose un plazo para aprender la lección o volvérselo a cortar ya que le parecía incorrecto "que estuviera vestida de cabellos cabeza que estaba desnuda de noticias." Con el mismo rigor y debido a que le asustaba la idea de ser tonta, se abstuvo desde pequeña de comer queso, ya que le habían dicho que el queso hacía rudas a las criaturas que lo gustaban y sobradamente cuando éstas eran mujeres.
A la muerte de su abuelo Ramírez, acaecida cuando ella tenía siete años de edad, debía haber dominado no sólo la lectura sino el aprovechamiento de los textos.
Parece ser que el primer libro que leyó, de la biblioteca de Don Pedro, fue Poetas Latinos, antología de Octavio de Mirandola, con fragmentos de Virgilio, Ovidio, Horacio, Séneca, etc., el cual afortunadamente aún se conserva. En la primera página del volumen, con letra que algunos quieren ver infantil, aparece la inscripción "JHS de Juana Inés de la Cruz, la peor". Sin fecha, la autodegradante mención no puede relacionarse con nada concreto, a despecho de las variadas interpretaciones que genera. Cabe señalar, nada más, que Juana Inés fue su nombre religioso, ya que no fue Juana de pila, lo que hace dudar que la inscripción, si la hizo la poeta, fuera escrita en su niñez.
Antes de dejar su tierra natal, con el sustento de lo que presumiblemente aprendió en la biblioteca del abuelo y contando siete o cuando mucho ocho años de edad, escribió una Loa al Santísimo Sacramentado, que por su calidad o por lo precoz de la autora, le valieron el elogio del vicario de Amecameca, Fray Francisco Muñoz y el obsequio de un libro.

Sor Juana deja el hogar materno en 1651. El motivo ha sido muy discutido sin quedar todavía en claro.
Aunque sólo tenía ocho años, su temprana inteligencia, dice Patricia Cox, servía a su madre -que nunca supo leer y escribir- en la administración de la hacienda Panoayán. Sería entonces menos una carga que un soporte.
Pudo ser que el nuevo amasiato de Isabel Ramírez con Ruiz Lozano fuera causa de la separación. Al morir don Pedro Ramírez cesaba el impedimento para que su hija conviviera con aquél, pero debió haber resultado incómodo tanto para la madre, como para las hijas Asbaje, la presencia de un extraño.
Ermilo Abreu dice que fue la propia niña quien rogó a su madre que la enviara con los parientes ricos, cosa que ciertamente resulta muy difícil de creer, a menos que aceptemos un hostigamiento para la menor, de lo cual, por otro lado, no hay indicios, más que algunas afirmaciones novelescas, como la de Margarita López Portillo.
Otro supuesto es que la madre haya vislumbrado, aún en su ignorancia, las dotes excepcionales de Juana Inés y decidiera encomendarla a una hermana suya, María Ramírez, casada con el acaudalado caballero Juan de Mata, matrimonio cercano a la corte virreinal de la Nueva España, donde la adelantada infante habría de deslumbrar a los principales de su tiempo.
Debemos recordar que a esas alturas Isabel Ramírez ya tenía cuando menos cuatro hijos; que si bien alguna ayuda debía recibir de su amante, el peso mayor del sostenimiento de la casa recaía sobre sus hombros y que la hija más bonita y educada, según se dice, lo era Juana Inés. No parece arriesgado colegir que razones puramente materiales llevaron a la futura monja hasta la casa de Don Juan de Mata, quien habría aceptado asistir a su cuñada manteniendo a una de las hijas, la más atractiva.


Segundo Misterio

No a la juventud tan presta
condenes por indiscreta,
que aunque en juveniles años
(según Séneca enseña),
no puede caber cordura
por la falta de experiencia

La etapa más oscura de la ya de por si poca iluminada existencia de Sor Juana, se comprende en los diez años transcurridos entre el arribo a la casa de sus dichos tíos y la toma de los hábitos de monja.
En la biografía del padre Calleja se cita que a su llegada a la capital todos "se admiraban no tanto del ingenio cuanto de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía que apenas había tenido tiempo para aprender a hablar." Esto nos indica que a la lectura de "Poetas Latinos" habría añadido el conocimiento de los demás volúmenes de la biblioteca del abuelo y, seguramente, en su estancia en la rica residencia de los Mata, su afán literario debe haber encontrado un más amplio material, todo lo cual le permitió alcanzar la magnífica técnica que lograría en su obra, incluso en la fase temprana.
El mismo Calleja menciona que aprendió latín, en veinte lecciones, enseñada por el Bachiller Martín de Olivas, a quien le dedicó un acróstico.
Patricia Cox señala que fue su desarrollo intelectual la principal ocupación de Juana Inés en esta etapa. Cita que siguió con delicia la crónica de "Grandeza Mexicana" de Bernardo de Balbuena, que obtuvo prestado, con reservas, de una orden religiosa. Esto confirma la versión de Abreu Gómez, respecto de que "los libros de calidad -literaria o filosófica- se refugiaban en los centros autorizados por la iglesia. Las autoridades religiosas impedían la circulación de los escritos en castellano por el peligro que ofrecían para la propagación de las ideas heréticas o no ortodoxas".
Sor Juana, con el dominio del latín y la preeminencia de sus parientes que debió darle acceso a los centros religiosos de cultura, tuvo a la mano las obras más selectas, católicas o profanas, como lo demuestran en sus poemas las referencias a los clásicos, así como sus menciones mitológicas. Es posible que aprendiera también el portugués, ya que en la carta Atenagórica critica el sermón del Mandato del lusitano Antonio Vieyra.
En esa época de su vida -o de su leyenda, que se confunden-, se dice que asistió secretamente, vestida de hombre y con el sacrificio de su cabellera, a una audiencia en la Real y Pontificia Universidad de la Nueva España. Con todo, aún si esta visita que Abreu Gómez pone en duda, se hubiera dado, es improbable que dejara satisfecha la que parece haber sido su mayor ambición, cursar estudios universitarios, cosa vedada para todas las mujeres de su siglo y para ella.
Paz y Ermilo Abreu, quizás el primero influenciado por el segundo, coinciden en que el tiempo que vivió la poeta en casa de sus tíos fue para ella de melancolía y soledad. A riesgo de irreverente debo decir que no me parece que esa afirmación tenga sustento, como no se le podría reconocer objetivamente a ninguna reflexión sobre sentimientos íntimos de un personaje tan distante en el tiempo. Más bien la teoría de la soledad pretende justificar el ingreso de Juana Inés a la corte de los Virreyes de la Nueva España, Marqueses de Mancera, con el título de "muy querida de la señora Virreina", cuando tenía apenas dieciséis años de edad.
Es seguro que para entonces la muy probada capacidad poética de la adolescente fuera motivo bastante para ser admitida en Palacio. De la vida cortesana sabemos que ahí se encontraba un mundo distinto al plebeyo, en que se allegaban todos los placeres que regalaran a los muy variados gustos de la nobleza. Concurrían, como en un circo, especímenes diversos que iban de lo refinado a lo exótico, de lo genial a lo pintoresco. No puede imaginarse mejor lugar entonces para dar cabida a una casi niña que dominaba, mejor que sus mayores, los secretos de la más depurada poética y que, con el modelo del rococó culterano y el ambiguo conceptismo, ensayaba formas y tropos innovadores.
De este modo se explica y se concede veracidad a la famosa comparecencia de Sor Juana ante los sabios de su tiempo, que sus admiradores teológicos utilizan también como inferencia a su santidad, comparándola con el episodio del niño Jesús ante los doctos del Templo. Así refiere el hecho Calleja: "El señor Marqués de Mancera, que hoy vive y viva muchos años, me ha contado dos veces que estando con no vulgar admiración de ver en Juana Inés tanta variedad de noticias, quiso desengañarse y saber si esa sabiduría tan admirable era infusa o adquirida o artificio o no natural y juntó un día en su palacio cuantos hombres profesaban letras en la Universidad y ciudad de México. El número de todos llegaría a cuarenta y en las profesiones eran varios, como teólogos, escriturarios, filósofos, matemáticos, historiadores, poetas, humanistas y no pocos de los que por alusivo gracejo llamamos "tertulios", que sin haber cursado por destino de facultades, con su mucho ingenio y alguna aplicación, suelen hacer, no en vano, muy buen juicio de todo. Concurrieron pues, el día señalado a certamen de tan curiosa invitación; y atestigua el señor Marqués, que no cabe en humano juicio creer lo que vio, pues dice que, a la manera de un galeón real -traslado las palabras de Su Excelencia- se defendería de pocas chalupas que le embistieran, así se desembarazaba Juana Inés de las preguntas, argumentos y réplicas que tantos, cada uno en su clase, la propusieron. ¿Qué estudio, qué entendimiento, qué discurso y qué memoria sería menester para ello?".

Por otra parte y como, curiosa aunque justamente, critica Paz, uno de los rasgos menos simpáticos de Sor Juana era "su gusto por las zalamerías y su afición a nada discretas adulaciones de los poderosos". Dedica carretadas de poemas con las más exageradas lindezas a Leonor Carreto, marquesa de Mancera, la virreina que, no por menos, si es verdad lo dicho por Calleja, "no podía vivir sin su Juana Inés".


Tercer Misterio

Dísteme aplausos para más baldones
subir me hiciste para penas tales;
porque viéndome rica de tus dones
nadie tuviera lástima a mis males.

Pero, si fue tan esplendorosa la posición social de Sor Juana en la corte, si era hermosa y lisonjera, de influencia en palacio e inteligencia clara, a qué atribuir su ingreso voluntario a una orden religiosa.
Hasta entonces, y fuera de su infantil Loa al Santísimo, no había tenido inclinaciones precisamente pías, por más que tal aseguren sus devotos espirituales. Estos afirman que un regalo de la marquesa de Mancera; "El Castillo Interior" de Santa Teresa de Jesús, le reveló su vocación religiosa y, con ella, el deseo de retirarse a una vida conventual donde gozara el recogimiento propio de un alma en busca de la paz y el sosiego, como la mejor fuente para sus anhelos intelectuales. Como la pastora Marcela, de su admirado Cervantes, habría pensado: "Yo nací libre y para poder vivir libre, escogí la soledad de los campos."
Esta bucólica versión, que fue la difundida por sus primeros biógrafos -católicos-, no resulta exacta.
El propio Calleja, cita Abreu Gómez, "llega a la conclusión de que Juana Inés no fue extática ni vivió con exaltaciones religiosas." Su obra no nos revela un alma sumisa, sino analítica y sagaz. Ella sabía que su condición social, por más que gozara de los favores virreinales, era dudosa. En 1664, la hermana mayor, Josefa María, había casado con un oscuro personaje que a poco la abandonó, dejándole un hijo y el desamparo. Para empeorar su situación y el descrédito familiar, Josefa inició relaciones públicas con Francisco de Villena, escribano público del Arzobispado de México y de la Real Audiencia, hombre demasiado famoso para que el hecho pasara inadvertido. La más joven dama de la virreina, debió haber acusado un profundo malestar al saberse objeto de maledicencias por su propio origen incierto al que se añadía el escándalo filial.

Su confesor, Antonio Núñez de Miranda, fue una figura principal en la decisión de Juana Inés para tomar los hábitos. El padre Aureliano Tapia Méndez, descubrió recientemente en la Biblioteca del Seminario Arquidocesiano de Monterrey la copia de una carta dirigida aparentemente por Sor Juana a Núñez de Miranda, donde queda claro que éste convenció a su brillante pupila de que el mejor futuro para la realización de sus posibilidades literaria lo obtendría en el centro de actividades de reflexión y acopio de conocimiento que constituían los claustros. Muchos indicios ya existían de que presionó a la poeta para profesar, o cuando menos la alentó vigorosamente en ese sentido. Juan de Oviedo, citado por Paz, refirió que en la fiesta posterior a la iniciación, pagada por Núñez de Miranda, se convidó "a lo más granado de los cabildos eclesiásticos y secular, sagradas religiones y nobleza de México y él mismo, la víspera de la profesión, se puso a componer de su mano las luminarias." Este siniestro personaje revelaría sus verdaderas intenciones al exigir a Sor Juana, ya monja, la renuncia a sus estudios y trabajos, lo que llevó a la poeta a romper con él y prescindir de su confesionario en 1680. Desgraciadamente volverá a aparecer en esta historia.

Paz refiere también que en la época de Sor Juana, la religión era un oficio viable tanto para el ascenso social como para la consolidación económica. Antes de sacar conclusiones sobre los motivos de la poeta para su ordenamiento, vale transcribir el muy citado párrafo de su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, donde dice: "Entréme religiosa porque, aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertenencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros."

Es claro que "el estado" religioso no le fue anticipadamente grato, lo que hace tambalear las versiones de su santidad. Debemos creerle su declarada negación total al matrimonio, como la causa eje de su decisión, aunada a la innegable búsqueda del conocimiento que su admirable erudición confirma.
La teoría más aceptable sobre su ineptitud marital, proviene del hecho de que un matrimonio ventajoso significaba una dote, imposible para su pobre condición. Sin dejar de mencionar que los gravámenes sociales que sobre ella pesaban y que ya se han señalado, eran muy fuertes. No significarían tal vez un impedimento total, como no lo fueron para sus hermanas que contrajeron nupcias infortunadas, pero la hubieran orillado a una mediocridad que distaba mucho de lo que ella llamó su "genio".
Algunos aventuran que en el ordenamiento religioso pudo buscar la poeta el consuelo a un desengaño amoroso o inclusive acusan a "Juana Inés, la peor" de cargar con el "pecado nefando", por la ambigüedad sexual de sus poemas. Presunciones de la imaginación, que si bien no pueden ser radicalmente negadas tampoco tienen manera de probarse. La grandilocuencia amorosa en la poesía de Sor Juana, dirigida a veces hacia algunas mujeres principales, especialmente las virreinas, pasó la rigurosa censura de la Inquisición y después de esa, debe quedar a salvo de las mentes más puritanas. En cualquier caso, me parece que si hubiera sido dominada por grandes pasiones, su carácter no la habría llevado al convento. Es evidente que la joven Juana Inés no fue pusilánime ni resignada y tal revela que si aceptó el claustro, logró el mejor.

Inicialmente, como la Santa de Avila, eligió la orden de las Carmelitas Descalzas, en cuyo convento de San José tomó el velo el 14 de agosto de 1667. A esta orden, la más humilde, la llevaron su propia pobreza y lo oscuro de su linaje. Las Carmelitas, místicas y rigurosas en el observamiento de los votos, no exigían una gran dote ni condicionaban el ingreso a los requisitos de otros conventos. Como que el suyo no era el que recibía más solicitudes. Sin embargo, su extremismo no fue tolerado por la joven que provenía de Palacio. Apenas transcurridos cuatro meses, bajo el pretexto de un tabardillo pertinaz que no podía cuidarse en las celdas frías y húmedas de San José, Sor Juana abandona la orden de Teresa de Ahumada.
Para reingresar a un claustro, esta vez al exclusivo de la orden de San Jerónimo, concurrieron varias razones. En primer lugar, el patrocinio de Pedro Velázquez de la Cadena, acaudalado y generoso caballero que entregó la enorme suma de tres mil pesos de los de entonces para la dote conventual. Se decía que Núñez de Miranda había conseguido la dote, pero en el documento hallado por Tapia Méndez, la propia Sor Juana lo niega. De otra parte, el Arzobispo de México, Fray Payo Enríquez de Rivera, a ruego de la interesada quien se pintó victoriosa de la muerte, ofreció autorizar la confirmación de Juana Inés. El por qué no había podido confirmar se atribuye a que su padre, vivo pero ausente, era un impedimento. Al morir, se dice, en 1668, allanó el asunto y permitió que Isabel Ramírez compareciera falsamente, como la viuda de Asbaje, el 24 de febrero de 1669, cuando Sor Juana Inés de la Cruz ingresó formalmente y para siempre a la Orden del Convento de Nuestro Padre San Jerónimo de la ciudad de México.


Cuarto Misterio

Nocturna más no funesta,
de noche, mi pluma escribe,
pues para dar alabanzas
horas de laudes elige.

Las órdenes religiosas en la Nueva España del Siglo XVII asemejaban, según Octavio Paz, a las modernas sociedades anónimas, "aunque con una salvedad: las órdenes eran ricas, pero no sus accionistas, los frailes y las monjas".
Sor Juana, en San Jerónimo, fue dueña de su celda, constante de dos pisos, con baño, estancia, cocina y recámara propias. Como bien dice Paz, más que una celda, hablamos de un departamento. El voto de pobreza era infrecuentemente observado entre las monjas de órdenes ricas, como el de las Jerónimas, quienes podían tener bienes, poseer joyas y realizar cualquier actividad económica. Sus vestidos y tocados reflejaban opulencia y competían con el de otros conventos de similar alcurnia. Sor Juana no fue excepción, sus retratos nos la pintan ricamente ataviada, con costosas alhajas y rodeada de una biblioteca vasta, símbolo no menor de riqueza. Se dice que fue archivera y contadora del convento y que de sus obras de encargo y regalos que recibía llegó a acumular un capital que colocaba a réditos entre particulares.
Y si la pobreza era un voto mal respetado, otro tanto lo era el de clausura. Ermilo Abreu asegura que nuestra Décima Musa vivió desde su celda, casi, una nueva vida cortesana. Sin salir de su encierro, recibía irrestrictamente a gran número de tertulios y se carteaba con medio mundo. Merced a sus variados talentos, participó en los coros y representaciones teatrales del convento, compuso canciones y loas e inclusive realizó un tratado de música -que no se conserva- al que llamó El Caracol, significando que la armonía no es un círculo sino una espiral. También se dice que cultivo la pintura y que hizo un retrato de la Marquesa de la Laguna y otro de si misma. Con tantas ocupaciones, debía escribir de noche, dice Abreu Gómez, justificando el epígrafe.
De su vida monástica sabemos lo que fragmentariamente se ha recogido por los testimonios de quienes la trataron.
Patricia Cox relata la ocasión en que la priora del convento reconvino a Sor Juana cuando ésta le pidió permiso para estudiar. "Los estudios, hermana, -habría dicho la priora- son cosas que rechaza la Inquisición, porque en ellas no hay nada bueno." Sor Juana, indignada, azoró a sus compañeras al estallar en cólera y gritarle a su superiora: "Tonta...más que tonta". La priora llevó el asunto al arzobispo Fray Payo quien, según la Cox, escuchó divertido y sentenció: "Pruebe su reverencia lo contrario y se le hará justicia". La única consecuencia para Sor Juana fue servir por tres meses de ayudante en la cocina, castigo leve si se considera que las monjas comían en sus refectorios y no en el comedor común.
Cierta o no la anécdota -citada también por Paz- revela el relajamiento de costumbres en el convento, como lo comprueba también la descripción de las visitas en el locutorio hecha por Juan Ignacio de Castorena y Ursúa, rector de la Universidad de México, Obispo de Yucatán y gran amigo y editor de Sor Juana: "más felices (que sus lectores) fuimos los que merecimos ser sus oyentes: ya silogizando consecuencias, argüía escolásticamente en las más difíciles disputas; ya sobre diversos sermones, adelantando con mayor delicadeza los discursos; ya componiendo versos de repente en distintos idiomas y metros, nos admiraba a todos y se granjeaba la aclamación del más rígido tertulio de los cortesanos."
Sor Juana siguió siendo muy querida de la señora virreina de Mancera, que la visitaba con frecuencia, hasta que fue nombrado un nuevo virrey de la Nueva España, en 1673. Dn. Pedro Nuño Colón de Portugal, Duque de Veragua, de quien se dice compró el cargo por cincuenta mil ducados. Mala inversión. El flamante virrey murió a los pocos días de su arribo a la ciudad de México. Nuestra monja jerónima no perdió la ocasión para rendirle alabanza en tres barrocos sonetos elegíacos. Otra muerte sorpresiva y circunstancial fue la de Leonor de Carreto, la exvirreina, quien falleció el 21 de abril de 1674 en Tepeaca, entre Puebla y Veracruz, con la paradoja de que Da. Leonor solía mandar al caño a quienes la exasperaban con la frase "vaya al rollo de Tepeaca". Esta muerte sí debió haber sido sumamente penosa para Sor Juana y le motivó tres magníficos sonetos "lágrimas negras de mi pluma triste."
Para el virreinato vacante fue nombrado Fray Payo, el Arzobispo, que de este modo unió en su persona, como escribe Paz, las dos potestades, el bastón y el cayado. Ya hemos hablado de la benevolencia y el afecto conque el Arzobispo Virrey trataba a Sor Juana, por lo que su años de Imperio le fueron favorables. En 1674, finalmente, le es concedida la anhelada confirmación.
Fray Payo gobernó hasta 1680, año en que se retiró de sus dos cargos. El Arzobispado quedaría en manos de Francisco de Aguilar y Seijas, Obispo de Morelia, triste factor en el final de esta historia. Para cubrir el cargo de virrey, llegó a México Dn. Tomás Antonio de la Cerda, Marqués de la Laguna, descendiente de Alfonso el Sabio y de San Luis de Francia. La virreina, su esposa, era María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, condesa de Paredes de Nava, de espléndido linaje también, en el que se encontraban Jorge Manrique y el Marqués de Santillana.
Era costumbre levantar Arcos Triunfales al arribo de los nuevos virreyes y, para la recepción de los marqueses de la Laguna, se proyectaron la realización de dos Arcos en la ciudad de México y se encomendó el honor a las dos figuras principales de su tiempo en la Nueva España. Carlos de Sigüenza y Góngora ejecutó el de Santo Domingo y Sor Juana el de Catedral. Los Arcos, eran estructuras físicas de artificio, decorados para la ocasión, donde se daba lectura a composiciones laudatorias de bienvenida. Con su pluma obsequiosa la monja deslumbra a los nuevos virreyes. Escribe su Neptuno Alegórico, ejemplo de la humana arquitectura, si se nos admite la paráfrasis, donde compara a los soberanos con dioses mitológicos. De tan halagador recibimiento, los virreyes quedaron prendados de la jerónima y la hicieron su favorita, más aún, si cabe de lo que lo fue para sus antecesores. En particular para la Marquesa, a quien Sor Juana dio en llamar Lysi, en ardientes poemas amorosos. Se dice que Da. Luisa fue mujer de extraordinaria belleza y espíritu sensible y de la misma edad que la poeta, por lo que se entendieron de maravilla. Gracias a la virrreina la obra de Sor Juana magnificó su dimensión y se hizo más fecunda. Bajo su protección escribió Primero Sueño y El Divino Narciso, acaso sus piezas cumbres. En un agasajo de los marqueses de la Laguna se estrenó Los Empeños de una casa, su comedia calderoniana. De sus 216 poemas que se conservan, 52 están dedicados a los marqueses de la Laguna. Tan estrecha fue la relación con Da. Luisa, tan encendidos y amorosos los poemas a ella dedicados, que despiertan recurrentes comentarios sobre la sexualidad de la poeta. Octavio Paz dedica un análisis aparte para la exégesis de la retórica de Sor Juana en dichos poemas. Erudito trabajo que concluye con la tesis de una profunda amistad amorosa y platónica. Como opinamos antes, es prácticamente imposible a la distancia del tiempo y las condiciones de la época hacer una afirmación sobre la intimidad de nuestro personaje. Cabe decir nada más que si se dieron a la luz los poemas, tuvieron que ser lícitos. El Santo Oficio no hubiera permitido ni a una virreina la exhibición de amores prohibidos.
Después de seis años de su gobierno, los virreyes de la Laguna entregaron el poder en 1686 y abandonaron estas tierras dos años más tarde. La amargura de la partida de su amiga, debió compensarla Sor Juana por la fidelidad de aquélla, que en 1689, publica en Madrid la primera edición de su obra, Inundación Castálida, reeditado en 1691, que alcanzaría, según Abreu Gómez, 9 ediciones más, un éxito incomparable.
La dedicatoria a la Marquesa está en el primer soneto del volumen que concluye: "Así, Lysi, divina, estos borrones\ que hijos del alma son, partos de pecho,\ será razón que a ti te destituya\ Y no lo impidan tus imperfecciones, pues vienen ser tuyos de derecho\ los conceptos de un alma que es tan tuya."

Del nuevo Virrey, Melchor de Portocarrero y Lasso, no hay noticias de que tuviera contacto con Sor Juana. Ocupo el poder dos años, mismos en los cuales los de la Laguna, estaban todavía en México. A Portocarrero le sucedió Gaspar de Sandoval Cerda Silva y Mendoza, conde de Galve, casado con Elvira María de Toledo. Con ellos en el trono transcurrirían los últimos años de Sor Juana, a quien le darían el trato especial de costumbre y la protección de sus antecesores, hasta 1692, en que ocurrirían los hechos a que nos referiremos más adelante. Después de dos décadas en el convento, la poeta había conseguido un caudal significativo, proveniente, como dijimos antes, de sus obras de encargo y de los regalos de sus admiradores. Su situación parecía magnífica, por sus triunfos y reconocimientos. Paz hace un espléndido resumen de esos veinte años:

"Gozó sin interrupción de la protección de todos los virreyes. Fue confidente y amiga de dos virreinas: Leonor Carreto y María Luisa Manrique de Lara. Proveía al palacio con loas, comedias y poemas para los festejos y ceremonias y a las catedrales de México y Puebla con villancicos para las solemnidades litúrgicas por ambas actividades recibía no sólo beneficios económicos sino algo más y más precioso: influencia y prestigio. Sus poemas circulaban de mano en mano y nadie se escandalizaba por el tono acentuadamente erótico de mucho de ellos. Sus comedias se representaban en la ciudad y en Madrid se había aplaudido la aparición del primer tomo de sus obras... era tan famosa en España y América del Sur como en México... En sus escritos tocaba con libertad todo género de asuntos en toda clase de estilos... representó el ideal de su época: un monstruo, un caso único, un ejemplar singular. Por si sola era una especie: monja, poetisa, música, pintora, teóloga andante, metáfora encarnada... Pero todo esto es la apariencia, la representación. La verdadera Sor Juana está sola, recomida por sus pensamientos."









Quinto Misterio
No pienso ya si hay glorias
porque estoy de pensarlo tan distante
que aún las dulces memorias
de mi pasado bien, tan ignorante
las mira de mi mal el desengaño,
que ignoro si fue bien, y sé que es daño.

A fines de 1690 apareció publicada la Carta Atenagórica de la madre Juana Inés de la Cruz, religiosa de San Jerónimo...Que imprime y dedica a la misma Sor Filotea de la Cruz, su estudiosa aficionada en el Convento de la Santísima Trinidad de la Puebla de los Angeles, capítulo principal de la intriga por la cual la gran poeta perdería sus alas literarias. La infame cadena de esta intriga es a lo que acertadamente Paz califica como Las Trampas de la Fe.
La tal Filotea de la Cruz no fue otro que el influyente Manuel Fernández de Santa Cruz, Obispo de la Arquidiócesis de Puebla, segunda en importancia, después de la de México. Hasta entonces se había contado entre los protectores y amigos de Sor Juana y de ese modo le habría solicitado un comentario sobre el Sermón del Mandato del jesuita portugués Antonio de Vieyra, leído por su autor en la capilla real de Lisboa, en 1650, con motivo de la ceremonia del lavatorio de Jueves Santo.
El tema del Sermón es profundamente retórico, acerca de la calidad del amor de Cristo, de más fineza, según Vieyra, al ausentarse del mundo, después de la resurrección. Pone por ejemplo, que la Magdalena lo vio morir en la cruz sin verter una lágrima, pero no pudo contener el llanto cuando fue a buscarlo en el sepulcro y no lo halló, por lo cual deducía que es más dolorosa su ausencia que su muerte.
Sor Juana, con su estilo laberíntico y de argumentaciones poderosas, refuta la versión y sostiene que la muerte de Cristo es más dolorosa que su ausencia, porque por la Eucaristía se representa su presencia viva en las especies del pan y el vino, y cada presencia suya le cuesta la muerte, la que no escatima al sufrir una y mil muertes.
Es posible que Sor Juana supusiera que su comentario no tendría ningún efecto. Lo concluye con la frase: "Finalmente, este papel es tan privado que sólo lo escribo porque V. md. me lo manda y sólo para que V. md. lo vea." Debió verse sorprendida cuando supo de su aparición pública, precedida de una carta de Sor Filotea, la solicitante, en que después de alabarla como "honra de su sexo", por los versos en que ha sido "tan celebrada como Santa Teresa" y aprobar su comentario sobre el Sermón, manifestando su asombro porque una mujer venciera a un teólogo, deplora de su poesía "la elección de sus asuntos". La invita no a que "mude el genio, renunciando a los libros, sino que lo mejore leyendo alguna vez el de Jesucristo", lo que implica una acusación terrible para una monja.
Dice aún más Sor Filotea: "Lástima es que tan grande entendimiento de tal manera se abata a las raseras noticias de la tierra que no desee penetrar lo que pasa en el cielo, y ya que se humilla al suelo, que no baje más abajo considerando lo que pasa en el Infierno".
Sor Juana fue la perdedora en la pugna entre el obispo de Puebla y el Arzobispo de México, pugna derivada de que al retiro de Fray Payo como Arzobispo, Fernández de Santa Cruz se sentía sucesor natural del Arzobispado, que finalmente se otorgó a Aguilar y Seijas. Este, de la orden jesuita como Vieyra, introdujo y fue el propulsor de la obra del portugués en la Nueva España. Es natural que le haya resultado muy molesto el comentario de la monja, cuya cercanía con Fernández de Santa Cruz le era conocida. Además fue un secreto a voces que el obispo poblano fue el solicitante de la crítica, el destinatario embozado de la carta y quien le dio su aprobación, la publicó y prologó. Las consecuencias, sin embargo, sólo fueron para Sor Juana.
Con la aparición de la carta se desató un ataque ensañado contra la poeta, que dividió entre atacante y defensores el ambiente clerical de la época y que se extendió hasta la metrópoli y Portugal. Entre los defensores estuvieron el obispo de Yucatán, Castorena y Ursúa, al cual Sor Juana le dedicó una graciosa décima de agradecimiento: "pues debéis a mi defensa, lucir vuestro entendimiento".
Sor Juana se vio cercada entre los que la condenaban por el comentario y el ataque vertido en la propia Carta por Sor Filotea, que la acusa de una inclinación deshonesta a lo profano. Paz sospecha que la monja sabía que la crítica al Sermón iba a ser censurado, pero se sentía protegida por el destinatario, Fernández de Santa Cruz. Si lo sabía o no, constituyó una traición que éste utilizara ocasión tan inoportuna para atacar la naturaleza de sus escritos. Ello se ha justificado como un intento del obispo de atenuar su aprobación a la Carta, sabedor de que de ese modo señalaría a la autora para la condena. Soltó la piedra que atacaba a Aguilar y Seijas y escondió la mano tras la reconvención a la autora. Otro motivo de su actitud traidora debió ser que realmente no eran de sus gustos los poemas profanos de Sor Juana.
Esta optó por repeler el ataque más próximo, el de su propio aliado. Debió sentirse resguardada para ello. El Virrey, conde de Galve y su esposa, le eran afines. Contaba con muchos amigos en la metrópoli, pero sobre todo con el Marqués de la Laguna, muy próximo a la Corte Real de Madrid. Todavía en 1692, a instancias de su fiel Lysi, se reeditarían sus obras, con la inclusión de la Carta Atenagórica, y un selecto grupo de teólogos e intelectuales, a instancias de la Marquesa, darían su beneplácito a la teoría de Sor Juana.
Así pues se aventuró a efectuar la célebre Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, fechada el 1 de marzo de 1691. En esta réplica Sor Juana reflexiona acerca de su vocación y sobre la pasión primordial de su vida, el conocimiento universal. A la larga, es también una defensa de las letras profanas. Documento magnífico que requiere un estudio mayor que el de este espacio, la Respuesta es a la vez un reclamo doloroso desde la posición femenina, disminuida además por su condición de monja, hacia el privilegio del saber. No reniega de la condición religiosa pero deja claro que fue un recurso para su circunstancia. Dentro del texto, incluye una frase difícil de interpretar. Dice no recordar haber escrito por su gusto, sino por ruegos y preceptos ajenos, "con la excepción de un papelillo que llaman El Sueño (Primero Sueño)". Si dijo la verdad, estaría negando la sinceridad de sus apasionados versos. Paz sugiere no creerle literalmente y que su intención fue poner aparte el poema que constituye una autobiografía espiritual. Por otro lado, consiente en dedicarse al estudio de los Libros Sagrados y recibe la amonestación de Sor Filotea "vestida en traje de consejo" ofreciendo que tendrá para ella "substancia de precepto". Revela su temor a tener ruidos con el Santo Oficio, pero no se halla culpable ni se arrepiente. A pesar del tono humilde conque matiza todo el escrito, no hay en su trasfondo otro deseo que el de justificación, nunca el de abatimiento.
La Respuesta no se publica hasta después de la muerte de Sor Juana, en el volumen Fama y obras póstumas que Castorena y Ursúa edita en 1700, aunque el manuscrito si circuló entre el medio.
Fernández de Santa Cruz se abstuvo de responderle, pero retiró su amistad a la monja, vale decir su apoyo que pronto le iba a ser una gran pérdida. Era sabida la misoginia del Arzobispo Aguilar y Seijas, que se preciaba de no haber recibido a mujer alguna en el Arzobispado. A la jerónima, desde su posición de favorita de la corte tuvo que consecuentarla , pero las circunstancias se dieron para ejercer sobre ella su intolerancia.
Una inundación, en 1692, provocó la pérdida de las cosechas y la rebelión de los indios ante la especulación de granos que pretendieron los criollos. Aguilar y Seijas aprovechó el caso para hacerse popular, anatemizando contra los especuladores cuando el Virrey, duque de Galve, se había echado a la plebe encima por su indecisión. El Arzobispo quedó prácticamente sin contrapeso en la corte virreinal. Un hecho luctuoso vino a empeorar la situación de Sor Juana, la repentina muerte en ese mismo año del Marqués de la Laguna. El respaldo de la metrópoli le quedó vedado.
Estaba acorralada. En ese momento su antiguo confesor, Núñez de Miranda, aparece de nuevo y ella tiene que aceptar su ayuda por el miedo nunca secreto que tuvo de ser llevada a la Inquisición. Hace una confesión general a Núñez de Miranda y éste logra su abjuramiento. Según Calleja, a poco, Sor Juana presentó al Tribunal Divino "una petición que, en forma casuisdica, impetra perdón de sus culpas". Acepta su falta de religiosidad por haberse dedicado a quehaceres paganos, pide volver a tomar los hábitos, ofrece enmendarse en un año y solicita que se tenga por inexistente su vida anterior en aras de una nueva vida de auténtica religión.
Calleja y Oviedo aseguraron que comenzó a flagelarse, a ejemplo de su confesor. Entregó todos sus libros e instrumentos mundanos y de ciencia a Aguilar y Seijas y sólo conservó, según Calleja, "tres librillos de devoción y muchos cilicios y disciplinas".
El 5 de marzo de 1694 firma una Protesta a Dios, "rubricada con su sangre, para abandonar los estudios humanos y proseguir, desembarazada de ese afecto, en el camino de la perfección." Tal vez es la fecha de su muerte. Su desaparición física tendría lugar el 17 de abril de 1695, a las cuatro de la mañana, víctima de una epidemia de gran mortandad, el padecimiento es el enigma final de su vida.
Sus últimas letras son las de la anotación en el libro de profesiones del convento:
"Aquí arriba se ha de anotar el día de mi muerte, mes y año. Suplico, por amor de Dios y de su purísima madre, a mis amadas hermanas las religiosas que son y en lo adelante fuesen, me encomienden a Dios, que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por el amor de Dios y de su madre. Yo, la peor del mundo: Juana Inés de la Cruz."


LETANIA (ora pro nobis)

Piramidel, funesta de la tierra,
nacida sombra, al cielo encomienda
de vanos obeliscos punta altiva,
escalar pretendiendo las estrellas.

Neurótica, perfeccionista, convenenciera, narcisista, lesbiana, iluminada, santa, cobarde, perjura, gran poeta. Me gusta imaginarme a Sor Juana como nos la muestra el retrato anónimo que hoy se halla en el Museo de Filadelfia y algunos atribuyen a su propia mano. En ese retrato no tiene el gesto adusto de los firmados por Miranda y Cabrera. En ese cuadro sonríe. No resisto la comparación con la Gioconda. Además de otras similitudes está la sonrisa. Sor Juana ríe, reirá por siempre jamás. Contra las intolerancias de su época que la recluyeron en cuerpo y alma e intentaron reducirla. Contra el tiempo y el olvido que tampoco la vencieron porque llega poderosa y fresca a reprocharnos "hombres necios", como si lo hubiera escrito ayer. Ríe Sor Juana, superior en genio a todos los pequeños seres que la rodearon y que sólo conservamos en el recuerdo por el honor de haber vivido a su lado. Alma mayor, Ruega señora por nosotros en esta hora que es la hora de saber que nuestras penas o desdichas pueden compararse a las que tu venciste con voluntad y talento. Tu misterio mayor, el que dibujaste con la vida, es nuestro ejemplo. Aquí estamos ante ti, jerónima decadente, anhelantes de tu gloria, extasiados de tu valor, revivificados por tu poder, por los siglos de los siglos.