viernes, 14 de noviembre de 2008

Un mundo sin Heat

UN MUNDO SIN HEAT



Vive rápido, muere joven y deja un hermoso cadáver.
Lema rockero atribuido a James Dean

La locación es el barrio del Soho, en Manhattan, un departamento con decorado de diseños exclusivos, la cama a medio hacer y, a sus pies, el joven protagonista de bruces y desnudo, con el gesto de angustia e impotencia que le ha dado fama, emite un estertor y muere. La escena se congela y no hay director que marque el corte porque la historia de este hombre de veintiocho años, actor desde los diez, en continua lucha contra mil demonios, esta historia, parece haber jugado la apuesta de convertirse en una leyenda.

Heatcliff Andrew Rufus Gregory Fitzpatrick Peter Bob Ledger III, nacido en Perth, al suroeste de Australia, tuvo claro desde la adolescencia que su vocación era interpretar personajes ajenos como modo de vivir una vida distinta a la que su agraciado físico le deparaba. Ya en su preparación actoral obtuvo varios reconocimientos y la alternativa de continuar en el arte escénico o seguir una prometedora carrera en el hockey profesional. La elección por las tablas, dijo después, fue sencilla, el deporte le atraía pero la actuación le apasionó desde siempre. Del teatro estudiantil transitó a la televisión australiana y luego a la gringa antes de dar el paso al cine de Hollywood que lo adoptó con su figura de galán atípico, de nariz abombada, boca de clown y rostro demasiado anguloso, sin grandes ni marcados músculos, pero con una imagen melancólica, voz profunda y grave, el acento casi británico de los aussies y un amor indiscutible de la cámara que resaltaba su exaltada cabellera rubia y el tipo de héroe rebelde que lució tanto en la extrañamente buena comedia romántica Ten things I hate about you, como en el dramón melgibsonesco The Patriot y la cursi A Knight’s Tale. La primera, una versión más de La Fierecilla Domada de Sheakespeare, tenía todos los elementos para ser un bodrio juvenil cualquiera pero, de acuerdo con el New York Times, la actuación de los protagonistas, madura y llena de inflexiones, le dio un alcance poco común para el carácter de la película. Un Heat cantando para Julia Stiles el clásico can’t take my eyes off of you ( I love you baby), acompañado de la banda militar de la escuela y bailando con tan poca gracia como exultante virilidad, mientras huye y nalguea a un policía, fue probablemente su primer esbozo de “joven Brando”. El conjunto de estas tres cintas – y una previa, Two Hands, filmada en Australia- le valieron en el 2001 el reconocido premio Showest como “la estrella del mañana”, ser incluido en la lista de las 50 personas más bellas de la revista People y una naciente popularidad como “teen hunk” que le prometía una fácil carrera en el cine comercial.
Pero Ledger iba tras otra meta.
En sus biografías se usa el término “desesperado” para calificar el modo con que trató de huir de esa imagen de figura de cartón; y sus elecciones de personajes hablan también de ello. Se incluyó en un breve papel en la producción de bajo costo Monster´s Ball, que le valió un Oscar a Halle Barry. En el escaso cuarto de hora que aparece en pantalla, Heat no se parece en nada al muchacho bonito y echado hacia delante de sus anteriores trabajos. Su depresiva actuación fue objeto de elogiosos comentarios.
A partir de ahí, ya desde roles de mayor peso, buscó en definitiva aparecer sólo en películas “de autor”, asumiendo el riesgo de perder la súbita celebridad que había alcanzado. Los pocos que vieron la cinta seguramente lo recordarán en Four Feather’s, como un joven graduado que no resiste el miedo de ir a la guerra y renuncia a la academia militar. Su expresión de cobardía, al principio de la cinta, es quizás uno de los momentos más memorables de su periplo actoral. Quienes ahora vean este filme del 2002 tal vez encontrarán, en la carcajada con que concluye, el indicio de la risa sicótica que, según los avances, caracterizará a su Joker.
Por la misma línea, durante el 2003, participó en Ned Kelly y The Order (The Sin Eater), la primera una producción de grandes pretensiones y poca fortuna, en la que Heat encabezó un elenco que incluía al laureado Geoffrey Rush, así como a Naomi Watts y Orlando Bloom. Aunque su versión del glorificado bandido australiano pareció poco apropiada para su edad, las críticas más fuertes se enderezaron contra el director Gregor Jordan por la tediosa narración de la historia. Hay que decir, sin embargo, que para Ledger, ésta fue una de las actuaciones que más satisfacción le produjo. Tampoco la segunda obtuvo mayor éxito económico, aunque el cura angustiado que asume la eternidad nos presenta a un Ledger realmente antológico. Lo complicado de la trama, probablemente, alejó al público de la taquilla, pero la forma en que Heat llena la pantalla amerita buscar este filme en el videoclub favorito.

Evidentemente con dichos trabajos el australiano se ubicó en el territorio que perseguía, en cuanto a su búsqueda profesional, al caracterizar personajes de matices complejos e intensos, ambientados en realidades diversas y distantes desde cuyo crisol su personalidad polimorfa se destacaba plenamente. Dentro del ambiente cinematográfico se formó una reputación de primer orden, a despecho de su casi extinta popularidad, sobre todo fuera de Estados Unidos, donde su nombre era poco conocido. Pero si bien en su expresión artística había alcanzado un alto grado de realización, la dimensión y trascendencia de su obra era muy limitada. De ese modo, se dio más de un año para decidir sus siguientes proyectos fílmicos, sin alterar un ápice el rumbo de sus elecciones, así que en el 2005 asumió cinco auténticos retos para su carrera: los roles principales de Candy, Lords of Dogtown, Casanova y Brokeback Mountain y el coprotagónico –junto a Mat Damon- de The Brothers Grimm. Es difícil imaginar el tremendo tour de force que significó para Ledger intervenir en tantas producciones que se desarrollaron en Australia, Estados Unidos, Italia, Canadá y la República Checa, en un solo año. Al margen del resultado de ese esfuerzo físico impresionante, debe analizarse la posición de este muchacho -más bien convencional, hetero, amante de la vida en familia, que, justo antes de estos filmes, confesaba ser vergonzosamente tímido y adicto nada más al tabaco- desdoblarse en un abanico de caracterizaciones antípodas a sí mismo. Extrayendo de sus miedos e ilusiones las raíces de cada interpretación y apoyado además en la confianza de directores de vena imaginativa y audaz y en acompañantes por los cuales manifestaba una patente admiración, 2005, el gran año de Heat, nos lo presentó como un poeta adicto a la heroína e involucrado en una estremecedora relación en Candy, otra vez con Geoffrey Rush, Luego en Lords of Dogtown, sobre la invasión de la cultura de la patineta a la vida norteamericana y al mundo, Ledger bordó una vibrante semblanza del alocado promotor de los míticos Z- Boys que a mediados de los 70’s convirtieron el skateboarding en un arte contemporáneo. De su Casanova, rodeado de figurones como Jeremy Irons y Oliver Platt y bajo la dirección del autor de Chocolate, Lasse Hallstrom, las críticas coincidieron en que fue un fresco veneciano, modernizado, con una naturalidad de excepción; donde Ledger es el amante por excelencia, seductor y pícaro, pero sin las poses afectadas de versiones anteriores. En la fallida película sobre los Grimm, cuyo primer crédito correspondió a Matt Damon, dirigida por el contestatario Terry Gilliam (The Fisher King, Twelve Monkeys), lo más que se puede decir es que Heat desaparece detrás del burdo personaje que le tocó interpretar.

El parte aguas en su vida artística y personal será, sin duda, Brokeback Mountain, película que ha pasado a ser de culto por tocar un tema que fractura por el centro la moral hipócrita de la “América profunda”, racista e intolerante, en su convicción fascista de ser la nueva sociedad elegida. Heat pudo elegir entre los personajes principales y se inclinó por el reprimido Ennis del Mar, lacónico perdedor que jamás aceptará su homosexualidad y encerrará en el mismo clóset la camisa ensangrentada de su amante perdido y el recuerdo de los muchos años en que su única felicidad manó de sus eventuales encuentros secretos en la montaña que da título a esta auténtica obra maestra del taiwanés Ang Lee. La elección fue, según declaró Ledger, por lo intrincado de un rol en el que, de entrada, tuvo que disimular su celebrado acento australiano detrás del modo de hablar de un vaquero de Wyoming, al mismo tiempo que se imponía el conflicto de ser un no gay que representa a un gay que sufre porque no entiende por qué lo es y cómo el mundo se le reduce de tal modo que lo acaba enredando en una soledad insuperable, permeada por un amor sublime. Hacer un papel homosexual sin caer en los clichés del género pero además traslucir el sufrimiento por la situación de alguien que no se asume, requería una portentosa actuación. Heat accede a ella, temeroso y hasta con un rictus de asco en el primer trance sexual con Jack Twist (Jake Gyllenhaal), luego luce una ansiedad vibrante en la espera de su primer reencuentro que se vierte en la vehemencia de los besos a la entrada de su vivienda, escena tan vívida que casi le cuesta una pieza dental a Gyllenhaal; pero donde se remonta a un grado histriónico mayúsculo es cuando descubre las prendas escondidas que simbolizarán su romance frustrado y las aspira con una ternura que es la única concesión a la rudeza y parquedad de su introvertido cowboy. De este trabajo el riguroso New York Times diría: “Mr. Ledger mágica y misteriosamente desaparece debajo de la piel de su pecaminoso personaje. Es una actuación a la altura de las mejores de Marlon Brando o Sean Penn”. La revista Rolling Stone –fan regular de Heat- declaró que la forma en que Ledger llegó a capturar hasta la manera de respirar de Ennis resultó “un milagro actoral”. El moderado Boston Globe y la influyente Variety que no fueron particularmente entusiastas con la película, coincidieron en que había que verla por la actuación extraordinaria de Heat Ledger. Su nominación al Oscar y a los mayores premios del 2006 encontró un obstáculo, sin embargo, en otra caracterización igualmente fenomenal, la de Philip Seymour Hoffman al también atormentado gay Truman Capote, un homosexual pleno de estereotipos, amanerado, débil, neurótico y bajo el patrón del original demasiado cercano en el tiempo como para no ser apreciado por muchos de los votantes que, jugando a lo seguro, relegaron a Ledger. Por cierto, para los amantes de las trivias, en A Sangre Fría –la novela de Capote que es el eje de la película homónima- aparece brevemente un empleado de la familia masacrada que es apodado Heatcliff por el héroe ambiguo de Cumbres Borrascosas, el mismo motivo que le dio nombre al actor australiano. Una más, mientras el mundo conocía de la muerte de Ledger, se velaba a otro joven actor, hallado muerto en su departamento por una sobredosis de heroína, Brad Renfro –aquel niño de tan brillante actuación en El Cliente, junto a Susan Sarandon-, que cuando era una de las grandes promesas de Hollywood, antes de despeñar su vida en el infierno de las drogas, protagonizó una película cuyo título en español fue A Sangre Fría.

Premios aparte, ya todos los sentidos de la realidad cambiaron para Heat. Con Michelle Williams, una espléndida actriz de temprana fama televisiva (Dawson’s Creek) y su compañera en Brokeback… inició una relación de la que tendría, en el mismo 2005, a una hija que se convirtió en el centro de su existencia, al grado de dedicarse por varios meses a criarla personalmente. En medio de las aclamaciones por su triunfo histriónico, los paparazzi no tenían problema para captarlo paseando la carreola de Matilda Rose, comprando en supermercados, jugueteando por las calles de Brooklyn convertido en papá modelo, mientras su mujer trabajaba. Diría en una entrevista: “Mis preocupaciones eran servir el desayuno, ir a comprar la comida adecuada para el almuerzo y preparar la cena, sin pensar en otra cosa”.
Es claro que mientras calculaba los siguientes pasos de su trayectoria dio por desarrollar otras inquietudes, como su afición por la música y la dirección. En 2006, año en la que no actuó en ninguna cinta, dirigió los videos del álbum Cause an Effect del grupo de hip-hop australiano N´fa y fundó una compañía de grabación (Masses Music) con el dos veces ganador del Grammy Ben Harper –esposo de Laura Dern- a quien le dirigió el video de su canción “Morning Yearning”. Después produjo y actuó en un video de la canción “Black Eyed Dog” compuesta sobre una obra de Churchill acerca de los caracteres depresivos, por el trovador inglés, Nick Drake, muerto en 1974, a los 26 años, tras una lucha contra la depresión y el insomnio… por una sobredosis de fármacos. Ya estaba en tratos para dirigir su primera película, sobre una adaptación propia y de Allan Scott de The Queen´s Gambit, la novela de Walter Travis.

Un misterio se tiende sobre la transformación que Ledger experimentó en esta época en la que únicamente seleccionó tres proyectos a realizar para 2007, en su línea favorita: la participación muy secundaria como uno de los siete caracteres alrededor de los cuales Tod Haynes reescribió la vida de Bob Dylan (papel que el Entertainment Weekly calificó como un molde Brando/Dean), el ya citado Joker en un nuevo episodio de Batman y, otra vez con Gilliam, The Imaginarium of Dr. Parnassus, una incursión más en el mundo fantástico de este director. Por otra parte, se dio el lujo inexplicable de rechazar de los hermanos Cohen el papel en No Country for Old Men que le valiera cuanto premio se ha inventado a Javier Bardem. Su argumento para el rechazo fue “que estaba muy cansado”.
Entre la asoladora persecución que las figuras de Hollywood sufren –máxime cuando se trata de una pareja célebre-, la revolucionada vida social que el estrellato impone, el frenesí de su actividad en la producción y dirección de musicales y la compenetración en los intrincados personajes que Heat encarnaba, lo cierto es que para el 2007 su relación con Williams terminó entre rumores de adicciones y desequilibrios emocionales del actor, intensificados por la dolorosa separación de su hija. De repente, la fábrica de sueños transformaba otra vez a un chico normal y sano en un personaje de novela de Jacqueline Susan. Eso no pareció reflejarse en su trabajo ya que recibió muy buenas críticas por su actuación en I’m not There (la película sobre Dylan) y de su interpretación del archirrival del hombre murciélago, que hasta agosto se estrenará, ya se dice que opacará la versión del inmenso Jack Nicholson. Quien mire, sin embargo, sus entrevistas de los últimos meses, notará que evidenciaba un nerviosismo incontrolable y, se ha confirmado por la gente que estuvo próxima a él, que dormía apenas un par de horas al día, pese a la gran cantidad de medicamentos cuya ingesta ya conocemos la consecuencia que le traerían.

A partir de su muerte y su ingreso a lo que un crítico español llamó “el selecto club de los cadáveres exquisitos” (en los que debe haber un nicho especial para la letra J: Jimmy Hendrix, Janis, James Dean, Jim Morrison, Norma Jean) han comenzado a rodear la figura de Heat los pastiches que impulsan la ruta de los mitos de la farándula. El excelente Daniel Day-Lewis, al recibir uno de los tantos reconocimientos que este año se le otorgaron por There will be blood”, declaró sobre su deceso “Parece extraño estar hablando de algo más. No es que haya algo qué decir realmente, excepto expresar pesar y decirle desde lo más profundo de mi corazón a su familia y a sus amigos que lamento su dolor ... No lo conocí. Tengo la fuerte impresión de que me hubiese gustado mucho como persona… Ya me había maravillado con algunos de sus trabajos y estaba ansioso por ver lo que haría en el futuro”. Terry Gilliam expresó que de ningún modo dejaría de finalizar la película The Imaginarium Doctor Parnassus, en la que Ledger todavía tenía que completar algunas escenas. Su primera intención declarada fue utilizar imágenes del actor, digitalizadas, para concluir el filme, pero al poco tiempo se supo que Johnny Deep, Colin Farrell y Jude Law, en un ejemplo de solidaria humildad, brindarían sus cotizadísimas presencias para cerrar el ciclo fílmico del australiano. La comunidad cinematográfica en masa –con Natalie Portman y Sara Jessica Parker como cabezas visibles-, reclamó el anuncio de Entertainment Tonight (el Ventaneando gringo) de que difundiría un video de Heat consumiendo drogas y, asombrosamente, el medio, que no se caracteriza por su ética, desistió de su anunciada presentación –alguien dijo que en realidad en el video Ledger mostraba el tatuaje de una M en su brazo, por su hija, señalando que eso le recordaba que no debía volver a probar la “hierba”.

Al final de una larga espera, la autopsia oficial no encontró en los motivos del fallecimiento del actor más que un uso equivocado de medicinas prescritas para el insomnio y la depresión, pero eso no ha hecho cesar las opiniones de toda índole sobre el tema que circulan en cientos de sitios de la red. Como sucede en estos casos las especulaciones van desde un asesinato hasta el suicidio y no faltará quien piense que está vivo. Las informaciones que llegan continuamente sobre esta persona de la que en vida se habló tan poco, son realmente sorpresivas. Al abrirse su testamento resultó que el total de sus propiedades apenas alcanza la suma de 145 mil dólares, cantidad irrisoria si se piensa en los millones que cobró por sus actuaciones y que era conocido por su morigeración. Luego, en contraste, se conoció la denuncia del robo de una combi adaptada del 75, que era una de sus pertenencias más preciadas, a la que se le asignó un valor estimado en 70 mil dólares.

Las sorpresas disparan hacia todos lados; la obra pictórica de Vincent Fantauzzo Heat, que representa a un Ledger desolado entre dos burlonas imágenes de sí mismo, se coló, entre 700 candidatas, a la final del Premio Archibald, el más tradicional concurso de retratistas en el mundo. Ese cuadro representa sin duda la expresión de un hombre al límite, rodeado de flagelos que se auto inflige y de los que no puede escapar. La pintura, por cierto, a diferencia del modelo, ganó la batalla.


¿Adquirirá con el tiempo Heat Ledger la consistencia legendaria de los inmortales que trascienden a su tiempo y circunstancias? Ya se verá, pero por lo pronto para los que no aceptan la exaltación que la cultura pop ha hecho de lo “cool” y lo banal, su irradiación asombrosa y penosamente corta, llena de luminosidad y ardor, vibrante en 15 películas cuyo valor todavía tardaremos en apreciar, el calor de Heat, no abandonará del todo este mundo, reaparecerá siempre que la pantalla nos lo devuelva cantando, sin alcanzar la nota, riendo hasta la paranoia, cobarde, erótico, antihéroe, ansioso, conquistador, gay no gay, guerrero derrotado, ícono evanescido, clásico tardío, muerto estúpido.


Sergio Salazar, abril 2008.

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